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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Aventuras en el zoo: De vuelta a casa


A lo tonto a lo tonto fueron pasando las semanas y me encontré en medio de mi última semana en el zoo. Cada mañana, al ir hacia el hospital trataba de retener un poco de todo lo que me rodeaba: lo verde del paisaje, la fragancia de las plantas, la textura de la gravilla bajo las ruedas de mi bicicleta...Algo tan diferente a mi mediterránea vida habitual se había convertido en una exótica rutina, y me daba pena decir adiós. Pero también tenía muchísimas ganas de reencontrarme con mi familia y con Mr. X.

Una de las tareas que me tocó disfrutar esa semana fue la anestesia de un dragón de Komodo. Para variar, el Dr. B me relató las excelencias de esa especie, notificándome, como no, que era un reptil agresivo y peligroso.


                                     
                                              Un Komodo, cortesía de Wiki

Su saliva es tan tóxica que a veces, si se le escapa una presa tras morderla, sólo se dedica a seguirla sigilosamente y a esperar que las bacterias que hay en sus babas rematen a la víctima. Pues bien, nuestro Komodito se había zampado una piedra enorme que debíamos extraer de su estómago. Teníamos dos posibles formas de sacarla: mediante un gastroscopio o con el sofisticadísimo sistema manual ingeniado por el Dr. B (es decir, meterle la mano por el gaznate y sacar el pedrusco). El Dr. B nos iba mirando a todos y mi brazo se le antojó el ideal para el trabajo...pero al final cambió de opinión y lo hizo uno de los cuidadores de los reptiles...(¡meeeenos mal!). El chico estuvo intentándolo quince minutos y justo cuando me fui a buscar la cámara de fotos lo consiguió. Un método poco ortodoxo, pero muy efectivo, sí señor.

A mitad de semana, como todavía estábamos disfrutando del Swamp Festival, quise escaparme para dar una vuelta por ahí pero nos avisaron desde una de las secciones de que había muerto un guanaco (por lo que tocaba hacer la necropsia). El Dr. B me dijo que la haría yo. Andaba yo preguntándome (como siempre) "¿Qué será un guanaco?" cuando el Dr. B me explicó que era un camélido sudamericano...¡Un camello! ¡YO SOLA! Casi me caigo al suelo del susto...Puse cara de agobio pensando por dentro: "¡¡¡¡Este hombre está loco!!!!". Y riéndose, el Dr. B me tranquilizó explicándome que un grupo de estudiantes de la Facultad de Veterinaria que habían venido de visita me echarían una mano...Me fui a la biblioteca a empollarme la anatomía del bicho y un rato después tenía a cuatro solícitos alumnos deseosos de hincarle el bisturí a la fallecida bestia.

                                          
                            
                               Para que nos hagamos una idea...de la Wiki, cómo no


Fue algo estimulante. Unas semanas antes había pisado esa sala de necropsias hecha un manojo de nervios y chapurreando spanglish. Ahora estaba dirigiendo yo el procedimiento, contestando a las preguntas que me hacían y rellenando el informe. Tardamos casi tres horas en acabar. Ellos estaban emocionadísimos y yo más. Eso sí, al día siguiente las agujetas fueron del quince tras tanto menear arriba y abajo un cadáver de 120 kg. Me sentía muy orgullosa de mi hazaña. Tanto por el trabajo en si como por haber podido comunicarme sin problemas con todos los chicos. Ya sentía que me podía defender sin problemas (exceptuando a los cajeros automáticos de los supermercados -sí, estaban en los súper, con razón al principio no daba con ellos- a esos no los entendí jamás...).

Una vez finalizado el trabajo, me fui al Swamp Fest. Aunque evité por todos los medios que me pillasen otra vez para bailar, mi sex appeal fue superior a mis tácticas de escaqueo. Los atraía como moscas (véase prototipo de cincuentón, con shorts, camisa hawaiana y calcetines hasta la rodilla...si es que...un primor). Me habían dicho que había un grupo de canarios por allí, y como toda persona fuera de su tierra, andaba loca por encontrar algo que me recordase a mis raíces. En Nueva Orleans hay una colonia de canarios afincada desde 1770. Tenían una paradita, iban vestidos con trajes típicos regionales y explicaban cosas de su cultura. Pero todo en inglés, de castellano ni papa. Me quedé con las ganas de hablar en mi lengua...

Una noche antes de irme mi casera me invitó a cenar a un restaurante caribeño. Estaba todo riquísimo. Nos sirvieron patatas fritas que en realidad era "sweet potatoe", es decir, boniatos...riquísimos! (eso me recuerda que un día los tengo que cocinar así...). Yo pedí tortas de pescado con "habanero aioli" (lo que me emocioné al ver eso en la carta) y descubrí que la salsa en cuestión era como algo remotamente parecido al "allioli" pero que tenía más de habanero, sin duda alguna.

Un día más tarde, ya me encontraba empaquetando mis cosas para volver a mi casa. Me había ido despidiendo durante la semana de todos mis compañeros. El que sabía que más echaría de menos era el Dr. B, pero por suerte hemos mantenido el contacto todos estos años, y no dudaba de que así sería. Mi casera me llevó al aeropuerto y emprendí el viaje de vuelta. Otra vez los dichosos aviones, qué poquito me gustan...

Me emocioné muchísimo al reencontrarme con mis padres en el aeropuerto. Mr. X trabajaba y no pudo venir. Al llegar a mi casa descubrí su precioso regalo de bienvenida: una flamante bicicleta roja, para que no echase de menos la que dejé en Nueva Orleans. Desempaqueté mis cosas y a la hora de cenar llegó Mr. X. ¡Menudo abrazo! ¡Casi me tumba! (sí, y menudo beso también...). Fue tan bonito que casi me dan ganas de pirarme otra vez un par de meses para que me reciba así...


Y hasta aquí mis aventuras en el zoo. Gracias por seguirlas, ha sido un gustazo compartir con un público tan selecto mis andanzas animalescas.

