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miércoles, 27 de febrero de 2019

Pocahontas y el regalo sorpresa



Los que me conocen, cuando me compro algo nuevo de ropa, suelen decirme “es muy de tu estilo”. Y yo todavía no sé qué estilo es ese… pero parece que lo tengo. A ratos.

Adelanté en esta entrada que el fin de semana pasado íbamos a celebrar el cumple de Mr. X por todo lo alto. Cuando por fin tuvimos el avituallamiento y los espectáculos varios encarrilados, me puse a pensar en qué ponerme para el evento. Ya que tengo un estilo, hagamos uso de él. Desde Navidad poseo unas nuevas amigas inseparables: mis botas camperas. Tuve unas, heredadas de mi madre, en mi época universitaria, y las llevé a diario hasta que las destrocé. Literalmente. Desde entonces he sido más de botas negras de piel que de zapatos o deportivas, pero nunca camperas otra vez. Hasta que estas Navidades Mr. X decidió regalarme unas nuevecitas y estoy totalmente in love de ellas. Así pues, debía escoger un modelo en consonancia con el calzado. Y no se me ocurrió otra cosa que un vestido ligerito de flores (gracias, anticiclón bendito, por haberme permitido salirme con la mía sin morir de hipotermia en el intento). Para redondear la cosa recordé que cuando murió mi madre y me quedé su ropa, metí en un armario un abrigo de ante con flecos que desde entonces no me había puesto jamás. Botas, vestido de flores y abrigo de ante flecoso. Con razón me gané el apodo de Pocahontas durante la fiesta. Pero eh, tengo mi estilo.

Caras felices, comida hecha con amor por un montón de manos habilidosas, música en vivo gracias a gente joven con ilusión y talento, un vídeo confeccionado por la hija mediana de Mr. X con la intervención de todos los invitados a la celebración… ¿Qué más se puede pedir?

Un regalo sorpresa. Sorpresa de verdad.

Bueno, digamos que en cierto modo algo se olía el homenajeado, porque tuve que avisarle a principios de año, cuando diseñan el calendario de vacaciones en el trabajo, de que se reservase dos semanas en octubre. Pero por lo visto conseguí despistarle por completo con el destino. Él, que sabe que yo soy de gustos caribeños, se imaginaba una escapada para ver desovar tortugas en una playa paradisíaca… o quizás una ruta por la Pacific Coast Highway. Alma de cántaro.

Está claro que si uno lleva medio siglo sobre la faz de la Tierra se merece un regalo pensado para satisfacer sus deseos más profundos. Aunque sean la antítesis de mi hamaca bajo un cocotero (lo que se hace por amor…).

Conclusión: ladies and gentlemen, en otoño tendré que olvidarme de mi sofisticado estilo indio y cambiar las camperas por otro tipo de botas. Mr. X ya sufre pensando en cómo va a entrenar mi maltrecho cuerpo para deambular por los Himalayas (desde luego, quién me mandará a mí...). Nepal, here we go!!!





Gracias a mi amiga T, que cantó Soledad y el mar para el cumpleaños, he descubierto esta joya que ya siempre me recordará la sonrisa infinita de Mr. X rodeado de un montón de gente bonita.





miércoles, 30 de enero de 2019

Cincuenta



El mes que viene Mr. X cumple años. Medio siglo. No sé si existe una crisis de los cincuenta, a él no parece afectarle, pero ya la sufro yo en su lugar, que me tiene mareada nivel décima vuelta en el Dragon Kahn lo rápido que nos pasa el tiempo.

En casa de Mr. X hay una cierta tendencia a armar saraos con cualquier excusa, y teniendo un motivo con fundamento, como es el caso, se nos va de las manos. Estamos a punto de alcanzar una cifra de invitados de tres cifras, y eso significa que el engranaje festivalero se ha puesto en marcha.

Todo empieza con una libreta y una lluvia de ideas, o lo que es lo mismo, mi suegra diseñando el menú. Lo tenemos listo hace dos semanas. El siguiente paso es la reunión del comité ejecutivo, en la que estudiamos las ofertas de los hipermercados de la zona, las delicatesen a seleccionar de cada centro, los carritos de la compra que necesitaremos para cargar, y las neveras de la familia que se van a tener que ofrecer voluntarias para albergar en sus congeladores durante unos días las joyas de la corona.

