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viernes, 10 de junio de 2022

El arte de complicarse la vida

 

Me había hecho yo el medio propósito de cerrar el blog con mi última entrada. Por aquello de clausurar un capítulo, y porque me he imprimido todo el blog en papel, en dos libritos preciosos que son unos de los pocos objetos que salvaría de mi casa si tuviese que salir pitando con lo puesto. Y es que me encanta acabar cosas, darlas por finiquitadas y olvidarme de ellas. Pero sabía, lo sabía, que me picaría el gusanillo de seguir escribiendo (de ahí que solo fuera un medio propósito).

Dicen que lo de los blogs ya es del cretácico, que nadie los lee, y blablablá. Supongo que algo de eso hay, pero cada vez que alguien comenta que le gustaba pasarse por aquí, me emociona enormemente y es un acicate para volver a las andadas.

Y bah, ahora que tengo un rato (o me lo fabrico entre enviar facturas al gestor y asistir a una formación online), pues démosle al teclado.

Llevo ya casi medio año como empresaria de mi propia clínica. Aún estoy lejos de sacarme un sueldo, pero todo el mundo me recuerda lo de que se necesitan dos años para ver la luz al final del túnel, o más bien los euros en la cuenta bancaria. Pues nada, paciencia. Me paso más tiempo gestionando que ejerciendo, pero también va en el pack del autónomo (encantador, el pack del autónomo, está lleno de sorpresitas desternillantes, pero de eso, mejor ni hablo).

Podría escribir largo y tendido sobre todas las movidas que hemos vivido en casa en los últimos años, pero siempre he preferido que el blog fuese para otra cosa, así que me voy a centrar en mi último entretenimiento: Suertudo.

Porque si no es suficiente con emprender, pedir un préstamo para sortear los famosos dos primeros años, entrar a saco en la preadolescencia de P, lidiar con historias varias que incluyen abogados, juicios y otras muchas aventuras locas y divertidas, a mí va y no se me ocurre otra cosa que adoptar un perro. Un cachorro, en concreto. De dos meses, para ser exactos.

La motivación era loable: P echaba de menos a Perra, lo estaba pasando regular en el cole y era una forma de darle vidilla y alegría, yo también tenía ganas de tener un bicho en casa otra vez (aparte de los de dos patas), … en mi cabeza todo tenía sentido.

Y entonces vi la foto de Suertudo en las redes sociales de una protectora que sigo y pensé: “es él”. He tenido muchos animales en mi vida, pero jamás he sido yo la que los buscase activamente, llegaron o los eligieron por mí. Era la primera vez que yo tomaba la decisión, y podría decirse que fue un flechazo. Contacté con la protectora, me presenté, rellené los papeles, hice las entrevistas, y consideraron que nuestra familia era ideal para Suertudo.

Lo fuimos a buscar un sábado lluvioso, y cuando sacaron esa bola de pelo adorable y nos la pusieron en los brazos, fue indescriptible. P y su hermano se derretían de amor.

Los primeros días Suertudo disimuló muy bien. Dormía mucho y el resto del tiempo estaba tranquilo y feliz poniéndose las botas. Pero al poco de llegar reveló su verdadera personalidad, y empezó a comerse la casa. Así, literal. Y a saltar, morder cables, darle el siroco en el momento más inadecuado… como cuando intentaba darme una ducha y tenía que salir corriendo porque se había meado y cagado en el pasillo y P me gritaba para que lo ayudase a que Suertudo no se rebozase en sus excrementos (pasar el mocho con la toalla mal puesta y el pelo chorreando mientras sujetas un perro de tres meses, es un ejercicio de malabares digno del Circo del Sol, solo que en plan cutre-escatológico). Hubo momentos en los que me sentí como cuando P nació y el posparto me desbordaba: i-dén-ti-co.

Decidí hacer un SOS en toda regla a una colega especialista en etología, porque Suertudo además de comer puertas, no lleva nada bien quedarse solo y me lo tengo que traer al trabajo cada día y puede decirse que desde entonces la cosa ha mejorado bastante. Aún queda mucho por pulir, pero ya no parezco una desquiciada salida del frenopático. En realidad, me estoy haciendo famosa en el barrio, porque llevo una bolsita con pienso colgando perpetuamente de mi pantalón, y voy con Suertudo arriba y abajo tratando de educarle, y dándole sermones mientras él pega un bote detrás de una paloma y yo salgo despedida desparramando bolitas de pienso como si fuera una estrella fugaz.

Como además el cabrito es una monada, de media unas treinta y cinco personas se acercan para hacerle mimos en el trayecto trabajo-casa, que yo normalmente hago en siete minutos, y que con Suertudo no baja de cuarenta. Y la conversación es siempre la misma: “¡Qué mono!, es joven, ¿verdad?, ¡y vaya patas!, ¡se hará enorme!”. ¿He dicho ya que buscaba un perro medianito? Mr. X no para de cachondearse de mi ojo clínico para elegir un perro medianito.

En fin, en realidad mi móvil rebosa de imágenes y vídeos de Suertudo. Porque me ha complicado la vida, no voy a decir que no, pero también la ha hecho más divertida. Y en general (y que él no me oiga), mejor.



 

lunes, 8 de noviembre de 2021

La madrastra de Kurt Cobain


En realidad, no tengo ni idea de si Cobain tuvo madrastra o no, pero me sirve de punto de partida para volver a pasarme por aquí. Que lo otro sería dejar el blog sin más entradas y Santas Pascuas, que decía mi abuela. Pero a mí me da un nosequé no publicar más. Tampoco escribo para retomar el hilo y volver a la blogosfera (si es que aún existe). Escribo porque lo echo de menos, porque ha pasado casi un año desde la última vez que redacté una entrada, y porque si queda algún lector, lectora, lectore, que me siguiese, me apetece dar señales de vida.

Me he pasado los últimos meses estudiando y actualizándome al máximo de lo mío porque, cosas de la vida, en dos semanas (hace un trimestre que digo “en dos semanas”), abriré mi propia clínica veterinaria. Cualquier emprendedor/empresario sabe lo que eso significa en tema de permisos, obras, y otros miles de decisiones importantes a tomar. Mr. X me ha dado alas, empuje y fe en mí misma para liarme la manta a la cabeza. Yo soy más bien de naturaleza medrosa. Y en relación a lo que leía hoy en el newsletter de Amaya Ascunce, algo del síndrome de la impostora también hay (gracias, Amaya, porque siempre que te leo aprendo y me recuerdas por qué me gusta escribir).