 

 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Aventuras en el zoo: Al rico cocodrilo


Cuando apenas faltaban dos semanas para volver a mi hogar, dulce hogar, una de mis muelas comenzó a dar por saco. Lo de mis dientes y yo es antológico: caries a mansalva, infección en una muela (con la consiguiente endodoncia -eso de "matar el nervio", qué bonito todo- y final extracción) y muelas del juicio porculeras donde las haya. En este caso era una de las del juicio la que decidió jorobarme la existencia. Por suerte, mi querido Dr. B me otorgó la llavecita mágica de la farmacia del zoo y me dio permiso para abastecerme hasta los topes de analgésicos (la opción B era ir al dentista para quitarme la dichosa pieza, pero no quería pasar mis últimas dos semanas en los "iuesei" a base de sopitas, así que me atiborré de pastillas y listos). Y menos mal, porque el Dr. B decidió hacer una barbacoa en su casa, y no era plan de ir y no comer nada...He de decir que durante mi estancia en los EEUU no confraternicé demasiado con la gente. Yo iba bastante a mi rollo y los demás también (ya me avisó la chica que hizo la estancia antes que yo de que no era una gente que te integrase mucho en sus actividades). Tampoco me importó, la verdad. Pero ya que se montaba una BBQ con la gente del zoo, no me lo pensé dos veces y para allí que me fui. Hablar, no hablé mucho (por lo que decía de que iban a lo suyo), pero comer...Madre mía, me puse las botas. Que si hamburguesas, que si patatas con queso, brownies, madalenas -perdón "muffins"-...No cabía en mí. Eso sí, el dulce típico de la región me resultó asqueroso. Le llaman "moonpie" y son una especie de tortitas rellenas de malvavisco -"marshmallow"- y bañadas en azúcar con aroma a plátano o similar. Lo de malvavisco suena muy fashion, pero no son más que nubes, por favor, ¡que hay cosas más ricas con las que rellenar un dulce! Total, que una vez entré en modo modorra postpandrial me apoltroné en una silla a ver la fauna autóctona (casi tan divertida como la del zoo) y dos chicos se sentaron a mi lado. Uno empezó a flirtear descaradamente conmigo. Yo pasaba bastante de él y además los efectos del analgésico estaban desapareciendo, con lo que apenas podía articular palabra...El amigo de mi pretendiente tenía una cara de aburrimiento que no podía con ella y asentía mirando hacia otro lado cuando el otro le decía algo. Desde luego, no hay como tener novio para que te tiren los trastos cada dos por tres (eso, o el irresistible atractivo de nuestro acento español, que se ve que les pone majaretas -eso dice mi amiga V, que vivió allí varios años-...). Creo que esto resume bastante mi bien mi vida social en las américas.

Por suerte, las emociones con bichos exóticos seguían. Teníamos programadas unas gastroscopias en los alligators albinos. Se hacían periódicamente porque los bichos se tragaban todo lo que caía en su estanque y algunas sustancias eran peligrosas (monedas, piedras, etc.). Para la ocasión, vino el equipo de gastroenterología del hospital de la Universidad de Tulane (médicos, no veterinarios). Los alligators llegaron en unas cajas de metal con el morrito previamente precintado. Me parecieron bastante tranquilos y más pequeños de lo que me imaginaba (medían unos tres metros y algo y pesaban cerca de ochenta kilos, otros cocodrilos son más grandotes y llegan a los doscientos kilos). Os pongo una fotico:



                                               Imagen de mi amiga Wiki
                             

El Dr. B me dijo que los anestesiase yo y me lancé sin miedo. Mientras los cuidadores los sujetaban, yo les pinchaba en la patica. Yo andaba a mi aire entre los bichos y entonces me di cuenta de que ya estaba totalmente integrada en mi rol, porque los médicos y enfermeras que habían venido a trabajar estaban con cara de susto en una esquina de la estancia (o eso, o la medicación que tomaba para el dolor de muelas me tenía alelada perdida). Una vez dormidos colocamos al primero de los dos en la camilla y se les desprecintó la boca. Le colocaron un cilindro en la boca para pasar el gastroscopio por ahí y el Dr. B me dijo: "Venga, intúbalo". Me lo quedé mirando y pensé: "¿Que ponga mi manita ahí dentrooo?". Y contesté: "Vale". Sí, estaba integrada (eso y que el cilindro de protección era mega robusto, claro está).

Durante la semana hubo muchas conversaciones de pasillo en el hospital comentando las últimas noticias que nos habían llegado del zoológico de Boston. Por lo visto, un gorila joven se había escapado de su recinto. Pero no sólo eso, el animal logró llegar a la calle. Por el camino tumbó a un niño y a un adolescente voluntario del zoo (por suerte no les ocurrió nada grave, se encontraban bien...bien preparados para denunciar al zoo). Al poco tiempo se recibió una llamada de una señora que estaba asustada porque un tipo muy amenazante y con chaqueta negra se había sentado a su lado en la parada del autobús. Os podéis imaginar quien era el sujeto en cuestión...

Acabamos la semana en medio de una de las fiestas grandes del zoo, el "Swamp Festival" (o Festival del Pantano). El Dr. B, otra chica del departamento de educación y la menda nos fuimos a dar una vuelta y disfrutar del ambiente. El parque estaba lleno de tiendecitas que vendían artesanía, una comida excelente (todo el mundo me había dicho que Nueva Orleans es de los pocos sitios de EEUU con una gastronomía autóctona impresionante, y no se equivocaban) y música de fondo. El Dr. B nos invitó a un pan con queso caliente que podía ir relleno marisco o alcachofas. Yo escogí alcachofas, porque lo del bocata de gambas como que no me molaba, pero al tenerlo en las manos vi que también habían espinacas y me dio asquito (las verduras y yo no somos amigas), pero por aquello de que mi jefe me invitaba, me dio cosa rechazarlo y...¡estaba buenísimo! Cuando se lo expliqué a mis padres casi me matan. Tanta lucha para que probase brotes verdes y un garbeo sola por el mundo y voy y me harto de espinacas...De segundo plato, comida exótica: cocodrilo frito. Al principio me dio un poco de angustia el tema, pero tenía buena pinta, y me gustó muchísimo. Era una extraña mezcla entre pollo y pescado...Si alguna vez os lo ponen delante no dudéis, está para chuparse los dedos. Después de comer fuimos a ver una banda de música cajún, la música emblemática de Lousiana. Tiene raíces francesas y se toca con guitarra, violín, un tipo de acordeón y una especie de "fregadero" contra el que pasan un palo (soy tela de técnica, ya lo sé...). Sonaba parecido a esto:



                                    


Un ritmillo estupendo. Ahí andaba yo escuchando al grupo cuando un hombre se acercó a bailar conmigo...¡Qué vergüenzaaaa! Con lo tímida que soy y lo raro que se baila eso...pero no hubo forma de rechazarlo. Además el Dr. B y la otra chica me empujaron contra el tipo. Pues nada, a darlo todo por mi público...Me daba mucho corte pero el hombre era simpático. Y la musiquilla alegraba el ánimo.

Ya sólo me quedaba una semana para volver a casa. El próximo día, os explico el último capítulo...


jueves, 15 de noviembre de 2012

Aventuras en el zoo: ¿Quién dijo miedo?