Paralelamente el comité de fiestas lo da todo pensando cómo entretener a la multitud congregada el día D. Como en nuestra boda, celebraremos el fiestón en la masía de nuestros vecinos y amigos, los B. Lo cual significa que dos días antes, la famiglia emigrará a la casa de verano, que se convertirá en nuestro centro de operaciones.

Levantarse a primera hora con el efluvio del café que algún madrugador ha preparado para los demás. Cruzarse a cada segundo con alguien que te pregunta dónde has puesto la sal, el queso rallado o el vino para cocinar. Darnos cuenta de que nos hemos olvidado de comprar hielo (siempre falta hielo). Que empiece el borboteo de los pucheros y el picoteo que hará que cuando llegue la cena no puedas probar bocado. Que unos y otros hagan viajes a la masía para llevar sillas, barriles, mesas, cubiertos, platos, flores y guirnaldas. Yo estaré en medio de todos, cocinando a mi ritmo, observando entre divertida y emocionada como la energía que desprendemos cuando preparamos una celebración nos envuelve como un abrazo y dice sin palabras que el amor está presente. Y mientras elabore las pastas saladas que me enseñó a hacer mi padre, pensaré en él, en que hace cuatro años que ya no está, pero que a pesar de todo me lo puedo imaginar perfectamente entre carcajadas e improperios diciéndome que mi estilo para amasar es una mierda (por algo era un gentleman alemán de sonrisa traviesa y acento venezolano que se metía a todos en el bolsillo incluso cuando te estaba insultando). Y si pienso en él, pensaré también en mi madre, en sus manos finas de largos dedos y ese aire nostálgico que tenía cuando pintaba y paraba un momento para mirar por la ventana… y en que aunque no estén, están.

At least, but not last, ultimaré LA sorpresa que le tengo preparada a mi cincuentón favorito. Tentada estoy de explicarlo, porque sé que este hombre mío ni se acuerda de que tengo un blog. Pero habrá que ser cautos.

Ni se lo imagina.








jueves, 17 de enero de 2019

Vísteme despacio que tengo prisa



Situación: 4 de enero de 2019, mediodía. WC de mi casa. Yo, sentada en el WC.

Para las madres, el wáter es en un gran sitio donde planificar la jornada, whatsapear y mirar Netflix. Por aquello de que es uno de los pocos lugares donde la prole te deja en paz. En realidad ese día Peque estaba en el cole, y tenía toda la tarde por delante para hacer algunos recados de última hora. Y me puse a planear. Tenía que hacer unas compras –que había decidido ese mismo día-, enviar una de ellas por correo y visitar a mi abuela. Estuve consultando aplicaciones de movilidad de mi ciudad para decidir la mejor ruta y una vez dilucidé un plan perfecto, me subí los pantalones, paseé a Perra y emprendí la odisea.

Primera parada: Mercería Santa Ana. Para los foráneos, aclararé que es una mercería antiquísima en la que tienen de todo, por lo que suele estar frecuentada por un público básicamente integrado por abuelas costureras y otros individuos abyectos como yo. A pesar de ser un local con solera, normalmente frecuento las mercerías de barrio, y acudí allí por primera vez tan solo un mes antes. En hora punta, para hacerlo más complicado, porque para desentrañar su funcionamiento necesitas un máster MBA. Como no pillaba nada me mantuve en un rincón viendo como se desenvolvía la fauna autóctona y acabé entendiendo que había tres mostradores, cada uno con su cola, y que en cada uno de ellos despachaban cosas diferentes (este segundo punto lo descubrí al hacer cola para un hilo en el mostrador de agujas, meeec, error). Cuando has hecho la ruta del bacalao en todos los mostradores, has de pagar en la entrada con un albarán que te van confeccionando y después recoger la mercancía en cada mostrador. Un puto lío vamos. Esa primera vez que fui me dejé unas agujas en el mostrador uno. Pero como ser adaptativo al medio que soy, la segunda vez fue mucho más exitosa y al comentar mi anterior descuido sacaron el arcón de los pedidos olvidados –prueba fehaciente de que el método conlleva confusión- y diligentemente me dieron mis agujitas. Además, me atendió un chico jovencito muy amable y por un momento me pregunté si estaba intentando flirtear conmigo. Debo decir que últimamente he tenido esa sensación en más de una ocasión y empiezo a plantearme mi poder seductor oculto. Quizás como milf lo peto más de lo que lo hice con veinte años, porque en esa época, mal que me pese, no me comía un rosco.

