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jueves, 17 de enero de 2019

Vísteme despacio que tengo prisa



Situación: 4 de enero de 2019, mediodía. WC de mi casa. Yo, sentada en el WC.

Para las madres, el wáter es en un gran sitio donde planificar la jornada, whatsapear y mirar Netflix. Por aquello de que es uno de los pocos lugares donde la prole te deja en paz. En realidad ese día Peque estaba en el cole, y tenía toda la tarde por delante para hacer algunos recados de última hora. Y me puse a planear. Tenía que hacer unas compras –que había decidido ese mismo día-, enviar una de ellas por correo y visitar a mi abuela. Estuve consultando aplicaciones de movilidad de mi ciudad para decidir la mejor ruta y una vez dilucidé un plan perfecto, me subí los pantalones, paseé a Perra y emprendí la odisea.

Primera parada: Mercería Santa Ana. Para los foráneos, aclararé que es una mercería antiquísima en la que tienen de todo, por lo que suele estar frecuentada por un público básicamente integrado por abuelas costureras y otros individuos abyectos como yo. A pesar de ser un local con solera, normalmente frecuento las mercerías de barrio, y acudí allí por primera vez tan solo un mes antes. En hora punta, para hacerlo más complicado, porque para desentrañar su funcionamiento necesitas un máster MBA. Como no pillaba nada me mantuve en un rincón viendo como se desenvolvía la fauna autóctona y acabé entendiendo que había tres mostradores, cada uno con su cola, y que en cada uno de ellos despachaban cosas diferentes (este segundo punto lo descubrí al hacer cola para un hilo en el mostrador de agujas, meeec, error). Cuando has hecho la ruta del bacalao en todos los mostradores, has de pagar en la entrada con un albarán que te van confeccionando y después recoger la mercancía en cada mostrador. Un puto lío vamos. Esa primera vez que fui me dejé unas agujas en el mostrador uno. Pero como ser adaptativo al medio que soy, la segunda vez fue mucho más exitosa y al comentar mi anterior descuido sacaron el arcón de los pedidos olvidados –prueba fehaciente de que el método conlleva confusión- y diligentemente me dieron mis agujitas. Además, me atendió un chico jovencito muy amable y por un momento me pregunté si estaba intentando flirtear conmigo. Debo decir que últimamente he tenido esa sensación en más de una ocasión y empiezo a plantearme mi poder seductor oculto. Quizás como milf lo peto más de lo que lo hice con veinte años, porque en esa época, mal que me pese, no me comía un rosco.

Con el tiempo en los talones me fui corriendo al santuario del consumismo por antonomasia, El Corte Inglés. Aunque no tenía previsto comprar nada a mi vástago por Reyes dada la avalancha de juguetes que se preveía en casa de mi suegra, en el último momento flaqueé. Mr. X había visto un coche teledirigido molón en la octava planta y allí me encaminé rauda y veloz. El primer escollo fue darme cuenta de que las escaleras mecánicas solo llevaban a la séptima planta. ¡¿Dónde habéis metido la octava, pardiez?! Perdí cuatro magníficos minutos buscando un ascensor, que tampoco llevaba a la octava (bueno sí, pero en ese momento de obnubilación no me di cuenta), y acabé subiendo por las escaleras. Por suerte, el coche estaba donde Mr. X me había dicho y luego tardé un poquito más en escoger un segundo regalo para el hijo de una amiga, que le regalábamos y enviábamos entre tres colegas a su tierra, allende los mares (bueno, no tan lejos, pero queda más poético).

Con los dos paquetazos en la mano me puse a hacer la cola para pagar. Ahí me di cuenta de que media Barcelona había tenido la misma ocurrencia que yo de comprar un regalo de última hora. Esperé pacientemente veinte minutos y en los últimos cinco me percaté de que no envolvían los regalos. Que yo lo comprendo, claro que sí, pero eso complicaba mi timing hasta límites insospechados, ya que debía tener el regalo a enviar empaquetado para poder ir a Correos y aún me faltaba comprar una cafetera para Mr. X. No hay dolor. Pregunté a la ajetreada dependienta donde envolvían los regalos y me dijo que en la planta sexta. Pregunté again donde vendían cafeteras y me dijo que en la segunda.