Me he hecho un tatuaje, o más bien me lo ha hecho la hije de Mr. X. Otra novedad de la vida: ahora tengo una hijastre y me he metido de lleno en el mundo queer (estoy aprendiendo, me cuesta interiorizar conceptos, pero lo hacemos, Mr. X y servidora, lo mejor que podemos). También tengo un hijastro rockstar, de ahí viene lo de Kurt Cobain, aunque el retoño de Mr. X solo comparte con Kurt algunas influencias musicales, en todo lo demás es otro tipo de rockstar. Mi otra hijastra ha terminado la carrera, va por su segundo master y cada vez tenemos más y más en común. Soy una madrastra afortunada.

Y por supuesto, sigo ejerciendo mi maternidad con P en medio de una adolescencia galopante, para lo bueno y para lo malo. En cualquier caso, me siento menos dueña de nuestras historias para compartirlas por estos lares. Mi visión de lo que es ser madre ha evolucionado mucho desde la primera vez que publiqué aquí una entrada. Menos naif, más real, más consciente, no solo de mi realidad, sino de la de todas las mujeres con las que comparto (o no) este camino. Quizás, es solo que cumplir años añade perspectiva a la existencia y a la forma en la que vemos y nos relacionamos con lo que nos rodea. Y también añade canas. Aunque he descubierto que me resisto a teñirlas. Yo, que cuando empezaron a aparecer las arrancaba sin piedad (ahora me quedaría medio calva). Aceptar el envejecimiento es un temazo, como decimos con mis amigas. Me gustaría afirmar que lo llevo divinamente, pero me conformaré con decir que estoy en ello.

En fin, que la vida es intensa, que trato de tener un conocimiento más franco de mí misma para mejorar mi relación con los demás, y aún y así me descubro buscando excusas para mis defectos.

No sé si el recorrido de este blog acabará aquí, o me dará por volver a publicar, pero sea como sea, ha sido un placer.




lunes, 18 de febrero de 2019

Por amor a la ciencia


El 11 de febrero se celebró el día de la niña y la mujer científica, y desde el cole de Peque nos animaron a las madres que habíamos cursado carreras científicas a compartir nuestra experiencia con la clase de nuestros hijos.

Aunque en un principio no tenía muy claro si participar, fue comentarlo con Peque y quedarme sin opción a decir que no. Estaba entusiasmado no, lo siguiente (eso me hace ver que aún no hemos llegado a la fase de mamá-no-me-avergüences-por-favor -a pesar de que chinchándolo un poquito le pregunté si podía bailar el moonwalk en mi presentación y casi le da una apoplejía-).

Tener que explicar cómo llegué a ser veterinaria me ha hecho recordar muchas cosas. Que yo iba para letras, y pegué un volantazo hacia las ciencias. Que era malísima en mates y luché para sacarme el bachillerato científico (sigo siendo mala en mates). Que la carrera fue un período de emociones intensas, y cada vez que asistía a una conferencia de fauna salvaje me imaginaba como la nueva Jane Goodall. Que cuando me encallaba en asignaturas que aborrecía me parecía que el día de la graduación no iba a llegar nunca y llevo quince años ejerciendo como veterinaria. Que aunque me sigue gustando mi profesión, a menudo me imagino tanteando otros oficios porque me interesan demasiadas cosas.

El día de la exposición Peque estaba pletórico. Teníamos que ir después de comer, y antes de darme cuenta ya me tenía preparada la chaqueta y me empujaba hacia la puerta para irnos a la escuela. Debo confesar que estaba inquieta. Con los años he perdido el pánico escénico, y no me tiro para atrás si tengo que hablar delante de gente, pero aún así es algo que me hace estar nerviosa. Y los niños pueden ser un público muy exigente, de modo que ensayé la charla cinco veces durante la semana para calcular lo que tardaba y valorar imprevistos. Tras una introducción sobre cómo llegué a dedicarme a la salud de bichos varios y explicar a mi devoto auditorio en qué consiste mi día a día, les expuse un caso clínico a resolver entre todos (cogí a Perri, un peluche cánido de Peque que me sirvió de paciente, y simulé que se había clavado una espiga entre los dedos de una pata). Los críos se volvieron locos al sacar el fonendo, el termómetro, las pinzas… Costaba avanzar porque me avasallaban a preguntas, pero era espléndido ver todo ese entusiasmo reconcentrado. Cuando llegó el momento de tomar a la temperatura a Perri hice la pregunta del millón, ¿dónde le ponemos el termómetro a nuestro paciente? Y me di cuenta de que Peque levantaba la mano exaltado. Le concedí ese minuto de gloria y contestó: ¡En el culo! Risas a tutiplén y vástago feliz y contento (aunque luego me dijo que no lo había sacado como ayudante… pero no saqué a ninguno porque hubiese sido un caos de voluntarios abalanzados sobre la mesa de exploración). Acabé la charla y la ronda de preguntas sacó a la luz mis mejores batallitas (y algunas prestadas de Mr. X, que tienen mucha enjundia), ¿te ha mordido algún animal? ¿has visto un caracal? ¿cuál es el animal más peligroso que has tocado? Se quedaron con ganas de más y seguramente haremos una segunda sesión con mi partner in crime, Mr. X.

Cuando ya me iba, Peque me asaltó y me abrazó lleno de emoción. Valió la pena pasar ese rato con todos ellos y sentir la felicidad de mi retoño. Hay que saborearlo, que no falta mucho para que su entrada en la adolescencia me baje del pedestal en el que me tiene -a ratos- y me lleve al inframundo.

No descarto que la vida me lleve por otros derroteros profesionales, pero no me arrepiento de haber estudiado lo que estudié. Los animales me fascinan. Y por lo que me costó, y porque en el fondo soy una chica de letras que se atrevió a probar con las ciencias, aún me invade cierta emoción cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy veterinaria.



martes, 22 de octubre de 2013

Cosas de la crisis


Cuando alguien llama al timbre de mi consultorio, una nunca sabe a quién le va a abrir la puerta (por cierto, es un timbre horroroso, y si ando concentrada en algo siempre pego un bote cuando lo oigo, como decía Eva en un post, voy a hacer un Change o algo para pedir que me lo cambien). Es de esperar que la gente que llama a la consulta venga con un perrito o gatito para que le eche un vistazo, pero con la crisis, el abanico de personas que vienen a intentar ganarse la vida a mi puerta es interminable.

