martes, 24 de noviembre de 2020

Lo que puedo, y lo que no puedo decirte


No puedo decir que fueses candidata a Perra del Siglo, porque aún guardo un nada grato recuerdo de todos los bichos que te cargaste en tu época dorada de cazadora de todoloquesemovía.
Tampoco puedo declarar que fueses la más sociable; sacarte a pasear cuando estabas sana y lozana era un deporte de riesgo, y me obligabas a buscar las horas más intempestivas para no cruzarme con ningún otro can del barrio (gracias, sordera y ceguera seniles, por facilitarnos las cosas).
Desde luego, nadie en su sano juicio puede aseverar que no fueses la más plasta del mundo a la hora de nuestras comidas, husmeando cualquier átomo de alimento que se nos cayese del plato, echándonos el aliento encima y cuando todo fallaba, rascándonos con la pata para pedir limosna.

Todo eso, Whity querida, no lo puedo decir.

Pero sí diré, ahora que ya no estás, que el silencio en casa cuando se queda vacía me parece abrumador. Que cada vez que entro y no te veo venir bamboleando las caderas para decir hola, se me escapan las lágrimas. Que no tenerte echada frente a la puerta de la cocina mientras ando entre fogones me llena de soledad (y además, he descubierto lo efectiva que eras lamiendo el suelo cuando me daba la vuelta para buscar algo, ahora me toca barrer cuando termino de guisar). Que echaré de menos tu pelo fino y dorado, aunque me tuviese frita encontrarlo hasta en los calcetines. Que has sido la mejor compañera para P, que por las mañanas nunca se iba sin sentarse a tu lado y susurrarte cosas bonitas al oído. 

Si te diré, Whity querida, que honraremos tu memoria, que fuiste buena y cariñosa, y que el amor que sentimos por ti, nos ha hecho mejores personas.

                                  









 

miércoles, 28 de octubre de 2020

Confina-dos, tres, cuatro, cinco

Cuando el doce de marzo nos dijeron que al día siguiente los niños no iban a la escuela y todo apuntaba a un confinamiento más o menos largo, mi jefa me propuso tomarme unos días de vacaciones (que finalmente fueron un mes entero) y Mr. X y yo nos planteamos como afrontar la etapa. Por fortuna, la casa familiar en las afueras de la ciudad estaba disponible, y el sábado por la mañana hicimos las maletas y nos fuimos allí. He de decir que con el coche lleno hasta la bandera despertamos las suspicacias del vecindario, y por las miradas de soslayo que nos dedicaban, más de uno debió pensar “otros que se van a su segunda residencia”. Lo cierto es que repartimos nuestro tiempo entre la casa de la ciudad y la de las afueras, que está en medio del bosque, a apenas siete quilómetros del piso. Una joya escondida entre la maleza, un regalo que pudimos disfrutar los cinco: Mr. X, P, su hermano O, su hermana A y yo misma. 

La casa está en una zona tranquila, a más de medio quilómetro de la carretera más cercana, un pequeño oasis rodeado de floresta a medio camino entre la ciudad y el pueblo más cercano. Habíamos estado el fin de semana anterior, pero aún así la casa estaba fría. Decidimos no tirar de calefacción, que funciona con gasoil y habría costado una fortuna, y parte de nuestras tareas diarias consistieron a partir de entonces en ir a buscar madera al bosque, cortarla, y disponerla para la estufa de leña. 

Las primeras noches me costaba conciliar el sueño. Por lo extraño de la situación y porque el silencio era absoluto. Pero muy absoluto. Normalmente se oye algún coche a lo lejos en la carretera. Nada. Silencio abrumador hasta que con el amanecer llegaba la sinfonía de pájaros piando con los primeros rayos de sol (parecía toda una rave de la naturaleza). Me despertaba la primera, encendía la estufa, dejaba salir a Perra a husmear el rocío de la mañana y hacer sus necesidades, y tomaba un té en silencio leyendo -o viendo Netflix, seamos sinceros y estropeemos un poco lo bucólico de la imagen- hasta que algún otro habitante amanecía, no antes de las nueve de la mañana. 

Aunque se recomendaba mantener rutinas parecidas a las habituales, nos lo pasamos bastante por el forro. P se levantaba cuando su cuerpo serrano ya no podía aguantar más en horizontal y nos acostábamos todos tarde. A decir verdad, las noches eran lo más divertido. Cenábamos viendo una serie en la cadena autonómica y después, si había quorum, jugábamos al pinacle hasta que alguno lograba fulminar al resto. Enseñé a P a elaborar refrescantes San Franciscos sin alcohol, y se convirtió en el barman oficial del lugar. 

