miércoles, 20 de noviembre de 2019

Katmandú



    



Antes de entrar en materia, unas consideraciones previas por si algún lector o lectora está teniendo la tentación de viajar a Nepal (no te lo pienses más y pilla billete ASAP).

Aunque sobra que lo diga, hay que tener el pasaporte al día y con una vigencia mínima de seis meses. Aún me acuerdo de un viaje que hicimos a Portugal con P cuando tenía unos cinco meses. Le hice el DNI y me quedé tan pancha. Cuando en el chek-in nos dijeron que hacía falta pasaporte casi me da un patatús. Ya me veía en tierra despidiendo el avión de Mr. X con el lagrimón colgando, pero resulta que para despistados como nosotros hay una oficina en el aeropuerto destinada a solucionar estos aprietos. El careto de P en la foto de ese documento no tiene precio (le sostenía yo por detrás porque no se aguantaba erguido, angelico), y el carrerón que nos metimos para embarcar a tiempo tampoco lo tiene.

Es necesario tramitar un visado que puede ser de quince, treinta o noventa días. Se puede solicitar online en el consulado de Nepal en Barcelona, pero también se puede hacer en el aeropuerto una vez llegas a Katmandú, opción por la que optamos. Hay dos mostradores, y hay que hacer cola en los dos (Mr. X se encabezó en que solo era una cola, y Eu y yo tuvimos que convencerle de lo contrario, en su defensa diré que odia más las colas que las coles de bruselas, que ya es decir), a la izquierda para abonar las tasas y la derecha para sacar el visado. Nota práctica: llevar fotitos tamaño carnet. Las usaréis para eso y para los permisos a la hora de entrar en los parques naturales si hacéis un trekking –que lo haréis, hacedme caso porloquemásqueráis- (de eso se encargó nuestro guía, una cosa menos que gestionar). También hay que tener a mano la dirección del hotel o casa donde os alojaréis para rellenar los datos del papel de inmigración que os harán cumplimentar en el avión.

Vacunitas y otros temas de salud. En el servicio de atención al viajero nos informaron de las vacunas recomendadas para la zona que visitábamos. En nuestro caso nos tocó la fiebre tifoidea (se toma en cápsulas a días alternos, tres dosis) y las hepatitis A y B. Por nuestro trabajo y viajes anteriores ya estábamos cubiertos frente a la rabia, pero de no haber llevado esa vacuna, me la habría puesto sin dudarlo, en Katmandú te tropiezas con bichos todo el rato. Por otro lado está el tema de las diarreas del viajero. Llevamos pastillas y lejía potabilizadoras, pero no tuvimos que usar nada de eso porque conseguimos agua embotellada en todos los lugares que visitamos. Y nuestro guía nos dijo que podíamos comer verduras y ensaladas en las zonas turísticas, lo único que nos desaconsejó fue catar las delicatessen de los puestos ambulantes. Le hicimos caso porque somos muy obedientes y no tuvimos ningún problema al respecto. Tampoco lo tuvimos con los mosquitos, si vais en época álgida de insectos, hay que llevar un buen repelente.

¿En qué zona hacer el trekking? Temazo. Hay tres zonas básicas que valoramos: Everest, Langtang y Annapurnas. La segunda la descartamos porque no se ven tantos picachos, y era lo que le hacía más ilusión a Mr. X. Everest nos parecía muy masificada y finalmente nos decantamos por la región de los Annapurnas, que ofrece más variedad de rutas y se podía adaptar mejor a mi cuerpo serrano (ironía modo súper-on).

Seguro de viaje. Necesario. Hay varios entre los que elegir, nosotros optamos por el del CEC ya que Mr. X pisa mucha montaña por aquí, pero hay donde elegir.