Con el tiempo en los talones me fui corriendo al santuario del consumismo por antonomasia, El Corte Inglés. Aunque no tenía previsto comprar nada a mi vástago por Reyes dada la avalancha de juguetes que se preveía en casa de mi suegra, en el último momento flaqueé. Mr. X había visto un coche teledirigido molón en la octava planta y allí me encaminé rauda y veloz. El primer escollo fue darme cuenta de que las escaleras mecánicas solo llevaban a la séptima planta. ¡¿Dónde habéis metido la octava, pardiez?! Perdí cuatro magníficos minutos buscando un ascensor, que tampoco llevaba a la octava (bueno sí, pero en ese momento de obnubilación no me di cuenta), y acabé subiendo por las escaleras. Por suerte, el coche estaba donde Mr. X me había dicho y luego tardé un poquito más en escoger un segundo regalo para el hijo de una amiga, que le regalábamos y enviábamos entre tres colegas a su tierra, allende los mares (bueno, no tan lejos, pero queda más poético).

Con los dos paquetazos en la mano me puse a hacer la cola para pagar. Ahí me di cuenta de que media Barcelona había tenido la misma ocurrencia que yo de comprar un regalo de última hora. Esperé pacientemente veinte minutos y en los últimos cinco me percaté de que no envolvían los regalos. Que yo lo comprendo, claro que sí, pero eso complicaba mi timing hasta límites insospechados, ya que debía tener el regalo a enviar empaquetado para poder ir a Correos y aún me faltaba comprar una cafetera para Mr. X. No hay dolor. Pregunté a la ajetreada dependienta donde envolvían los regalos y me dijo que en la planta sexta. Pregunté again donde vendían cafeteras y me dijo que en la segunda.

Decidí ir primero a la sexta y casi me da un parraque al ver la cola de empaquetamiento. Cogí un ticket y comprobé consternada que mi número era el ochenta y dos e iban por el sesenta. Dejé reposar mi culo en donde le encontré un hueco y aparqué los fardos mientras observaba a qué ritmo avanzaba la cosa. Las dos dependientas estaban de cháchara mientras embalaban y podrían haber protagonizado el anuncio de Malibú soltando aquello de “me están estresaaaando”. Sentí un nopuedoconmivida atascado en el esófago y se me ocurrió que igual me daba tiempo de comprar la cafetera antes de que llegasen al 82. Mis paquetes y yo bajamos al segundo piso y ni rastro de ninguna cafetera. Pregunté y me dijeron que eso era el quinto o sexto piso. Acabáramos. Subí al quinto y ¡bingo!

Eché un vistazo rápido, pregunté por una Nespresso pequeña y me derivaron al área Nespresso, donde los dos únicos dependientes estaban ocupados. Pues nada, me puse a hacer cola detrás del que parecía más expeditivo. Lo malo es que la pareja que le estaba consultando, de expeditiva no tenía nada. Estaban interrogando al empleado sobre la presión del agua de la cafetera con cara de estar desentrañando algún misterio de física cuántica a lo que el subalterno contestaba encantado. ¿La presión del agua? ¿¿¿WTF??? Desconecté de la perorata intentando calmar mi taquicardia, y tras unos eternos minutos, me tocó. Y no me anduve por las ramas. La quiero pequeña. El chico me mostró dos modelos y antes de que se me enrollase señalé una. Me preguntó si negra, roja o pistacho y grité: ¡pistacho! Satisfecha con mi resolución me dirigí a pagar, pero resulta que la cafetera estaba en oferta y regalaban veinte cápsulas. Aunque no te las daban así como así. No. Después de pagar el dependiente me llevó hasta su compañera, la que yo había descartado en un inicio por no tener pinta de ser muy diligente, y pude comprobar in situ que no me había equivocado. Cordialmente me pidió que rellenase mis datos y preferencias en una tablet para hacerme llegar las cápsulas. Lo hice lo más rápido que podían teclear mis dedos y al terminar ella se quedó mirando el cacharro unos momentos para acabar dictaminando que se había colgado, por lo que tenía que encender otro dispositivo. Me lo tendió y me dijo: ¿Puedes repetirlo todo, por favor?. ¿Todooooo? ¿¿¿WTF??? Vale, venga. En diez días tendría mis capsulitas.