En mi día a día suelo caminar bastante, y la segunda semana vi que los valores del podómetro de mi teléfono caían en picado, así que me propuse poner remedio a la situación. Aunque al principio podíamos salir a pasear por el bosque (después nos lo prohibieron), yo no solía hacerlo. Por un lado, Mr. X seguía trabajando y yo me quedaba sola con la juventud y sin coche. Por otro, fuera de la propiedad la cobertura es mínima, y me he acostumbrado a deambular escuchando podcasts, en concreto los tres del cuarteto calavera formado por Juan Gómez-Jurado, Arturo González-Campos, Rodrigo Cortés y Javier Cansado (es decir, Cinemascopazo, Todopoderosos y Aquí hay dragones), por lo que me tenía que quedar en el jardín para pillar algo de señal. Dadas las circunstancias, lloviese, hiciese un frío de tres pares o el sol me abrasase la piel, cada día salía dos horas a caminar alrededor de la casa. Y no es un edificio tan grande, tardaba minuto en dar una vuelta corta y dos y algo en dar una vuelta larga (según los árboles que esquivaba). Acabé conociendo cada nido en las ramas, cada arbusto escondido, y cada grieta en la pared. Y qué bien me lo pasé. Al cabo de una semana, mi recorrido quedó marcado en el suelo, aplastando la hierba y abriendo un surco en las zonas pedregosas. Un poco hámster en la rueda, pero para mí, del todo relajante. Eso, más los ratos de lectura, escritura y dibujo fueron mi terapia particular. 

Nuestro periplo del confinamiento no estuvo exento de contratiempos que amenizaron las jornadas. Se atascaron las cañerías y eso supuso levantar medio jardín (menos mal que un “vecino” manitas nos echó una mano y se encargó de las obras, cosa que alteró mi recorrido hamsteriano y me obligó a incorporar saltos y filigranas a mi andadura); cuando se activaron las clases online nos dimos cuenta de que la conexión no daba de sí y solicitamos que nos instalasen fibra óptica (algo que, milagrosamente, al final conseguimos) y Perra tuvo achaques varios que superó perfectamente (menos mal que en casa, de bichos, algo sabemos). 

Gracias al whatsapp mantenía contacto diario con mi abuela, que en la residencia dejó de poder recibir visitas, y también con el resto de amigos y familia. Hacíamos llamadas grupales semanales y eso nos permitía estar conectados con el exterior. Además, las nuevas tecnologías nos posibilitaron mantenernos en forma haciendo deporte online con el dojo de P y con mi amiga yogui Eli

Seguíamos las noticias lo justo y necesario para estar informados de la normativa vigente según se actualizaba, pero nada más (y mantenemos esa tónica). Nos perdimos la hora de los aplausos en los balcones, y la camaradería vecinal, pero somos conscientes de que nuestro confinamiento fue privilegiado. Y una oportunidad de oro para hablar muchísimo en familia de varios temas pendientes, algunos más dolorosos que otros, pero todos terapéuticos y sanadores. 

En mi caso, lo que me costó más sobrellevar fue la educación online. Quien me conoce sabe que suelo disponer de una paciencia considerable. Pues con P y los deberes queda demostrado que será ingente, pero no es infinita (vamos, que con P es una puta mierda de paciencia). Él, las tareas y yo formamos una combinación explosiva que ni la Coca-Cola y los Mentos. En fin, corramos un estúpido velo, porque lo cierto es que P acabó el curso muy dignamente y haciendo los dos un esfuerzo por no enviar a cagar al otro cada dos minutos. 

Pasado el primer mes yo retomé mi trabajo con visitas programadas y encadenamos el confinamiento con el verano, con lo que pasamos medio año entero seguido en la casa. Ver el paso de las estaciones a través de los cambios en la vegetación y en el comportamiento de las aves, insectos y demás criaturas fue una experiencia que disfrutamos sobre manera. Eso sí, una vez acabado el estado de alarma, los jóvenes pusieron pies en polvorosa. Ellos aún necesitan volar y conocer, y salir, y socializar, y explorar. Yo, en el pequeño mundo boscoso alrededor de la casa, con mi gente y mis ratos de introspección, ya soy feliz.

      










jueves, 15 de octubre de 2020

Lo que el coronavirus se llevó


Si en vez de escribir en un blog, fuese yo instagrammer o videoblogger, supongo que lo acertado sería comenzar con una inspiración profunda, soltar el aire poco a poco, y preguntarme -retóricamente- por dónde retomar el hilo. 


Lo que sí tenía claro era el lugar en el que estaría escribiendo esta entrada: un bar tranquilo de Barcelona, mientras P está en la escuela, aprovechando las horas que ahora me han quedado libres desde que hace unas pocas semanas cerrase definitivamente la consulta donde ejercía de veterinaria. El coronavirus no ha sido el causante del cierre, pero desde luego no ha ayudado. Por fortuna, puedo permitirme unos meses para redefinir mi vida profesional y retomar la escritura, algo que echaba mucho de menos.

Han sido meses extraños, y cuando me siento extraña me cuesta un mundo ponerme a redactar nada, a pesar de conocer el poder terapéutico que tiene para mí escribir. Supongo que necesito tener digerido y procesado lo que me ocupa la mente para poder empezar a ponerlo en palabras. Nos confinamos durante meses en la casa familiar en las afueras, a quince minutos en coche del trabajo de Mr. X, pero aislados en medio de la floresta. Mr. X no dejó nunca de trabajar, yo sí durante algunas semanas, y me encargué de la logística en la casita del bosque. Más tarde me reincorporé, y el verano trajo algo de libertad y el retomar el contacto social. Trajo un poco de playa, sol, baños sanadores… pero también trajo la muerte de mi abuela, y apenas un mes después, la de mi tío.