Decidí ir primero a la sexta y casi me da un parraque al ver la cola de empaquetamiento. Cogí un ticket y comprobé consternada que mi número era el ochenta y dos e iban por el sesenta. Dejé reposar mi culo en donde le encontré un hueco y aparqué los fardos mientras observaba a qué ritmo avanzaba la cosa. Las dos dependientas estaban de cháchara mientras embalaban y podrían haber protagonizado el anuncio de Malibú soltando aquello de “me están estresaaaando”. Sentí un nopuedoconmivida atascado en el esófago y se me ocurrió que igual me daba tiempo de comprar la cafetera antes de que llegasen al 82. Mis paquetes y yo bajamos al segundo piso y ni rastro de ninguna cafetera. Pregunté y me dijeron que eso era el quinto o sexto piso. Acabáramos. Subí al quinto y ¡bingo!

Eché un vistazo rápido, pregunté por una Nespresso pequeña y me derivaron al área Nespresso, donde los dos únicos dependientes estaban ocupados. Pues nada, me puse a hacer cola detrás del que parecía más expeditivo. Lo malo es que la pareja que le estaba consultando, de expeditiva no tenía nada. Estaban interrogando al empleado sobre la presión del agua de la cafetera con cara de estar desentrañando algún misterio de física cuántica a lo que el subalterno contestaba encantado. ¿La presión del agua? ¿¿¿WTF??? Desconecté de la perorata intentando calmar mi taquicardia, y tras unos eternos minutos, me tocó. Y no me anduve por las ramas. La quiero pequeña. El chico me mostró dos modelos y antes de que se me enrollase señalé una. Me preguntó si negra, roja o pistacho y grité: ¡pistacho! Satisfecha con mi resolución me dirigí a pagar, pero resulta que la cafetera estaba en oferta y regalaban veinte cápsulas. Aunque no te las daban así como así. No. Después de pagar el dependiente me llevó hasta su compañera, la que yo había descartado en un inicio por no tener pinta de ser muy diligente, y pude comprobar in situ que no me había equivocado. Cordialmente me pidió que rellenase mis datos y preferencias en una tablet para hacerme llegar las cápsulas. Lo hice lo más rápido que podían teclear mis dedos y al terminar ella se quedó mirando el cacharro unos momentos para acabar dictaminando que se había colgado, por lo que tenía que encender otro dispositivo. Me lo tendió y me dijo: ¿Puedes repetirlo todo, por favor?. ¿Todooooo? ¿¿¿WTF??? Vale, venga. En diez días tendría mis capsulitas.

Me largué pitando a la sexta, sección empaquetamiento, e iban por el 84. Me habían pasado por dos putos números. Volví a coger un ticket y me salió el 102. Amos no me jodas que no llego. Consulté a Mr. X por whatsapp si en Correos había algún tipo de papel para enviar y me dijo que normalmente tenían sobres, así que me fugué de allí cagando leches, mirando en Maps donde estaba la oficina de Correos más cercana, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro con mis bolsas a todo el que me rodeaba (se me ha olvidado añadir que llevaba una ensaimada y una sobrasada de Mallorca para que mi abuela merendase, lo cual empeoraba mi movilidad una cosa mala).

Mirando el puto móvil pasé por delante de la oficina sin verla, tuve que recular veinte números y di con ella. Por fortuna no había nadie delante y me atendió un chico muy solicito. Aunque no había sobres. Horror. El tío se apiadó de mí y encontró una caja donde cabía el regalo que tenía que enviar. En principio pensaba enviarlo certificado, pero quería que el remitente fuese “Las tres reinas magas”, y para eso tenía que ser ordinario porque el certificado exige una identificación real. Pues ordinario se ha dicho. Me dejó un rotulador para plasmar mi arte en la caja mientras atendía a otros clientes y cuando acabé tomó el paquete para proceder a su envío. Le dije que había sido muy amable, que queda muy de abuela, pero yo que estoy de cara al público, sé lo mucho que se agradece un cumplido semejante. Lo hice feliz. Eso, o realmente soy una milf y no estaba feliz sino tontorrón.