¿Guía sí o guía no? Aunque se puede viajar sin guía por la mayoría de las zonas (algunas requieren de sus servicios sí o sí), dada nuestra fantástica experiencia con Shali no puedo más que recomendar ir con guía. Entiendes mejor la idiosincrasia del país, sus costumbres, su historia… Y si vas con Shali, te vas a divertir. Garantizado. Por otro lado, para el trekking contamos con un porteador. Yo ni me planteaba llevar mi mochila, vamos. Supongo que Eu y Mr. X hubiesen podido, yo jamás de los jamases. Y nuestro porteador fue un encanto (amigo de Shali, no podía ser de otra manera).

Otro factor importante en el que pensar es la época del año para viajar hasta allí. En principio se aconseja otoño (sobre todo) y primavera porque las temperaturas son más suaves y se pueden observar los picos. En invierno hace mucho frío y en verano, ayyy, en verano. Por un lado tenemos el monzón, es decir, lluvias miles y no ver un pico casi ni de canto. Y por otro lado… ¡sanguijuelas! Una de las personas que más me animaron a viajar a Nepal fue mi amiga Anna. Hablaba maravillas del país. Y cuando ya tenía los billetes pagados va y me suelta lo de las sanguijuelas. “¡Pero si no vamos a vadear pantanos!”, le solté, y ella me explicó que las bichas asquerosas caen de los árboles. Casi me desmayo. Literal. Por suerte me aclaró que ella había ido en verano y que creía que en otoño no había… Efectivamente, no nos succionó la sangre ningún anélido viscoso.

Y hasta aquí la breve introducción de cosas en las que pensar cuando uno se va a Nepal. Dicho esto, fuera de estos temas prácticos, no miré nada más sobre el país. Por un lado quería que me sorprendiera, y por otro no quería angustiarme por el trekking y su dificultad (que no era mucha por lo que decía Shali, pero igualmente me daba respeto…).

Las vísperas del viaje, lo que llevé más malamente fue despedirme de P. Él no quería que nos fuésemos (como dije, ha heredado mi miedo a los aviones) y no dejaba de achucharnos con aprensión. Yo le quitaba hierro al asunto, pero por dentro era gelatina pura.

La noche antes del viaje lo dejamos en casa de mis cuñados, que lo acogieron y mimaron mientras estuvimos fuera, y tras doscientos o trescientos besos y abrazos de despedida nos preparamos para la aventura yendo a dormir prontito y con esa mezcolanza de emociones que van de la cagalera máxima a los brincos excitados cada vez que piensas… ¡que nos vamos a Nepal!

Eu nos recogió de madrugada en un taxi con cara de zombie por estar recuperándose de un virus que le habían contagiado sus polluelos, y por fin, tras muchos meses de planear y especular, empezó la odisea.

Volamos con Turkish Airlines con escala en Istambul, y los vuelos fueron perfectos, ni una sola turbulencia de más (gracias a dior). Y qué placer poder devorar peli tras peli durante el trayecto. Hasta se me olvida que odio volar.

Llegamos a Katmandú al día siguiente, a las seis y media de la mañana. El ambiente era brumoso, y tras sacarnos los visados y pasar por el control aduanero, allí estaba Shali esperándonos con un collar de caléndulas para cada uno. Me enamoré del naranja de esas flores desde el minuto cero, y por suerte llegamos a pocos días de una festividad local, Tihar, o Festival de la Luz, y por todas partes veríamos adornos confeccionados con caléndulas.

Mi primera impresión de Katmandú fue el caos. Así, sin más. Nos sumergimos en un tráfico confuso en el que se circula por la izquierda en compañía de motos, peatones y animales, sin señales de circulación ni semáforos que regulen nada. Es la ley de la selva. A lo brumoso del día se sumaba una especie de polvo que todo lo cubría. Shali nos explicó que ese poso ha quedado en la ciudad tras el terremoto del 2015, pero no sé hasta qué punto es solo contaminación. Entre los traqueteos de la ruta empecé a fijarme en los detalles. Cables colgando de cualquier esquina como nidos eléctricos, puestos callejeros, los colores de los edificios, en tonos pastel y conjuntados sin orden ni concierto… y las caléndulas, alegrando cualquier rincón.