Me largué pitando a la sexta, sección empaquetamiento, e iban por el 84. Me habían pasado por dos putos números. Volví a coger un ticket y me salió el 102. Amos no me jodas que no llego. Consulté a Mr. X por whatsapp si en Correos había algún tipo de papel para enviar y me dijo que normalmente tenían sobres, así que me fugué de allí cagando leches, mirando en Maps donde estaba la oficina de Correos más cercana, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro con mis bolsas a todo el que me rodeaba (se me ha olvidado añadir que llevaba una ensaimada y una sobrasada de Mallorca para que mi abuela merendase, lo cual empeoraba mi movilidad una cosa mala).

Mirando el puto móvil pasé por delante de la oficina sin verla, tuve que recular veinte números y di con ella. Por fortuna no había nadie delante y me atendió un chico muy solicito. Aunque no había sobres. Horror. El tío se apiadó de mí y encontró una caja donde cabía el regalo que tenía que enviar. En principio pensaba enviarlo certificado, pero quería que el remitente fuese “Las tres reinas magas”, y para eso tenía que ser ordinario porque el certificado exige una identificación real. Pues ordinario se ha dicho. Me dejó un rotulador para plasmar mi arte en la caja mientras atendía a otros clientes y cuando acabé tomó el paquete para proceder a su envío. Le dije que había sido muy amable, que queda muy de abuela, pero yo que estoy de cara al público, sé lo mucho que se agradece un cumplido semejante. Lo hice feliz. Eso, o realmente soy una milf y no estaba feliz sino tontorrón.

Tenía veinte minutos para cruzarme la ciudad y llegar a la residencia de mi abuela para darle la ensaimada, la sobrasada y los adminículos de la mercería. Con autobús no llegaba ni por asomo, me lancé a un taxi y llegué, contra todo pronóstico, a tiempo. Dejé un riñón en el taxi y subí a darle todo lo adquirido a mi abuela, que esa noche cenó ensaimada de Mallorca al aroma del tráfico de Barcelona tan ricamente.

Dos autobuses más tarde llegué a mi barrio. Mr. X estaba convenientemente de paseo con Peque y me envió un mensaje para decirme que ya volvían. Le dije que ni de puta coña. Le pedí diez minutos de gracia y a ritmo no caribeño compré papel de regalo subiendo hacia casa, llegué al piso, envolví coche y cafetera con el abrigo puesto, la perra oliendo el efluvio de la sobrasada del fondo de la bolsa y el celo colgándome de una ceja, escondí los regalos, me serví un vaso de agua con gas y simulé un falsísimo relax mientras mis dos hombres entraban por la puerta y yo me desprendía del abrigo y daba un sorbo despreocupado justo en el momento en que me encontraban en la cocina.










jueves, 12 de marzo de 2015

No me quiero olvidar...