Tenía veinte minutos para cruzarme la ciudad y llegar a la residencia de mi abuela para darle la ensaimada, la sobrasada y los adminículos de la mercería. Con autobús no llegaba ni por asomo, me lancé a un taxi y llegué, contra todo pronóstico, a tiempo. Dejé un riñón en el taxi y subí a darle todo lo adquirido a mi abuela, que esa noche cenó ensaimada de Mallorca al aroma del tráfico de Barcelona tan ricamente.

Dos autobuses más tarde llegué a mi barrio. Mr. X estaba convenientemente de paseo con Peque y me envió un mensaje para decirme que ya volvían. Le dije que ni de puta coña. Le pedí diez minutos de gracia y a ritmo no caribeño compré papel de regalo subiendo hacia casa, llegué al piso, envolví coche y cafetera con el abrigo puesto, la perra oliendo el efluvio de la sobrasada del fondo de la bolsa y el celo colgándome de una ceja, escondí los regalos, me serví un vaso de agua con gas y simulé un falsísimo relax mientras mis dos hombres entraban por la puerta y yo me desprendía del abrigo y daba un sorbo despreocupado justo en el momento en que me encontraban en la cocina.










jueves, 16 de febrero de 2017

La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad


Anda que no me he chupao yo pelis de juicios para que pensando en el título del post me saliese esto… en fin, así funciona mi “celebro”, que diría uno que yo me sé.

La semana pasada, sin venir a cuento, con nocturnidad y alevosía, y en pleno autobús, para no faltar a la costumbre, Peque me preguntó:

-Pero a ver mamá, ¿quiénes son los Reyes Magos?

A bocajarro y con siete personas esperando mi respuesta. Yo recurrí al socorrido:

-¿Tú qué crees?

Hasta ahora esa pregunta me había salvado el culo, porque al reflexionar, él venía a decir que los RRMM son esos seres mágicos que reparten regalos a tropecientos mil niños en una sola noche a lomos de unos camellos. Pero siempre tanteaba si había algo más.

Volvamos al bus. Peque se lo pensó y me contestó:

-Yo creo que sois los padres que compráis regalos y que cuando los niños están despistados los ponéis en el salón.

En ese momento apareció un niño de la edad de Peque y le dije que no podíamos seguir hablando del tema y que en casa lo retomábamos. Por una vez en su vida me hizo caso, y justo antes de la ducha, cuando ya pensaba que había eludido la conversación, volvió al ataque:

-Entonces qué, ¿quiénes son los Reyes?

Y le dije:

-¿Tú qué quieres saber?

Me miró y contestó sin atisbo de duda:

-La verdad mamá, quiero saber la verdad.

Supe que no había marcha atrás y que había llegado el momento, así que le expliqué lo que estaba deseando saber. Y no pudo sorprenderme más su reacción, porque se puso a reír, me abrazó y me dio las gracias por haber sido sincera y también, de paso, por todos los regalos que le habíamos hecho.

Acto seguido procedí a comerle el coco para no se le ocurriese largarlo en el cole o a amiguitos que no supiesen lo que él había descubierto. Espero que convencerle de que ahora forma parte del “equipo RRMM” sea suficiente aliciente para mantenerle la boca cerrada.

Tras unos minutos, empezó a tirar del hilo…

-Entonces… ¿Papá Noel?

-Nosotros -con una caricia-.

-¿El ratoncito?

-Nosotros –revolviéndole el pelo-.

-¿Y la comida que les dejamos a los camellos? ¿Y el rastro de polvo dorado que soltaron las capas de los RRMM?¿Y el agua de la nieve fundida de Papá Noel?

-Nosotros –dándole un beso-.

Hubo algo de pena en esa pérdida de la inocencia, pero casi nada comparada con el berrinche que me pillé yo cuando me enteré -y creo que había pasado largamente de los diez u once años-. Mi suegra está un poco mosca conmigo por haber roto el hechizo, pero para mí está claro.