Shali nos acompañó hasta nuestro hotel, en el turístico barrio de Thamel. Nos recibieron con masala tea, unos namastés muy musicales (namasteeeee), las palmas unidas en forma de rezo y una ligera inclinación de la cabeza. Pudimos instalarnos y descansar un rato hasta la hora de la comida y a la una nos recogía Shali para empezar a conocer nuestro destino.

Pero eso ya, para el próximo día.










martes, 12 de noviembre de 2019

La celebérrima zona de confort



Tengo una magnífica zona de confort hecha a medida. Llena de rutinas adorables, exquisitos –aunque breves- momentos de paz para dedicar algo de tiempo a lo que me plazca, y como cualquier otra madre trabajadora, instantes de un frenesí y estrés deliciosos, algo caóticos, pero controlados dentro de mi encantadora amalgama de hábitos y manías.

Dicho esto, si a alguien puedo –y debo- culpar de abandonar esta parcela de sanas costumbres, no es otra persona que yo misma, así que entono el mea culpa, y en el fondo, hasta se lo agradezco.

Como adelantaba hace unos cuantos meses, para el medio siglo de Mr. X no se me ocurrió otra cosa que cumplir uno de sus más preciados sueños y planear un viaje para ver salir el sol en los Annapurnas. Quien imagine un viaje romántico para dos se equivoca, porque nos fuimos tres, y no, no era P quien nos acompañaba, sino mi amiga Eu. Debería decir nuestra amiga Eu, porque Mr. X la conoce hace ya casi diecisiete añacos y es una de sus compañeras de aventuras cuando tiene mono de subir algún pico, pero es MI amiga desde los catorce, y la antigüedad es un plus.

En teoría, durante las semanas previas a la odisea, Mr. X tenía que ejercer de entrenador personal y someterme a un arduo y exhaustivo entrenamiento que me llevase a soportar el trekking sin molestia alguna (tipo subir a Montjuic o al Tibidabo si me apuras), pero la vida 1.0 se ha puesto intensita últimamente y ya podemos dar gracias de no haber tenido que anular el viaje.

A dos semanas del vuelo aún no habíamos decidido ruta ni si íbamos por libre o con guía. La providencia puso en nuestro camino una recomendación que fue la repanocha y Shali, del que ya oiréis hablar, se convirtió en nuestro cicerone nepalí. Mr. X le comentó mis limitaciones físicas para el trekking (a saber, rótulas de cartón piedra y espalda serpenteante), y Shali nos hizo varias propuestas. Alguna era muy muy asequible para mí, apenas dos o tres días de caminata, pero yo quería que Mr. X y Eu disfrutasen a tope ya que se cruzaban medio planeta a mi lado, así que, en un día optimista, me decanté por una opción que sin ser destroyer total, no dejaba de ponerme un poquito a prueba. Shali me dijo que no me preocupase, que la peor parte era el segundo día, en el que había que subir dos horas de escaleras.

Dos.

Horas.

De.

Escaleras.

3500 peldaños, para más señas.

Yo puedo, me dije. Ya habría tiempo de acordarme de Shali, ya.

Antes de darnos cuentas ya estábamos en vísperas del viaje, y me preparé para abandonar mi preciosa, cuquérrima y apacible zona de confort. Porque sí, me encanta viajar y cuando vuelvo ya estoy pensando en irme de nuevo, pero para viajar, hay que volar, y eso ya no me mola una mierda (cuánto me acuerdo de Amaya Ascunce y de Eminem en cada vuelo, señor). Además, dejar a P en casa, que encima estaba hecho un flan y sufriendo porque volábamos (muy mal, creo que le he inculcado mis miedos, diez puntos menos en la escala de excelencia maternal), me tenía mohína perdida.

