lunes, 9 de diciembre de 2019

Poon Hill o cómo flipar de lo lindo viendo ochomiles



En teoría Shali nos había recomendado ponernos a caminar hacia Poon Hill (3210 m) sobre las cinco menos cuarto de la mañana, pero viendo lo averiada que estaban mis extremidades inferiores, nos dijo que mejor lo adelantásemos un cuarto de hora, así que a las cuatro y media Eu, Pardip, Mr. X y yo emprendimos la subida a Poon Hill. En una hora había que salvar los más de trescientos metros de desnivel que nos separaban de la cima por un tramo de… ¿lo adivinas?... sí, escaleras, of course

Si yo pensaba que el día anterior había sido duro, me equivocaba. La subida a Poon Hill fue heavy-metal. Mis agujetas a esta altura de la película ya eran de siete sobre diez en la escala de mecagoenlaputaquédolor de Mo. Avanzaba robóticamente y a un ritmo lento, tanto por el desnivel como porque todos los excursionistas alojados en Ghorepani íbamos a lo mismo. Llevábamos frontal para alumbrar el camino y el silencio de la romería sólo se rompía por el roce del calzado al subir y los jadeos de los sufridos caminantes. Tuvimos que aflojar varias veces el ritmo porque a mí se me salía el corazón por la boca y Eu, que las pasa canutas con el asma, sentía que le faltaba el aire.

Una hora después, la cima.

Y vale la pena. Joder si vale la pena (ya me perdonaréis la dosis extra de exabruptos, pero es que el paisaje era lo puto más).

                                                     


Mientras recuperábamos el aliento Pardip nos fue a buscar unas tazas de té que nos supieron a gloria bendita y nos calentaron las manos mientras los primeros rayos de sol empezaban a iluminar los gigantescos Annapurnas. Una se siente privilegiada de poder estar delante de una maravilla así. Montañas legendarias, surgidas de las tripas del planeta hace millones de años y cubiertas de nieves perpetuas. Soberbias, imponentes, magníficas. 

                                                                       

                                                             Miss Annapurna South


Pasamos cerca de una hora disfrutando del espectáculo. Lo miraba todo como si las retinas de mis ojos fuesen capaces de tomar fotografías y grabarlas a fuego en mi cerebro para siempre jamás. Queriendo no olvidar nunca lo que una vez vieron. 

Era el momento de cumplir la promesa que le hice a Remorada, que me confió a su pequeñín para que pudiese viajar a su patria querida. Sacamos al Yeti de su lego-cajita y empezamos la sesión de fotos. Lo malo fue que, aparte de caer de todos los soportes que se me ocurrieron, las montañas a su lado no lucían por la perspectiva, y si no te juran que es el Himalaya, bien pudiera ser Andorra La Vella. Decidimos intentarlo de nuevo más adelante, para que se pudiese apreciar bien el fantástico paisaje. 

                                                                     


Tras la subida, a bajar otra vez, con el aliciente de tomar un más que merecido desayuno en el albergue, y coger fuerzas para el resto de la jornada. 

                                                 


Mientras comíamos pan nepalí con mantequilla y mermelada, me dio la bajona. Me dolían las piernas y dudaba de mi capacidad de seguir el ritmo de la ruta. Por suerte pude dormir diez minutos mientras Mr. X preparaba la mochila, y me desperté renovada y con ganas de, por lo menos, intentarlo. Así que vuelta a subir hasta el paso de Deurali, a 3132 m. Aquí sí pudimos sacar una foto chula del Yeti y enviársela a Remorada

                                           


Volvimos a bajar por una zona boscosa muy húmeda por la presencia de múltiples arroyos, y empecé a notar que algo no iba bien para el meñique de mi pie derecho. Paramos para tomar fotos a cientos de montículos de piedras erigidos en el margen del río, y aproveché para examinar mi dedito. Aparentemente no le pasaba nada y Shali me dio un masaje estupendo. Mr. X hizo un pequeño vendaje, pero me lo quité al llegar al hospedaje donde comimos, porque aún me dolía más. Recorté la uña y cedió bastante el dolor, pero por la noche descubriría que tenía un sospechoso tono azulado que no presagiaba nada bueno. Efectivamente, ahora mismo tengo la uña ideal si quiero pintarme sus compañeras de color berenjena, y en breve tendré que despedirme de ella, porque la pobre falleció en acto de servicio. 

Los descansos durante el viaje los disfruté intensamente. No hay nada mejor que llegar agotado a un alojamiento, desplomarse en el primer sitio que tu culo encuentra, y tomar un ginger lemon honey mientras miras las montañas. Nunca me ha sentado tan bien un receso en el camino. 

                                                      


Esa jornada fue la que más caminamos, veinte kilómetros parriba y pabajo. Nuestro objetivo era Tadapani, pero la estaban liando parda con las fiestas, y en el siguiente pueblo había un albergue más tranquilo, así que alargamos hasta allí. Llegamos a Chuile de noche, Shali y Xavi me animaban entre risas viendo que las piernas apenas me sostenían y parecían estar hechas de blandiblup. Se ofrecieron a llevarme en volandas, pero me negué en redondo, luego hubiesen dicho que hice media ruta a coscoletas. No señor, quería lograrlo yo sola. Y lo conseguí. Nada más llegar, ducha, ibuprofeno, y a dormir. 

El amanecer en Chuile fue espectacular. Nuestro biorritmo se había sincronizado con el ciclo solar y nos despertábamos al salir el sol, por muy agotados que nos acostásemos la noche anterior. 

                                          

                                                                    Macchapucchre

Las agujetas aún eran un poco más intensas, pero ahora ya sabía que si me ponía en movimiento, mi cuerpo respondería, así que nos pusimos en marcha. Es una de las cosas que me llevo de Nepal, saber que aunque tengo las rodillas como las tengo, son mucho más resistentes de lo que pensaba. Que puedo llegar más lejos y además, disfrutar (ibuprofeno mediante, ejem). 

Nuestra cuarta jornada de ruta fue más liviana que las dos anteriores, pero como seguía en modo robótico, lo mío me costó llegar a Ghandruk. Fue un trayecto bucólico, lleno de pueblecitos preciosos y animales con collares de caléndulas por las celebraciones.

Eu y yo desarrollamos la siguiente imbecilidad: el concurso de fotos. Nos flipamos con la posibilidad de vender alguna de nuestras obras de arte a un banco de fotografías y empezamos una competición absurda en la que el aliciente era boicotear el trabajo de la otra, o directamente, plagiarlo, como cuando vi una cabrita monísima, le hice una fotaza, y Eu se picó y se tiró al suelo para conseguir un mejor ángulo mientras se descojonaba de la risa y yo le hacía un vídeo que dejar para la posteridad como muestra de nuestras capulladas. 



             Tras este kukur estábamos Eu y yo empujándonos a codazos para obtener la exclusiva


Y mientras íbamos haciendo el chorra, Shali y Pardip cantaban el Resham firiri. Que se me ha metido hasta el tuétano de los huesos y me paso día sí, día también, tarareándola. Es una canción típica nepalí con una melodía muy, pero que muy pegadiza. Hasta P se la sabe ya.

Llegamos a Ghandruk a la hora de comer. El lodge era fantástico, en lo alto del pueblo, con vistas de ensueño, y pasamos la tarde descansando sin movernos del alojamiento (por ganas de hacer un poco el vago, y porque estaba en el punto álgido de agujetas, esa noche me desperté de dolor varias veces al tratar de cambiar de postura dentro del saco de dormir). La gente debía pensar que lo mío era grave, porque para salvar un solo escalón tenía que cogerme con las manos (¡las dos manos!) al poste, pared o asiento que tuviese más cerca. Un cuadro. 

                                                               


A la mañana siguiente Shali me señaló a dónde nos dirigíamos. Desde lo alto de nuestro pueblo teníamos que bajar todo un valle al nivel del río que quedaba al fondo-fondísimo y subir hasta la población que nos quedaba en frente al otro lado del valle. Pero eh, miedo ninguno. ¡Paciencia, palos, y disfrutar de los escalones! Porque en el fondo, que tu única preocupación sea llegar al otro lado del valle es un lujo. Fuera móviles, ordenadores, distracciones, responsabilidades y preocupaciones. Simple y llanamente disfrutar del viaje, las vistas y la compañía. El desnivel era potente, pero en este quinto día empecé a acostumbrar mi cuerpo y mi mente a las exigencias del camino. 

                                           


Llegamos a Tolka después de comer, nos lavamos, reposamos un par de horas y cenamos en el comedor comunitario. La comida en toda la ruta fue excelente, y con más variedad de la que esperaba. La bebida es más cara cuanto más alto subes, pero preferimos pagar unas rupias extras que usar las pastillas potabilizadoras. 