Por un lado tenemos a los comerciales. Los hay que vienen a ofrecerme productos relacionados con mi profesión, a esos tengo que atenderles para estar al día de lo que se cuece en mi mundillo. Pero otros tratan de colarme cualquier cosa (y cualquier cosa es cualquier cosa: seguros médicos/del hogar/del coche/de los dientes, tarifas planas a tutiplén, sistemas de seguridad ultramodernos y súper-fashion, máquinas para comprobar la autenticidad de los billetes...). Yo trato de ser empática y cordial, y hacer ver en el menor tiempo posible (para que el comercial no gaste saliva inútilmente) y con la mayor educación de la que soy capaz de hacer gala, que el producto no me interesa. Pero si hay algo con lo que no puedo es con el comercial pesado/insistente/cabezota. Ese que cree que colando un pie en tu local, desparramando folletos, sonrisas Profident y llamándote por tu nombre cada dos frases ("porque Mo, seguro que querrás pagar la tarifa más económica del mercado...¿verdad Mo?"), te tiene en el bote. Y no amigo mío, no (o amiga). Cuando quiero adquirir el producto que sea soy proactiva, y como el del anuncio, busco, comparo, y si doy con algo mejor, lo compro, pero no me dejo embaucar por el primer zalamero de turno. En fin, que yo sé que se han de ganar la vida y he tenido amigos currando puerta a puerta, pero creo que alguien que sepa vender lo primero que ha de calar es a quién no le va a poder vender.

Aparte de los comerciales, está la fauna exótica. Sin exagerar ni un pelillo, estas son las cosas que han venido a ofrecerme: bragas y sujetadores, pinturas de un artista del barrio (y muy pesado el pobre, intenta venderme un cuadro cada dos meses), bizcochitos caseros (y diría -por la indumentaria de la cocinera- que aderezados con hierbas psicoactivas), figuritas de barro, calendarios solidarios (prácticamente los únicos a los que les compro de vez en cuando), poemas, percheros decorativos (muy molones por cierto), religiones varias...

Pero me quedo con uno que me hizo pasar un rato divertido. Al principio flipé con el sujeto. Soy mala para las etnias, pero parecía asiático y llevaba gafas de culo de bote (y bizqueaba). Llamó, y sin apenas saludar me dijo: "Coge esto, por favor", plantándome una caja en la mano. Yo me resistía y él añadió: "Tranquila, no muerde" (broma que después ya me han hecho veinte veces y que nunca me hace reír, todo sea dicho). De mala gana sujeté la cajita que resultó contener un aparatejo de esos para cortar los pelos de la nariz. El tío estaba entusiasmado explicándome las bondades del cacharro, y a mí me entró la risa floja por lo surrealista de la situación...Hasta intentó hacerme una demostración in vivo, a lo que me negué al ver que desenfundaba el dispositivo. El pobre hombre se quedó un poco chascado al ver que no conseguía vendérmelo, pero es que las cosas como sean, yo soy muy difícil de convencer...


jueves, 4 de julio de 2013

Pesadillas recurrentes


Estoy en clase. Ahora no sé qué asignatura toca. Busco mi carpeta con los apuntes y no la encuentro. Un gracioso ha cogido las carpetas de todos los alumnos y las ha desparramado por el suelo. Al borde de un ataque de nervios descubro que en realidad la tengo en la mochila...La abro y hay cientos de folios de asignaturas de las que no recuerdo haberme matriculado (¿historia de los reyes godos? ¿de verdad tengo que estudiar eso para ser veterinaria?). Me empiezan a entrar sudores fríos cuando soy consciente de que en dos días tengo examen. ¡¡¿¿¿Cómo voy a memorizarlo todo???!!

Otra versión. De pronto me doy cuenta de que no cursé una par de asignaturas en la facultad, con lo que no puedo ejercer. Me pregunto cómo carajo me han dado un número de colegiada si en realidad no estoy licenciada. Me da un chungo al darme cuenta de que estoy ejerciendo de forma ilegal.

Estas y otras díscolas pesadillas son las que rondan mis noches periódicamente. A Mr. X le pasó durante una época, pero ya quedó atrás. La carrera ha dejado más huella en mi cerebro que en el suyo, por lo visto...Aunque no me extraña. Él fue un alumno excelente, de esos que sacaban matrículas a gogó (¡matrículas!) y lo mío fue por otros derroteros. Al llegar a la universidad llegó también el primer ligue, que fue un fiasco, y me dejó piltrafilla total. Si a eso le sumamos las juergas que hasta entonces no había disfrutado por ser una niña güena, pues el drama académico está servido. Los dos primeros años de carrera fueron un tormento. Me costaba horrores aprobar. Hasta que me cansé y me puse las pilas, y todo fue mejorando (aunque llevé el retraso asociado a los dos cursos "perdidos"). Por suerte, las asignaturas chulas, las que a mí me gustaban (todas las de medicina de pequeños animales) se concentraban en los últimos cursos y para entonces ya había recuperado mi tónica de buenas notas.

De todas formas, de poco sirve todo lo que te hacen memorizar para un examen. Se te quedan algunas cosas, pero poquitas (y no digamos de las asignaturas que te resbalan, como economía agraria -qué tostón, por favor- o agricultura -me volví loca al tener que empollar la cantidad de proteína, hidratos de carbono y otros nutrientes de todas las semillas habidas y por haber-).

Recuerdo mucho las clases de un profesor en concreto. Es de los que conseguía atraparte con su discurso. Un día nos dijo: "Cuando acabéis la carrera lo que tenéis que tener en la mente es el índice de un libro. El índice incluirá lo esencial de lo que habéis estudiado, el resumen de todas las patologías. Eso es lo importante. Así, cuando se os presente un caso y aún os falte la experiencia de los años, recordaréis el índice, recopilaréis los datos, y en los libros de texto hallaréis la respuesta". Como molaba ese profe...

Hoy en día, aún trabajo como él nos decía. Si hay algún caso complicado, reúno en una lista todos los síntomas y pruebas, me siento en el escritorio y buceo un rato en los libros (no me extraña que me molen las historias de detectives, perseguir a un villano o a una patología no es tan diferente…). O llamo a colegas que tienen más experiencia que yo en un campo determinado y les pido que ejerzan de oráculo (ahí tengo que dar las gracias a Teresavet, ¡siempre dispuesta a echar una mano!).

Me viene a menudo a la memoria un instante vivido en una de las clínicas dónde hacía prácticas. Había una chica algo mayor que yo -ya licenciada- que tenía que hacer el seguimiento de un caso. Llamó a la propietaria y empezó a decir: "Hola, soy la veterinaria y blablablabla...". No sé porqué me quedé idiotizada mirándola preguntándome cómo sería el día en que yo pronunciase esa frase...Y con la tontería hace ya diez años que ejerzo.