Pero ea, hecho estaba y qué coño, en el fondo era un planazo. 







jueves, 18 de julio de 2019

After Sun & Karate Kid



Aunque en los últimos años los veranos se han centralizado en la casa de la familia de Mr. X -con alguna escapadita a la costa siempre que ha sido posible- para mí verano es sinónimo de chapuzones interminables en el mar, polos refrescantes derritiéndose al sol y garbeos vespertinos por algún paseo marítimo, lleno hasta los topes de personas que caminan sin rumbo fijo, cuales zombis saciados de ocio litoral y con el cuerpo lleno de quemaduras que hacen que el roce del tirante parezca el de una sierra eléctrica.

Cuando Mr. X me propuso escaparnos una semanita a la Costa Brava, toda mi carga genética se puso a hacer la ola, porque yo soy un ente playero, a pesar de que paradójicamente odie de forma visceral la arena y su maligno poder para inmiscuirse en cualquier recoveco corporal.

Hemos cumplido con todos los tópicos del veraneo on the beach. A saber: cero despertadores, desayunar a la hora de la comida (y comer cuando los guiris están cenando), comprar bártulos acuáticos que P pedía compulsivamente para poder disfrutar de la jornada (y que compramos, claro está, para dejar de oír su cantinela desquiciante), nadar, nadar, nadar (qué gusto que nuestro vástago sea un delfín reencarnado en niño de nueve años), quedar con amigos y comer en chiringuitos pintorescos y con olores de dudoso origen, cenar en la terraza a la fresca en la compañía de los mosquitos…

Hay cosas que desde luego han cambiado mucho desde mi fase juvenil, como las mentadas quemaduras. En los ochenta lo de la protección solar era casi ciencia ficción (hasta nos poníamos bronceador con olor a coco, no digo más), y raro era el año que no te llevabas un despellejamiento post baño solar. Muy malamente, desde luego, pero aquello era otra era. Lo que no ha cambiado en treinta años es el After Sun. Esta vez he comprado el de toda la vida, el de la botella blanca y tapón azul verdoso que gira (en esa época pre extraescolares de inglés, para mí After Sun era el nombre de la marca, como Coca-Cola, y ni me planteaba que quería decir algo con sentido allende los mares). Lástima que P haya sentenciado que huele fatal y no haya podido podido embadurnarlo a gusto.

A pesar del fiasco con el pringue, P lo ha pasado bomba. Salvo por las noches, no iba a ser todo perfecto. Intentamos que durmiese solo, como en casa, pero no hubo manera. Nada más acostarlo me fijé en dos muñecos colocados sobre el radiador (fruto, sin duda, de algún viaje exótico de los propietarios del apartamento) y hasta a mí me dieron yuyu. P se negó a dormir en su presencia porque le miraban -NOS miraban- y al final dormimos todos en la misma habitación y Mr. X llevó los monigotes al cuarto de la lavadora (cosa que acojonó más a P cuando vio que no estaban preguntándome de inmediato si yo los había movido; al explicarle que los habíamos condenado al ostracismo suspiró aliviado porque ya se los había imaginado caminando de la manita por la casa). Nota mental: no dejar que mi churumbel vea la de Chucky hasta que le salgan las muelas del juicio.

Además de este revival en toda regla de mis estíos de juventud, otros hechos me han retrotraído a los ochenta (aparte de la tercera temporada de Stranger Things y la segunda de Dark, digo). Y es que P ha decidido que quiere hacer karate. Bueno, lo dice desde hace años, pero hasta este momento los astros no se habían alineado. Como ahora sí que sí, busqué un dojo por el barrio y lo llevé a una clase de prueba. Salió dando manotazos a diestro y siniestro, más contento que Ralph Macchio haciendo la patada de la grulla y convencidísimo de que lo teníamos que apuntar por imperativo categórico. Me veo poniéndolo a dar cera, pulir cera.