El último día de ruta nos llevó de Tolka a Dhampus. Fue el más fácil con diferencia, sin grandes desniveles ni escalones. Llegamos a destino poco después de comer, y la idea era dormir allí, pero nos apetecía volver a Pokhara, así que Shali flexibilizó el plan (si es que es un crack este hombre), y encontró un vehículo para volver a la ciudad del lago.

Llegar al final del trekking me causó una mezcla de sentimientos. Felicidad y orgullo por haber sido capaz de lograrlo, y nostalgia por poner fin a una experiencia que me había aportado muchísimo más de lo que esperaba. Es más, me sentía capaz de caminar noventa kilómetros más.

Bueno, quizás eso es pasarse de optimista.

                                               





martes, 3 de diciembre de 2019

Let the trekking begin


Para ir a Pokhara teníamos dos opciones, autocar o avión. La distancia entre Katmandú y Pokhara no es muy grande, unos doscientos kilómetros, pero el estado de las carreteras no permite emular a Fittipaldi, así que se tardan más de siete horas en autocar. El avión es mucho más rápido, pero también más caro. Nos decidimos por el autocar para, como decía Shali, vivir la experiencia. 

Tardamos un buen rato el alejarnos de la ciudad, tanto por el tráfico, como por las paradas recogiendo y dejando gente (nuestro vehículo era para turistas, pero aún así también subió algún autóctono). Me gustó cambiar progresivamente el paisaje de caos urbano por el del campo, cada vez más y más verde (aunque en los márgenes de la carretera se acumulaba el polvo en la vegetación y el efecto era extrañamente apocalíptico y tardó varias horas en desaparecer). A medio camino, los campos cultivados y los pequeños y pintorescos pueblos pasaron a dominar el paisaje, y por fin, pudimos entrever la cordillera del Himalaya a lo lejos.

Compartir tu vida con alguien hace que llegues a mimetizar algunos gustos. Yo creo que Mr. X ha ampliado sus horizontes musicales gracias a mí (cuando nos conocimos escuchaba Queen y Bach en bucle), y quizás también le guste más cocinar, y sepa decirme el nombre de uno o dos directores de cine. Por mi parte, desde luego disto mucho de ser la persona atlética y deportiva que es mi maromo, pero algo de su amor por la naturaleza y las montañas ha acabado calándome (y eso que hace años, cuando lo veía pasarse horas mirando fotografías de montes me parecía de lo más extravagante –por no decir friki-). Algo se me ha contagiado, sí, porque al atisbar los primeros Annapurnas noté unas lágrimas furtivas que se me acumulaban en los ojos.

Paramos a comer a la vera de un río (no sé cuál, porque Nepal está plagado de los mismos), en una terracita al sol, y agradecí haber eludido el avión para poder empaparme del paisaje que nos rodeaba y hacer fotos a montones de mariposas. Por cierto, aquí la menda tiene un don para que esos insectos se posen en mi mano, lo descubrí en Iguazú y desde entonces siempre trato de retenerlas unos segundos para disfrutar de su belleza.

                                               


A primera hora de la tarde llegamos a Pokhara. Nos alojamos en un hotel precioso, justo al lado de la orilla del lago Phewa. Si Katmandú apenas te da un respiro con su continua actividad y el batiburrillo de gentes, animales y vehículos que la pueblan, Pokhara es una localidad para disfrutar con tranquilidad, pasear a la vera del impresionante lago que la preside, respirar hondo y deleitarse con las vistas privilegiadas de las montañas. 
                                                           
                               


Dedicamos la tarde a conocer las inmediaciones del lago, caminando sin prisa por la calle principal, mientras conversábamos con Shali. El pobre chico ha tenido una paciencia tremenda con nosotros, porque Eu y yo somos algo así como el vinagre y el bicarbonato, una combinación efervescente, y cada vez que pasamos tiempo juntas nos comportamos como las adolescentes pavas que fuimos, y cuya esencia, a la vista de los acontecimientos, no hemos dejado atrás. De hecho, dudo que nunca se nos pase la imbecilidad que arrastramos. Y que dure.




Entre otras absurdidades, nos ocurría que no nos salía el nombre de Shali. En realidad se llama Shaligram, pero acabamos acortando su nombre porque llegamos a llamarlo Siddhartha, Surinam, Shangri-La, Sagarmatha, Simba, Salvador, Samarkanda, y cuando no salía ninguno, Noi. Lo dicho, paciencia de santo.

A la mañana siguiente se unió a nuestro grupo Pardip, el porteador. Para mí era una necesidad que alguien nos ayudase con el peso de las mochilas. Parte del equipaje se quedó en el hotel de Pokhara, y por otro lado llenamos una mochila con lo que pesaba más para que la llevase Pardip (cada uno llevaba una pequeña bolsa con lo más imprescindible).

¿Qué equipamiento se necesita para un trekking? La dificultad teórica de nuestra ruta era baja (ya matizaremos eso), y la altitud máxima alcanzada, 3210 metros. No hace falta mucha cosa en realidad: pantalones de montaña, camisetas de manga corta-larga transpirables, polar o similar, calcetines cómodos, un anorak o plumas para cuando aprieta el frío, guantes, toalla, saco de dormir -no imprescindible, porque en los albergues te ofrecen mantas, pero recomendable-, buen calzado (unas zapatillas cómodas son suficiente, no hace falta botas) y sobre todas las cosas, ¡bastones! Sin ellos, no habría podido completar la ruta ni de coña. Y otra cosita que no llevé y eché de menos: unas chanclas. En muchos de los sitios donde dormimos, la ducha era comunitaria y sin lugar para dejar las cosas mientras te quitabas la roña del camino, así que entrar y salir con chanclas nos hubiese facilitado la existencia. De nada.

A las ocho de la mañana nuestro equipo de cuatro iba camino de Nayapul en el vehículo que Shali puso a nuestra disposición para trotar cual cabras locas por las accidentadas carreteras nepalíes.

Nayapul estaba de fiesta, preparándose para las celebraciones locales. Sellamos nuestra entrada a la reserva de los Annapurnas y comenzamos a caminar. Debo decir que en esas primeras horas me vine arriba porque la caminata me pareció más que asequible. Y me sorprendió muchísimo el paisaje. Había imaginado un terreno yermo, frío, rocoso, y estábamos en medio de una selva casi tropical, de vegetación exuberante y plantas y flores por doquier con temperaturas primaverales.

 


Como estábamos en período festivo, los niños no iban a la escuela y los veíamos jugar por todas partes y columpiarse en las construcciones que les fabrican para ello. También se acercaban para pedir dinero o chocolate. Por suerte íbamos cargados de caramelos y fue lo que repartimos a diestro y siniestro.

                                                       


Comimos en uno de los múltiples lugares que te encuentras por el camino y avisté las primeras de las muchas escaleras que íbamos a pisar en los días venideros.

“Pero Shali, estas no son las chungas, ¿no?”

“¡Claaaaaro que no!”

Olé ahí, dando ánimos. Para llegar a nuestro destino, subimos escaleras, y esa fue la tónica en todo el trekking, aunque en algunos hubiesen más (al día siguiente) o menos y alternadas con trozos de camino por el bosque. Así que más vale ir mentalizado.

A primera hora de la tarde llegamos a nuestra primera parada: Tikhedhunga. La teahouse que nos serviría de albergue estaba oculta en mitad del bosque, al lado de un río, y pasamos por un puente colgante para llegar hasta ella. Nuestra habitación era modesta, pero estaba tan cansada que me pareció de cinco estrellas. Salvo la ducha. En teoría teníamos agua caliente en todos los albergues, pero descubrí que no era así cuando ya estaba en pelota picada bajo el chorrito gélido que nunca se calentaba. Y no me veía con ánimos para vestirme e ir a la ducha comunitaria, así que me duché con agua fría. En el fondo es muy vigorizante (ejem).




                                                                   
Cenamos poco después del anochecer. La carta es clónica en todas las teahouses: dal bhat, variedad de arroces y pastas más o menos picantes y MO:MOs. Ni idea de por qué lo escriben así. Vienen a ser como las gyozas japonesas y me nutrí de ellos durante casi toda la ruta, me flipan. Para beber: ginger lemon honey, que me gustaba más que el masala tea porque la leche no me va.

Durante la cena nos acompañó un murciélago juerguista que iba de una viga a un poste y viceversa compulsivamente, y nos pasamos el rato haciéndole vídeos, porque el bicharraco era King Size y daba gusto verlo volar. También aprovechamos para hacer un skype y descubrí que P tenía un berrinche del quince por haber perdido su peluche adorado en una excursión del cole. Ese fue el momento en que peor llevé los casi 10.000 km que nos separaban. La próxima vez (si la hay), me lo llevo. Nepal es un país seguro, tranquilo e ideal para disfrutar en familia. Nos cruzamos con muchas familias con niños haciendo el mismo trekking que nosotros, y estoy segura de que P disfrutaría de la aventura.