Cuando llevaba cosa de un mes es Nueva Orleans los telediarios empezaron a informar de que un huracán de fuerza cinco (es decir, de la máxima categoría), se acercaba por el Atlántico. Yo veía a la gente relativamente tranquila, y eso me ayudaba a no caer en la paranoia, pero en el fondo me sentía inquieta. Por lo visto, se esperaba que antes de llegar a la costa el huracán virase hacia Florida evitando un problema de los gordos. Quedaban unos cinco días para que la cosa se decidiese y aún había tiempo para evacuar la población si era necesario. El Dr. B me explicó que la ciudad estaba construida a unos tres metros por debajo del nivel del mar (razón por la cual los muertos no pueden ser enterrados y por la que tienen unos cementerios llenos de criptas majestuosas que son visitadas por miles de turistas), con lo que si un huracán entraba por el río, arrasaría la ciudad...Al existir únicamente dos carreteras de salida, en caso de tener que abandonar la urbe se debía hacer con dos días de antelación, por eso era importante estar pendiente de las noticias. La hermana de mi casera vivía en Pensacola, Florida, y era un fanática del tiempo, enganchada al canal meteorológico las 24 horas del día. Ella nos iba a avisar si las cosas se ponían feas y nos iríamos a su casa. El Dr. B, amante de las anécdotas truculentas, me relató que unos años antes, un loco con ganas de experimentar lo que se sentía al estar en medio de un huracán, se ató a un puente con cadenas cuando todo el mundo se atrincheraba en sus casas. El huracán, en aquella ocasión, era de mucha menor intensidad que el que se nos venía encima, pero del pobre hombre no encontraron ni rastro...Por fortuna, no tuvimos que evacuar la ciudad. El huracán viró y llegó como tormenta tropical a Florida. Cuando dos años después el Katrina destrozó Nueva Orleans sentí una pena enorme...

Un día, mientras trabajábamos en el hospital veterinario, recibimos una llamada para auxiliar a un perro que había sido atropellado muy cerca de allí. El Dr. B me explicó que en Lousiana existe la Ley del Buen Samaritano. Se tuvo que inventar esta treta legal para ofrecer protección a los médicos, veterinarios, etc. que ayudaban a alguien fuera de su lugar de trabajo. Como los norteamericanos son tan fanáticos de pasar por los juzgados, cuando una persona era auxiliada en público por un médico y la cosa al final no iba bien, el doctor se ganaba una demanda millonaria. Consecuencia: los sanitarios dejaron de asistir a la gente fuera de su consulta por temor a ser denunciados. A raíz de esa situación se creó la Ley del Buen Samaritano. Si uno actúa amparándose en esta ley evita meterse en problemas. Lamentablemente, en el caso de este perrito, poco pudimos hacer por él.

Pero vayamos a la chicha de mi historia, las hazañas animalescas. Periódicamente teníamos que revisar los tapires. ¿Tenéis en mente a un tapir? Os presento a uno:



                                                      Imagen de la wikipedia

Como siempre, el Dr. B me advirtió de que los tapires pueden resultar muy peligrosos, bla bla bla...A esas alturas ya me había dado cuenta de que el hombre disfrutaba metiéndome el miedo en el cuerpo. Por suerte, la colección de tapires del zoo estaba formada por individuos de lo más pacíficos. En su instalación tenían un lago enorme y se pasaban todo el día a remojo. Llegamos con nuestros bártulos y la cuidadora comenzó a silbar. Poco a poco una cabezota enorme emergió del agua y a un ritmo del palo "vengo, pero sin prisas, chata", se nos fue acercando un precioso espécimen mientras respondía a la llamada de la cuidadora con otro silbido. Una vez a nuestro lado se echó al suelo esperando que lo acariciásemos. Así lo mantenían quieto para poder explorarlo (e incluso le sacaban sangre, un santo el pobre bicho). Cuando acabamos de examinar al primer animal, la cuidadora me pidió que le diese un plátano lejos de los demás para que no molestase y chino chano me lo llevé al quinto pino. Le di su premio y durante los siguientes veinte minutos se dedicó a perseguirme en busca de una segunda golosina. Yo iba dando vueltas como una peonza por todo el recinto, y lo de "¡Va, vete al agua, a nadar, venga!", no sirvió más que para que los que me veían se cachondeasen de mí a gusto. Al final la Dra. E me llamó para enseñarme un par de cosas y mientras hablaba con ella mi nuevo amigo se acercó sigilosamente y trató de pegarle un bocado a mi coleta para ver si dentro escondía alguna banana. Menudo susto me pegué...(aunque salí ilesa, que lo hizo con mucho cariño).

Una de esas mañanas, al llegar a mi puesto de trabajo y leer la orden del día, vi que nuestra primera tarea consistía en tratar una mamba por una lesión mandibular. ¿Mamba? Pues no me sonaba...Me fui a la sala de tratamientos y me encontré al personal de reptiles que justo en ese momento entraba cargado de tres cajas de suero antiveneno. Mal rolloooo....(no me llegué a acostumbrar a lo de trabajar con animales letales). Mi amiga la mamba, mamba verde para más señas:




                                                       Wikipedia again


Aunque la mamba negra es más chunga, la verde no se queda atrás. Una gota de su veneno te asegura una muerte lenta y dolorosa. Esa mañana repasé mis conocimientos sobre ponzoñas varias. Las serpientes de cascabel suelen tener hemotoxinas, substancias que comprometen la circulación venosa de forma que la extremidad afectada por la mordedura se gangrena rápidamente (aparte de matar a la víctima). El Dr. B (como no) me relató que unos años antes, una cuidadora fue mordida en el dedo por una serpiente de cascabel y necesitaron usar veinticinco dosis de suero antiofídico, las reservas de toda la ciudad. Pero no se queda ahí el tema...para evitar las lesiones asociadas al veneno hay que hacer fasciotomías, es decir, cortes en profundidad a lo largo de la zona afectada. La pobre chica necesitó tres. Y no busquéis la palabra fasciotomía en Google, que da mucha, pero que mucha grima (el Dr. B se encargó de dejarme un librito ilustrado para que no se me ocurriese hacer tonterías delante de ninguna serpiente). A diferencia de las cascabel, la mamba segrega neurotoxinas, y la muerte se produce tras episodios de dolor, convulsiones y parálisis. Bueno, bien, informada estaba. Acojonada, también. Sacaron a la bicha de su urnita y con mucha maestría y sangre fría, los cuidadores lograron meterla en un tubito de metacrilato. Yo, con mucha calma me incrusté cómodamente en la pared del fondo y no salí de ahí hasta que el Dr. B me llamó. La serpiente estaba anestesiada (a través del tubito) y una vez mi jefe la hubo explorado me pidió que le pusiese suero y antibiótico. Como hasta ese momento no había abierto la boca solté un: "¿Yoooo?" que salió ronco de las profundidades de mi ser. El Dr. B asintió complacido y tras tragar saliva y encomendarme a mi ángel de la guarda cumplí con mi cometido.