Él quería saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Kitschmas is coming


El día uno de diciembre, inaugurando nuestro calendario de adviento, Peque y yo procedimos a decorar la casa. Si ya de por sí tiende a ser de un barroco abigarrado, sumándole guirnaldas, lucecitas psicodélicas, tions y caganers, el resultado es cuanto menos, curioso. Tomé una foto de nuestro pesebre surrealista, la subí a instagram y en un alarde de ingenio creativo la titulé: “Kitschmas time”. Luego descubrí que el palabro ya estaba inventado, pero no importa, nadie se percató de mi súper juego de palabras.

Hablando del calendario de adviento, cada vez me cuesta más encontrar actividades con las que satisfacer a mi vástago. Es el tercer año que me lanzo a la aventura de idear veinticuatro actividades en un mes (¡veinticuatro!), y creo que cada edición es peor que la anterior. Bueno, hemos hecho cosas muy chulas (como patinar sobre hielo o ver ayer mismo Vaiana -¡muy recomendable!-), pero en esta recta final before Xmas estoy seca de ideas. Me quedan dos o tres ases en la manga, el resto es un desierto de inventiva maternal que ríete tú del síndrome de la hoja en blanco. Hoy la casita correspondiente al día catorce ha amanecido vacía y Peque se ha pillado un mosqueo XXL. Con lo que yo aún me he mosqueado más y he tenido que hacer acopio de toda mi reserva zen para resetear y no empezar el día de esa gloriosa manera. Y conseguido lo he (muy Yoda me veo).

Por fortuna, mi labor de mamá noela-reina maga está finiquitada desde la semana pasada y ahora sólo me queda pensar en qué manjares exquisitos prepararé para Nochebuena, única festividad en la que me toca currarme la comida. Tengo claro que como acompañamiento haré spätzle, una pasta que preparaba mi padre y que es éxito asegurado entre la población menor de edad que habita mi reino, pero aún rumio que cocinaré de plato principal.

Aunque confieso que ir de compras navideñas, ver los escaparates y las luces, pensar cosas chulas que hacer con mi estirpe y elevar mi espíritu navideño a la estratosfera tiene su punto, una parte de mí nada despreciable bucea en la nostalgia. Creo que me mola más el papel de niña que el de madre directora de eventos en lo que a las navidades se refiere. Quiero levantarme y que papá esté haciendo galletas de chocolate. Que el aroma a vainilla inunde el comedor. Que mi abuela me haga una coleta y me repeine con colonia. Que mi madre busque el disco de villancicos de Francia. Que en Nochebuena mi tía me prometa que iremos a patinar y me vaya a dormir con la convicción de que he visto el trineo de Papá Noel por la ventana. Que me levante en Navidad y descubra que la Nancy y la bicicleta están bajo el árbol. Que tenga quince días por delante para jugar, comer chocolate, divertirme y aborrecer la idea de volver al cole.

En el fondo, soy mucho más niña que adulta, sólo que lo disimulo muy bien.








martes, 22 de diciembre de 2015

Navidad again


Las Navidades se han ido acercando y las he visto venir sin demasiadas expectativas. En ningún sentido. Suelen ser fechas amargas para los que echamos en falta a los que no están, pero ellos me dejaron tan buenos recuerdos de estas celebraciones que no me sentía muy identificada con ese pesar. Ahora que las tengo encima escuece algo más, la verdad. Por eso, imagino, no me sale un post decente, porque todo tiene un poso de nostalgia demasiado grande. Y a mí lo que me apetece es un poco de cachondeo para solazar el alma, qué le vamos a hacer. Así pues, unamos las inconexas ideas que navegan por mi mente en esta extraña entrada navideña.

Ayer Peque se olvidó de mirar su calendario de Adviento. Creo que este año no he conseguido motivarlo tanto como el pasado, claro que está más ocupado tratando de averiguar cómo carajo se lo monta un tronco con ojos pintados y barretina para comer golosinas, digerirlas, y transformarlas en heces que son regalos. No le culpo.

Una de las actividades que nos ha proporcionado el calendario ha sido ir al cine. Con las pelis infantiles no suelo interesarme por el argumento, el factor sorpresa le da un puntillo emocionante al tema. No teníamos mucho donde escoger, así que Peque, yo, y las japutas de mis hormonas en pleno reglazo nos metimos a ver El viaje de Arlo con dos bolsas de palomitas. Acabé sonándome con la bufanda porque las mangas de mi camiseta no absorbían más mocos y/o lagrimones. A pesar de haber leído varias críticas negativas, a nosotros nos encantó (ni que sea sólo por el tremendo efecto terapéutico de la llantina, para mí valió la pena verla).