Según mi mapa mental, el día siguiente era el más duro. Saliendo de Tikhedhunga hay un tramo de escaleras sin pausa ninguna de dos horas, más de tres mil escalones. Básicamente el resumen es este:

                                     
                                                   

Al principio me costó pillar el ritmo, y caí en la tentación de ir preguntando a Shali cuanto faltaba cada veinte segundos. Luego te das cuenta de que como no relativices, se te va a hacer muy largo, y casi se trata de entrar en un estado de meditación. Acompasar movimiento y respiración y fuera prisas. Cuando lo conseguí logré disfrutar hasta del esfuerzo. Eso cuando no echaba un ojo a la tipa de delante, una mujer enorme que las estaba pasando canutas y cuyo cuerpo bamboleante parecía que se me iba a caer encima entre resuello y resuello.

Aún así, tenía que parar cada quince minutos aproximadamente. Como había vaticinado Shali, Pardip siempre iba por delante de nosotros, y cuando llevaba mucha ventaja nos esperaba en algún recodo. Al alcanzarlo me ofrecía pani (agua) y así empezaron las clases de nepalí. Cuando me veía que había recuperado el aliento me decía: Jam jam? (que suena algo así como tzam tzam), o lo que es lo mismo, "¿vamos?". Y si yo decía que vale, seguía con un bistare, bistare (poco a poco). Quince minutos más, pani, recuperar el aliento y jam jam, bistare, bistare.

Dos horas más tarde llegamos a Ulleri y entré en modo subidón-subidón. Paramos a tomar algo y me sentía pletórica. Había pasado la fase más chunga.

Ja.

                                                       


El resto de ese día subimos y subimos… y subimos (1400 metros de desnivel, en total). A veces escalones, otras veces a través de maravillosos bosques de rododendros. Para mí fue físicamente duro, aunque pudiendo descansar es bastante soportable. De todos modos, no está tirado si no tienes un mínimo de fondo. Y como yo no lo tenía lo pagué con unas pedazo de agujetas que me hacían ver las estrellas ya llegando a Ghorepani. Eso sí, las vistas… qué vistas.

                       

Vinagre y Bicarbonato


Nos alojamos en unas cabañas con el nombre de montañeros ilustres (el de al lado era el de Killian Jornet), y aunque sí había agua caliente, la calefacción es un lujo no contemplado y por la noche la temperatura tuvo que rondar los diez grados, siendo generosos.

Por suerte pudimos entrar en calor en el comedor, donde había muchos grupos de excursionistas que al día siguiente harían el pico de Poon Hill, como nosotros, para ver el amanecer en el Himalaya. Comimos rodeados de un ambiente festivo. Los guías, tras ordenar y traer nuestra comida, se pusieron a beber raksi (nepalí wine, decían ellos, un brebaje tipo saque que tumbaba de lo lindo), jugar a cartas, y bailar a ritmo bollywoodiense mientras nosotros nos calentábamos en la estufa central.

A las cuatro y media de la madrugada del día siguiente teníamos que subir a Poon Hill, así que nos retiramos a nuestras habitaciones a una hora prudente (aunque yo tardé lo mío en llegar porque iba a ritmo las-muñecas-de-Famosa-se-dirigen-al-portal… qué agujetas, madre del amor hermoso). Me quedé dormida antes de tocar la almohada, y menos mal, porque me esperaba otra jornada intensita.













martes, 26 de noviembre de 2019

De templos y estupas



Si bien Katmandú nos recibió con una mañana brumosa, a la hora de comer ya disfrutábamos de un sol radiante y una temperatura más que agradable. Shali nos recogió en coche y fuimos a nuestro primer destino: la estupa de Swayambhunath. En realidad no hay únicamente una estupa (que es un edificio budista), sino que también se encuentran en el mismo emplazamiento otros templos hinduistas. Por lo que nos contó nuestro guía, budismo e hinduismo conviven con respeto y sin conflictos en los lugares santos que comparten.

            


Para los guiris a los que se nos resiste el nepalí, al lugar también le llaman el templo de los monos, por estar repleto de susodichos. Si no os gustan los primates, no preocuparse, no se lanzan contra los visitantes a no ser que te acerques mucho-mucho y lleves cualquier cosa comestible en las manos. Yo les hice miles de fotografías de cerca y pasaron totalmente de mí.

                                                                                      


Las estupas están rodeadas de ruedas de oración con el mantra om mani padme hum grabado en sánscrito. Los practicantes dan tres vueltas a la estupa, en el sentido de las agujas del reloj, haciendo girar las ruedas para, entre otras cosas, vaciar de ego su persona.

Hablando del om mani padme hum, descubrimos en esa primera incursión en el valle de Katmandú, que muchas tiendas tienen como hilo musical el famoso mantra entonado por voces graves y harmoniosas. Y luego, claro, no te lo sacas de la cabeza. Bueno, eso hasta que conoces el Resham firiri…. (todo llegará).

De aquí fuimos a la plaza Durbar. Es un complejo de templos y santuarios, con una arquitectura espectacular de bonita, trabajada en gran medida con madera con árbol de sal, que es especialmente resistente. También aloja el que fue palacio real durante varias dinastías. Pensaba que tras el terremoto del 2015 veríamos muchas edificaciones derruidas, pero me sorprendió ver lo mucho que ya tienen arreglado.

                                                                        


Todos los sitios turísticos que visitamos requieren del pago de una pequeña entrada, muy asequible en la mayoría de lugares (para calcular el cambio de rupias nepalís a euros, hay que dividir entre cien –en realidad cien rupias son casi unos ochenta céntimos de euro, pero es una forma rápida de acercarse al precio justo-).

Como colofón de nuestra primera jornada en Nepal, Shali nos llevó a un restaurante típico para comer dal bhat, el plato estrella del país (arroz con sopa de lentejas y una guarnición de verduras –como unas espinacas que cultivan allí muy intensas de sabor- y algo de pollo y otras carnes, todo muy especiado). A mí me encanta el picante y el curry, la cúrcuma, el cilantro… así que fui feliz con la dieta nepalí (pero también se pueden conseguir platos occidentalizados o por lo menos no tan picantes en casi todas partes). 

Al día siguiente seguimos conociendo el valle de Katmandú. La primera parada fue el monasterio budista de Kopan, localizado en lo alto de una colina con vistas a la ciudad. Organizan cursos de meditación para extranjeros y puedes pasear por sus jardines, llenos de edificaciones coloristas y jóvenes monjes con sus túnicas rojas charlando por los rincones. 

                                                                        


Desde la colina ya podíamos entrever nuestro siguiente objetivo, la estupa más grande del mundo: Boudhanath. Es un templo majestuoso encalado blanco y repleto de banderas de colores, aunque la plaza que lo acoge no se queda atrás en belleza, un lugar perfecto por el que pasear tranquilamente –lejos del caótico tráfico- y retener en las retinas todo el colorido que te rodea.

Para llegar a la plaza se pasa por calles peatonales llenas de mercaderes, y es imposible no empezar a bichear, que diría mi amiga Carmen, por todas las tiendecitas que se apostan a lado y lado de la vía. 

 


En un momento dado la callejuela se abre a la gran plaza, y algo se encoge dentro de ti mientras te adentras en el lugar. 

                                   







Por último ese día, fuimos a Pashupatinath, el templo más grande del dios Shiva en el mundo y donde también está uno de los crematorios de la ciudad. 




No pudimos acceder al interior del templo porque ese derecho está reservado a los hinduistas, pero pudimos observar los ritos funerarios de los nepalís, tan diferentes a los nuestros. En occidente vivimos la muerte para adentro, escondidos casi, y resguardados de los ojos que no pertenezcan a familiares y amigos. La ceremonia en Nepal se da al aire libre, con la intención explícita de que al incinerar el cuerpo, este pertenezca de nuevo a los cinco elementos (también representados en los cinco colores de las banderas de oración nepalís: tierra, aire, fuego, agua y cielo). Una vez quemado el cuerpo, las cenizas se vierten en el río sagrado Bagmati, afluente del Ganges. Los observadores son bien recibidos, y en frente de las pilas funerarias la gente se sienta y mira, formando parte del cuadro, pero desde el otro lado de la barrera. Shali nos advirtió del olor penetrante de las incineraciones al aire libre (y nos llevó a comer antes, precisamente para que no nos cerrase el estómago lo que viésemos), pero no nos pareció en absoluto algo desagradable de contemplar. Impactante, quizás, pero más que por la muerte en sí (a la que probablemente nuestra profesión nos acerca cada día haciendo que la integremos como parte del ciclo), por la extraña convivencia de gente viviendo el inicio del luto por sus seres queridos con otra gente que pasea, toma fotos y esquiva a vendedores ambulantes. 