… de que…

-Soñé con papá. Estaba en casa y de pronto quería hacerle una pregunta a mi padre. La formulaba en voz alta y para mi sorpresa papá aparecía. Guapísimo. Joven y fuerte. Me daba la respuesta y me decía que cada vez que me necesitase vendría, y que el resto del tiempo permanecería muerto. A mí me parecía algo maravilloso, y hacía uso del prodigio cada vez que lo precisaba. Sólo tenía que llamarlo y tras un chisporroteo verde ahí estaba él. De repente me daba cuenta de que no era muy normal lo que estaba ocurriendo y me preguntaba si serían alucinaciones. Se lo explicaba a mi jefa y hacía aparecer a papá delante de ella. A la pobre casi le daba un soponcio. Inmediatamente entendía que recurrir de ese modo a él no podía ser muy bueno. Que tenía que dejarlo ir y cerrar el ciclo, y se lo decía. Él me preguntaba: "¿Estás segura? Si así lo decides ya no volveré...". Y yo le contestaba: "Sí papá, ya puedo yo sola, no te preocupes". Entonces veía aparecer su mano entre otro chisporroteo y caían unas llaves que yo recogía.

Tuve ese sueño la semana en que acabamos de vaciar la casa. Al despertarme me sentí muy feliz y relajada, aunque me puse a llorar al contárselo a Mr. X. Fue una especie de última despedida.


-Recibí un regalo maravilloso. La mamá pediatra sorteó entre sus lectores tres de sus libros (Diario de una mamá pediatra) y tuve el enorme privilegio de ser la ganadora de uno de ellos. Aquí lo tenéis.

                                     


He podido leerlo durante estas semanas y es una obra fantástica, completa y rigurosa, pero no por ello carente de la parte más humana y maternal de la autora. Una joya que os recomiendo. Muchísimas gracias Amalia.


-La boticaria más blogosférica (aka la mamá del Gremlin) tuvo la deferencia de invitarme a la presentación de su libro El paciente impaciente. Aún no me he hecho con él, pero se acerca mi cumple y ya lo tengo en la lista. Muchos éxitos, boticaria García. 

                                                               


-Sentí mucho cariño de los que estáis al otro lado de la pantalla a través de correos electrónicos, comentarios y mensajes de whatsapp. Una y mil veces gracias.

-Rescaté del coche de mi padre uno de sus cds preferidos, de Abba, y lo escuché de camino a casa. Ese álbum se convirtió en la BSO de la historia de amor de mis padres, y mamá siempre me tarareaba una de las canciones cuando yo estaba triste. Al escucharla no pude reprimir las lágrimas, pero no quiero olvidar a mis padres cantando...


... que las penas vienen y van y desaparecen. Otra vez vas a bailar, y serás feliz como flores que florecen.



                                                                                               







martes, 30 de octubre de 2012

Manos de madre


Ya estoy de vuelta, pero con la cabeza aún en el espléndido fin de semana que he pasado rodeada de mis amigas. Estuve a punto de no poder ir porque Peque tenía décimas de fiebre y la logística se me complicó, pero al final todo cuadró y pude disfrutar de mis chicas. Hemos sido de lo más organizadas. Nos hemos tirado casi tres meses apuntando todo lo que teníamos que comprar y los menús para cada comida en un Excell y planeando el transporte en un Doodle (cosas de chicas, no cabe duda, diez tíos hubieran comprado veinte pizzas y andando cascarundio). Nuestra amiga M se curró una actividad estupenda para hacer jaboncitos caseros. El único inconveniente es que teníamos que salir al exterior para mezclar la sosa y el agua -lo cual desprende gases tóxicos- y la pobre a la que le tocaba quedarse dándole vueltas a la mezcla volvía hecha una estalactita caminante a casa. También han hecho yoga y meditación por las mañanas (de eso pasé porque he estado con un catarrazo impresionante y mis amigos los mocos y la tos no me hubieran permitido concentrarme...). Hemos paseado por el bosque, hemos ido a una feria de setas, hemos reído, compartido y disfrutado muchísimo. Total, ¿para cuándo la próxima? Gràcies nenes, us estimo!