Siguiendo con la temática, "los peligros de currar en un zoo", el Dr. B esa misma tarde dio una conferencia para el personal de seguridad y de las tiendas turísticas del recinto para reciclarse en los protocolos de actuación ante eventuales fugas de animales, etc. En cierta ocasión se había escapado un alce al que se le disparó un dardo anestésico. El chico al que se le había escapado, desoyendo al Dr. B, se acercó mucho al animal, y eso fue peligroso por dos motivos. Por una parte, porque el alce podía embestirlo, pero es que además de eso, la sustancia usada en el dardo (carfentanilo) es un opioide tremendamente potente, miles de veces más fuerte que la morfina y se absorbe a través de la piel, con lo que el contacto con una simple gota puede ser letal. De esas y otras lindezas versó el seminario.

Para relajarme tras unos días tan adrenalínicos, el Dr. B me dijo que me llevaría de excursión. Le encantaba ir a los pantanos de paseo al atardecer, en una barquita. ¿Para qué? Pues para ejercer su deporte favorito, acojonar un rato al personal. En una ocasión se llevó de paseo a una veterinaria sevillana. La chica iba remando y no paraba de darle toquecitos a lo que pensó eran troncos. Partiéndose la caja, el Dr. B le dijo: "¡No son árboles, mujer!". ¿Adivináis?




                                                           Wiki, of course


Ni que decir tiene que no se me ocurrió irme de juega nocturna a los pantanos...


viernes, 9 de noviembre de 2012

Aventuras en el zoo: La veterinaria forense


Como ya os comentaba en mi último post de la sección, una de mis tareas en el zoo era encargarme de todas las necropsias que tuvieran que hacerse. La verdad es que aunque el tema sea un poco gore, me sentía a gusto realizándolas, porque rápidamente me dejaron sola ante el peligro y podía trabajar a mi bola y sin mucho estrés. De entre todas las que hice, hay dos que me marcaron for ever and ever.

Voy con la primera, y aviso que va a ser bastante repugnante, así que si sois de estómago sensible, pasad al próximo párrafo (¡y quien avisa no es traidor!). En este caso se trataba de dos tortugas. Una era pequeña y sin demasiadas complicaciones, la otra era una tortuga de caparazón blando enorme, de casi un metro de largo. Una curiosidad. El metabolismo de las tortugas es tan lento, que a veces es muy difícil dictaminar la muerte. Auscultarlas es complicado y de todas formas el corazón puede seguir latiendo durante un tiempo más allá del fallecimiento. Así que el Dr. B me explicó su truco: dejas el cuerpo de la tortuga toda la noche sobre un papel en el que has dibujado su silueta. Si 12-24 horas después no se ha movido un milímetro del contorno dibujado, está muerta. A lo que íbamos. Me presenté en la sala de necropsias y fui a ver los dos regalitos que me habían dejado. Antes de abrir la cámara frigorífica pensé: "Empezaré con la grande y así me dejo el trabajo fácil para el final". Pero al ver aquello casi me da algo. Yo no sé cuánto llevaba muerta la tortuga grande, pero entre el calor que hacía en agosto en Nueva Orleans y que el cuerpo había estado en el agua unas horas hasta descubrirla, lo que me encontré fue un cadáver hinchado, repulsivo y que emitía un pestazo insoportable. Cerré la puerta de golpe y me dije: "Ni hablar, yo no abro eso". Pero claro, era mi trabajo, no me podía negar (mira que de pequeña era lo más fifi que uno se puede echar a la cara...la de guarrerías que me ha tocado hacer desde que decidí alegremente ser "médico de animales"). Le eché un par de ovarios al tema, lo preparé todo e hinqué el bisturí...¡Horror absoluto! De golpe empezó a salir grasa podrida, burbujitas varias y se oyó un silbido gaseoso de lo más putrefacto...Me eché atrás de un salto y me sentí incapaz de proseguir. Me senté en el suelo y valoré mis opciones. Nada, tenía que hacerlo. Como necesitaba abrirle el caparazón fui a buscar la sierra eléctrica (ojo, no una rollo "La matanza de Texas", era un instrumento mucho más chiqui que los de podar árboles). A mí el aparato ese me daba un yuyu de tres pares de narices. Se me resbalaba de las manos y temía rebanarme un dedo en plena odisea. Como no adelantaba mucho fui a pedir ayuda a la Dra. E (y así de paso respirar un poco de aire no contaminado) y me facilitó herramientas mucho más potentes. Me ayudó a abrirla y una vez hecho me dejó sola con mi amiguita. Creo que es lo más nauseabundo que he hecho jamás. Los órganos se deshacían en mi mano...En fin, un cromo. But...I did it! Diez puntos para mí.

Vamos con la segunda necro (¿qué? ¿os habéis saltado el párrafo anterior o le habéis hechao valor?). Una de las cosas buenas que tenían las necros es que los animales muertos ya no eran peligrosos: no te podían morder, embestir, arañar o aplastar. O eso era lo que yo creía. Un día el Dr. B me dijo: "¿Tengo un trabajito para ti! Se nos ha muerto una rattlesnake, está ya en la sala, ves a hacerle la necro y sobre todo, ¡córtale la cabeza la primero!, ¿oíste?". Ese día aprendí que una rattlesnake es una serpiente de cascabel. El Dr. B tuvo a bien prestarme un libro con ilustraciones de los efectos de sus mordiscos (sin comentarios, que el párrafo chungo era el anterior). Pues bien, aprendí otra cosa. Aunque la serpiente esté muerta, su veneno sigue almacenado y si por accidente tu mano va a parar a la dentadura del bicho, te puede inocular su ponzoña (cómo me mola esta palabra). Y, por si alguien tiene dudas, sí, algún veterinario ha puesto la zarpa donde no debía haciendo una necropsia, de ahí el aviso. Pensaba que iría con escolta o algo así para hacer mi trabajo, por si tenía un accidente, pero confiaron en mi buen hacer. Cogí con tanto pánico el difunto ofidio que temblaba todo su cuerpo en la bolsa como si aún estuviera vivo. Lo saqué con un cuidado exquisito, le seccioné la cabeza como si aquello fuera plutonio radioactivo y lo metí en un frasco precintándolo por todas partes. Seguí con mi curro y de vez en cuando echaba un vistazo al potecito, no fuera a ser que se cayese, por arte de birlibirloque se abriese la tapa y acabase con la cabeza del animal encima mío...Como es de suponer, porque de lo contrario no estaría aquí dándole a la tecla, sobreviví.