Por otra parte, en mi caso Papá Noel se ha adelantado y ha puesto el yoga en mi vida. De momento seremos amantes durante ocho semanas. Más adelante, la logística y la economía decidirán si lo nuestro ha sido un romance pasajero o si va en serio. Por ahora estoy en fase de enamoramiento. Aunque, debo decir, que por mucho que me meta en el papel, me sienta yogui hasta la médula, haga el gato-vaca y diga namasté, cuando mi profe (genial, por cierto) hace sonar las campanillas, tengo que luchar contra mi yo canalla para impedir que la risita floja que me nace en las entrañas no se convierta en un descojone sideral por la esterilla.

En fin, la Navidad. Si cierro los ojos puedo ver a mi padre bajándome el árbol del altillo para que lo monte, a mamá buscando su disco de villancicos franceses, a mi abuela preparando el caldo y a mis tíos haciendo el ganso. Puedo recordar el sabor del asado alemán, las kartoffelknödel y las tradicionales galletas. Puedo evocar las risas, la emoción, los abrazos y el amor.

Ahora me toca a mí forjar esos recuerdos para que Peque los atesore. De momento ha aprendido un villancico “alternativo” que me enseñó mi abuela:

“Ande, ande, ande, la Marimorena, ande, ande, ande que es la Nochebuena:
En el portal de Belén hay un viejo haciendo botas, se le escapó la cuchilla y se cortó las pelotas”.

A voz en grito, en el bus y a hora punta. La próxima vez a ver si le enseño algo que no me deje en ridículo.

Por si no vengo por aquí en unos cuantos días, que paséis unos días maravillosos en la mejor compañía posible. Comed, reíd y celebrad. Como tiene que ser.

Ah, se me olvidaba. Fueron varias las peticiones, así que espero que mi regalo os haga ilusión. Ojalá pudiese enviar un paquetito a cada uno de vosotros, pero no me da la producción para tanto, así que sortearé entre todos los que dejéis un comentario y seáis de los habituales de estos lares, un pequeño lote de mis -nuestras- galletas de Navidad. Os dejo hasta fin de año para apuntaros.


¡Feliz Navidad!




jueves, 22 de enero de 2015

A propósito de la Navidad


 Lo sé, lo sé, venir a estas alturas de la vida con una valoración sobre las Navidades pasadas queda un poco desfasado, pero es lo que hay, hoy me ha llegado la inspiración.

Una cosa buena de las Navidades es que en mi curro no hay curro (valga la redundancia) y eso me permite ciertas licencias, como son mirar películas (con la connivencia de mi señora jefa, por supuesto). Sentí la soledad de "Lost in translation", me enamoré con "Her", me perdí un poco con "In the mood for love"  y recapacité con "Un feliz acontecimiento". Esta última peli la recomiendo especialmente todas las que sois madres (y padres, si me léeis, que aquí somos casi todo chicas). No me parece una obra cumbre del séptimo arte, pero hace un repaso fenomenal a la maternidad. Lo malo es que hay tantos temas que tocar que por muchos pasa de puntillas e incluso con incongruencias, pero por enumerar unos cuantos habla de los consejos no pedidos, de las suegras metomentodo (pedazo máquina sacaleches le regala a su nuera, instrumento de tortura diría yo), de las crisis de pareja, de las "locas de la lactancia", del colecho... Y en definitiva, del volver a encontrarte como mujer cuando decides convertirte en madre.

La segunda parte de las Navidades me cogí varios días de fiesta para complementar los que se había pillado Mr. X para poder cuidar a nuestro churumbel. Esa diferencia de tiempo libre ejemplificó lo que ya tengo bien aprendido respecto a la crianza. Se entiende rápido con un ejemplo:

Mal

Peque pilla una rabieta. Yo estoy en mitad de cuatro cosas pendientes antes de salir de casa para ir a trabajar. Él me reclama y yo me agobio porque no puedo terminar nada. Acabo perdiendo la paciencia, Peque se cabrea más, intenta pegarme, yo exploto y grito y los dos terminamos enajenados.