Una de mis flamantes amigas, I, está embarazada y esperando mellizos, a los que hemos decidido bautizar como Milli Vanilli. Dentro de poquito los podremos achuchar. Siempre me emociona ir a dar la bienvenida a un nuevo bebé (¡en este caso dos!). Antes de ser madre, cuando iba al hospital para conocer a algún pequeñín y me ofrecían cogerlo en brazos, siempre me negaba. Me daba miedo cogerlo mal, o que se cayese o vete tú a saber qué. Con Peque ni se me pasó por la cabeza. Nunca dudé en cómo sostenerlo, no recuerdo ningún instante en que pensase: "¡Que se me escurre la cabeza!", o algo parecido. Supongo que el instinto predominó. Y pensé que después de tener a mi hijo pasaría a tener unas maravillosas "manos de madre" (como las de mi suegra, que además de cuatro hijos tiene once nietos...un master en toda regla). Pero no. El año pasado nació el niño de otra amiga y me sentí de lo más torpe acunándolo. La etapa de bebé de Peque ya comienza a quedar lejos. Cuando era un rorito de pocas semanas, su frágil cuerpecillo exigía una delicadeza en mis movimientos que no tiene nada que ver con las maniobras que hago hoy día, por ejemplo, para cambiarle el pañal. Ahora lo nuestro más bien parece un campeonato de lucha libre (y no siempre gano...). Darme cuenta de todo esto me hace sentir nostálgica por ese tiempo que ya no volverá, como cuando evocamos con nuestras amigas las fiestas de la universidad, los años locos...Pero es una morriña pasajera, imágenes que me vienen a la mente, piedras preciosas en forma de recuerdos que me gusta acariciar y atesorar, pero que simplemente forman parte del camino.

No puedo irme sin explicar que mi tremenda chiripa con los sorteos se ha extendido al ámbito familiar. La semana pasada nos dieron unos boletos en el súper y los premiados recibían productos gratis. A mitad de semana, abriendo los sobrecitos con Mr. X en la cocina de casa descubrimos que nos habían tocado unas magdalenas, unos rollos de papel de cocina y...¡un jamón! ¡Nos pusimos a dar saltitos de alegría en casa del subidón que nos dio! Pero lo mejor es que el sábado me llamó Mr. X y me dijo: "No te lo vas a creer...hemos ido al supermercado y nos ha tocado un paquete de galletas, un kilo de pasta y...¡otro jamón!". A Mr. X le da corte volver al súper, así que mañana me toca ir a buscar el regalito. Sí, ya lo sé, de hoy no pasa. Hoy sí que me compro el Euromillon.

jueves, 25 de octubre de 2012

Veinte años


Cuando era una pipiola preadolescente, cualquier ser humano de veinte años me parecía muuuuuy mayor. Pero mucho.

Ahora no sólo he pasado esa edad con creces, sino que este fin de semana me reúno con mis amiguitas para celebrar que hace veinte años que nos conocemos. Alucinante.

Hemos alquilado una casa rural entre todas y estaremos allí de viernes a domingo. Debo confesar que a pesar de apetecerme muchísimo el plan, me da penilla dejar a Peque. No hemos pasado más de una noche separados (y sólo en dos ocasiones), así que se me hace raro...Pero ahora que algunas de mis amigas viven lejos (vamos, que sin avión de por medio no les veo la jeta), conseguir quedar todas juntas es algo que no puedo perderme. Ni puedo, ni quiero, ¡claro!

Recuerdo que cuando de jovenzuela quedaba con mi grupillo, mi abuela siempre me explicaba que ella no había tenido amigas, que su mejor amigo era su marido y que no entendía que nosotras nos explicásemos cosas íntimas y que fuéramos tan importantes las unas para las otras. Yo no imagino mi vida sin ellas. Hay cosas que creo que sólo puede entender otra mujer...(aunque a Mr. X lo hemos "afeminao" a base de incluirlo en nuestras charlas -porque es el único chico que siempre se anima a quedar con nosotras-). Sea como sea, este finde es sólo para chicas. Vamos a charlar, darnos unos paseos si el tiempo lo permite, cocinar juntas, ¡e incluso hacer un taller de jabón y cremitas corporales!

Por todo esto, ya me despido hasta la semana que viene (esta semana os dejo sin "Aventuras en el zoo", jejeje...).

¡Ah! ¡Por cierto! No quiero marcharme sin dar las gracias otra vez a Papá Lobo y Chincha Rabincha  porque...¡he ganado su sorteo! Sí, ya lo sé, ¡tengo una flor en el culo para esto de los sorteos! (siempre me ha hecho muchísima gracia esta expresión). Hoy me compro el Euromillon...