Ya lo he explicado más de una vez, yo trabajo en un sitio muy pequeño y por lo tanto se podría decir que curro de veterinaria de "cabecera". Resuelvo los problemas más sencillos (o lo intento), y oriento a los propietarios para que acudan a donde pueden solventar los mayores. Pero la gente te acaba cogiendo cariño, y aunque vaya a un hospital para operar a su gato, la mayoría de las veces vuelve para que tú hagas las curas y el seguimiento. Y aunque el paciente si pudiese te usaría de diana de todas las inyecciones que le has puesto (con toda la razón del mundo), poco a poco te vas ganando un rinconcito en el corazón de su propietario. Porque te has convertido en "su veterinaria".

En fin, que empiezo haciendo un repaso de mis pesadillas y acabo poniéndome nostálgica. Si es que...

¡Feliz jueves!




lunes, 10 de diciembre de 2012

Más clientes curiosos


Un día de estos estaba yo en la consulta, enfrascada en la apasionante lectura del prospecto de un pulguicida, cuando el timbre me sacó de mi ensimismamiento. Nota mental: pedirle a la jefa que cambie el tono -o por lo menos el volumen- del dichoso timbre si quiere mantenerme con vida (pego cada bote cuando suena que los clientes se parten la caja al verme, para mí que alguno lo hace incluso con premeditación y alevosía...). Sigamos. Me dirigí a la puerta y una sonriente señora me dijo eso de...

-"Perdona, ¿te puedo hacer una pregunta?".

Yo asentí sonriendo a mi vez, porque sabía que con toda probabilidad lo que soltase por su boquita me daría material para un post (ya conocemos la peligrosidad que esa frase lleva implícita...).

Señora: "Verás, es que tengo una vecina, que vive arriba del todo de mi edificio, y ya me ha pasado tres veces que cuando su perro aúlla, se muere alguien que conozco...¿Eso pasa?".

Yo: O_O

¿Qué contesto yo a eso? A ver...Yo había oído hablar de un gato americano que preveía la muerte de los pacientes del hospital en que vivía..., pero aún no había tenido ningún cliente que me relatase historias similares...Lo que pasa es que según creí entender por la información extra que me dio la señora, en el caso que nos ocupa el perro aullador presintió la muerte de gente que conocía la señora que me hacía la pregunta, no de gente cercana a la familia con la que el can convive...con lo que damos una vuelta de tuerca a los poderes extrasensoriales de nuestros animales de compañía. La señora buscaba una explicación científica al fenómeno y tuve que admitir con resignación que ese es aún un campo por explorar en la medicina veterinaria y que no tenía respuesta a su pregunta. Ella insistía: "Es que es un aullido muy peculiar...y claro, me interesa saber si eso va en serio, porque como lo oiga otra vez me voy a echar a temblar...". Decidí mitigar su padecimiento explicándole que lo más probable es que todo se debiera una casualidad, porque de lo contrario ya me la veía a la pobre pendiente de las vocalizaciones de su canino vecindario, esperando la agorera alarma...

Para finalizar el curioso encuentro, la señora me explicó: "Pues me dejas más tranquila, porque el otro día leí en el periódico que un gato había anulado su cita en el veterinario por telepatía...aunque yo eso no me lo creo, claro". Y yo pensando: "Menos mal...porque el día que los gatos puedan hacer eso, yo me quedo sin trabajo".

¡Feliz semana!


lunes, 22 de octubre de 2012

Cavilando


Llevo unos días pensando, y pensando...En general me gusta pensar, me entretiene y a veces incluso pienso cosas interesantes. Pero en otras ocasiones entro en un círculo vicioso y deja de ser divertido. Ahora estoy un poco en ese plan, aunque como hoy está saliendo el sol y por fin se me ha ido la regla, intuyo que los aires de tristeza que me han invadido estos días pronto se evaporarán.
Un día leí que un maestro zen decía que para estar en paz y tranquilo hay que conseguir no pensar (igual ya lo he explicado alguna vez, porque me impresionó el tema). Yo he intentado poner en "off" la vocecilla interna que me acompaña, pero es misión imposible. O sea que debo estar muy lejos de alcanzar el nirvana. Además, como ya he dicho, a mi me mola pensar. Creo que así un día tendré una idea maravillosa que me hará la vida más fácil (quien no se consuela...).

¿Y qué pienso? Pues un poco de todo. Últimamente le doy mucho al tema curro. Sin agobios, pero tratando de concretar qué quiero hacer con mi vida laboral (o más bien, dadas las circunstancias, qué puedo hacer). Como sé que de un día a otro me van a reducir horas, ergo sueldo, ergo ya me puedo buscar algo o no llego a fin de mes, se impone buscar alternativas. No voy a entrar en detalles porque es todo muy rollo pez que se come la cola y eso es lo que me cabrea, que no veo por dónde carajo cortarle la cola al puñetero pez.

También estoy algo nostálgica al ver lo rápido que crece Peque. Un clásico maternal donde los haya. Pero es que a medida que pasa el tiempo, más se acelera todo. Y me da pena, para qué negarlo. Si juntamos esto con el tema del curro, pues ya tenemos la mezcla explosiva: la conciliación. Caca de la vaca. A mí me gusta trabajar, me gusta pasar unas horas fuera de casa y desconectar un poco del mundo "madre". Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que si no necesitase ganar dinero, no me importaría nada aparcar mi carrera y dedicarme a criar a mi hijo. Sé que necesitaría algunas horillas para mí al día, pero el resto del tiempo lo invertiría gustosa en ver crecer a Peque y acompañarlo en la aventura. Dicen que hay niños con mamitis...pues yo tengo Pequeñitis, qué le vamos a hacer...

En fin, ha quedado todo un poco taciturno, pero sigo sintiéndome feliz. Además, he descubierto que llevo un tiempo de lo más resolutiva. Siempre he sido de las de aparcar la faena para el día siguiente, y últimamente me lo quito todo de encima de un plumazo. Básicamente, porque me pesa más saber que tengo algo pendiente por hacer, que hacerlo (treinta y cinco años para llegar a esta conclusión...¡cuando mi madre ya me lo decía con cinco!). Así estoy liquidando muchos temas que tenía pendientes, y es un gustazo.

Espero que próximamente mi mente tenga a bien transitar por derroteros más lúdico-festivos. Más que nada, porque como ya decía mi madre, hay que ocuparse, no preocuparse. Y no quiero que pasen otros treinta años para darme cuenta de que tenía razón.