Bien pensado, si friega el piso ya me doy por contenta.








martes, 4 de junio de 2019

Nueve


Hoy Peque cumple nueve años. Ya no tiene casi nada de Peque, así que a partir de ahora lo llamaré P. Un pequeño paso para él, en la carrera de cumplir años, un gran paso para su madre, inmersa en la no muy grata tarea de aceptar que el tiempo, simplemente, pasa.

A pesar de que a menudo echo la vista atrás y buceo entre las miles de imágenes que estos tres mil dos cientos ochenta y siete días de maternidad me han dejado en el corazón (y en los megas de mi móvil), no sin su dosis de nostalgia inherente, puedo decir que el presente es mucho mejor que lo que hemos andado. Porque nos conocemos cada día un poquito más, sabemos cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos, qué día es mejor no echar leña al fuego, y cuando tras una bronca hay una carcajada esperando a emerger. Y aunque quede ñoño a más no poder, sabemos que el amor es el cemento armado de nuestra relación, y que por mucho que uno meta la pata, eso siempre nos salvará.

Eso, y las risas, que vamos a ver, con lo petarda que es la menda, y lo vacilón que me ha salido el colega, a veces lo que nos libra de acabar tirándonos a la yugular del otro es precisamente el cachondeo.

Soy una tipa con suerte, y saberlo, me hace jodidamente feliz.

¡Feliz cumpleaños pedorro!





jueves, 28 de marzo de 2019

Hoy un yo


Hoy un yo se ha levantado mustio, triste por un sueño que recordaba a medias y en el que no ha hurgado porque dolía demasiado. Otro yo se ha despertado feliz sin razón aparente y ha cogido el títere de cerdito para levantar a Peque con un monólogo que a él le ha parecido del todo tronchante.

Hoy un yo ha decidido saltarse un pelín las normas autoimpuestas de lo que es un desayuno saludable y se ha metido entre pecho y espalda un croissant cien por cien mantequilla con chocolate, y sin culpabilidad, negocio redondo. Otro yo ha se ha tomado su habitual té rojo, un kiwi y algunos copos de avena y también lo ha disfrutado, sintiéndose ligero y satisfecho.

Hoy un yo, antes de entrar en el trabajo se ha ido a la cafetería y tras leer un rato ha pagado la cuenta y se ha encaminado a la consulta. Otro yo se ha preguntado qué pasaría si por un día faltase a su compromiso laboral y fingiese un catarro, y se quedase en la cafetería leyendo. Dibujando. Escribiendo.

Hoy un yo ha ejercido con dedicación, ojo clínico de lince, sapiencia infinita, y ha dado con el diagnóstico de dos casos rebeldes que se resistían a ser resueltos. Otro yo ha tenido un día lleno de marrones, patinazos y pacientes/clientes complicados y se ha preguntado si no será hora ya de emprender otros caminos profesionales y encontrar su ikigay laboral.

Hoy un yo ha decidido darse la tarde libre, explorar la ciudad, redescubrir antiguos placeres solitarios, de los que disfrutaba cuando no era un pack cuasi indivisible con su familia. Otro yo ha comido con Peque, sus hermanos, su marido, su suegra, sus nueras y cuñados, se ha reído mientras disfrutaban del ágape y ha sentido la cálida compañía de su tribu con una sonrisa en los labios.

Hoy un yo estaba cansada de un día duro, de darle mucho a la cabeza, de no encontrar respuestas satisfactorias y definitivas… y lo ha pagado con Peque, al que ha urgido a acabar los deberes con prisa y cero empatía y al que ha tenido que pedir perdón llena de remordimientos cuando él se ha ido frustrado a su habitación cargando con las mochilas emocionales su madre sin apenas darse cuenta. Otro yo ha llegado a casa cantando Soledad y el Mar con Peque, se ha lanzado sobre la cama con su vástago y ha jugado con él a ser pistoleros cuya munición son cosquillas y ataques a traición.

