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martes, 4 de junio de 2019

Nueve


Hoy Peque cumple nueve años. Ya no tiene casi nada de Peque, así que a partir de ahora lo llamaré P. Un pequeño paso para él, en la carrera de cumplir años, un gran paso para su madre, inmersa en la no muy grata tarea de aceptar que el tiempo, simplemente, pasa.

A pesar de que a menudo echo la vista atrás y buceo entre las miles de imágenes que estos tres mil dos cientos ochenta y siete días de maternidad me han dejado en el corazón (y en los megas de mi móvil), no sin su dosis de nostalgia inherente, puedo decir que el presente es mucho mejor que lo que hemos andado. Porque nos conocemos cada día un poquito más, sabemos cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos, qué día es mejor no echar leña al fuego, y cuando tras una bronca hay una carcajada esperando a emerger. Y aunque quede ñoño a más no poder, sabemos que el amor es el cemento armado de nuestra relación, y que por mucho que uno meta la pata, eso siempre nos salvará.

Eso, y las risas, que vamos a ver, con lo petarda que es la menda, y lo vacilón que me ha salido el colega, a veces lo que nos libra de acabar tirándonos a la yugular del otro es precisamente el cachondeo.

Soy una tipa con suerte, y saberlo, me hace jodidamente feliz.

¡Feliz cumpleaños pedorro!





miércoles, 27 de febrero de 2019

Pocahontas y el regalo sorpresa



Los que me conocen, cuando me compro algo nuevo de ropa, suelen decirme “es muy de tu estilo”. Y yo todavía no sé qué estilo es ese… pero parece que lo tengo. A ratos.

Adelanté en esta entrada que el fin de semana pasado íbamos a celebrar el cumple de Mr. X por todo lo alto. Cuando por fin tuvimos el avituallamiento y los espectáculos varios encarrilados, me puse a pensar en qué ponerme para el evento. Ya que tengo un estilo, hagamos uso de él. Desde Navidad poseo unas nuevas amigas inseparables: mis botas camperas. Tuve unas, heredadas de mi madre, en mi época universitaria, y las llevé a diario hasta que las destrocé. Literalmente. Desde entonces he sido más de botas negras de piel que de zapatos o deportivas, pero nunca camperas otra vez. Hasta que estas Navidades Mr. X decidió regalarme unas nuevecitas y estoy totalmente in love de ellas. Así pues, debía escoger un modelo en consonancia con el calzado. Y no se me ocurrió otra cosa que un vestido ligerito de flores (gracias, anticiclón bendito, por haberme permitido salirme con la mía sin morir de hipotermia en el intento). Para redondear la cosa recordé que cuando murió mi madre y me quedé su ropa, metí en un armario un abrigo de ante con flecos que desde entonces no me había puesto jamás. Botas, vestido de flores y abrigo de ante flecoso. Con razón me gané el apodo de Pocahontas durante la fiesta. Pero eh, tengo mi estilo.

Caras felices, comida hecha con amor por un montón de manos habilidosas, música en vivo gracias a gente joven con ilusión y talento, un vídeo confeccionado por la hija mediana de Mr. X con la intervención de todos los invitados a la celebración… ¿Qué más se puede pedir?

Un regalo sorpresa. Sorpresa de verdad.

Bueno, digamos que en cierto modo algo se olía el homenajeado, porque tuve que avisarle a principios de año, cuando diseñan el calendario de vacaciones en el trabajo, de que se reservase dos semanas en octubre. Pero por lo visto conseguí despistarle por completo con el destino. Él, que sabe que yo soy de gustos caribeños, se imaginaba una escapada para ver desovar tortugas en una playa paradisíaca… o quizás una ruta por la Pacific Coast Highway. Alma de cántaro.

Está claro que si uno lleva medio siglo sobre la faz de la Tierra se merece un regalo pensado para satisfacer sus deseos más profundos. Aunque sean la antítesis de mi hamaca bajo un cocotero (lo que se hace por amor…).