¡Feliz semana!

viernes, 28 de septiembre de 2012

Cambios


En el último post comenté que durante mi estancia en el Zoo viví muchas aventuras, y veo que a algunas os ha picado el gusanillo y os apetece saber más detalles de mis avatares entre las fieras.

Por aquel entonces, para mantener el contacto con mi gente, escribí un correo electrónico semanal explicando todo lo que me sucedía. Tonta de mí y de mi puñetera manía de mantener el correo limpio y ordenado, en una de estas los borré todos. Por suerte los había impreso y los guardo en los álbumes de fotos que hice.
Hace meses que me ronda la idea de recuperarlos y escribirlos de nuevo para poder conservarlos adecuadamente. Es un trabajazo, y no sé si encontraré el tiempo para hacerlo, pero creo que puede ser divertido narrar algunas de las anécdotillas allí acontecidas.
Lo del tiempo puede que se convierta en un handicap a partir de ahora, aún no lo sé. La semana que viene tengo una entrevista para un trabajo nuevo. No es que me apetezca cambiar, después de tantos años me siento como en casa en la pequeña consulta donde ejerzo, pero la crisis nos está dejando secos, y no es sostenible. Además, las condiciones del curro nuevo no están mal; pero desde luego, si me eligen, no podré dedicar a la blogosfera ni la mitad del tiempo que le dedico ahora, cosa que me apena infinitamente. Este rinconcito de escritura y reflexión me relaja y motiva muchísimo.
En fin, a lo que iba, que próximamente en sus pantallas (de ordenador): ¡Aventuras en el Zoo!

Y hablando de aventuras, le enseñé a Mr. X la entrada que había escrito sobre él y me dijo: "Va, cuelga la foto en la que estoy cruzando por la parte chunga". Se ve que mi maridín tiene ganas de protagonismo (aunque en la imagen no es que se le vea la jeta precisamente). Y como sus deseos son órdenes para mí, aquí os dejo la foto en cuestión, con mi churri jugándose el pellejo en el monte.

                                                                            
                                                         

                                        
¡Buen finde!


martes, 12 de junio de 2012

Ojos tristes

Hay días en los que de verdad querría dedicarme a cualquier otra cosa...Creo que la mayoría de veces consigo mantener esa distancia emocional tan necesaria para poder actuar con objetividad y sin sufrir demasiado, pero hay otras en las que simplemente no es posible.

En mi consultorio no suelo atender casos muy graves, aunque eso no me libra de momentos difíciles, pero no es como trabajar en un centro de urgencias o en un gran hospital. Aunque hay excepciones. El viernes vino a la consulta un chico con su perrita en brazos. Por lo que me explicó en pocos segundos (y entendiéndole con dificultad porque no es español), el pobre animal tuvo contacto en las patas con un producto corrosivo a principios de semana. La lavaron en la ducha y fueron a su veterinario habitual, que al no ver lesiones importantes, asumió que con la ducha habían eliminado todo el producto. Pero las lesiones evolucionaron, y como su veterinario estaba en un congreso, vinieron a verme. El viernes la cosa aún no tenía muy mala pinta (a ojos de un profano), pero no es la primera quemadura que veo, y sabía que evolucionaría a peor. Estuve curando a la perrita durante dos horas y media, y no me quito su mirada de la cabeza. Hay animales que consiguen transmitir tanto...Avisé al propietario de que empeoraría, de que no sabía si podíamos poner remedio a lesiones tan extensas, de que lo mejor era ingresarla y proporcionarle curas intensivas, pero el chico no se podía gastar tanto dinero y decidió curarla él en casa y traerla de nuevo el lunes.

A pesar de lo bien que me lo he pasado este fin de semana (de sobras lo sabéis), no pude olvidarme de la perra. Cada dos por tres me venía a la mente y pensaba en cómo estaría. No debería implicarme tanto, no sirve de nada y lo paso mal. Ya sé que visto desde fuera eso significa que me preocupan los animales que atiendo, que soy empática, y desde luego es así, pero si te llevas esa carga a casa, pues te quedas hecha una piltrafilla.

Ayer volví a ver a la perrita, y está mucho peor de lo que imaginaba (no quiero dar demasiados detalles, pero sólo con deciros que en varias extremidades el hueso está expuesto os podéis hacer una idea). He consultado el caso con un veterinario dermatólogo para ver si tiene opciones, pero yo no lo veo muy claro. Y me sabe tan mal...

Si me he decidido a escribir este post es porque creo que parte de la información que voy a dar puede ser útil. Ayer la propietaria me enseñó el producto que usaba para desatascar las tuberías en casa. Y digo "usaba" porque ya se ha deshecho de los frascos. Se llama "Melt", y he encontrado un blog denunciando su uso, porque es ácido sulfúrico en un 95%, y según la normativa que comenta (desconozco si eso es realmente así), en productos de uso doméstico no debería superar el 15%. Os recomiendo que lo leáis.

jueves, 22 de marzo de 2012

Nuevo look y un dilema

Antes de nada, quiero agradecer a Sarai Llamas el diseño que me ha hecho para el blog. Desde que vi como había quedado el de Unaterapeutatemprana iba con la idea de pedirle que diseñase mi banner. Y al final me decidí. Ahora sólo queda que a todos os guste tanto como a mí!

Ahora vamos al lío...Hoy estoy gris, como el día. Además tengo la regla, y eso siempre añade un poso de tristeza y melancolía a mi estado de ánimo. Pero es que encima tengo que decidir algo importante, y no acabo de ver para dónde tirar.
Hace unos días os explicaba aquí que había visto una oferta de trabajo que podía ser interesante. Finalmente me llamaron para hacer la entrevista, que fue ayer. Se trata de una clínica pequeñita, pero bien situada, con bastantes medios, donde sin duda podría aprender bastante. Hoy en día trabajo en una mini consulta de barrio, con cero medios, donde practico medicina de supervivencia...Si no he buscado otras cosas es porque en general la profesión está mal pagada y con unos horarios infernales, así que para eso, siempre he preferido quedarme donde estoy. El tema es que en este sitio me ofrecen una substitución de casi un año trabajando algo menos de media jornada con un sueldo muy razonable. Y el punto interesante es que quizás habría opción de quedarme, pero sólo quizás. Yo creo que la entrevista salió bien y que estoy dentro de las candidatas que le gustan más al jefe (ojo al dato, ha recibido 100 curriculums...). Ahora tengo que hablar con mi jefa actual (a la que ya le había dicho que iba a la entrevista) para ver si ella puede reducirme jornada y compaginar los dos trabajos, cosa que le interesa porque con la crisis nos ha bajado muchísimo el número de visitas. Problema: si hago eso, durante todo este año no tendré ni una sola tarde libre para estar con Peque. Y trabajaré un sábado de cada dos. Ya sé que siendo veterinaria le pido peras al olmo, y buscar un trabajo bien pagado que me permita conciliar -un poquito- es imposible, pero yo sigo en esas. Lo hablé con Mr. X, y él por una parte entiende que yo desee pasar tiempo con nuestro hijo, pero por otra cree que es una oportunidad que no debo desaprovechar. Así que éste es mi dilema. Es cierto que aún queda que mi jefa acepte y luego que el otro veterinario me contrate, pero la verdad es que lo veo todo bastante factible, así que me toca decidir a mí.