No me apetecía para nada volver aquí en las primeras fases del duelo, cuando es más fácil caer en el tono trágico y regodearse en la -justificada-tristeza. Un buen amigo me dijo que hablase de mi abuela cuando pudiese homenajearla como merece recordándola con alegría. Y por extensión, así quiero hablar de las pérdidas de estos meses, porque todo se transforma, cambia, evoluciona, y ahora me siento en un lugar privilegiado, con tiempo para hacer cosas que tenía pendientes, disfrutar de esas horas que me ha cedido el cierre de la empresa y, porque no, volver al blog.




miércoles, 22 de enero de 2020

Entretenimientos domésticos



Los años no perdonan, y bien lo sabe Perra, que ya ha cumplido catorce, y aunque no lo parezca va medicada hasta las trancas por culpa del lupus que arrastra. Fruto de su adicción a la cortisona (y de su forma de ser también, no nos llevemos a engaño), es una tragaldabas caminante que se zampa todo lo que encuentra por el suelo o en tu mano si por casualidad queda al nivel de su morro. Ergo cada dos por tres nos regala una diarrea de intestino grueso de libro (me ahorraré los detalles técnicos).

Pero no solo ella padece de alteraciones gastrointestinales en mi queli querida.

Domingo por la tarde tras pasar el día en la exposición de legos. ¿A qué quiere jugar P? A legos. ¿Quién tiene que ayudarle a fabricar un furgón blindado? La menda. Así que en un alarde de compromiso parental, me dispuse a echar una mano a mi churumbel con sus construcciones. El resto del cuadro lo conformaban Mr. X, que con unas horrorosas gafas redondas adquiridas en el Tiger para poner remedio a la presbicia, se peleaba con el PC y las cuentas del mes; la hermana mediana de P, A, que a falta de espacio en nuestro minúsculo hogar, ha adoptado la costumbre de apalancarse en el lavabo pequeño con su ordenador para escuchar música mientras diseña, dibuja o se comunica con sus congéneres vía cibernética; y por último el hermano mayor de P, O, que miraba alguna serie netflixiana en su móvil aposentado en el sofá.


Ya que tenía que ponerme creativa con los ladrillitos de colores, me entraron ganas de escuchar música, y desde que nuestra tele ha digievolucionado y podemos acceder a Youtube, la uso a modo de aparato musical. Últimamente he taladrado bastante a mi familia con La flauta mágica de Mozart, y cuando sugerí poner la ópera de nuestro colega austríaco me saltaron a la yugular (no los culpo). Mr. X propuso pasarnos a compositores alemanes y me decidí por La novena sinfonía de Beethoven. Enterita. Hubo quejas, pero me las pasé por el forro, directamente.

A nivel del segundo movimiento, Mr. X y yo empezamos a tararear y P protestó enérgicamente (siempre que uso esta expresión me acuerdo de Demi en Algunos hombres buenos). Entonces O comenzó a quejarse del volumen y de que la música le estaba alterando, y eso me resultó sospechoso, porque Dvořák o Wagner están entre sus preferidos, y los tipos, tranquilitos en sus composiciones tampoco eran, pero seguí pasándome las quejas por el arco del triunfo ya que nos acercábamos al cuarto movimiento, mi predilecto.

A estas alturas O se había incorporado y empezaba a tener un tono facial cetrino. Se mascaba la tragedia, pero yo estaba inmersa en el coro de voces que te acercan a ese final tan apoteósico que nos regaló Ludwig. A todo esto O seguía con la letanía de lamentos, que si me estoy mareando, que si Beethoven no me está sentando bien… y yo, cuando me aproximo a un clímax musical no estoy para historias, así que le recomendé que vomitase, que es lo que parecía que le pedía el cuerpo, y seguí a lo mío. En esos minutos mágicos en los que los violines te llevan a toda mecha hasta la colosal explosión del coro, O se levantó de un salto y corrió al son de la música hasta el lavabo pequeño con la intención de vaciar su convulso estómago, para descubrir al abrir la puerta que A estaba apalancada con el ordenador. Giró a toda velocidad hacia el otro lavabo –en cuya trayectoria estábamos P y yo haciendo legos-, y en el mismo instante en que el orfeón entraba con toda su potencia, O vio que no llegaba, y propulsando su cuerpo hacia adelante, un arco de vómito se dibujó en el aire cual arcoíris infecto para acabar estrellándose en el suelo del comedor, a escasos centímetros de la puerta del lavabo, y resultando damnificadas en el proceso la esterilla de la ducha y varias piezas de lego que reposaban esperando su turno para entrar en el juego. P y yo no nos quedamos a escuchar más arcadas (ni el resto de la Oda a la alegría), dado que tanto mi churumbel como yo somos muy empáticos con eso de potar, y nos hubiésemos unido a la juerga en unos segundos. Huimos despavoridos a la cocina en busca de asilo político mientras encomendábamos a Mr. X, que en ese momento estaba haciendo bombones de chocolate, que se encargase de retirar los restos de pasta con trufa blanca mal digeridos que estucaban las superficies de nuestro comedor.