Hoy un yo se ha metido en la cama deseando que la semana pase rápido y la rodilla deje de doler. Otro yo ha acomodado el cuerpo entre las almohadas y se regocijado de poder perderse entre las páginas de un libro, feliz en el presente. Y que dure.




Desde hace unas semanas en casa somos cinco más Perra en vez de tres más Perra porque dos hijos de Mr. X se han venido a vivir con nosotros. Hay más caos, listas de la compra infinitas, la lavadora me va a pedir la jubilación anticipada y yo voy a mutar a un ente un tanto más majareta. Pero también hay más risas, música y dibujos. Marie Kondo, a tomar por culo, lo nuestro nunca pudo ser.











miércoles, 27 de febrero de 2019

Pocahontas y el regalo sorpresa



Los que me conocen, cuando me compro algo nuevo de ropa, suelen decirme “es muy de tu estilo”. Y yo todavía no sé qué estilo es ese… pero parece que lo tengo. A ratos.

Adelanté en esta entrada que el fin de semana pasado íbamos a celebrar el cumple de Mr. X por todo lo alto. Cuando por fin tuvimos el avituallamiento y los espectáculos varios encarrilados, me puse a pensar en qué ponerme para el evento. Ya que tengo un estilo, hagamos uso de él. Desde Navidad poseo unas nuevas amigas inseparables: mis botas camperas. Tuve unas, heredadas de mi madre, en mi época universitaria, y las llevé a diario hasta que las destrocé. Literalmente. Desde entonces he sido más de botas negras de piel que de zapatos o deportivas, pero nunca camperas otra vez. Hasta que estas Navidades Mr. X decidió regalarme unas nuevecitas y estoy totalmente in love de ellas. Así pues, debía escoger un modelo en consonancia con el calzado. Y no se me ocurrió otra cosa que un vestido ligerito de flores (gracias, anticiclón bendito, por haberme permitido salirme con la mía sin morir de hipotermia en el intento). Para redondear la cosa recordé que cuando murió mi madre y me quedé su ropa, metí en un armario un abrigo de ante con flecos que desde entonces no me había puesto jamás. Botas, vestido de flores y abrigo de ante flecoso. Con razón me gané el apodo de Pocahontas durante la fiesta. Pero eh, tengo mi estilo.

Caras felices, comida hecha con amor por un montón de manos habilidosas, música en vivo gracias a gente joven con ilusión y talento, un vídeo confeccionado por la hija mediana de Mr. X con la intervención de todos los invitados a la celebración… ¿Qué más se puede pedir?

Un regalo sorpresa. Sorpresa de verdad.

Bueno, digamos que en cierto modo algo se olía el homenajeado, porque tuve que avisarle a principios de año, cuando diseñan el calendario de vacaciones en el trabajo, de que se reservase dos semanas en octubre. Pero por lo visto conseguí despistarle por completo con el destino. Él, que sabe que yo soy de gustos caribeños, se imaginaba una escapada para ver desovar tortugas en una playa paradisíaca… o quizás una ruta por la Pacific Coast Highway. Alma de cántaro.

Está claro que si uno lleva medio siglo sobre la faz de la Tierra se merece un regalo pensado para satisfacer sus deseos más profundos. Aunque sean la antítesis de mi hamaca bajo un cocotero (lo que se hace por amor…).

Conclusión: ladies and gentlemen, en otoño tendré que olvidarme de mi sofisticado estilo indio y cambiar las camperas por otro tipo de botas. Mr. X ya sufre pensando en cómo va a entrenar mi maltrecho cuerpo para deambular por los Himalayas (desde luego, quién me mandará a mí...). Nepal, here we go!!!





Gracias a mi amiga T, que cantó Soledad y el mar para el cumpleaños, he descubierto esta joya que ya siempre me recordará la sonrisa infinita de Mr. X rodeado de un montón de gente bonita.





lunes, 18 de febrero de 2019

Por amor a la ciencia


El 11 de febrero se celebró el día de la niña y la mujer científica, y desde el cole de Peque nos animaron a las madres que habíamos cursado carreras científicas a compartir nuestra experiencia con la clase de nuestros hijos.