Esa noche era la última en Katmandú antes de emprender el camino a Pokhara, punto de partida del trekking, y la invertimos en callejear por el laberíntico barrio del Thamel, donde están los hoteles para turistas y los miles de comercios en los que surtirse de souvenirs y material de montaña a precios irrisorios. Eso sí, el regateo está a la orden del día, y no dudé en dejar la faena a mis acompañantes, que yo prefería dedicarme a oler especias y tés y lo de regatear se me da muy malamente.

Nos fuimos a la cama prontito y algo antes de las siete de la mañana cogimos un autocar rumbo a Pokhara.




                                                                      
                                                                         Mas pillao ;)



miércoles, 20 de noviembre de 2019

Katmandú



    



Antes de entrar en materia, unas consideraciones previas por si algún lector o lectora está teniendo la tentación de viajar a Nepal (no te lo pienses más y pilla billete ASAP).

Aunque sobra que lo diga, hay que tener el pasaporte al día y con una vigencia mínima de seis meses. Aún me acuerdo de un viaje que hicimos a Portugal con P cuando tenía unos cinco meses. Le hice el DNI y me quedé tan pancha. Cuando en el chek-in nos dijeron que hacía falta pasaporte casi me da un patatús. Ya me veía en tierra despidiendo el avión de Mr. X con el lagrimón colgando, pero resulta que para despistados como nosotros hay una oficina en el aeropuerto destinada a solucionar estos aprietos. El careto de P en la foto de ese documento no tiene precio (le sostenía yo por detrás porque no se aguantaba erguido, angelico), y el carrerón que nos metimos para embarcar a tiempo tampoco lo tiene.

Es necesario tramitar un visado que puede ser de quince, treinta o noventa días. Se puede solicitar online en el consulado de Nepal en Barcelona, pero también se puede hacer en el aeropuerto una vez llegas a Katmandú, opción por la que optamos. Hay dos mostradores, y hay que hacer cola en los dos (Mr. X se encabezó en que solo era una cola, y Eu y yo tuvimos que convencerle de lo contrario, en su defensa diré que odia más las colas que las coles de bruselas, que ya es decir), a la izquierda para abonar las tasas y la derecha para sacar el visado. Nota práctica: llevar fotitos tamaño carnet. Las usaréis para eso y para los permisos a la hora de entrar en los parques naturales si hacéis un trekking –que lo haréis, hacedme caso porloquemásqueráis- (de eso se encargó nuestro guía, una cosa menos que gestionar). También hay que tener a mano la dirección del hotel o casa donde os alojaréis para rellenar los datos del papel de inmigración que os harán cumplimentar en el avión.

Vacunitas y otros temas de salud. En el servicio de atención al viajero nos informaron de las vacunas recomendadas para la zona que visitábamos. En nuestro caso nos tocó la fiebre tifoidea (se toma en cápsulas a días alternos, tres dosis) y las hepatitis A y B. Por nuestro trabajo y viajes anteriores ya estábamos cubiertos frente a la rabia, pero de no haber llevado esa vacuna, me la habría puesto sin dudarlo, en Katmandú te tropiezas con bichos todo el rato. Por otro lado está el tema de las diarreas del viajero. Llevamos pastillas y lejía potabilizadoras, pero no tuvimos que usar nada de eso porque conseguimos agua embotellada en todos los lugares que visitamos. Y nuestro guía nos dijo que podíamos comer verduras y ensaladas en las zonas turísticas, lo único que nos desaconsejó fue catar las delicatessen de los puestos ambulantes. Le hicimos caso porque somos muy obedientes y no tuvimos ningún problema al respecto. Tampoco lo tuvimos con los mosquitos, si vais en época álgida de insectos, hay que llevar un buen repelente.

¿En qué zona hacer el trekking? Temazo. Hay tres zonas básicas que valoramos: Everest, Langtang y Annapurnas. La segunda la descartamos porque no se ven tantos picachos, y era lo que le hacía más ilusión a Mr. X. Everest nos parecía muy masificada y finalmente nos decantamos por la región de los Annapurnas, que ofrece más variedad de rutas y se podía adaptar mejor a mi cuerpo serrano (ironía modo súper-on).

Seguro de viaje. Necesario. Hay varios entre los que elegir, nosotros optamos por el del CEC ya que Mr. X pisa mucha montaña por aquí, pero hay donde elegir.

¿Guía sí o guía no? Aunque se puede viajar sin guía por la mayoría de las zonas (algunas requieren de sus servicios sí o sí), dada nuestra fantástica experiencia con Shali no puedo más que recomendar ir con guía. Entiendes mejor la idiosincrasia del país, sus costumbres, su historia… Y si vas con Shali, te vas a divertir. Garantizado. Por otro lado, para el trekking contamos con un porteador. Yo ni me planteaba llevar mi mochila, vamos. Supongo que Eu y Mr. X hubiesen podido, yo jamás de los jamases. Y nuestro porteador fue un encanto (amigo de Shali, no podía ser de otra manera).

Otro factor importante en el que pensar es la época del año para viajar hasta allí. En principio se aconseja otoño (sobre todo) y primavera porque las temperaturas son más suaves y se pueden observar los picos. En invierno hace mucho frío y en verano, ayyy, en verano. Por un lado tenemos el monzón, es decir, lluvias miles y no ver un pico casi ni de canto. Y por otro lado… ¡sanguijuelas! Una de las personas que más me animaron a viajar a Nepal fue mi amiga Anna. Hablaba maravillas del país. Y cuando ya tenía los billetes pagados va y me suelta lo de las sanguijuelas. “¡Pero si no vamos a vadear pantanos!”, le solté, y ella me explicó que las bichas asquerosas caen de los árboles. Casi me desmayo. Literal. Por suerte me aclaró que ella había ido en verano y que creía que en otoño no había… Efectivamente, no nos succionó la sangre ningún anélido viscoso.

Y hasta aquí la breve introducción de cosas en las que pensar cuando uno se va a Nepal. Dicho esto, fuera de estos temas prácticos, no miré nada más sobre el país. Por un lado quería que me sorprendiera, y por otro no quería angustiarme por el trekking y su dificultad (que no era mucha por lo que decía Shali, pero igualmente me daba respeto…).

Las vísperas del viaje, lo que llevé más malamente fue despedirme de P. Él no quería que nos fuésemos (como dije, ha heredado mi miedo a los aviones) y no dejaba de achucharnos con aprensión. Yo le quitaba hierro al asunto, pero por dentro era gelatina pura.

La noche antes del viaje lo dejamos en casa de mis cuñados, que lo acogieron y mimaron mientras estuvimos fuera, y tras doscientos o trescientos besos y abrazos de despedida nos preparamos para la aventura yendo a dormir prontito y con esa mezcolanza de emociones que van de la cagalera máxima a los brincos excitados cada vez que piensas… ¡que nos vamos a Nepal!

Eu nos recogió de madrugada en un taxi con cara de zombie por estar recuperándose de un virus que le habían contagiado sus polluelos, y por fin, tras muchos meses de planear y especular, empezó la odisea.

Volamos con Turkish Airlines con escala en Istambul, y los vuelos fueron perfectos, ni una sola turbulencia de más (gracias a dior). Y qué placer poder devorar peli tras peli durante el trayecto. Hasta se me olvida que odio volar.

Llegamos a Katmandú al día siguiente, a las seis y media de la mañana. El ambiente era brumoso, y tras sacarnos los visados y pasar por el control aduanero, allí estaba Shali esperándonos con un collar de caléndulas para cada uno. Me enamoré del naranja de esas flores desde el minuto cero, y por suerte llegamos a pocos días de una festividad local, Tihar, o Festival de la Luz, y por todas partes veríamos adornos confeccionados con caléndulas.

Mi primera impresión de Katmandú fue el caos. Así, sin más. Nos sumergimos en un tráfico confuso en el que se circula por la izquierda en compañía de motos, peatones y animales, sin señales de circulación ni semáforos que regulen nada. Es la ley de la selva. A lo brumoso del día se sumaba una especie de polvo que todo lo cubría. Shali nos explicó que ese poso ha quedado en la ciudad tras el terremoto del 2015, pero no sé hasta qué punto es solo contaminación. Entre los traqueteos de la ruta empecé a fijarme en los detalles. Cables colgando de cualquier esquina como nidos eléctricos, puestos callejeros, los colores de los edificios, en tonos pastel y conjuntados sin orden ni concierto… y las caléndulas, alegrando cualquier rincón.