Hice un intento de asomarme a echarle una mano, pero fue breve, porque el ácido clorhídrico al aroma de trufa sacudió mi pituitaria y mi estómago se contrajo, así que huí de nuevo. Pero pude ver por el rabillo del ojo que O sacaba el hígado en el váter, que Mr. X empezaba a recoger el desaguisado y que Perra… ¿adivináis? Sí, la misma que cuando le pongo el bol de pienso lo olfatea con desgana y se larga muy digna ella como diciendo que lo que le sirvo es bazofia, la mismita, se estaba pegando un atracón de vómito.

Por fortuna, aunque un trozo de fuet cazado furtivamente le de cagalera una semana, la tapita de arcadas no causó males mayores.

Y esa, en resumidas cuentas, es la forma en la que pasamos los domingos por la tarde.




miércoles, 18 de diciembre de 2019

Everest



Lo bueno de tener un blog es que es un excelente método para refrescar recuerdos y momentos que mi ya maltrecha memoria no retienen. Hace más de cuatro años escribí esta entrada relatando el impacto que había tenido en mí la película sobre la tragedia del ’96 en la cima del mundo. Como a obsesiva no me gana nadie, durante semanas, los 8.848 metros de altura del Everest se adueñaron de mi mente. Y desde entonces ocupa un lugar privilegiado en mi rincón privado de ofuscaciones. Por otro lado, es sensacional leer los comentarios de esa entrada y lo que profetizaban. 

Cuando volvimos a Katmandú aprovechamos la tarde para hacer compras por Thamel. Hay cientos de tiendas, con vendedores dicharacheros que detectan que eres español a la legua y te intentan camelar para entrar en el juego del regateo. Y me da pereza infinita regatear, así que una vez me hice con los artículos que quería obtener, desistí de entrar en más comercios. Pero mis colegas de expedición estaban ávidos de adquirir material de montaña, y se paraban cada dos locales. En uno intuí que la cosa iba para largo, y aposenté mi trasero en unos escalones para ver la vida pasar. Cuando había cambiado de nalga en la que apoyarme veinte veces por tener todo el culo petrificado de tanto esperar y me habían salido raíces en las bambas, decidí ver si Eu y Mr. X finiquitaban ya o nos daban las campanadas en el chiringuito. Eu no tiene rival en cuanto a dar palique a alguien, y ahí estaban los tres explicándose la existencia. Menos mal que por lo menos compraron todo lo que buscaban y pudimos ir a buscar sitio para cenar (un lugar encantador, por cierto, Thamel está lleno de rincones por descubrir).

Al día siguiente tocaba madrugar, para variar. Esta vez para tomar un vuelo panorámico, algo que no tuvimos cien por cien decidido hasta haber acabado el trekking (si estás planeando un viaje a Nepal y no sabes si vale la pena tomar ese vuelo, deja de dudar y compra el billete). Este tipo de trayectos lo ofertan varias compañías, y Shali nos recomendó la que desde su punto de vista, ofrecía más garantías. Y vamos a ver, si hablamos de garantías para sobrevolar el Himalaya… pues como que las quiero todas. Yeti Airlines (qué apropiado), fue la elegida.

Solo venden pasaje para los asientos de ventanilla, y el vuelo dura una hora. A la ida, los viajeros de la izquierda pueden disfrutar de las vistas, a la vuelta, los de la derecha (y cuando no te toca, te dejan ir a cabina para observar el paisaje desde una perspectiva privilegiada). Cuando despegamos las azafatas nos dieron un díptico con un dibujo de las montañas y su altura que nos sirvió de guía para identificarlas. De todas formas, ellas iban pasando y te señalaban los picos. En cuando Katmandú desapareció del suelo y nos acercamos a la cordillera, empecé a sentir escalofríos. Es tan impresionantemente bello que cuesta describirlo con palabras. El primer pico que reconocí (gracias al folleto, of course) fue el Gaurishankar, 7.134 m. Al lado, el Melungste, 7.181 m. Fui resiguiendo sus contornos, sus nieves, que espolvoreaban las cimas como en unos dulces hercúleos, su magnificencia. Un poco más adelante, asomando entre el Nupste y el Lhotse, Everest. Me emociono solo de recordarlo. Piramidal y regio. Imaginar a Tenzing y Hillary coronando el pico en los cincuenta del siglo pasado me parece una hazaña imposible. Qué extraños somos los seres humanos y las cosas que nos mueven.

El vuelo acabó con una copa de champán, y brindamos los tres por la vida y el momento compartido. Chin-chin Everest, te he podido ver colega.