¡Besos y buen finde!

viernes, 21 de septiembre de 2012

Mr. X y las montañas


Cuando la relación entre Mr. X y yo aún no existía y era tan sólo un deseo oculto que incluso me costaba admitir (por aquello de que era un hombre divorciado con tres churumebeles, y que "estaba loca" y que "en qué lío me metía", etc.), yo me dedicaba a averiguar detalles sobre su vida a través de una amiga que lo conocía bien. He de decir que, por motivos que no vienen al caso, esta amiga no estaba muy emocionada porque yo empezase a salir con él, de modo que siempre me lo pintaba como un tío raro. Eso me ayudaba a mantener la cabeza serena y no lanzarle a Mr. X más indirectas de las que ya le enviaba (nunca he sido muy sutil cuando alguien me gusta, se me nota a la legua...). Una de las cosas que más le alucinaba a mi amiga es que Mr. X parecía ser un loco de las montañas. Tanto, que se podía pasar horas viendo fotos en el ordenador de montes y más montes. Yo pensaba que exageraba (¡ja!). Y a decir verdad, me parecía un comportamiento bastante freak...
De todos modos, creo que ni aunque me hubiesen dicho que vestía con la ropa interior por fuera de los pantalones me hubieran disuadido de intentar comenzar nuestra historia. Y nuestra historia cumplirá pronto diez añitos.

Pero sí, Mr. X es un freak de las montañas. A él no le gusta demasiado leer, pero tenemos decenas de libros de montes, cordilleras, sierras, macizos, cumbres y cimas. Y si quiero acertar con un libro, ya sé de qué tema debe ser. Y a ser posible, que sean todo fotos. Porque lo de estar horas mirando montañas no era en sentido figurado. Las mira como un enamorado.

Cuando salió Google Earth con la posibilidad de ver en relieve los diferentes accidentes geográficos, Mr. X se aficionó a dar garbeos virtuales por Nepal. A veces, haciendo zapping, en la tele sale la imagen rocosa de alguna mole de las que le gustan y sin pestañear suelta: "Mira, la cara norte del Everest...". Y yo alucino, porque para mi piedra es piedra. No reconozco ni las montañas de mi tierra (salvo Montserrat, que esa es fácil). Si alguna vez salimos al campo y a lo lejos vemos la silueta de los Pirineos, me va diciendo los nombres de cada pico, su altura, las veces que lo ha escalado y por qué rutas. Porque Mr. X no es sólo de mirar, lo que a él le pone de verdad es levantarse a las cinco de la mañana, hacer tres horas de ruta en coche hasta el monte elegido, y caminar durante ocho o diez horas. Llega rendido, pero feliz. Y lo necesita. Cuando lleva algunas semanas sin poder salir de excursión, se le agria el carácter. Es su válvula de escape, su forma de recargar las pilas.

Lamentablemente, mis lesiones en las rodillas me hacen imposible acompañarle en sus gestas. Tampoco soy muy excursionista, para qué negarlo, pero es que mi condición física me limita mucho. A veces me gustaría ir con él a alguna salida de las facilitas, pero sé qué luego estoy tres días sin poder moverme. Aunque no ha nacido la afición en mí, ahora puedo entender lo que le engancha de la montaña. El reto, la naturaleza, oxigenar el cuerpo y la mente, la belleza de los parajes,...

El fin de semana pasado Mr. X me enseñó las fotos de su última aventurilla y casi me da un pasmo. Aunque es muy prudente, a veces se le va la olla y camina por sitios francamente peligrosos. En la foto escalaba un tramo sumamente empinado para llegar a la cima. Hace años que decidí que no iba a preocuparme cuando se fuera a la montaña. Mi madre era muy sufridora y con su angustia me lo hacía pasar fatal. No quiero pasarlo así, ni hacérselo pasar a otra persona. Peeero, amigo mío, cuando Mr. X dijo que cuando Peque fuese mayor se lo llevaría a hacer ese pico, una alarma saltó en mi interior. Una cosa es una cosa, y seis media docena. Puedo gestionar lo de Mr. X, ¡pero que se lleve a Peque! ¡Arrrg! Y me parece que ya no hay vuelta atrás. Hace tiempo que cuando Mr. X tiene una tarde libre se lleva al niño a caminar y a ver la ciudad desde los miradores del Park Güell...

