viernes, 10 de junio de 2022

El arte de complicarse la vida

 

Me había hecho yo el medio propósito de cerrar el blog con mi última entrada. Por aquello de clausurar un capítulo, y porque me he imprimido todo el blog en papel, en dos libritos preciosos que son unos de los pocos objetos que salvaría de mi casa si tuviese que salir pitando con lo puesto. Y es que me encanta acabar cosas, darlas por finiquitadas y olvidarme de ellas. Pero sabía, lo sabía, que me picaría el gusanillo de seguir escribiendo (de ahí que solo fuera un medio propósito).

Dicen que lo de los blogs ya es del cretácico, que nadie los lee, y blablablá. Supongo que algo de eso hay, pero cada vez que alguien comenta que le gustaba pasarse por aquí, me emociona enormemente y es un acicate para volver a las andadas.

Y bah, ahora que tengo un rato (o me lo fabrico entre enviar facturas al gestor y asistir a una formación online), pues démosle al teclado.

Llevo ya casi medio año como empresaria de mi propia clínica. Aún estoy lejos de sacarme un sueldo, pero todo el mundo me recuerda lo de que se necesitan dos años para ver la luz al final del túnel, o más bien los euros en la cuenta bancaria. Pues nada, paciencia. Me paso más tiempo gestionando que ejerciendo, pero también va en el pack del autónomo (encantador, el pack del autónomo, está lleno de sorpresitas desternillantes, pero de eso, mejor ni hablo).

Podría escribir largo y tendido sobre todas las movidas que hemos vivido en casa en los últimos años, pero siempre he preferido que el blog fuese para otra cosa, así que me voy a centrar en mi último entretenimiento: Suertudo.

Porque si no es suficiente con emprender, pedir un préstamo para sortear los famosos dos primeros años, entrar a saco en la preadolescencia de P, lidiar con historias varias que incluyen abogados, juicios y otras muchas aventuras locas y divertidas, a mí va y no se me ocurre otra cosa que adoptar un perro. Un cachorro, en concreto. De dos meses, para ser exactos.

La motivación era loable: P echaba de menos a Perra, lo estaba pasando regular en el cole y era una forma de darle vidilla y alegría, yo también tenía ganas de tener un bicho en casa otra vez (aparte de los de dos patas), … en mi cabeza todo tenía sentido.

Y entonces vi la foto de Suertudo en las redes sociales de una protectora que sigo y pensé: “es él”. He tenido muchos animales en mi vida, pero jamás he sido yo la que los buscase activamente, llegaron o los eligieron por mí. Era la primera vez que yo tomaba la decisión, y podría decirse que fue un flechazo. Contacté con la protectora, me presenté, rellené los papeles, hice las entrevistas, y consideraron que nuestra familia era ideal para Suertudo.

Lo fuimos a buscar un sábado lluvioso, y cuando sacaron esa bola de pelo adorable y nos la pusieron en los brazos, fue indescriptible. P y su hermano se derretían de amor.

Los primeros días Suertudo disimuló muy bien. Dormía mucho y el resto del tiempo estaba tranquilo y feliz poniéndose las botas. Pero al poco de llegar reveló su verdadera personalidad, y empezó a comerse la casa. Así, literal. Y a saltar, morder cables, darle el siroco en el momento más inadecuado… como cuando intentaba darme una ducha y tenía que salir corriendo porque se había meado y cagado en el pasillo y P me gritaba para que lo ayudase a que Suertudo no se rebozase en sus excrementos (pasar el mocho con la toalla mal puesta y el pelo chorreando mientras sujetas un perro de tres meses, es un ejercicio de malabares digno del Circo del Sol, solo que en plan cutre-escatológico). Hubo momentos en los que me sentí como cuando P nació y el posparto me desbordaba: i-dén-ti-co.

Decidí hacer un SOS en toda regla a una colega especialista en etología, porque Suertudo además de comer puertas, no lleva nada bien quedarse solo y me lo tengo que traer al trabajo cada día y puede decirse que desde entonces la cosa ha mejorado bastante. Aún queda mucho por pulir, pero ya no parezco una desquiciada salida del frenopático. En realidad, me estoy haciendo famosa en el barrio, porque llevo una bolsita con pienso colgando perpetuamente de mi pantalón, y voy con Suertudo arriba y abajo tratando de educarle, y dándole sermones mientras él pega un bote detrás de una paloma y yo salgo despedida desparramando bolitas de pienso como si fuera una estrella fugaz.

Como además el cabrito es una monada, de media unas treinta y cinco personas se acercan para hacerle mimos en el trayecto trabajo-casa, que yo normalmente hago en siete minutos, y que con Suertudo no baja de cuarenta. Y la conversación es siempre la misma: “¡Qué mono!, es joven, ¿verdad?, ¡y vaya patas!, ¡se hará enorme!”. ¿He dicho ya que buscaba un perro medianito? Mr. X no para de cachondearse de mi ojo clínico para elegir un perro medianito.

En fin, en realidad mi móvil rebosa de imágenes y vídeos de Suertudo. Porque me ha complicado la vida, no voy a decir que no, pero también la ha hecho más divertida. Y en general (y que él no me oiga), mejor.



 

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