Después del subidón, nos fuimos a conocer Patan. Es una ciudad adyacente a Katmandú, aunque si no te dicen que se trata de otra urbe, está tan pegada a la primera que parecería la misma. Su plaza Durbar forma parte del Patrimonio de la Humanidad y es un lugar precioso por el que perderse, repleto de historia y de edificios de más de quinientos años. Paseando por sus templos Eu me confesó que en el vuelo panorámico se había pillado el anorak (no hacía frío para nada esos días en Katmandú). Le pregunté para qué y me explicó que había tenido una paranoia rollo ¡Viven! y descojonada perdida de la risa me confesó que el anorak le daba seguridad por si nos estampábamos en mitad del Himalaya. Claaaro, claaaro, muy lógico todo. Y la muy capulla no me avisó para que yo cogiese el mío. Cría amigos.

                                                                       





Nos gustó mucho uno de los museos de la ciudad, en el que había todo tipo de reliquias y figuras de dioses. Me flipan los cientos de deidades que tienen los hinduistas. Y la paz que destilan los budas. En estas que descubrí un rayo de luz que iluminaba una estancia y le hice una foto a mi mano. Le pedí a Eu que se colocase debajo para una foto artística y la luz la deslumbró haciendo que pusiese un careto que de artístico poco (parece una abducida bizca justo antes de subir a la nave alienígena).

                                                             


Después de comer visitamos el Templo dorado. Que sí es dorado, pero no por oro, sino por bronce. Repleto de figuras de animales, los reflejos provocados por el sol en todas sus superficies crean un ambiente cuasi fantástico. Invita a quedarse en un rincón descubriendo cada detalle.

                                                                         




De ahí fuimos al mercado local, una locura total de mercancías, olores, colores y gentes. Estupendo para comprar sal del Himalaya, especies y ropa local a buen precio.

Así llegamos a nuestra penúltima jornada en Nepal, justo antes de emprender el camino de vuelta. Shali nos llevó a primera hora a Nagarkot, una localidad elevada con una cima desde la que ver de nuevo toda la cordillera que la rodea. Pero esta vez el tiempo no estaba de nuestra parte y los nubarrones no nos permitieron disfrutar de las vistas. Mientras Mr. X esperaba en vano a que clareara, Eu y yo decidimos aprovechar el tiempo y volver a las andadas en las escaleras de bajada emulando a Celeste Barber. Épico. Lástima que la vergüenza y el anonimato (relativo) me priven de compartir los documentos grabados con el resto del universo.

De Nagarkot fuimos a Bhaktapur, otra ciudad pegada a Katmandú que vale la pena visitar. La entrada es la más cara que pagamos en los quince días de viaje, pero no puedo dejar de recomendar hacer la inversión. Me enamoró el rojo de los ladrillos que usan en las edificaciones. Y su plaza principal es impresionante. Un templo enorme la preside y las escaleras que lo coronan están flanqueadas por estatuas de animales y guerreros pétreos colosales.

                                                           




Tuvimos la suerte de distraernos paseando al atardecer, y el naranja que lo dominaba todo creó un ambiente onírico. Las fotos que tengo del momento, charlando con Eu, Shali o Mr. X, tienen algo de mágico. Como mágico ha sido este viaje.

Nepal me ha sorprendido. He vuelto sabiendo más cosas de mí, conociendo mejor mi cuerpo y sus limitaciones. Me ha regalado tiempo de calidad con personas bonitas. Me ha permitido acompañar a Mr. X en el viaje de sus sueños, y se ha convertido en uno propio.

La gente me pregunta si me ha gustado lo suficiente como para volver. Y yo contesto lo que dicen los nepalíes… once is not enough.

                                               





jueves, 12 de diciembre de 2019

Pokhara


De vuelta a Pokhara tuvimos un día entero para conocer la ciudad y Shali planificó una jornada llena de paradas en los puntos más interesantes.

Empezamos con la Pagoda de la Paz, estupa budista situada en una colina que tiene unas vistas privilegiadas de las montañas y del lago Phewa. Para llegar (sí, escaleras again) se pasa por unas cafeterías en las que muelen el café in situ para que el aroma te invite a entrar, y de bajada nos tomamos un tentempié mientras observábamos unos pajarracos enormes volar a nuestra altura. Lamento no ser más explícita en cuanto a la especie de ave, pero el experto del grupo (AKA Mr. X) no consiguió identificarla. 

                                                                   



                                        


De ahí fuimos al campo de refugiados tibetanos de Tashi Ling. Hay un recinto en el que se explica la historia del éxodo tibetano tras la invasión china y la labor del Dalai Lama como líder espiritual del país que le vio nacer. Otro edificio aloja un centro de artesanos y pudimos ver un grupo de mujeres fabricando alfombras decorativas. Me hubiese quedado horas observando cómo trabajaban. Es hipnotizante ver la actividad de unas manos acostumbradas, a través de años de práctica, a ejercer movimientos que se escapan a tu ojo. Había tres mujeres mayores, de más de ochenta años, ensimismadas en lo que tejían, cardaban o hilaban, sonriendo mientras nos saludaban, sin demasiado interés en nuestra presencia, pero con una cortesía y encanto irrebatibles. Pieles morenas, ajadas por el clima y la edad, y unos ojos pícaros y sabios, que, por lo que aprendí en la visita, habrán visto horrores que no puedo imaginar. 