Shali nos acompañó hasta nuestro hotel, en el turístico barrio de Thamel. Nos recibieron con masala tea, unos namastés muy musicales (namasteeeee), las palmas unidas en forma de rezo y una ligera inclinación de la cabeza. Pudimos instalarnos y descansar un rato hasta la hora de la comida y a la una nos recogía Shali para empezar a conocer nuestro destino.

Pero eso ya, para el próximo día.










martes, 12 de noviembre de 2019

La celebérrima zona de confort



Tengo una magnífica zona de confort hecha a medida. Llena de rutinas adorables, exquisitos –aunque breves- momentos de paz para dedicar algo de tiempo a lo que me plazca, y como cualquier otra madre trabajadora, instantes de un frenesí y estrés deliciosos, algo caóticos, pero controlados dentro de mi encantadora amalgama de hábitos y manías.

Dicho esto, si a alguien puedo –y debo- culpar de abandonar esta parcela de sanas costumbres, no es otra persona que yo misma, así que entono el mea culpa, y en el fondo, hasta se lo agradezco.

Como adelantaba hace unos cuantos meses, para el medio siglo de Mr. X no se me ocurrió otra cosa que cumplir uno de sus más preciados sueños y planear un viaje para ver salir el sol en los Annapurnas. Quien imagine un viaje romántico para dos se equivoca, porque nos fuimos tres, y no, no era P quien nos acompañaba, sino mi amiga Eu. Debería decir nuestra amiga Eu, porque Mr. X la conoce hace ya casi diecisiete añacos y es una de sus compañeras de aventuras cuando tiene mono de subir algún pico, pero es MI amiga desde los catorce, y la antigüedad es un plus.

En teoría, durante las semanas previas a la odisea, Mr. X tenía que ejercer de entrenador personal y someterme a un arduo y exhaustivo entrenamiento que me llevase a soportar el trekking sin molestia alguna (tipo subir a Montjuic o al Tibidabo si me apuras), pero la vida 1.0 se ha puesto intensita últimamente y ya podemos dar gracias de no haber tenido que anular el viaje.

A dos semanas del vuelo aún no habíamos decidido ruta ni si íbamos por libre o con guía. La providencia puso en nuestro camino una recomendación que fue la repanocha y Shali, del que ya oiréis hablar, se convirtió en nuestro cicerone nepalí. Mr. X le comentó mis limitaciones físicas para el trekking (a saber, rótulas de cartón piedra y espalda serpenteante), y Shali nos hizo varias propuestas. Alguna era muy muy asequible para mí, apenas dos o tres días de caminata, pero yo quería que Mr. X y Eu disfrutasen a tope ya que se cruzaban medio planeta a mi lado, así que, en un día optimista, me decanté por una opción que sin ser destroyer total, no dejaba de ponerme un poquito a prueba. Shali me dijo que no me preocupase, que la peor parte era el segundo día, en el que había que subir dos horas de escaleras.

Dos.

Horas.

De.

Escaleras.

3500 peldaños, para más señas.

Yo puedo, me dije. Ya habría tiempo de acordarme de Shali, ya.

Antes de darnos cuentas ya estábamos en vísperas del viaje, y me preparé para abandonar mi preciosa, cuquérrima y apacible zona de confort. Porque sí, me encanta viajar y cuando vuelvo ya estoy pensando en irme de nuevo, pero para viajar, hay que volar, y eso ya no me mola una mierda (cuánto me acuerdo de Amaya Ascunce y de Eminem en cada vuelo, señor). Además, dejar a P en casa, que encima estaba hecho un flan y sufriendo porque volábamos (muy mal, creo que le he inculcado mis miedos, diez puntos menos en la escala de excelencia maternal), me tenía mohína perdida.

Pero ea, hecho estaba y qué coño, en el fondo era un planazo. 







jueves, 18 de julio de 2019

After Sun & Karate Kid



Aunque en los últimos años los veranos se han centralizado en la casa de la familia de Mr. X -con alguna escapadita a la costa siempre que ha sido posible- para mí verano es sinónimo de chapuzones interminables en el mar, polos refrescantes derritiéndose al sol y garbeos vespertinos por algún paseo marítimo, lleno hasta los topes de personas que caminan sin rumbo fijo, cuales zombis saciados de ocio litoral y con el cuerpo lleno de quemaduras que hacen que el roce del tirante parezca el de una sierra eléctrica.

Cuando Mr. X me propuso escaparnos una semanita a la Costa Brava, toda mi carga genética se puso a hacer la ola, porque yo soy un ente playero, a pesar de que paradójicamente odie de forma visceral la arena y su maligno poder para inmiscuirse en cualquier recoveco corporal.

Hemos cumplido con todos los tópicos del veraneo on the beach. A saber: cero despertadores, desayunar a la hora de la comida (y comer cuando los guiris están cenando), comprar bártulos acuáticos que P pedía compulsivamente para poder disfrutar de la jornada (y que compramos, claro está, para dejar de oír su cantinela desquiciante), nadar, nadar, nadar (qué gusto que nuestro vástago sea un delfín reencarnado en niño de nueve años), quedar con amigos y comer en chiringuitos pintorescos y con olores de dudoso origen, cenar en la terraza a la fresca en la compañía de los mosquitos…

Hay cosas que desde luego han cambiado mucho desde mi fase juvenil, como las mentadas quemaduras. En los ochenta lo de la protección solar era casi ciencia ficción (hasta nos poníamos bronceador con olor a coco, no digo más), y raro era el año que no te llevabas un despellejamiento post baño solar. Muy malamente, desde luego, pero aquello era otra era. Lo que no ha cambiado en treinta años es el After Sun. Esta vez he comprado el de toda la vida, el de la botella blanca y tapón azul verdoso que gira (en esa época pre extraescolares de inglés, para mí After Sun era el nombre de la marca, como Coca-Cola, y ni me planteaba que quería decir algo con sentido allende los mares). Lástima que P haya sentenciado que huele fatal y no haya podido podido embadurnarlo a gusto.

A pesar del fiasco con el pringue, P lo ha pasado bomba. Salvo por las noches, no iba a ser todo perfecto. Intentamos que durmiese solo, como en casa, pero no hubo manera. Nada más acostarlo me fijé en dos muñecos colocados sobre el radiador (fruto, sin duda, de algún viaje exótico de los propietarios del apartamento) y hasta a mí me dieron yuyu. P se negó a dormir en su presencia porque le miraban -NOS miraban- y al final dormimos todos en la misma habitación y Mr. X llevó los monigotes al cuarto de la lavadora (cosa que acojonó más a P cuando vio que no estaban preguntándome de inmediato si yo los había movido; al explicarle que los habíamos condenado al ostracismo suspiró aliviado porque ya se los había imaginado caminando de la manita por la casa). Nota mental: no dejar que mi churumbel vea la de Chucky hasta que le salgan las muelas del juicio.

Además de este revival en toda regla de mis estíos de juventud, otros hechos me han retrotraído a los ochenta (aparte de la tercera temporada de Stranger Things y la segunda de Dark, digo). Y es que P ha decidido que quiere hacer karate. Bueno, lo dice desde hace años, pero hasta este momento los astros no se habían alineado. Como ahora sí que sí, busqué un dojo por el barrio y lo llevé a una clase de prueba. Salió dando manotazos a diestro y siniestro, más contento que Ralph Macchio haciendo la patada de la grulla y convencidísimo de que lo teníamos que apuntar por imperativo categórico. Me veo poniéndolo a dar cera, pulir cera.

Bien pensado, si friega el piso ya me doy por contenta.








martes, 4 de junio de 2019

Nueve


Hoy Peque cumple nueve años. Ya no tiene casi nada de Peque, así que a partir de ahora lo llamaré P. Un pequeño paso para él, en la carrera de cumplir años, un gran paso para su madre, inmersa en la no muy grata tarea de aceptar que el tiempo, simplemente, pasa.

A pesar de que a menudo echo la vista atrás y buceo entre las miles de imágenes que estos tres mil dos cientos ochenta y siete días de maternidad me han dejado en el corazón (y en los megas de mi móvil), no sin su dosis de nostalgia inherente, puedo decir que el presente es mucho mejor que lo que hemos andado. Porque nos conocemos cada día un poquito más, sabemos cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos, qué día es mejor no echar leña al fuego, y cuando tras una bronca hay una carcajada esperando a emerger. Y aunque quede ñoño a más no poder, sabemos que el amor es el cemento armado de nuestra relación, y que por mucho que uno meta la pata, eso siempre nos salvará.

Eso, y las risas, que vamos a ver, con lo petarda que es la menda, y lo vacilón que me ha salido el colega, a veces lo que nos libra de acabar tirándonos a la yugular del otro es precisamente el cachondeo.

Soy una tipa con suerte, y saberlo, me hace jodidamente feliz.