A todo esto, yo sigo buscando alternativas que me permitan ganarme algo la vida y cuidar a mi hijo. La última que me rondaba la cabeza es apuntarme al IOC (Institut Obert de Catalunya) para cursar a distancia la titulación de Técnico en Educación Infantil. Bueno, en el fondo sé que no lo haré, porque ya me veo mayorcita para eso, porque no sé de dónde sacar tiempo para estudiar y porque me da que el panorama laboral que tendría sería igual de chungo que el que tengo ahora, con la salvedad de que por la tarde podría estar más tiempo con Peque.

En fin, que tengo la cabeza que echa humo y el corazón encogido. Me duele pensar en la dichosa conciliación. Me viene constantemente a la mente este post de Mà a mà, pell a pell, cor amb cor.

Por cierto, durante la entrevista me hicieron la pregunta del millón: "¿Piensas tener más hijos?". Sé que hay muchas mujeres que se indignan cuando les preguntan eso. A mí no me indigna tanto que ese hombre me lo preguntase como lo que le lleva a preguntármelo. Si el gobierno diese verdaderas ayudas a los empresarios, a estos no les importaría que sus empleadas tuviesen los hijos que quisiesen. Está todo montado con el culo.

Seguiré pensando.


PS: Iba a publicar la entrada cuando un cliente ha llamado a la puerta. Es un señor mayor que conozco hace años. Me ha traído una caja de bombones y dos juguetes para mi Peque como agradecimiento por una visita que le hice a su gata. Detalles así le alegran a una el día...

viernes, 16 de marzo de 2012

Luces y soles

Esta semana he estado un poco ausente y sin ganas de escribir porque estaba abducida por otra de mis crisis metafísico-currantiles...Para más datos os podéis leer esta entrada de hace unos meses. Yo soy muy cíclica, y periódicamente me veo inmersa en mi marea de preguntas trascendentales sobre el trabajo. En esta ocasión el detonante han sido dos ofertas de trabajo que pintaban bien. Una, que no era de clínica y podía ser un oportunidad de empezar en un campo nuevo, ha resultado ser un chasco total (parece mentira que alguna gente tenga el morro de querer ganar dinero así a costa de otros, os ahorro los detalles). La otra oferta era verdaderamente interesante, en una clínica que conozco por referencias y con un buen sueldo, pero tan solo era una substitución y mi perfil no encaja del todo por horarios y vacaciones pactadas. En fin, que vuelvo al punto de partida sin haber sacado ninguna conclusión digna de mención. Bueno, sí, que en mi trabajo la conciliación (entre otras cosas), no existe, por mucho que una trate de encontrarla en algún recodo. Sigo esperando la lucecita que ilumine mi camino...De eso hablaba el otro día con dos buenas amigas. Las dos son veterinarias y trabajaron en diferentes sectores de nuestra profesión hasta que vieron que no era lo suyo. Ahora curran de cosas totalmente distintas a lo nuestro y ninguna de las dos está satisfecha con lo que hace. Le dan vueltas al tema, lo miran del derecho y del revés, y no dan con la solución al problema. Según una conocida de una de ella, a veces un día te despiertas y de pronto descubres qué es lo que quieres hacer con tu vida. Es la famosa lucecita, y las tres nos levantamos cada mañana mirando con ojos perezosos si algún farolillo ilumina nuestro futuro, pero de momento nasti de plasti. Porque las tres coincidimos en una idea, que cuando uno sabe lo que quiere, focaliza sus energías y es mucho más fácil luchar por ello y conseguirlo. De eso estoy convencida, y lo he vivido varias veces. De hecho, me siento tremendamente afortunada, porque creo que he logrado muchas de las cosas que deseaba en mi vida. Y a nivel personal no puedo quejarme ni una miajilla. Soy una suertuda.

En fin, que sea como sea, hoy es viernes, brilla el sol, y aunque tenga mis temillas por resolver, ¡soy feliz! Queda muy cursi, lo sé...pero es que a mí el Lorenzo me da vida y cursilería a tope. Y mi otro sol, mi Peque, me tiene enamoriscailla perdida. Aunque comienzo a sospechar que Mr. X y yo somos una mala influencia para él...Por lo menos en algunas cosas. Ya he dicho alguna vez que soy muy mal hablada, pero haciendo honor a mi faceta de madre educadora que debe dar ejemplo, estoy haciendo un esfuerzo por sustituir cada uno de mis exabruptos habituales por un "mecachís", y creo que lo estoy consiguiendo razonablemente bien. Peeeero, hay algo con lo que los padres de la criatura no estamos a la altura. Ayer, durante la cena, nos bebimos unas refrescantes cervecillas y ya se sabe que tanta burbujita, pues al final hace de las suyas. Y yo en mi casa no me corto. No estoy todo el día soltando eructos, pero si me vienen ganas, pues lo echo. Y lo mío es moderado, pero si Mr. X da rienda suelta a sus "regoldos" (no sé por qué los llama así...) el estruendo es de tres pares de narices. Y claro, Peque nos mira, pone cara seria, abre la boca con el ceño fruncido y suelta "roooooot" (eructo en catalán). Yo ya le digo que no debe hacerlo, pero a veces se me escapa la risa por lo bajini...Un mal ejemplo, vamos, lo tengo claro. Pero qué le vamos a hacer, no se puede ser perfecta, y a mí, un eructo, lo mismo que una buena palabrota en el momento justo, me resulta muy liberador.


¡Buen finde!

martes, 6 de marzo de 2012

Clientes curiosos

Ser veterinario es de todo menos aburrido, doy fe. Y cuando crees que ya lo has visto todo, se te presenta en la consulta un cliente sonriente y te dice eso de: "Mira, perdona, es que quería hacerte una pregunta...". Y lo que sale por su boca puede ser cualquier cosa. Para muestra, un botón (bueno, dos).