Nuestra tercera parada fue Davis Falls o Devi’s Falls. Lo escriben de diferentes formas. Yo oigo cataratas y ya viajo mentalmente a Iguazú, y claro, no es lo mismo (para nada), pero tienen su punto. Lo malo es que todo el lugar está hasta arriba de vallas para evitar accidentes... tantas, que restan visibilidad y la cosa es un poco raruna. Como raruno es el origen de su nombre, porque todo viene de una turista suiza que se ahogó allí en los sesenta (Mrs. Davis) y su padre solicitó que el lugar llevase su apelativo. Como en nepalí hay nombres parecidos (Dev y Davi) acabaron bautizando el sitio como Devi’s Falls.

De ahí fuimos a una cueva, Gupteswar Cave. Se accede por una escalera espiral que te lleva hasta una obertura en la roca, y allí me planté y dije que no entraba. Hacía un calor y una humedad de mil demonios, oía un grupo de gente recitar una oración repetitiva que me perforaba el cerebro y adolezco de cierto grado de claustrofobia, así que cuando vi lo estrecho que era eso, el mogollón de gente que entraba, la ropa enganchada al cuerpo como una segunda piel… nooo way. No sé por qué extraña razón, el momento me hace pensar en Indiana Jones y el templo maldito, cuando el sacerdote chungo le arranca el corazón al pobre desgraciado que tiene delante (será la mezcla de calor, cueva y cánticos reiterativos). Deshice al camino y me senté al lado de los que cantaban en una zona en que circulaba el aire. Al fresco, me ensimismé con la salmodia, que me acabó entusiasmando, y esperé tranquilamente a que mis compis volviesen. Por lo que dijeron, no me perdí gran cosa.

De la cueva, a la garganta de Seti. El nombre lo mola todo. Lo curioso de las cataratas, la cueva, o la garganta, es que son lugares a los que se accede desde la calle. Atraviesas la puerta de turno, y ahí en medio te encuentras la sorpresa. Seti es el río que atraviesa la zona, y la garganta, un montonazo de agua circulando a toda velocidad que puedes observar desde un puente construido para tal cosa. Es un lugar pequeño, pero resultón.

La última parada antes de comer fue la que más me impresionó, el puente colgante del río Bhalam. Enorme, altísimo, sensacional. A Eu le daba un poco de yuyu aventurarse a cruzarlo, pero a mí me flipó, aunque no pude evitar acordarme de mi amigo Indi cuando le cortan el puente… Aparte de la claustrofobia moderada, también tengo un puntito de vértigo, pero consigo relativizarlo muchas veces, y esta fue una de ellas, con no mirar a mis pies, solucionado (porque a través de la estructura de hierro se ve perfectamente el suelo que queda muyyyy, muy lejos). 

                                                                     


Tras tanta visita necesitábamos cargar pilas, así que comimos cerca del puente, en un garito que conocía Shali (lo bueno de ir con gente de lugar es que te lleva a sitios que no te llaman la atención para nada y en los que luego descubres una comida estupenda a muy buen precio). Antes de llegar Shali tenía hambre y compró en un puesto ambulante pasta tipo noodles de esa que va empaquetada en plan ensortijado para hacerte una sopita. Abrió el paquete y empezó a comerlo tal cual. Eu y yo le gritamos al unísono que qué narices hacía, que eso era para sopa, y él nos dijo que también se come así. Y sí, está riquísimo y todo el mundo lo hace. También lo trituran y lo mezclan con frutos secos y mejunje picante, y todavía está mejor. Qué cosas.

Por la tarde tuvimos dos planes tranquilos. El primero, visitar el templo Bindebasini. Como tantos otros sitios en Pokhara, está localizado en un promontorio que ofrece buenas vistas a los Annapurnas, pero mientras Shali y Xavi se deleitaban con el panorama, Eu y yo nos dedicamos a hacernos la puñeta para conseguir la mejor foto del lugar. Me sentí inspirada por una fila de velas y en cerocoma Eu estaba copiándome la foto. No sé a quién le habrá quedado mejor, pero gano yo porque la idea fue mía, ea.

                                                                      


El segundo plan fue dar un paseo en barca por el lago. Shali descansó un rato de nosotros y nuestras estupideces yendo al hotel, y Mr. X, Eu y yo nos dejamos llevar por el barquero que nos llevó de un lado al otro del lago. Lo cierto es que fue de lo más relajante. Entre el cansancio acumulado y el runrún somnífero de los remos, de haber tenido asientos más cómodos nos hubiéramos quedado dormidos. 
                 
                               


En el centro del lago hay una islita con otro templo y el barquero nos llevó a verlo. Creo que los tres hubiésemos preferido dar una cabezadita en la barca, pero aceptamos la invitación de bajar de nuestro bote por cortesía y yo me lancé en busca de otra foto que estampar en los morros a Eu (y lo conseguí, muahahaha). 