Bien

Peque pilla una rabieta. Hoy no curro. Me acerco a él y le hablo con calma. Él sigue berreando y tirando cosas. Intento abrazarlo, pero no me deja. Sigo a su lado y finalmente me confiesa que en el cole un compañero le llama tonto y le pega. Lo hablamos. Nos estiramos en la cama y verbaliza otros temores. Nos abrazamos y me dice que me quiere (explicándome que tiene el corazón lleno de anillos para mí... qué cosa).

Para criar se necesita tiempo, tiempo para organizarse, para poder estar donde toca (en el presente), para poder tener paciencia. Tan fácil. Tan difícil.

Aparte de disfrutar de Peque, mi objetivo durante los días festivos era estar todo lo que pudiese con mi padre. Tanto, que acabó hasta las narices de mí y me pidió un finde libre de hija al acabar las fiestas. Hay que ver... Cría cuervos, que habría dicho mi madre. Pero bueno, estando juntos me explicó todas sus recetas de galletas y esa es nuestra forma particular de conectar y compartir la existencia, entre masas y azúcar en polvo. Las conversaciones en la cocina de papá huelen a canela y se convierten en recuerdos maravillosos.

Me he dado cuenta también de lo grandes y preciosos que están los hijos de Mr. X (nunca admitiré haber dicho esto en su presencia). No puedo decir que haya sido fácil para mí, que venía de una unidad familiar de tres personas, adaptarme a la familia numerosa de mi partenaire. Primero conocí a sus padres, hermanos, cuñados y sobrinos (ciento y la madre) y luego a sus hijos. Y me costó, vaya si me costó. Acostumbrada al silencio, a las conversaciones reposadas, a las reflexiones tranquilas... me vi rodeada de tres churumbeles que tenían por uso hablar a grito pelao -en eso no han cambiado- y liarla parda -en eso tampoco-. Para ser justos, tampoco debió ser fácil para ellos. Nada fácil. Además, yo pensaba sobre la educación de una forma en aquella época (más estricta, más al estilo de mi padre), y convertirme en madre me ha dado otra perspectiva, y ahora entiendo cosas que entonces no podía comprender. Dicen que tener un hijo es una prueba de fuego para una pareja. Para Mr. X y para mí aquello fue la prueba de fuego. Por fortuna el tiempo ha jugado a nuestro favor y hoy en día (y a pesar de las adolescencias, que todo hay que decirlo, están siendo bastante llevaderas -toquemos madera-) hemos construido una relación de la que me siento orgullosa. Las niñas me han sorprendido apoyándome de forma adulta en el trance de la enfermedad de mi padre, acompañando, queriendo ir con nosotros al hospital para estar con él... Peque tiene suerte con los hermanos que le han tocado.

Por cierto, las fiestas navideñas sirvieron además para pintar el volcán-tomate. Pintarlo yo, porque lo que es Peque pasó de su creación absolutamente.

Y a mí que me recuerda a un monigote que salía en un programa de la tele autonómica… Tomatic, se llamaba. Vaya por él:

                                                     




domingo, 21 de diciembre de 2014

Recta final before Xmas


Se hace saber a todo el reino (bloguero) que mi germano padre tuvo a bien abandonar la reclusión hospitalaria esta semana pasada. Y menos mal, porque lo del contrabando se estaba poniendo peliagudo con sus últimas exigencias (bandejita de makis le tuve que llevar el domingo por la noche...).

Lo tenemos delicadito, pero al menos puede pasar las Navidades en casa, como era su deseo y el nuestro. Y amenaza con cocinar por Nochebuena, se va a resarcir de todos los días comiendo arroz pasado y pechuga de pollo deshidratada.