Pink Lady

Este era el sobrenombre que se ganó una clienta que siempre venía con modelitos rosas. Lo bueno es que eran modelitos de pijama. Tenía la costumbre de presentarse en el consultorio con ropa de cama, a veces con albornoz incluido, y pantuflas hawaianas. Bueno, eso en verano, en invierno ya se tapaba más. Era una chica joven, muy guapa, y por su aspecto uno hubiera dicho que era de la India, pero no, era sueca (qué cosas tiene la vida...). Hablaba varios idiomas a la perfección (dejarle un mensaje en el contestador era una odisea porque te largaba la parrafada en sueco, castellano e inglés) y siempre me preguntaba cosas un tanto...pintorescas. Un día, en una excursión al monte se encontró a un perro abandonado y decidió quedárselo. Era un pedazo de perro enorme, muy cariñoso, y ella estaba loquita por él. Cuando ya hacía unos meses que lo tenía, vino un día a la consulta acompañada de su flamante can y me dijo: "Mira, es que estoy pensando en que quizás sería bueno...". Y con la mano hizo el gesto de cortar con tijeras. Yo le contesté: "Ahhh, castrarlo, sí mujer...". Pero de pronto me interrumpió con un "Shhhhhhhhh!!!!" y me miró con el ceño fruncido haciendo un gesto con la cabeza hacia el perro. Yo estaba estupefacta, dudando si había entendido bien lo que ella insinuaba y traté de empezar la frase otra vez...: "Estooo, o sea que quieres...ejem...". Y ella dijo: "Sí, ya sabes (gesto de tijeras otra vez), es que no quiero que él lo oiga y se asuste". Pues sí, yo lo había comprendido a la perfección. El resto de la conversación se produjo entre señas, palabras clave y onomatopeyas para no dar pistas al perro de su posible destino...

He de decir que al final no lo castramos. Una de dos, o el bicho al llegar a casa se le plantó en el sofá del salón y le soltó algo como: "Mira guapa, te agradezco que me sacaras de aquel bosque, pero aunque la corta-huevos esa y tú habléis en morse, yo pillo de sobras lo que pretendéis hacer, y te digo desde ya que mis pelotiquis se quedan conmigo, si no te parece bien me vas preparando el finiquito y mañana mismo me las piro y tan ricamente"; o bien no era el momento de pegarle un mordisquillo a su cuenta corriente y abonar el precio de la cirugía. Hoy en día, tanto can como clienta viven felices en algún lugar de la fría Suecia.

Un regalo especial

En esta ocasión el que vino a alegrarme el día no era un cliente habitual. Llamó a la puerta un chico pálido vestido íntegamente de negro, con un maletín negro y el pelo, negro negrísimo, repeinado y engominado. Pensé que venía a venderme algo y ya iba preparada a sacármelo de encima, pero al entrar y saludar soltó lo de : "Buenas, quería hacerte una pregunta, a ver si puedes ayudarme". El tío prometía, así que lo invité a deleitarme con su pregunta y no quedé defraudada. Me explicó que había comprado por internet dos colmillos de lobo para hacer un regalo y tenía dudas de que fuesen verdaderos, que cómo podía saber si no le habían tomado el pelo. Por lo visto, un amigo taxidermista le había dicho que no eran de verdad y antes de regalarlos quería asegurarse (porque además el amigo en cuestión ya estaba jubilado y no se fiaba mucho de su criterio...). Y digo yo, si ya te pones y compras unos colmillos que te envían desde Alaska, ¿eso no viene con certificado de autenticidad? Es más, ¿es legal vender dientes de lobo por internet? Dejando las leyes aparte ¿la persona a la que se lo regalas es una experta en el tema y te dirá solo verlos que te han timado y que te los metas por el culo? ¿no es la intención lo que cuenta? Mientras tropecientas preguntas surrealistas acudían a mi cabeza traté de parecer mu pofesioná y le dije que tenía que examinarlos para evaluarlo, que claro, yo estaba acostumbrada a ver dientes de perro, pero normalmente estaban puestos en su sitio...que me creía capaz de como mínimo ver si eran de un animal o de material sintético...pero decirle si eran de lobo...pues como que no. Que para eso le recomendaba ir a la Facultad de Veterinaria. El tío no pareció muy conforme, pero me prometió traer los dientes un día...

Ese fin de semana, en una comilona con amigos, de pronto Mr. X comenzó a explicar descojonándose de la risa que había ido un tío rarísimo a la clínica preguntando cómo saber si unos colmillos de lobo eran auténticos...Por lo visto, nada convencido por mi recomendación, el tipo decidió realizar un peregrinaje de clínica en clínica buscando un experto en dientes lobunos. Porque mi consulta y la clínica de Mr. X no están en el mismo barrio precisamente, así que imagino que el pobre chaval se pateó unos cuantos centros en su búsqueda de la verdad. Mr. X le dio la misma solución que yo, que se fuese a la facultad.

A la facultad no fue, porque tenemos un amigo en el departamento Anatomía y no nos ha dicho nada al respecto. Aquí no ha vuelto, y a la clínica de Mr. X tampoco. ¿Regaló nuestro amigo finalmente los colmillos? ¿Descubriría de algún modo si eran auténticos?


En fin...cosas que pasan en la consulta de un veterinario...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Conciliación Real Ya

Hacía unos días que quería enlazar mi blog con el de Conciliación Real Ya, pero hoy, aprovechando la estupenda entrevista de Loulou y Cia a Marta Gual, del blog Mà amb mà, pell amb pell, cor amb cor, tengo la excusa ideal para hacerlo.
Ya he hablado en alguna ocasión de lo imposible que es en mi sector (como en tantos otros) conciliar vida profesional y familiar. Más tratándose de una empresa pequeña en la que si yo no estoy, no hay nadie para cubrirme. Creo que la solución pasaría por unos horarios comerciales-laborales diferentes, en los que se apostase por las jornadas intensivas. Pero cambiar la mentalidad de un país no es fácil, desde luego. Yo por ejemplo, salgo del curro al mediodía a la una y no vuelvo a entrar hasta las cinco. Cuatro horas para comer. Ni que decir tiene que aprovecho ese rato para ir a buscar a Peque al cole más pronto que el resto de sus compañeros y poder pasar un rato con él esas horas. Si no lo hiciese así, no lo vería desde las nueve y media de la mañana hasta las nueve de la noche. Es decir, que prácticamente sólo compartiríamos unas dos horas al día.
Por otro lado no puedo permitirme dejar de trabajar, porque necesito mi escaso sueldo para llegar a fin de mes. Y tampoco deseo dejar de hacerlo. Me gusta trabajar. Así que creo que el movimiento de Conciliación Real Ya es necesario, y cuantos más seamos más cerca estaremos de encontrar una solución.

jueves, 27 de octubre de 2011

No llores

A veces en mi profesión vivo momentos muy emotivos, a flor de piel, y eso ocurre sobre todo cuando debo eutanasiar a un animal. No es fácil, pero con la experiencia eres capaz de vivir la situación con la distancia suficiente como para no pasarlo demasiado mal. A veces es imposible, porque tú estás sensible o porque le tienes un cariño especial a ese animal o cliente. Pero no es de eso exactamente de lo que quiero hablar...