                                        


A la vuelta a Katmandú nos esperaba otro plan largamente ansiado, un vuelo panorámico para observar una montaña a la que le teníamos muchas ganas. Para volver a la big city podíamos repetir la odisea de siete horas en autocar  o coger un avión. Nos decantamos por el avión. ¿He dicho alguna vez que odio volar? Pues si el aeropuerto en cuestión parece algo así como una estación de autobuses de tercera, mi nivel de canguelo sube hasta la estratosfera. Pero está claro que sobrevivimos. 

Nos quedaban dos días más en Katmandú antes de volver a casa para poder acabar de conocer los alrededores de la ciudad y ver, por fin, el Everest.









lunes, 9 de diciembre de 2019

Poon Hill o cómo flipar de lo lindo viendo ochomiles



En teoría Shali nos había recomendado ponernos a caminar hacia Poon Hill (3210 m) sobre las cinco menos cuarto de la mañana, pero viendo lo averiada que estaban mis extremidades inferiores, nos dijo que mejor lo adelantásemos un cuarto de hora, así que a las cuatro y media Eu, Pardip, Mr. X y yo emprendimos la subida a Poon Hill. En una hora había que salvar los más de trescientos metros de desnivel que nos separaban de la cima por un tramo de… ¿lo adivinas?... sí, escaleras, of course

Si yo pensaba que el día anterior había sido duro, me equivocaba. La subida a Poon Hill fue heavy-metal. Mis agujetas a esta altura de la película ya eran de siete sobre diez en la escala de mecagoenlaputaquédolor de Mo. Avanzaba robóticamente y a un ritmo lento, tanto por el desnivel como porque todos los excursionistas alojados en Ghorepani íbamos a lo mismo. Llevábamos frontal para alumbrar el camino y el silencio de la romería sólo se rompía por el roce del calzado al subir y los jadeos de los sufridos caminantes. Tuvimos que aflojar varias veces el ritmo porque a mí se me salía el corazón por la boca y Eu, que las pasa canutas con el asma, sentía que le faltaba el aire.

Una hora después, la cima.

Y vale la pena. Joder si vale la pena (ya me perdonaréis la dosis extra de exabruptos, pero es que el paisaje era lo puto más).

                                                     


Mientras recuperábamos el aliento Pardip nos fue a buscar unas tazas de té que nos supieron a gloria bendita y nos calentaron las manos mientras los primeros rayos de sol empezaban a iluminar los gigantescos Annapurnas. Una se siente privilegiada de poder estar delante de una maravilla así. Montañas legendarias, surgidas de las tripas del planeta hace millones de años y cubiertas de nieves perpetuas. Soberbias, imponentes, magníficas. 

                                                                       

                                                             Miss Annapurna South


Pasamos cerca de una hora disfrutando del espectáculo. Lo miraba todo como si las retinas de mis ojos fuesen capaces de tomar fotografías y grabarlas a fuego en mi cerebro para siempre jamás. Queriendo no olvidar nunca lo que una vez vieron. 

Era el momento de cumplir la promesa que le hice a Remorada, que me confió a su pequeñín para que pudiese viajar a su patria querida. Sacamos al Yeti de su lego-cajita y empezamos la sesión de fotos. Lo malo fue que, aparte de caer de todos los soportes que se me ocurrieron, las montañas a su lado no lucían por la perspectiva, y si no te juran que es el Himalaya, bien pudiera ser Andorra La Vella. Decidimos intentarlo de nuevo más adelante, para que se pudiese apreciar bien el fantástico paisaje. 

                                                                     


Tras la subida, a bajar otra vez, con el aliciente de tomar un más que merecido desayuno en el albergue, y coger fuerzas para el resto de la jornada. 

                                                 


Mientras comíamos pan nepalí con mantequilla y mermelada, me dio la bajona. Me dolían las piernas y dudaba de mi capacidad de seguir el ritmo de la ruta. Por suerte pude dormir diez minutos mientras Mr. X preparaba la mochila, y me desperté renovada y con ganas de, por lo menos, intentarlo. Así que vuelta a subir hasta el paso de Deurali, a 3132 m. Aquí sí pudimos sacar una foto chula del Yeti y enviársela a Remorada

                                           


Volvimos a bajar por una zona boscosa muy húmeda por la presencia de múltiples arroyos, y empecé a notar que algo no iba bien para el meñique de mi pie derecho. Paramos para tomar fotos a cientos de montículos de piedras erigidos en el margen del río, y aproveché para examinar mi dedito. Aparentemente no le pasaba nada y Shali me dio un masaje estupendo. Mr. X hizo un pequeño vendaje, pero me lo quité al llegar al hospedaje donde comimos, porque aún me dolía más. Recorté la uña y cedió bastante el dolor, pero por la noche descubriría que tenía un sospechoso tono azulado que no presagiaba nada bueno. Efectivamente, ahora mismo tengo la uña ideal si quiero pintarme sus compañeras de color berenjena, y en breve tendré que despedirme de ella, porque la pobre falleció en acto de servicio. 