¡Feliz cumpleaños pedorro!





jueves, 28 de marzo de 2019

Hoy un yo


Hoy un yo se ha levantado mustio, triste por un sueño que recordaba a medias y en el que no ha hurgado porque dolía demasiado. Otro yo se ha despertado feliz sin razón aparente y ha cogido el títere de cerdito para levantar a Peque con un monólogo que a él le ha parecido del todo tronchante.

Hoy un yo ha decidido saltarse un pelín las normas autoimpuestas de lo que es un desayuno saludable y se ha metido entre pecho y espalda un croissant cien por cien mantequilla con chocolate, y sin culpabilidad, negocio redondo. Otro yo ha se ha tomado su habitual té rojo, un kiwi y algunos copos de avena y también lo ha disfrutado, sintiéndose ligero y satisfecho.

Hoy un yo, antes de entrar en el trabajo se ha ido a la cafetería y tras leer un rato ha pagado la cuenta y se ha encaminado a la consulta. Otro yo se ha preguntado qué pasaría si por un día faltase a su compromiso laboral y fingiese un catarro, y se quedase en la cafetería leyendo. Dibujando. Escribiendo.

Hoy un yo ha ejercido con dedicación, ojo clínico de lince, sapiencia infinita, y ha dado con el diagnóstico de dos casos rebeldes que se resistían a ser resueltos. Otro yo ha tenido un día lleno de marrones, patinazos y pacientes/clientes complicados y se ha preguntado si no será hora ya de emprender otros caminos profesionales y encontrar su ikigay laboral.

Hoy un yo ha decidido darse la tarde libre, explorar la ciudad, redescubrir antiguos placeres solitarios, de los que disfrutaba cuando no era un pack cuasi indivisible con su familia. Otro yo ha comido con Peque, sus hermanos, su marido, su suegra, sus nueras y cuñados, se ha reído mientras disfrutaban del ágape y ha sentido la cálida compañía de su tribu con una sonrisa en los labios.

Hoy un yo estaba cansada de un día duro, de darle mucho a la cabeza, de no encontrar respuestas satisfactorias y definitivas… y lo ha pagado con Peque, al que ha urgido a acabar los deberes con prisa y cero empatía y al que ha tenido que pedir perdón llena de remordimientos cuando él se ha ido frustrado a su habitación cargando con las mochilas emocionales su madre sin apenas darse cuenta. Otro yo ha llegado a casa cantando Soledad y el Mar con Peque, se ha lanzado sobre la cama con su vástago y ha jugado con él a ser pistoleros cuya munición son cosquillas y ataques a traición.

Hoy un yo se ha metido en la cama deseando que la semana pase rápido y la rodilla deje de doler. Otro yo ha acomodado el cuerpo entre las almohadas y se regocijado de poder perderse entre las páginas de un libro, feliz en el presente. Y que dure.




Desde hace unas semanas en casa somos cinco más Perra en vez de tres más Perra porque dos hijos de Mr. X se han venido a vivir con nosotros. Hay más caos, listas de la compra infinitas, la lavadora me va a pedir la jubilación anticipada y yo voy a mutar a un ente un tanto más majareta. Pero también hay más risas, música y dibujos. Marie Kondo, a tomar por culo, lo nuestro nunca pudo ser.











miércoles, 27 de febrero de 2019

Pocahontas y el regalo sorpresa



Los que me conocen, cuando me compro algo nuevo de ropa, suelen decirme “es muy de tu estilo”. Y yo todavía no sé qué estilo es ese… pero parece que lo tengo. A ratos.

Adelanté en esta entrada que el fin de semana pasado íbamos a celebrar el cumple de Mr. X por todo lo alto. Cuando por fin tuvimos el avituallamiento y los espectáculos varios encarrilados, me puse a pensar en qué ponerme para el evento. Ya que tengo un estilo, hagamos uso de él. Desde Navidad poseo unas nuevas amigas inseparables: mis botas camperas. Tuve unas, heredadas de mi madre, en mi época universitaria, y las llevé a diario hasta que las destrocé. Literalmente. Desde entonces he sido más de botas negras de piel que de zapatos o deportivas, pero nunca camperas otra vez. Hasta que estas Navidades Mr. X decidió regalarme unas nuevecitas y estoy totalmente in love de ellas. Así pues, debía escoger un modelo en consonancia con el calzado. Y no se me ocurrió otra cosa que un vestido ligerito de flores (gracias, anticiclón bendito, por haberme permitido salirme con la mía sin morir de hipotermia en el intento). Para redondear la cosa recordé que cuando murió mi madre y me quedé su ropa, metí en un armario un abrigo de ante con flecos que desde entonces no me había puesto jamás. Botas, vestido de flores y abrigo de ante flecoso. Con razón me gané el apodo de Pocahontas durante la fiesta. Pero eh, tengo mi estilo.

Caras felices, comida hecha con amor por un montón de manos habilidosas, música en vivo gracias a gente joven con ilusión y talento, un vídeo confeccionado por la hija mediana de Mr. X con la intervención de todos los invitados a la celebración… ¿Qué más se puede pedir?

Un regalo sorpresa. Sorpresa de verdad.

Bueno, digamos que en cierto modo algo se olía el homenajeado, porque tuve que avisarle a principios de año, cuando diseñan el calendario de vacaciones en el trabajo, de que se reservase dos semanas en octubre. Pero por lo visto conseguí despistarle por completo con el destino. Él, que sabe que yo soy de gustos caribeños, se imaginaba una escapada para ver desovar tortugas en una playa paradisíaca… o quizás una ruta por la Pacific Coast Highway. Alma de cántaro.

Está claro que si uno lleva medio siglo sobre la faz de la Tierra se merece un regalo pensado para satisfacer sus deseos más profundos. Aunque sean la antítesis de mi hamaca bajo un cocotero (lo que se hace por amor…).

Conclusión: ladies and gentlemen, en otoño tendré que olvidarme de mi sofisticado estilo indio y cambiar las camperas por otro tipo de botas. Mr. X ya sufre pensando en cómo va a entrenar mi maltrecho cuerpo para deambular por los Himalayas (desde luego, quién me mandará a mí...). Nepal, here we go!!!





Gracias a mi amiga T, que cantó Soledad y el mar para el cumpleaños, he descubierto esta joya que ya siempre me recordará la sonrisa infinita de Mr. X rodeado de un montón de gente bonita.





lunes, 18 de febrero de 2019

Por amor a la ciencia


El 11 de febrero se celebró el día de la niña y la mujer científica, y desde el cole de Peque nos animaron a las madres que habíamos cursado carreras científicas a compartir nuestra experiencia con la clase de nuestros hijos.

Aunque en un principio no tenía muy claro si participar, fue comentarlo con Peque y quedarme sin opción a decir que no. Estaba entusiasmado no, lo siguiente (eso me hace ver que aún no hemos llegado a la fase de mamá-no-me-avergüences-por-favor -a pesar de que chinchándolo un poquito le pregunté si podía bailar el moonwalk en mi presentación y casi le da una apoplejía-).

Tener que explicar cómo llegué a ser veterinaria me ha hecho recordar muchas cosas. Que yo iba para letras, y pegué un volantazo hacia las ciencias. Que era malísima en mates y luché para sacarme el bachillerato científico (sigo siendo mala en mates). Que la carrera fue un período de emociones intensas, y cada vez que asistía a una conferencia de fauna salvaje me imaginaba como la nueva Jane Goodall. Que cuando me encallaba en asignaturas que aborrecía me parecía que el día de la graduación no iba a llegar nunca y llevo quince años ejerciendo como veterinaria. Que aunque me sigue gustando mi profesión, a menudo me imagino tanteando otros oficios porque me interesan demasiadas cosas.

El día de la exposición Peque estaba pletórico. Teníamos que ir después de comer, y antes de darme cuenta ya me tenía preparada la chaqueta y me empujaba hacia la puerta para irnos a la escuela. Debo confesar que estaba inquieta. Con los años he perdido el pánico escénico, y no me tiro para atrás si tengo que hablar delante de gente, pero aún así es algo que me hace estar nerviosa. Y los niños pueden ser un público muy exigente, de modo que ensayé la charla cinco veces durante la semana para calcular lo que tardaba y valorar imprevistos. Tras una introducción sobre cómo llegué a dedicarme a la salud de bichos varios y explicar a mi devoto auditorio en qué consiste mi día a día, les expuse un caso clínico a resolver entre todos (cogí a Perri, un peluche cánido de Peque que me sirvió de paciente, y simulé que se había clavado una espiga entre los dedos de una pata). Los críos se volvieron locos al sacar el fonendo, el termómetro, las pinzas… Costaba avanzar porque me avasallaban a preguntas, pero era espléndido ver todo ese entusiasmo reconcentrado. Cuando llegó el momento de tomar a la temperatura a Perri hice la pregunta del millón, ¿dónde le ponemos el termómetro a nuestro paciente? Y me di cuenta de que Peque levantaba la mano exaltado. Le concedí ese minuto de gloria y contestó: ¡En el culo! Risas a tutiplén y vástago feliz y contento (aunque luego me dijo que no lo había sacado como ayudante… pero no saqué a ninguno porque hubiese sido un caos de voluntarios abalanzados sobre la mesa de exploración). Acabé la charla y la ronda de preguntas sacó a la luz mis mejores batallitas (y algunas prestadas de Mr. X, que tienen mucha enjundia), ¿te ha mordido algún animal? ¿has visto un caracal? ¿cuál es el animal más peligroso que has tocado? Se quedaron con ganas de más y seguramente haremos una segunda sesión con mi partner in crime, Mr. X.