Como no todo van a ser asquerosidades en mi post de hoy, os hablaré de unos de los bichos más bonitos que tuve el placer de conocer: los loris. Son una especie de prosimios que enamoran nada más verlos. Os presento a un precioso loris:



                                      Foto extraída de este artículo de la Wikipedia


De todas formas, por muy cuquis que parezcan, no son inofensivos, y hay que manipularlos con cuidado porque tienen glándulas venenosas en la piel y muerden con ganas si pueden. Para poder examinarlos la cuidadora tenía que manejarlos con guantes de jardinero de los gordos (como los que usamos los veterinarios de pequeños animales con los mininos –esto va por ti Luhay-). He estado tentada de poneros alguno de los videos que circulan con la red con sus monerías, pero esos videos son grabados por gente que los tiene como animales de compañía, lo cual es una aberración. En vez de eso os pongo dos links de una primatóloga (Anne Nekaris) que se dedica a intentar concienciar a la gente para que no quiera tener un loris como animal de compañía. Lo podéis leer aquí y aquí.


¡Buen finde!


miércoles, 31 de octubre de 2012

Aventuras en el zoo: A lomos de Elly


Para conocer mejor mi entorno, el Dr. B y P me llevaron el fin de semana a turistear por el barrio antiguo de la ciudad, el French Quarter. Aromas a comida picante, jazz cómo música de fondo y muchas ganas de pasarlo bien. Los habitantes de New Orleans son unos cachondos. En las fiestazas de Mardi Gras, por carnaval, la lían parda. Es típico llevar unos collares de plástico de colores chillones, y si una mujer quiere conseguir muchos collarcitos, lo que tiene hacer es levantarse la camiseta y mostrar sus encantos a las peñas de trogloditas, digo, hombres, que las jalean para que se animen.
El Dr. B nos llevó a uno de los locales de jazz con más solera de la ciudad, el Preservation Hall. Es un garito de lo más decrépito (parece que se vaya a caer de un momento a otro), pero la música y el ambiente que se puede disfrutar en ese lugar te transporta a otra época. El público se sienta en unos bancos, por filas, y con cada cambio de canción, te desplazas a la fila de delante, con lo que al cabo de un ratito puedes disfrutar de tu turno en primera fila y darle un billetito a algún músico de la banda para que toque tu preferida. Un lujazo de noche. Para finalizar, el Dr. B nos llevó a tomar algo a un local pintoresco al que se accedía por un pasaje estrecho y donde un hombre negro comenzó a vocear "¡Aiiidiiiii, aiiidiiii!", pero como si le hablase al cielo, sin mirar a nadie...Yo no pensé que fuese conmigo la cosa hasta que el Dr. B me dijo: "Muéstrale tu aidi al señor, Mo". Y yo: "¿Mi cualo?". Y el Dr. B me aclaró: "Tu identificación, que los menores no pueden beber alcohol y no se fía de tu edad". Esto de que los americanos funcionen con siglas siempre me ha complicado la existencia, y sí, "aidi", es ID, o "identification"...De todos modos, he de reconocer que el hecho de que con veintiséis tacos pensasen que no llegaba a veintiuno me subió la moral.
En los días siguientes fui metiéndome en la rutina de mi nueva vida, que de rutinaria, precisamente, no tenía nada. Aprovechando un ratillo sin trabajo, P me pidió que la acompañase a despedirse de los chicos de la sección de los elefantes. Yo todavía no los conocía. Fui con ella y me presentó a los chavales que cuidaban de las dos hembras de elefante que habían en el zoo. Su jefa no estaba, y saltándose las normas nos preguntaron si nos apetecía dar una vuelta a lomos de las elefantas. En esos momento el Dr. B todavía no me había dado la charla sobre los peligros de estos animales. Si lo hubiese hecho quizás no me habría comportado como lo hice, porque los elefantes son unos de los bichos más peligrosos que existen. Los vemos grandotes y bonachones, pero cabreados son muy peligrosos. Y si no os lo parece, preguntadle a Carlos Sobera. P se animó enseguida, y aunque a mí me daba un poco de yuyu, no quería ser menos y en el fondo, me moría de ganas. P subió con mucha gracilidad y dio un par de vueltas con soltura encima del paquidermo. Parecía sencillo, así que me envalentoné. Cuando fue mi turno me acompañaron hasta la enorme cabeza de la elefanta, que estaba estirada, y me dijeron: "Es muy fácil, te subes justo detrás de las orejas y te agarras fuerte a ellas mientras con las piernas haces fuerza hacia la cabeza". Vale, yo puedo.

Primer problema, yo de grácil no tengo nada, y no pude emular ni de lejos el simpático saltito que hizo P para coger impulso y subirse al cabolo de Elly (la llamaré así para simplificar y homenajear de paso al ídolo de Peque, o sea, Pocoyo). De repente tenía a los dos pobres mozalbetes empujándome por el culo para que pudiese subirme a Elly. Muy bonito todo. Pero al final conseguí quedarme allí arriba. Entonces, poco a poco Elly se levantó. Y me acojoné, porque con sus movimientos yo me veía en el suelo de un momento a otro. Lo de apretar las piernas contra la cabeza no iba en broma...(más que nada porque era mi seguro para no estamparme). Di una vueltecilla a lomos de la elefanta aferrándome con todas mis fuerzas y disfrutando como nunca en mi vida. Por suerte, bajar fue mucho más fácil que subir, con lo que recuperé algo de mi dignidad perdida.

Una de mis principales tareas durante la estancia era la de realizar las necropsias de todos los animales que falleciesen en el zoo. Al principio las hacía como ayudante del Dr. B o de la Dra. E, pero a las pocas semanas ya las estaba haciendo yo sola e incluso redactando los informes en inglés (lo que se espabila uno cuando no le queda más remedio...). Una de las primeras necros que me tocó hacer fue la de una pelícana que había caído al estanque de las tortugas. Las muy chungas se la habían merendado. Como existía el riesgo de que estuviese infectada por el virus del Nilo occidental teníamos que hacer la necro equipadas con una especie de escafandra sideral con circuito de aire para evitar el contagio. En las pelis queda muy chuli, pero es incómodo de narices. Pues nada, nos pusimos manos a la obra, todo mu pofesioná, y de pronto noté como comenzaba a caerme el moquillo de la nariz. Instintivamente me llevé la mano a la cara para descubrir con mucho disgusto que la capucha-máscara que llevaba me impedía sonarme. Y no sólo me caía el moco, es que me hacía cosquillas. Así que empecé a gesticular, poner caras raras y sorber mis secreciones intentando que la Dra. E no me pillase in fraganti. A veces la Dra. se giraba para mirar qué me pasaba y yo paraba de golpe, la miraba y sonreía, disimulando a tope. Por suerte el moco tuvo a bien dejar de importunarme y pude acabar mi trabajo oportunamente. Por cierto, la pobre pájara tenía una infección en el oviducto que la había debilitado hasta provocar su caída al estanque de las tortus (y ya sabemos lo que ocurrió allí después...).