Conclusión: ladies and gentlemen, en otoño tendré que olvidarme de mi sofisticado estilo indio y cambiar las camperas por otro tipo de botas. Mr. X ya sufre pensando en cómo va a entrenar mi maltrecho cuerpo para deambular por los Himalayas (desde luego, quién me mandará a mí...). Nepal, here we go!!!





Gracias a mi amiga T, que cantó Soledad y el mar para el cumpleaños, he descubierto esta joya que ya siempre me recordará la sonrisa infinita de Mr. X rodeado de un montón de gente bonita.





miércoles, 30 de enero de 2019

Cincuenta



El mes que viene Mr. X cumple años. Medio siglo. No sé si existe una crisis de los cincuenta, a él no parece afectarle, pero ya la sufro yo en su lugar, que me tiene mareada nivel décima vuelta en el Dragon Kahn lo rápido que nos pasa el tiempo.

En casa de Mr. X hay una cierta tendencia a armar saraos con cualquier excusa, y teniendo un motivo con fundamento, como es el caso, se nos va de las manos. Estamos a punto de alcanzar una cifra de invitados de tres cifras, y eso significa que el engranaje festivalero se ha puesto en marcha.

Todo empieza con una libreta y una lluvia de ideas, o lo que es lo mismo, mi suegra diseñando el menú. Lo tenemos listo hace dos semanas. El siguiente paso es la reunión del comité ejecutivo, en la que estudiamos las ofertas de los hipermercados de la zona, las delicatesen a seleccionar de cada centro, los carritos de la compra que necesitaremos para cargar, y las neveras de la familia que se van a tener que ofrecer voluntarias para albergar en sus congeladores durante unos días las joyas de la corona.

Paralelamente el comité de fiestas lo da todo pensando cómo entretener a la multitud congregada el día D. Como en nuestra boda, celebraremos el fiestón en la masía de nuestros vecinos y amigos, los B. Lo cual significa que dos días antes, la famiglia emigrará a la casa de verano, que se convertirá en nuestro centro de operaciones.

Levantarse a primera hora con el efluvio del café que algún madrugador ha preparado para los demás. Cruzarse a cada segundo con alguien que te pregunta dónde has puesto la sal, el queso rallado o el vino para cocinar. Darnos cuenta de que nos hemos olvidado de comprar hielo (siempre falta hielo). Que empiece el borboteo de los pucheros y el picoteo que hará que cuando llegue la cena no puedas probar bocado. Que unos y otros hagan viajes a la masía para llevar sillas, barriles, mesas, cubiertos, platos, flores y guirnaldas. Yo estaré en medio de todos, cocinando a mi ritmo, observando entre divertida y emocionada como la energía que desprendemos cuando preparamos una celebración nos envuelve como un abrazo y dice sin palabras que el amor está presente. Y mientras elabore las pastas saladas que me enseñó a hacer mi padre, pensaré en él, en que hace cuatro años que ya no está, pero que a pesar de todo me lo puedo imaginar perfectamente entre carcajadas e improperios diciéndome que mi estilo para amasar es una mierda (por algo era un gentleman alemán de sonrisa traviesa y acento venezolano que se metía a todos en el bolsillo incluso cuando te estaba insultando). Y si pienso en él, pensaré también en mi madre, en sus manos finas de largos dedos y ese aire nostálgico que tenía cuando pintaba y paraba un momento para mirar por la ventana… y en que aunque no estén, están.

At least, but not last, ultimaré LA sorpresa que le tengo preparada a mi cincuentón favorito. Tentada estoy de explicarlo, porque sé que este hombre mío ni se acuerda de que tengo un blog. Pero habrá que ser cautos.

Ni se lo imagina.








jueves, 19 de abril de 2018

Un año más


Siempre me ha parecido una suerte cumplir años en primavera. Y cuando la primavera se hace tanto de rogar como este año, y además para tu aniversario hacer un solazo de tres pares de ovarios –lo que me mola a mí cambiar cojones por ovarios-, pues no queda otra que sonreír y ondear la melena al viento con la intención de disfrutar del día.