Cuando ya me iba, Peque me asaltó y me abrazó lleno de emoción. Valió la pena pasar ese rato con todos ellos y sentir la felicidad de mi retoño. Hay que saborearlo, que no falta mucho para que su entrada en la adolescencia me baje del pedestal en el que me tiene -a ratos- y me lleve al inframundo.

No descarto que la vida me lleve por otros derroteros profesionales, pero no me arrepiento de haber estudiado lo que estudié. Los animales me fascinan. Y por lo que me costó, y porque en el fondo soy una chica de letras que se atrevió a probar con las ciencias, aún me invade cierta emoción cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy veterinaria.



miércoles, 30 de enero de 2019

Cincuenta



El mes que viene Mr. X cumple años. Medio siglo. No sé si existe una crisis de los cincuenta, a él no parece afectarle, pero ya la sufro yo en su lugar, que me tiene mareada nivel décima vuelta en el Dragon Kahn lo rápido que nos pasa el tiempo.

En casa de Mr. X hay una cierta tendencia a armar saraos con cualquier excusa, y teniendo un motivo con fundamento, como es el caso, se nos va de las manos. Estamos a punto de alcanzar una cifra de invitados de tres cifras, y eso significa que el engranaje festivalero se ha puesto en marcha.

Todo empieza con una libreta y una lluvia de ideas, o lo que es lo mismo, mi suegra diseñando el menú. Lo tenemos listo hace dos semanas. El siguiente paso es la reunión del comité ejecutivo, en la que estudiamos las ofertas de los hipermercados de la zona, las delicatesen a seleccionar de cada centro, los carritos de la compra que necesitaremos para cargar, y las neveras de la familia que se van a tener que ofrecer voluntarias para albergar en sus congeladores durante unos días las joyas de la corona.

Paralelamente el comité de fiestas lo da todo pensando cómo entretener a la multitud congregada el día D. Como en nuestra boda, celebraremos el fiestón en la masía de nuestros vecinos y amigos, los B. Lo cual significa que dos días antes, la famiglia emigrará a la casa de verano, que se convertirá en nuestro centro de operaciones.

Levantarse a primera hora con el efluvio del café que algún madrugador ha preparado para los demás. Cruzarse a cada segundo con alguien que te pregunta dónde has puesto la sal, el queso rallado o el vino para cocinar. Darnos cuenta de que nos hemos olvidado de comprar hielo (siempre falta hielo). Que empiece el borboteo de los pucheros y el picoteo que hará que cuando llegue la cena no puedas probar bocado. Que unos y otros hagan viajes a la masía para llevar sillas, barriles, mesas, cubiertos, platos, flores y guirnaldas. Yo estaré en medio de todos, cocinando a mi ritmo, observando entre divertida y emocionada como la energía que desprendemos cuando preparamos una celebración nos envuelve como un abrazo y dice sin palabras que el amor está presente. Y mientras elabore las pastas saladas que me enseñó a hacer mi padre, pensaré en él, en que hace cuatro años que ya no está, pero que a pesar de todo me lo puedo imaginar perfectamente entre carcajadas e improperios diciéndome que mi estilo para amasar es una mierda (por algo era un gentleman alemán de sonrisa traviesa y acento venezolano que se metía a todos en el bolsillo incluso cuando te estaba insultando). Y si pienso en él, pensaré también en mi madre, en sus manos finas de largos dedos y ese aire nostálgico que tenía cuando pintaba y paraba un momento para mirar por la ventana… y en que aunque no estén, están.

At least, but not last, ultimaré LA sorpresa que le tengo preparada a mi cincuentón favorito. Tentada estoy de explicarlo, porque sé que este hombre mío ni se acuerda de que tengo un blog. Pero habrá que ser cautos.

Ni se lo imagina.








jueves, 17 de enero de 2019

Vísteme despacio que tengo prisa



Situación: 4 de enero de 2019, mediodía. WC de mi casa. Yo, sentada en el WC.

Para las madres, el wáter es en un gran sitio donde planificar la jornada, whatsapear y mirar Netflix. Por aquello de que es uno de los pocos lugares donde la prole te deja en paz. En realidad ese día Peque estaba en el cole, y tenía toda la tarde por delante para hacer algunos recados de última hora. Y me puse a planear. Tenía que hacer unas compras –que había decidido ese mismo día-, enviar una de ellas por correo y visitar a mi abuela. Estuve consultando aplicaciones de movilidad de mi ciudad para decidir la mejor ruta y una vez dilucidé un plan perfecto, me subí los pantalones, paseé a Perra y emprendí la odisea.

Primera parada: Mercería Santa Ana. Para los foráneos, aclararé que es una mercería antiquísima en la que tienen de todo, por lo que suele estar frecuentada por un público básicamente integrado por abuelas costureras y otros individuos abyectos como yo. A pesar de ser un local con solera, normalmente frecuento las mercerías de barrio, y acudí allí por primera vez tan solo un mes antes. En hora punta, para hacerlo más complicado, porque para desentrañar su funcionamiento necesitas un máster MBA. Como no pillaba nada me mantuve en un rincón viendo como se desenvolvía la fauna autóctona y acabé entendiendo que había tres mostradores, cada uno con su cola, y que en cada uno de ellos despachaban cosas diferentes (este segundo punto lo descubrí al hacer cola para un hilo en el mostrador de agujas, meeec, error). Cuando has hecho la ruta del bacalao en todos los mostradores, has de pagar en la entrada con un albarán que te van confeccionando y después recoger la mercancía en cada mostrador. Un puto lío vamos. Esa primera vez que fui me dejé unas agujas en el mostrador uno. Pero como ser adaptativo al medio que soy, la segunda vez fue mucho más exitosa y al comentar mi anterior descuido sacaron el arcón de los pedidos olvidados –prueba fehaciente de que el método conlleva confusión- y diligentemente me dieron mis agujitas. Además, me atendió un chico jovencito muy amable y por un momento me pregunté si estaba intentando flirtear conmigo. Debo decir que últimamente he tenido esa sensación en más de una ocasión y empiezo a plantearme mi poder seductor oculto. Quizás como milf lo peto más de lo que lo hice con veinte años, porque en esa época, mal que me pese, no me comía un rosco.

Con el tiempo en los talones me fui corriendo al santuario del consumismo por antonomasia, El Corte Inglés. Aunque no tenía previsto comprar nada a mi vástago por Reyes dada la avalancha de juguetes que se preveía en casa de mi suegra, en el último momento flaqueé. Mr. X había visto un coche teledirigido molón en la octava planta y allí me encaminé rauda y veloz. El primer escollo fue darme cuenta de que las escaleras mecánicas solo llevaban a la séptima planta. ¡¿Dónde habéis metido la octava, pardiez?! Perdí cuatro magníficos minutos buscando un ascensor, que tampoco llevaba a la octava (bueno sí, pero en ese momento de obnubilación no me di cuenta), y acabé subiendo por las escaleras. Por suerte, el coche estaba donde Mr. X me había dicho y luego tardé un poquito más en escoger un segundo regalo para el hijo de una amiga, que le regalábamos y enviábamos entre tres colegas a su tierra, allende los mares (bueno, no tan lejos, pero queda más poético).

Con los dos paquetazos en la mano me puse a hacer la cola para pagar. Ahí me di cuenta de que media Barcelona había tenido la misma ocurrencia que yo de comprar un regalo de última hora. Esperé pacientemente veinte minutos y en los últimos cinco me percaté de que no envolvían los regalos. Que yo lo comprendo, claro que sí, pero eso complicaba mi timing hasta límites insospechados, ya que debía tener el regalo a enviar empaquetado para poder ir a Correos y aún me faltaba comprar una cafetera para Mr. X. No hay dolor. Pregunté a la ajetreada dependienta donde envolvían los regalos y me dijo que en la planta sexta. Pregunté again donde vendían cafeteras y me dijo que en la segunda.