Poco a poco fui sintiéndome cada vez más cómoda en mi nueva piel y me asignaron otra tarea que pronto incorporé a mi rutina. Cada semana tenía que ir al recinto de las elefantas y sacarles sangre para medir unas hormonas en sangre (se estaba estudiando someterlas a un tratamiento de reproducción asistida). La entrenadora de Elly la hacía tumbarse y yo obtenía mi muestra de las venas auriculares. Evidentemente, encontrar la vena en esos bichos no tiene complicación ninguna, no engaño si digo que un venorro suyo era casi tan grande como la tubería de mi cuarto de baño. Nunca un paciente me lo había puesto tan fácil. Una vez acabábamos la entrenadora indicaba a Elly que debía elevarse y yo me apartaba bien lejos porque en el proceso podía girarse demasiado y atraparme debajo. Me despedía de mi macropaciente regalándole una docenita de zanahorias y me iba más feliz que una perdiz al laboratorio.

A estas alturas ya me sentía plenamente integrada en mi nuevo hábitat, pero aún me quedaban muchas cosas por descubrir....


 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Aventuras en el zoo: Me pareció ver un lindo gatito

El camino hacia el zoo era el ideal para empezar el día de buen humor: un trayecto de casi tres kilómetros de distancia por un carril para bicis que bordeaba el Mississippi . Durante el recorrido habían dos garitas custodiadas por agentes de seguridad que controlaban el paso de coches desde la carretera paralela a mi camino hasta las empresas que habían a orillas del río. Los guardas me saludaban, y se convirtieron en una especie de simpáticos compañeros de viaje.

P., la chica que me precedió en la estancia, me acompañó los primeros días para hacerme de cicerone. Antes de entrar me dijo: "Sobre todo, has de ser muuuuy educada, saluda siempre a todo el mundo con un "buenos días", da las gracias y ofrécete a ayudar cada vez que surja la oportunidad...y despídete adecuadamente de cada una de las personas con las que te cruces". A mí en casa ya se me ha enseñado a ser correcta en las formas, pero pronto me di cuenta de lo que quería decir P. En mi tierra, cuando ya entras en una rutina y conoces a la gente, te olvidas un poco de los formalismos, y allí eso no estaba bien visto. Al principio me resultó un tanto empalagoso, pero acabé cogiéndole el gusto.

Ese mismo día me presentaron a la Dra. E, la otra veterinaria del zoo, y con la que más tiempo tendría que pasar. Hablaba a toda mecha, y entendía la mitad de lo que decía (yo entraba en estrés absoluto cuando estaba con ella: pupilas dilatadas, cerebro echando humo y concentración a tope para no meter demasiado la gamba). Sólo me llevaba unos años y se notaba que era seria y formal, pero llegamos a llevarnos bien. Ella me enseñó el hospital. Y el hospital...Madre mía, nunca he visto nada igual. Unas instalaciones impresionantes: sala de curas tamaño XXL para poder atender desde un colibrí hasta un gorila (con grúa en el techo incluida para poder cargar animales pesados y anestesiados), quirófano último modelo con todo el equipamiento que uno pueda soñar, jaulas de hospitalización de todos los tamaños, laboratorio... En fin, una pasada. Las puertas poseían un sistema de seguridad y yo tenía que llevar una llavecita conmigo para poder desplazarme de un lado a otro.

La Dra. E me dio una hoja y me explicó que cada mañana tendría una copia para mí con el trabajo de la jornada. Ese día, nuestro primer paciente sería "Tom". Me acompañaron a buscar el uniforme y la identificación y me citaron en el hospital una vez estuviese lista. Y yo preguntándome...: "¿Quién será Tom?" Pues mi primer amiguito en el zoo fue un calao precioso. Lamentablemente, tenía un tumor agresivo en el pico (un carcinoma de células escamosas, para más señas), tumor que sufren muchos individuos de su especie, probablemente por efecto de las radiaciones solares. Él era uno de los pocos que estaba sobrellevando el tratamiento como un jabato. Por esa razón pusieron mucho empeño en salvarlo y conocer cuál era el mejor tratamiento para el cáncer que sufría (además el calao es una especie muy amenazada). Tom era un pajaroto enorme y de muy buen carácter. Le hicimos un chequeo completo porque al día siguiente lo operaban en la facultad de veterinaria de Baton Rouge. Yo estaba invitada a la cirugía y el Dr. B me explicó que nosotros llevaríamos una prótesis de titanio cedida desinteresadamente por el Hospital de Niños de Nueva Orleans para poder reconstruirle el pico, que se estaba fracturando por el cáncer.

La experiencia en Baton Rouge fue apasionante. Un hospital con todas las letras (vamos, que en la sala de emergencias habría esperado darme de morros con George Clooney en cualquier esquina si no hubiese sido porque allí se trataban bichos y no personas...). Lo mejor era que al ser veterinaria la gente me trataba con un respeto enorme. En EEUU, estudiar para ser médico de bichos es tan sumamente difícil que te consideran una especie de eminencia (eso sí, yo miraba con expresión circunspecta y no abría la boca para no delatar mi ignorancia sobre muchas de las cosas que hablaban). Esos viajecillos con el Dr. B fueron de los más entretenidos. Él se encargó de proporcionarme información curiosa y variopinta. Me explicó que Baton Rouge recibía ese nombre por los bastones rojos con calaveras que los indios ponían a lo largo del río Mississippi para alertar a los europeos que estaban allí colonizando a sus anchas de que su presencia era non grata. En esa misma conversación se dedicó a detallarme lo entrañable de la flora y fauna de la zona en la que iba a vivir. Me alertó de la picadura de los mosquitos tigre (en aquel entonces por aquí no había ni uno, ahora son como de la familia, los muy cabritos), pero no tanto por el picotazo en sí como por la enfermedad que podían transmitir: el virus del Nilo occidental (qué nombre más majo). El Dr. B es de esas personas a las que les encanta alarmar en medio de unas risas (póngasele acento mejicano): "Vete con cuidadito con el pinche mosquito, ¿oíste?, puede ser que no te pase nada, pero si te duele la cabeza y te mueves raro, vete rápido al médico, jajajaja...". Y yo acojoná perdía, no te jode...Después de eso me soltó: "¡Ah! Y también has de evitar las arañas, aquí hay una chiquita y chingona que si te pica la mano te gangrena medio brazo, así que no me vayas abriendo cajones y metas la mano sin mirar, ¿ok?". Qué maravilla vivir en medio de la puñetera jungla, oye.

El resto de la semana me dediqué a acompañar a la Dra. E en exploraciones de rutina en animales sanos. Se les entrenaba para quedarse quietos durante el examen veterinario, ofrecer su mano, soportar pinchazos...Así, el día que se encontraban mal era más sencillo poder atenderles. Los orangutanes eran los más divertidos, estaban aprendiendo a silbar y yo me partía de risa con ellos. Los gorilas eran más farruquitos y la primera vez que fui no me dejaron entrar porque el macho espalda plateada se pudo gamberro al verme (no le gustaba la gente nueva...). Y un gorila cabreado da mucho, pero que mucho yuyu. Yo me enamoré de una lémur preciosa, blanca y negra, llamada Stella, que nos miraba pícara y curiosa mientras entrábamos en su recinto y que siempre estaba encantada de colaborar. Un amor de animal.