Creo que en mi casa van a habitar dos fornidos montañeros.



Antes de dejaros disfrutar de este espléndido viernes (para mí todos lo viernes son buenos, ya truene o nieve), os dejo una canción que me ha descubierto mi amiga T. Me parece una absoluta delicia para los sentidos, y una manera estupenda de celebrar que vienen tres días de fiesta (¡sí!,¡en mi ciudad el lunes es fiesta!). Espero que os guste:


                      


PS: Noticia de última hora...¡Me ha tocado un póster del sorteo de Pixers y Sarai Llamas! ¡Bieeeen! ¡Mil gracias, Sarai y Pixers! No me puedo quejar, tengo una potra para esto de los sorteos...(que no, ¡que no las soborno!). Pasaros por su blog ¡porque va a caer algún póster más! Me voy a tener que plantear seriamente jugar más a la lotería. Y si gano algo, viendo el póster de Sarai que me ha tocado ya sabéis dónde encontrarme...¡Buen finde!

viernes, 10 de agosto de 2012

Vaya telita y El taller de Mir

Aunque esta semana he estado con los ánimos un poco bajos por la muerte de Rocko, poquito a poco me voy sintiendo mejor. Os agradezco mucho todos vuestros comentarios de apoyo, de verdad. Y no quiero dejar pasar la semana sin hablar de la ilusión que me han hecho los dos regalitos que me han tocado en los sorteos de la blogosfera. Para que veáis las maravillas que he recibido, una imagen vale más que mil palabras.

El lunes me llegó la camiseta de Vaya telita. Me había tocado en el sorteo que hizo Suu, de Construyendo una familia. El paquetito estaba envuelto con mucho mimo. Lo abrí delante de Peque y fue amor a primera vista, quiso ponérsela en ese mismo momento. Como podéis ver, mi modelo particular es del todo solícito con las indicaciones de la menda. Le dije que señalase algo arriba, y bracito al aire para poder ver el dibujo de la camiseta. Muchas gracias chicas, ¡os ha quedado preciosa! Y gracias a Suu por darme la oportunidad de conocer el trabajo de estas artistas, ya les he hecho algún encargo para más adelante...







El segundo sorteo del que he resultado ganadora (¡qué suerte la mía, por cierto!) es el que organizó Carmen, de La Gallina Pintadita, con El taller de Mir. Resulta que Miriam, la diseñadora del Taller, vive en mi ciudad, así que muy amablemente, ayer pasó por la clínica de Mr. X para dejar las pulseritas que me han tocado. Como se ve en la foto, ha cuidado hasta el último detalle haciendo que las ya de por si preciosas pulseritas, luzcan mucho mejor alrededor de su tarjeta de presentación. Ya las llevo puestas, aunque mucho me temo que las hijas de Mr. X me las van a quitar en cuanto las vean y me van a pedir más, jejeje...Mil gracias a Carmen y Miriam por su detallazo.







Y poquito más, que ya se acercan mis ansiadas vacaciones y estoy con el reloj en modo cuenta atrás con muuuchas ganitas. Sólo explicaros que esta semana le he enseñado a Peque a decir secretos a la oreja. Sí, ya sé eso de que "secretos en la oreja es cosa de vieja", pero todo surgió a raíz de intentar que mi pequeño energúmeno aprendiese a hablar unos cuantos miles de decibelios por debajo de su tono habitual...Le dije: "Mira, Peque, has de hablar bajito, como cuando se cuenta un secretito, ¿quieres que te cuente un secretito?". Y él asintió emocionado, de modo que me acerqué a él y le susurré: "Te quierooo muchooo...". Y ahora cada noche, antes de dormir, me cuenta él su secretito: "Teee teroooo muchoooo".

¡Buen finde!