Soy muy cansina con lo del paso del tiempo, y es que me alucina, vecina, que ya haya cumplido cuarenta y un tacos. Juro por lo más sagrado que me miro en el espejo, y canas y arrugas aparte, sigo viendo a una adolescente curiosa por todo este percal que es vivir.

Desde que soy madre y rememoro a menudo el día del nacimiento de Peque, tengo más preguntas y curiosidades sobre cómo fue mi propia llegada al mundo. Qué pena no tenerte, mamá, para saciar mis dudas durante una buena conversación contigo. Y qué suerte, mamá, que siempre lograses hacer que este día fuese el más especial para mí, con tus locas ideas para celebrarlo (¿he explicado alguna vez lo del stripper disfrazado de vampiro?) y consiguiendo que desde primera hora de la mañana cada segundo estuviese plagado de ilusión y buen rollo. Papá, a ti se te hubiese olvidado como siempre felicitarme, no te lo tengo en cuenta, pero no habría faltado el pastel más sensacional y esas ganas de chincharme hasta el infinito y más allá.

Es diecinueve de abril, el sol brilla, la chaqueta está mejor colgada del brazo, y aquí hay una con ganas de celebrar la vida.


miércoles, 19 de abril de 2017

Cuarenta


Hoy cumplo cuarenta. Cuarenta. ¿Cuarenta? 40. XL. Forty.

Aunque he hecho mucha coña con la famosa crisis de la década que estreno, la verdad es que estoy feliz de estar en el tiempo y el lugar en que me encuentro. Vamos, que me pirra cumplir años.

No negaré que cierta nostalgia me invade. Si mi madre estuviese viva, llevaría semanas preparando alguna celebración apoteósica y buscando la manera de sorprenderme y de regalarme, en la medida de lo posible, algo que me hiciera mucha, pero que mucha ilusión. Si mi padre estuviera vivo, se habría olvidado de mi cumpleaños, como siempre, hasta que mi madre se lo hubiera recordado y me hubiesen llamado juntos para felicitarme (eso sí, habría rescatado de su recetario algún pastel divino con el que homenajearme en la celebración apoteósica). Mamá, papá, estáis siempre conmigo, hoy más que nunca. Y a falta de vuestros soberbios ágapes, sé, que me lo ha dicho un pajarito, que mi suegra y señor esposo la están liando parda para no dejarme sin sorpresa y celebración.

Llego al cambio de década con algunas taras, todo sea dicho. Hubiese estado bien no tener las rodillas artrósicas dando por culo y disfrutar de una columna menos serpenteante que una boa constrictor, pero aunque mi sistema locomotor es bastante defectuoso sigue sosteniéndome y llevándome a los sitios que le pido con relativa dignidad, así que obviaremos el tener que correr como un pingüino escayolado cada vez que se me escapa el autobús.

En mis fantasías juveniles imaginaba una vida futura llena de aventuras, con éxitos prodigiosos, descubrimientos clave para la humanidad y viajes interminables por todo el planeta. Ni que decir tiene que no he conseguido ningún Óscar, Pulitzer o Nobel, pero oye, que no está nada mal ser del montón, disfrutar de los pequeños placeres diarios y saber que en tu microcosmos todo fluye de manera más que satisfactoria.

Mr. X, gracias por invitarme a operar aquella iguana. De no haber sido por aquel reptil con retención de huevos, a saber cuándo habría empezado nuestra love story (gracias a la iguana, dicho sea de paso, por ofrecernos un marco incomparable para flirtear). Gracias por ser, amado mío, simply the best. Gracias a Peque por hacerme la madre cuarentañera más orgullosa y babeante del mundo mundial –y vale, a ratos también la más desquiciada-. En fin, que gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Pues ya está. Que tengo cuarenta. ¡Ozú!

PS: No sé nada de la fiesta sorpresa. Doy fe.