Los descansos durante el viaje los disfruté intensamente. No hay nada mejor que llegar agotado a un alojamiento, desplomarse en el primer sitio que tu culo encuentra, y tomar un ginger lemon honey mientras miras las montañas. Nunca me ha sentado tan bien un receso en el camino. 

                                                      


Esa jornada fue la que más caminamos, veinte kilómetros parriba y pabajo. Nuestro objetivo era Tadapani, pero la estaban liando parda con las fiestas, y en el siguiente pueblo había un albergue más tranquilo, así que alargamos hasta allí. Llegamos a Chuile de noche, Shali y Xavi me animaban entre risas viendo que las piernas apenas me sostenían y parecían estar hechas de blandiblup. Se ofrecieron a llevarme en volandas, pero me negué en redondo, luego hubiesen dicho que hice media ruta a coscoletas. No señor, quería lograrlo yo sola. Y lo conseguí. Nada más llegar, ducha, ibuprofeno, y a dormir. 

El amanecer en Chuile fue espectacular. Nuestro biorritmo se había sincronizado con el ciclo solar y nos despertábamos al salir el sol, por muy agotados que nos acostásemos la noche anterior. 

                                          

                                                                    Macchapucchre

Las agujetas aún eran un poco más intensas, pero ahora ya sabía que si me ponía en movimiento, mi cuerpo respondería, así que nos pusimos en marcha. Es una de las cosas que me llevo de Nepal, saber que aunque tengo las rodillas como las tengo, son mucho más resistentes de lo que pensaba. Que puedo llegar más lejos y además, disfrutar (ibuprofeno mediante, ejem). 

Nuestra cuarta jornada de ruta fue más liviana que las dos anteriores, pero como seguía en modo robótico, lo mío me costó llegar a Ghandruk. Fue un trayecto bucólico, lleno de pueblecitos preciosos y animales con collares de caléndulas por las celebraciones.

Eu y yo desarrollamos la siguiente imbecilidad: el concurso de fotos. Nos flipamos con la posibilidad de vender alguna de nuestras obras de arte a un banco de fotografías y empezamos una competición absurda en la que el aliciente era boicotear el trabajo de la otra, o directamente, plagiarlo, como cuando vi una cabrita monísima, le hice una fotaza, y Eu se picó y se tiró al suelo para conseguir un mejor ángulo mientras se descojonaba de la risa y yo le hacía un vídeo que dejar para la posteridad como muestra de nuestras capulladas. 



             Tras este kukur estábamos Eu y yo empujándonos a codazos para obtener la exclusiva


Y mientras íbamos haciendo el chorra, Shali y Pardip cantaban el Resham firiri. Que se me ha metido hasta el tuétano de los huesos y me paso día sí, día también, tarareándola. Es una canción típica nepalí con una melodía muy, pero que muy pegadiza. Hasta P se la sabe ya.

Llegamos a Ghandruk a la hora de comer. El lodge era fantástico, en lo alto del pueblo, con vistas de ensueño, y pasamos la tarde descansando sin movernos del alojamiento (por ganas de hacer un poco el vago, y porque estaba en el punto álgido de agujetas, esa noche me desperté de dolor varias veces al tratar de cambiar de postura dentro del saco de dormir). La gente debía pensar que lo mío era grave, porque para salvar un solo escalón tenía que cogerme con las manos (¡las dos manos!) al poste, pared o asiento que tuviese más cerca. Un cuadro. 

                                                               


A la mañana siguiente Shali me señaló a dónde nos dirigíamos. Desde lo alto de nuestro pueblo teníamos que bajar todo un valle al nivel del río que quedaba al fondo-fondísimo y subir hasta la población que nos quedaba en frente al otro lado del valle. Pero eh, miedo ninguno. ¡Paciencia, palos, y disfrutar de los escalones! Porque en el fondo, que tu única preocupación sea llegar al otro lado del valle es un lujo. Fuera móviles, ordenadores, distracciones, responsabilidades y preocupaciones. Simple y llanamente disfrutar del viaje, las vistas y la compañía. El desnivel era potente, pero en este quinto día empecé a acostumbrar mi cuerpo y mi mente a las exigencias del camino. 

                                           


Llegamos a Tolka después de comer, nos lavamos, reposamos un par de horas y cenamos en el comedor comunitario. La comida en toda la ruta fue excelente, y con más variedad de la que esperaba. La bebida es más cara cuanto más alto subes, pero preferimos pagar unas rupias extras que usar las pastillas potabilizadoras. 

El último día de ruta nos llevó de Tolka a Dhampus. Fue el más fácil con diferencia, sin grandes desniveles ni escalones. Llegamos a destino poco después de comer, y la idea era dormir allí, pero nos apetecía volver a Pokhara, así que Shali flexibilizó el plan (si es que es un crack este hombre), y encontró un vehículo para volver a la ciudad del lago.

Llegar al final del trekking me causó una mezcla de sentimientos. Felicidad y orgullo por haber sido capaz de lograrlo, y nostalgia por poner fin a una experiencia que me había aportado muchísimo más de lo que esperaba. Es más, me sentía capaz de caminar noventa kilómetros más.

Bueno, quizás eso es pasarse de optimista.