El último día de la semana, la Dra E me dijo que la tenía que acompañar a no sé dónde (sólo entendí algo de una fractura). Puse cara de póquer y muy dispuesta me lancé a recoger el maletín de curas y me subí al cochecito (nos desplazábamos por el zoo con uno de esos vehículos que llevan los que juegan a golf). Llegamos al recinto y no lo identifiqué. Cuando vas por un zoo como visitante tienes tus cartelitos monos con dibujos de jirafas, hipopótamos, etc., pero circulando por el backstage sólo supe orientarme con el tiempo. Total, que llegamos, la Dra. E saludó a la cuidadora y entró en la sala hablando relajadamente con la otra mujer. Yo las seguí chino chano y al cruzar la puerta casi me da un pasmo ahí mismo. A un metro y medio tenía a un colosal tigre blanco que se puso a rugir al verme entrar. Me arrapé a la pared que tenía a mi espalda y me quedé petrificada viendo los dientecitos del minino. La reja que nos separaba se me antojaba del todo escuálida, como de juguete, y no podía entender que esas dos mujeres estuvieran de palique mientras el primo hermano del león de la Metro me alborotaba el pelo con sus bramidos.

Distraídamente, la cuidadora sacó de una bolsa tres conejos (muertos, of course) y se los lanzó por una trampilla al macrogato, que los devoró en un segundo. El ruido que hizo aquel bicho al "saludarme" es de los que se recuerdan toda la vida. Profundo, cavernoso...acojonante. Caminé unos pasos para romper el hechizo de los ojos del tigre y me di de bruces con la jaula del jaguar negro. Qué bonito día para morir de un soponcio...

¿Y la fractura? Pues una de las crías de leopardo, que se había roto una pata hacía tiempo e íbamos a ver cómo seguía. Lo miramos desde fuera y parecía que andaba bastante bien, así que no fue necesario intervenir de ninguna manera.

Desde luego, trabajar en un zoo no es aburrido.

martes, 9 de octubre de 2012

Aventuras en el zoo: Volando voy

No me gusta viajar en avión. Siempre pienso que estoy a no sé cuantos miles de metros de altura del suelo en una mole de metal, y eso me pone nerviosa. Pero bueno, lo manejo como puedo y tampoco soy de montar pollos. El día que emprendí mi viaje a Nueva Orleans tenía que coger tres vuelos seguidos: Barcelona-Madrid, Madrid-Miami y Miami-Nueva Orleans. No quieres caldo: tres tazas.

Para poder viajar con un mínimo de comodidad mental decidí sedarme adecuadamente (nada del otro mundo, una Valeriana por aquí, un cachito de Valium por allá...). El primer vuelo fue tranquilo. El segundo, más o menos...Cuando faltaba poco para aterrizar en Miami pillamos turbulencias. No sé si sería por el Valium -fijo que sí-, pero me lo tomé con mucha serenidad, incluso cuando de un bajonazo del avión mi Coca-Cola quedó suspendida en el aire para emprender su propio vuelo hacia quién sabe dónde (lo vi a cámara lenta, aquí sí que se me notaba el colocón). Pero llegamos.

En Miami tuve que pasar la famosa aduana de los EEUU, que no sé que tendrán los que trabajan allí, pero te miran de una manera que te da la sensación de que eres el primero de la lista de "Los más buscados". Por lo menos en Miami no sufrí mucho con el idioma, casi todos me hablaban en español...El aduanero me miró con cara de pocos amigos -coñas las justas- y me preguntó para qué viajaba a los Estados Unidos, cuánto tiempo estaría...blablabla (para eso me podría haber ahorrado rellenar la tarjetita verde que me dieron en el avión cuestionándome si pretendía entrar droga en el país o si era una terrorista).

El aeropuerto de Miami me pareció un caos, con un funcionamiento totalmente distinto a los pocos auropuertos que había pisado hasta entonces. Cargando tres maletoncios y preguntando mil veces las cosas, logré llegar a mi siguiente enlace. Aquí el Valium ya había hecho su feliz viaje hasta mi vejiga y más allá, así que no me quedaba nada en vena...Subí al último avión y comencé a mirar a la gente. Me preguntaba si tenían pinta de ir a morir brevemente en un accidente aéreo, y concluí que no. Eso me dejo más tranquila (qué pasa, cada uno tiene sus métodos para encontrar la paz espiritual...).
Muchas horas después de haber empezado mi viaje, por fin divisaba el delta del Mississipi.

En el aeropuerto me esperaba el Dr. B, que nada más llegar me avasalló con información sobre lo que iba a tener que hacer los próximos días (así es él, habla y piensa como una ametralladora...). Pero no podía retener nada, su voz me llegaba desde un lugar muy recóndito mientras yo, sentada ya en el coche y cruzando la ciudad, iba observando los curiosos colores del atardecer; los pájaros, tan diferentes a los de mi tierra; los coches, enormes y pulidísimos, las casas...Todo me parecía distinto y excitante. Debo decir que siempre me he sentido muy atraída por los Estados Unidos como país (a pesar de pensar que como en mi casa no se vive en ningún lado). No sé si será porque he tragado mucha peli americana. Tanto ver toda esa vida en el cine, y ahora estaba en medio del meollo.

El Dr. B me llevó a la casa de C., la trabajadora del zoo que me alquiló una habitación. Era una mujer entrañable, pero sumamente esperpéntica. En esa época estaba flipada por las mariposas monarca. Tenía la casa llena de urnas con capullos y ejemplares que después liberaba. Además, era una de esas personas a las que el orden le da tres patadas, con lo que tuve que acostumbrarme a vivir en el caos (y la mierda, porque la pobre mujer tenía alergia a la escoba).

Llegué a Nueva Orleans en fin de semana, así que tuve un par de días para adaptarme al cambio y aguantar el jet lag. Por suerte coincidí los primeros días con una bióloga que había hecho la estancia antes que yo, y P., que así se llamaba, me explicó dónde comprar, cómo moverme por la ciudad y cómo relacionarme con la gente del zoo. La casa de C. era preciosa. La típica casita sureña de una planta y algo destartalada, con su porche y su mecedora. Mi habitación era enorme, con un ventilador de aspas en el techo y un cuarto de baño cagadito al de Psicosis.