Hace unas semanas tuve que eutanasiar a la gata de una clienta. Esta chica, a la que llamaré L, tiene un hijo de unos cuatro años aproximadamente. Solía venir a las visitas sola o con el niño. Así como hay niños que lo miran todo con curiosidad, te hacen preguntas sobre su animalito, te piden que les enseñes el fonendo...este niño es de otro tipo, de los que no se interesa mucho por el bicho y se dedican a interrumpir continuamente porque quieren irse al parque. Muy ocasionalmente L venía con su marido, un hombre de cuarenta y tantos, trajeado, inmaculado y profundamente arrogante. Yo periódicamente tenía que sedar a la gata para poder cortarle el pelo en la peluquería, cosa que no me gustaba hacer con frecuencia porque tenía un soplo cardíaco. En una de esas ocasiones apareció el marido, que es médico. En vez de preguntarme por el proceso de la sedación en lo que podría haber sido un intercambio de conocimientos, me habló con autosuficiencia y vino a decirme que si se moría la gata mala suerte...

Un día vino L llorando con la gata y el niño porque se había encontrado al animal en casa prácticamente agonizando. Le sugerí la eutanasia porque la gata era muy mayor y estaba muy enferma, y L se bloqueó, no era capaz de tomar una decisión. Llamó a su marido y pude intuir por la conversación que él no se estaba mostrando muy comprensivo. L me pidió que por favor esperásemos a su marido (ya era la hora de cerrar) y así lo hicimos. Cuando llegó y vio el percal le dijo a L que estaba claro que había que eutanasiar. Mientras yo lo preparaba todo, L no paraba de sollozar, cosa que me parece de lo más normal y a lo que estoy habituada. El niño miraba sin entender mucho qué pasaba, y su padre se iba sulfurando por momentos. De pronto, se giró hacia su mujer y le dijo: "¡No llores! ¡Deja de montar el espectáculo! ¿Quieres que el niño te vea así, llorando sin parar? ¡Yo veo la vida y la muerte cada día!". L contestó en un susurro que ella no estaba acostumbrada como él a esas cosas y trató de sorber los mocos y aguantar el llanto para no enfurecer más a su marido. Me sentí fatal, tenía ganas de echar a ese hombre fuera de la consulta y animar a L a que llorase todo lo que quisiese. Y de hecho, como él se marchó antes, fue lo que hice, consolarla y tratar de hacerle ver que era normal expresar su dolor. Hice mi trabajo y ellos se fueron.

Cuando volvía a casa iba pensando en lo ocurrido, en que me entristecía que L tolerase que la tratasen así, que ese hombre no sabía lo que era la empatía (¡si alguna vez voy a parar a su consulta pienso salir corriendo!)...y sobre todo, pensé en el niño. Viendo como se comportó su padre, entiendo más cosas de su carácter. Quizás, su padre fue un niño al que también le prohibieron llorar.

martes, 11 de octubre de 2011

Tiempos de crisis

Hace tiempo leí en algún sitio que crisis en chino significa oportunidad. Tengo la puntillosa costumbre de intentar comprobar este tipo de cosas para ver si son ciertas y...pues no, no es verdad. Aquí lo explican muy bien.

Chasco aparte, la idea sí me gusta y sí la comparto. Cuando las cosas van bien no le das mucho al coco, pero cuando se ponen feas comienzas a buscar soluciones por todas partes (o a intentarlo por lo menos).
Yo he tenido crisis variaditas. Existenciales, profesionales, amorosas...Un poco de todo. Pero ahora mismo, a lo que le doy más vueltas es a qué hacer con mi trabajo.

Mi profesión me gusta. Y supongo que me gusta mucho si sigo dedicándome a esto. De mis compañeros de promoción, un gran porcentaje no quiere saber nada de una carrera que le ha dado más disgustos que satisfacciones. ¿Por qué? Desde fuera nuestro trabajo se ve bonito y bucólico, pero desde dentro hay muchas cosas que no lo son, y sin entrar en detalles que tampoco vienen al caso, lo que a mi más me preocupa hoy por hoy es el mísero sueldo que cobramos y la escasísima posibilidad de concicliación que hay. Yo, por ejemplo, curro en una pequeña consulta por cuenta ajena. Estoy sola y trabajo por las mañanas y las tardes. ¿Cómo le digo a mi jefa que ahora que tengo un hijo quiero trabajar sólo por las mañanas? Aparte de la ridiculez de sueldo que me quedaría, ella no puede permitirse tener dos trabajadoras, y no va a dejar el turno de tarde, que es el que mejor funciona, sin cubrir. Y lo más bueno de todo es que yo en el cole iba para letras, que era lo que se me daba mejor con diferencia... Pero cabezota como soy y propensa a los objetivos difíciles, decidí emparrarme en una carrera de ciencias. Si ya te digo yo...

Me he planteado cambiar de sector dentro de mi profesión, pero las opciones que hay no van conmigo. También he intentado cambiar de actividad profesional, y durante un tiempo envié curriculums a varias empresas, pero viendo mi perfil supongo que me descartaban de entrada. He valorado iniciar un negocio propio (tanto de lo mío como de cosas más dispares -muy dispares-), pero no tengo dinero para hacerlo ni puedo permitirme estar sin un sueldo mientras sale adelante.¡Ah! También juego de vez en cuando a la lotería, por si acaso...jajaja.

A veces tengo una sensación extraña, como cuando no te viene una palabra a la mente y notas que te ronda, que la tienes "en la punta de la lengua". Pues lo mismo me pasa a mí con mi trabajo, me da la sensación de que hay una idea que no acaba de concretarse y que es el trabajo de mi vida, ¡pero no doy con él! Pero trato de ser optimista y doy gracias de tener un currito en los tiempos que corren. A ver si me ilumino de una vez y encuentro lo que busco...