Aunque en un principio no tenía muy claro si participar, fue comentarlo con Peque y quedarme sin opción a decir que no. Estaba entusiasmado no, lo siguiente (eso me hace ver que aún no hemos llegado a la fase de mamá-no-me-avergüences-por-favor -a pesar de que chinchándolo un poquito le pregunté si podía bailar el moonwalk en mi presentación y casi le da una apoplejía-).

Tener que explicar cómo llegué a ser veterinaria me ha hecho recordar muchas cosas. Que yo iba para letras, y pegué un volantazo hacia las ciencias. Que era malísima en mates y luché para sacarme el bachillerato científico (sigo siendo mala en mates). Que la carrera fue un período de emociones intensas, y cada vez que asistía a una conferencia de fauna salvaje me imaginaba como la nueva Jane Goodall. Que cuando me encallaba en asignaturas que aborrecía me parecía que el día de la graduación no iba a llegar nunca y llevo quince años ejerciendo como veterinaria. Que aunque me sigue gustando mi profesión, a menudo me imagino tanteando otros oficios porque me interesan demasiadas cosas.

El día de la exposición Peque estaba pletórico. Teníamos que ir después de comer, y antes de darme cuenta ya me tenía preparada la chaqueta y me empujaba hacia la puerta para irnos a la escuela. Debo confesar que estaba inquieta. Con los años he perdido el pánico escénico, y no me tiro para atrás si tengo que hablar delante de gente, pero aún así es algo que me hace estar nerviosa. Y los niños pueden ser un público muy exigente, de modo que ensayé la charla cinco veces durante la semana para calcular lo que tardaba y valorar imprevistos. Tras una introducción sobre cómo llegué a dedicarme a la salud de bichos varios y explicar a mi devoto auditorio en qué consiste mi día a día, les expuse un caso clínico a resolver entre todos (cogí a Perri, un peluche cánido de Peque que me sirvió de paciente, y simulé que se había clavado una espiga entre los dedos de una pata). Los críos se volvieron locos al sacar el fonendo, el termómetro, las pinzas… Costaba avanzar porque me avasallaban a preguntas, pero era espléndido ver todo ese entusiasmo reconcentrado. Cuando llegó el momento de tomar a la temperatura a Perri hice la pregunta del millón, ¿dónde le ponemos el termómetro a nuestro paciente? Y me di cuenta de que Peque levantaba la mano exaltado. Le concedí ese minuto de gloria y contestó: ¡En el culo! Risas a tutiplén y vástago feliz y contento (aunque luego me dijo que no lo había sacado como ayudante… pero no saqué a ninguno porque hubiese sido un caos de voluntarios abalanzados sobre la mesa de exploración). Acabé la charla y la ronda de preguntas sacó a la luz mis mejores batallitas (y algunas prestadas de Mr. X, que tienen mucha enjundia), ¿te ha mordido algún animal? ¿has visto un caracal? ¿cuál es el animal más peligroso que has tocado? Se quedaron con ganas de más y seguramente haremos una segunda sesión con mi partner in crime, Mr. X.

Cuando ya me iba, Peque me asaltó y me abrazó lleno de emoción. Valió la pena pasar ese rato con todos ellos y sentir la felicidad de mi retoño. Hay que saborearlo, que no falta mucho para que su entrada en la adolescencia me baje del pedestal en el que me tiene -a ratos- y me lleve al inframundo.

No descarto que la vida me lleve por otros derroteros profesionales, pero no me arrepiento de haber estudiado lo que estudié. Los animales me fascinan. Y por lo que me costó, y porque en el fondo soy una chica de letras que se atrevió a probar con las ciencias, aún me invade cierta emoción cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy veterinaria.