Esos primeros días cierta dosis de nostalgia me invadió e intenté sobrellevarlo explorando el entorno. Me dieron una bicicleta y anduve arriba y abajo conociendo la zona. Esa bicicleta me proporcionó grandes momentos de gloria. Mira que llego a ser patosa con ciertas cosas...Y la bici es una de ellas. El suelo de mi barrio era muy irregular, llego de grietas y baches. Y eso no ayuda. Si un coche pretendía circular a mi lado yo tenía que pararme, porque era sí o sí que me lo comía. La gente me miraba raro cuando veía las filigranas que hacía para poder desplazarme. En fin...Por suerte el paseo valía la pena. La vegetación exuberante lo inundaba todo, los árboles crecían retorcidos y tupidos y las ardillas aparecían por cualquier rincón. Lo que me tenía loca era el puñetero Mississippi. Su recorrido en la ciudad es sinuoso y así no había quien se orientase. Me volvía majara para saber cómo volver a casa.

Al final, superé mis primeras cuarenta y ocho horas en los "lluesei" con un notable alto y me preparé para mi primer día en el zoo...

martes, 2 de octubre de 2012

Aventuras en el Zoo: Preparando el viaje


Echando la vista hacia atrás, es curioso ver cómo un momento concreto de tu vida ha sido determinante para gestar una ilusión y emprender un periplo alucinante.
En este caso, el momento fue un seminario de la asignatura de medicina de animales exóticos. Como buena amante de los animales, siempre he disfrutado con los reportajes sobre leones, elefantes, jirafas y gorilas. Y como buena veterinaria, los documentales sobre colegas de profesión que ejercen en reservas y zoológicos del mundo entero siempre me han enganchado.
Mi idea romántica de la veterinaria era irme a África y ejercer en alguna de esas reservas.
El caso es que como en la Facultad de mi ciudad mucho bicho salvaje no se ve, decidí apuntarme a esa asignatura para familiarizarme un poco con la medicina de animales raritos.

Vuelvo al seminario. No recuerdo sobre qué trataba, pero el profesor nos dijo que teníamos un invitado de lujo, un veterinario del Zoo de Nueva Orleans. Allí, sobre la tarima, se nos presentó el que a partir de ahora llamaré Dr. B. Medio gringo, medio mejicano, el barbudo Dr. B me tuvo las dos horas que duraba el seminario atrapada con su charla. Nada de peroratas aburridas sobre la enfermedad X... El Dr. B se trajo un Power Point alucinante con fotos de casos clínicos de los animales que atendía en el zoo y nos animó a participar preguntándonos qué creíamos que era aquello que provocaba ceguera en la gacela, o porqué mermaba el pico de aquel loro extravagante...Absorta me tenía.
Cuando finalizó la sesión me inventé una pregunta absurda para asaltarlo y charlar un rato más con él (en concreto, creo que le pregunté sobre los antídotos para serpientes venenosas, aunque en esos momentos poco me imaginaba que tan sólo unos añitos más tarde tendría que conocer a la perfección los protocolos de uso de antitoxinas al tener que atender a una sibilante mamba verde...). Él me dijo que rastrease información en un buscador relativamente nuevo de la red que iba muy bien para temas médicos (sí, amiguitos, me estaba hablando de Google, que por aquel entonces aún estaba en pañales).
Ahí quedó la cosa.

Un tiempo después, mi aventurera amiga E (veterinaria también), tras una estancia en un país centroamericano decidió aprovechar el tiempo y volar a Nueva Orleans. Como la experiencia americana le trajo más de un quebradero de cabeza y no tenía contactos allí, le sugerí que se pusiese en contacto con el Dr. B. Él, que es muy majete, le dejó hacer prácticas en el zoo unas semanas y eso me sirvió de enlace para solicitar formalmente un "preceptorship" (o estancia) en el zoo.

Rellené montones de papeles y lo envié todo. La lista de espera era de casi dos años, así que viendo que aquello podía llegar en el momento menos oportuno, lo dejé de lado. Muchos meses después, cuando me quedaba una asignatura para acabar la carrera, consulté con el Dr. B cómo andaba mi solicitud y para mi sorpresa me dijo: "Ya tienes plaza asignada, te vienes en agosto". Faltaba medio año justo.

Llevaba años soñando con ese viaje. Iba a cruzarme el mundo yo sola. Iba a tener que hablar en un idioma que no dominaba y buscarme la vida sin la ayuda de mis padres, que siempre habían estado a mi lado para guiarme y echarme una mano. Previamente, incluso había soñado con encontrar al amor de vida allí, porque lo que es en mi tierra, pocos amoríos había tenido. Pero cosas de la vida, para tener más conocimientos de cara a la estancia, empecé a trabajar algunas horas en la clínica de Mr. X, y cuatro meses antes de irme, empezamos a salir juntos.

Recuerdo a la perfección el día que nos fuimos al aeropuerto. Mis padres y Mr. X me acompañaron. Cuando crucé el arco de seguridad, a pesar de la pena por dejar a mi recién estrenado churri y a mis padres con el moco colgando, la sensación de ser por fin la aventurera que siempre había querido ser me tenía exultante.

Destino: New Orleans.



viernes, 28 de septiembre de 2012

Cambios


En el último post comenté que durante mi estancia en el Zoo viví muchas aventuras, y veo que a algunas os ha picado el gusanillo y os apetece saber más detalles de mis avatares entre las fieras.

Por aquel entonces, para mantener el contacto con mi gente, escribí un correo electrónico semanal explicando todo lo que me sucedía. Tonta de mí y de mi puñetera manía de mantener el correo limpio y ordenado, en una de estas los borré todos. Por suerte los había impreso y los guardo en los álbumes de fotos que hice.
Hace meses que me ronda la idea de recuperarlos y escribirlos de nuevo para poder conservarlos adecuadamente. Es un trabajazo, y no sé si encontraré el tiempo para hacerlo, pero creo que puede ser divertido narrar algunas de las anécdotillas allí acontecidas.
Lo del tiempo puede que se convierta en un handicap a partir de ahora, aún no lo sé. La semana que viene tengo una entrevista para un trabajo nuevo. No es que me apetezca cambiar, después de tantos años me siento como en casa en la pequeña consulta donde ejerzo, pero la crisis nos está dejando secos, y no es sostenible. Además, las condiciones del curro nuevo no están mal; pero desde luego, si me eligen, no podré dedicar a la blogosfera ni la mitad del tiempo que le dedico ahora, cosa que me apena infinitamente. Este rinconcito de escritura y reflexión me relaja y motiva muchísimo.
En fin, a lo que iba, que próximamente en sus pantallas (de ordenador): ¡Aventuras en el Zoo!

Y hablando de aventuras, le enseñé a Mr. X la entrada que había escrito sobre él y me dijo: "Va, cuelga la foto en la que estoy cruzando por la parte chunga". Se ve que mi maridín tiene ganas de protagonismo (aunque en la imagen no es que se le vea la jeta precisamente). Y como sus deseos son órdenes para mí, aquí os dejo la foto en cuestión, con mi churri jugándose el pellejo en el monte.

                                                                            
                                                         

                                        
¡Buen finde!