Decidí ir primero a la sexta y casi me da un parraque al ver la cola de empaquetamiento. Cogí un ticket y comprobé consternada que mi número era el ochenta y dos e iban por el sesenta. Dejé reposar mi culo en donde le encontré un hueco y aparqué los fardos mientras observaba a qué ritmo avanzaba la cosa. Las dos dependientas estaban de cháchara mientras embalaban y podrían haber protagonizado el anuncio de Malibú soltando aquello de “me están estresaaaando”. Sentí un nopuedoconmivida atascado en el esófago y se me ocurrió que igual me daba tiempo de comprar la cafetera antes de que llegasen al 82. Mis paquetes y yo bajamos al segundo piso y ni rastro de ninguna cafetera. Pregunté y me dijeron que eso era el quinto o sexto piso. Acabáramos. Subí al quinto y ¡bingo!

Eché un vistazo rápido, pregunté por una Nespresso pequeña y me derivaron al área Nespresso, donde los dos únicos dependientes estaban ocupados. Pues nada, me puse a hacer cola detrás del que parecía más expeditivo. Lo malo es que la pareja que le estaba consultando, de expeditiva no tenía nada. Estaban interrogando al empleado sobre la presión del agua de la cafetera con cara de estar desentrañando algún misterio de física cuántica a lo que el subalterno contestaba encantado. ¿La presión del agua? ¿¿¿WTF??? Desconecté de la perorata intentando calmar mi taquicardia, y tras unos eternos minutos, me tocó. Y no me anduve por las ramas. La quiero pequeña. El chico me mostró dos modelos y antes de que se me enrollase señalé una. Me preguntó si negra, roja o pistacho y grité: ¡pistacho! Satisfecha con mi resolución me dirigí a pagar, pero resulta que la cafetera estaba en oferta y regalaban veinte cápsulas. Aunque no te las daban así como así. No. Después de pagar el dependiente me llevó hasta su compañera, la que yo había descartado en un inicio por no tener pinta de ser muy diligente, y pude comprobar in situ que no me había equivocado. Cordialmente me pidió que rellenase mis datos y preferencias en una tablet para hacerme llegar las cápsulas. Lo hice lo más rápido que podían teclear mis dedos y al terminar ella se quedó mirando el cacharro unos momentos para acabar dictaminando que se había colgado, por lo que tenía que encender otro dispositivo. Me lo tendió y me dijo: ¿Puedes repetirlo todo, por favor?. ¿Todooooo? ¿¿¿WTF??? Vale, venga. En diez días tendría mis capsulitas.

Me largué pitando a la sexta, sección empaquetamiento, e iban por el 84. Me habían pasado por dos putos números. Volví a coger un ticket y me salió el 102. Amos no me jodas que no llego. Consulté a Mr. X por whatsapp si en Correos había algún tipo de papel para enviar y me dijo que normalmente tenían sobres, así que me fugué de allí cagando leches, mirando en Maps donde estaba la oficina de Correos más cercana, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro con mis bolsas a todo el que me rodeaba (se me ha olvidado añadir que llevaba una ensaimada y una sobrasada de Mallorca para que mi abuela merendase, lo cual empeoraba mi movilidad una cosa mala).

Mirando el puto móvil pasé por delante de la oficina sin verla, tuve que recular veinte números y di con ella. Por fortuna no había nadie delante y me atendió un chico muy solicito. Aunque no había sobres. Horror. El tío se apiadó de mí y encontró una caja donde cabía el regalo que tenía que enviar. En principio pensaba enviarlo certificado, pero quería que el remitente fuese “Las tres reinas magas”, y para eso tenía que ser ordinario porque el certificado exige una identificación real. Pues ordinario se ha dicho. Me dejó un rotulador para plasmar mi arte en la caja mientras atendía a otros clientes y cuando acabé tomó el paquete para proceder a su envío. Le dije que había sido muy amable, que queda muy de abuela, pero yo que estoy de cara al público, sé lo mucho que se agradece un cumplido semejante. Lo hice feliz. Eso, o realmente soy una milf y no estaba feliz sino tontorrón.

Tenía veinte minutos para cruzarme la ciudad y llegar a la residencia de mi abuela para darle la ensaimada, la sobrasada y los adminículos de la mercería. Con autobús no llegaba ni por asomo, me lancé a un taxi y llegué, contra todo pronóstico, a tiempo. Dejé un riñón en el taxi y subí a darle todo lo adquirido a mi abuela, que esa noche cenó ensaimada de Mallorca al aroma del tráfico de Barcelona tan ricamente.

Dos autobuses más tarde llegué a mi barrio. Mr. X estaba convenientemente de paseo con Peque y me envió un mensaje para decirme que ya volvían. Le dije que ni de puta coña. Le pedí diez minutos de gracia y a ritmo no caribeño compré papel de regalo subiendo hacia casa, llegué al piso, envolví coche y cafetera con el abrigo puesto, la perra oliendo el efluvio de la sobrasada del fondo de la bolsa y el celo colgándome de una ceja, escondí los regalos, me serví un vaso de agua con gas y simulé un falsísimo relax mientras mis dos hombres entraban por la puerta y yo me desprendía del abrigo y daba un sorbo despreocupado justo en el momento en que me encontraban en la cocina.










martes, 15 de enero de 2019

Año nuevo, baño bueno


Estrenar año tiene algo de promesa y de misterio. A mí me mola el misterio. Y podemos decir que hemos empezado el 2019 con dosis ingentes de energía positiva para bautizarlo como se merece.

Aunque lo acabé como el culo. O más bien, con el culo.

Dejadme que me explique.

Resulta que mis cuñados han decidido emigrar a Mallorca para iniciar su jubilación. Planazo. Y tener familia en ses illes hace de las Baleares un destino aún más practicable si cabe. Así que decidimos pasar ahí fin de año. Así, en pack, los veinte que nos juntamos en cada celebración. Ni que decir tiene que allí donde íbamos nos hacíamos notar (la discreción no es nuestro fuerte).

El 31 planeamos una excursión por el campo cerca de donde viven mis cuñados. De buena mañana, el grupo que dormíamos en un aparthotel de una localidad cercana nos levantamos dispuestos a emprender el último día del año. Mr. X y yo nos acercamos a la bahía, para respirar la brisa marina. Mr. X, que es un intrépido, rápidamente se puso a caminar por el rompeolas. Al principio fue muy gentil y me ayudó a adentrarme en el espigón, pero a la que algo llamó su atención me dejó sola ante el peligro, y si hay algo que tengo perjudicado a estas alturas de la película, son las rodillas, con lo que me vi bastante apurada para pulular por ahí. Visto lo visto, decidí usar mi apéndice más mullido para sortear las rocas: el culo. En un momento dado apoyé mis posaderas en la madre de todas las rocas y un crujido eterno sonó en mis entrañas. Primero pensé en que me había quedado sin rodilla, pero rápidamente mis neuronas me recordaron que había puesto el aifon en el bolsillo trasero. Ay qué dolor. Más que las rodillas, incluso. Y no por lo material del asunto, sino porque había sido un regalo de Mr. X y tenía mucho cariño a mi aifonsito, en paz descanse. Bueno, a ver, que ir, iba. Pero con la pantalla estropiciá. Al final sus majestades los RRMM se han marcado un plan renove que ha sido muy bienvenido. Moraleja: no hay que poner el móvil en las posaderas.

El día 1, la familia en pleno nos propusimos inaugurar el año de forma memorable, y por fortuna los astros nos sonrieron y nos regalaron un primero de año de temperaturas cuasi primaverales. Subimos a nuestros coches y nos dirigimos a Es caló d’es Moro. En temporada alta (o media), no hay quien encuentre hueco para plantar la toalla. Pero el uno de enero parece que es el momento ideal para ir. Habían unas doce personas charlando en la arena y llegamos nosotros a liarla parda. No nos dimos tiempo para pensarlo mucho. Nos enfundamos los bañadores y nos lanzamos al agua. Me encantaría decir que emulé a esos octogenarios valientes que remojan sus carnes en el mar aunque nieve y que parecen estar hechos de titanio para resistir temperaturas semejantes. Pero no, estábamos a diecisiete grados, hacía sol, y el agua estaba fresquita, pero soportable. En cualquier caso, fue una manera estupendérrima de conectar con los elementos y proyectar cosas buenas para este año que empieza (y además, fuimos un entretenimiento esperpéntico de gritos y jolgorio para los que habían tenido la ocurrencia de ir a esa cala a meditar en tranquilidad, espero que nos puedan olvidar). Por si fuera poco, el día 2 repetimos en otra playa. Menos mal que esa noche ya volvimos a la ciudad, porque de estar allí aún estaríamos en remojo.

Otro año que empieza, a ver cómo se porta.