Por otro lado, seguimos con nuestra aventura con el Adviento. Debo reconocer que me ha sorprendido la buena predisposición de Peque ante la mayoría de las actividades que le he propuesto. Estamos apuntados a las cajitas de My Little Book Box y en general le gustan los libros pero no le entusiasman las actividades que los acompañan (para frustre de servidora). Con el calendario me he llevado una grata sorpresa. Aunque, todo hay que decirlo, alguna actividad se ha quedado en el tintero. El día que le propuse el cuadro de ceras derretidas (¡con lo que debe molar!) se le antojó que fuésemos a bañarnos. Le hacía tanta ilusión que guardé con un suspiro las ceras en el cajón y me lo llevé a la piscina. Peque aún no sabe nadar, pero nos estamos acercando mucho al día en que por fin me suelte la manita para lanzarse al agua sin ayuda.

Este fin de semana estoy cuidando a mi paterno, en Alemania, you know (o me cuida él a mí con sus delicatessen, no sé yo) y Peque y Mr. X están en casa con el resto de los niños. Me resulta extraño tener tanto tiempo libre para mí, para leer si me apetece, ir al WC sin un observador de metro diez delante de mis narices, sin una vocecita que me reclame cada dos nanosegundos... Eso de lo que las madres tanto nos solemos quejar cuando nuestra individualidad se disuelve en el universo para ir en pack de forma casi constante con nuestra prole. Y aunque tiene su gracia, será la Navidad o será que soy una mamá gallina sin remedio, pero lo echo muchísimo de menos. Mr. X me tiene al corriente de los altercados/incidentes que ocurren en nuestro hogar vía cibernética. Bendito guasap.

A las puertas de la Navidad he leído muchas entradas sobre el tema. Yo no soy ni la fan número uno ni la detractora más acérrima. Como conservo buena parte de la niña que fui, me es imposible no sentir cierto cosquilleo en el estómago al pensar en los regalos amontonados, las mesas de gala, las opíparas comidas... Pero a mitad de las fiestas ya necesito volver a la normalidad, dejar los excesos y guardar la decoración en su cajón. Las ausencias se sienten más que nunca, las notas en los abrazos apretados y en el brillo de los ojos de tus personas queridas durante un brindis.

Vuelvo la vista atrás en el tiempo y veo a una niña cantando villancicos en francés, emocionada por tener junta a la familia y deseando que bajo el árbol esté el teclado electrónico que ha pedido.

Miro hacia delante y aunque a ratos me canse toda la parafernalia navideña, Peque se merece vivirlo con esa ilusión que me regalaron mis padres, así que a ponerse las pilas, que Mariah ya suena en la radio y pienso ponerme las botas llorando con Love actually.


¡Feliz Navidad!




lunes, 30 de diciembre de 2013

Por la mañana


Por primera vez en unos cuantos años, esta Navidad he podido tomarme algunos días libres. Y los he invertido en mis actividades favoritas (léase pasar tiempo con mi churumbel, holgazanear, leer mucho, cocinar cosas nuevas...). El súmmum de la perfección es aunar varios de estos pasatiempos en un mismo momento.

Domingo, diez y media de la mañana (sí, es correcto, diez y media).

Abro los ojos y la habitación está en penumbra por la persiana bajada. Apenas se escucha nada. Sólo la respiración acompasada de Peque a mi lado. Mr. X está haciendo bombones (su nueva afición) y el aroma se filtra desde la cocina. Me quedo echada disfrutando del momento. Noto que Peque se mueve un poco, estira los brazos, se despereza y se queda en silencio. Unos minutos después...

Peque: ¿Mami?

Mo: ¿Si?

P: ¿Estás despierta?

M: Si...

P: Ah...

...

P: ¿Y por qué estamos aún en la cama?

M: Porque nos gusta.

P: Claro...

...

Y así seguimos media hora más.

Me alegra constatar que Peque está aprendiendo las sanas costumbres de nuestra familia y las honra como es debido.

Por si no me paso mañana, os deseo un maravilloso 2014. Espero que este año que está a puntito de llegar se porte bien y os traiga todo lo que deseáis. ¡A por él!




martes, 24 de diciembre de 2013

¡Feliz Navidad!



Os explicaba aquí que a mi churumbel le han enseñado un poema navideño con el que me obsequió por sorpresa hace unos días. Desde entonces ha ido perfeccionando la técnica y abandonando en la cuneta al consabido pánico escénico. Ayer cenamos en muy buena compañía con mis amigos de toda la vida, y cuando comenté que Peque se sabía unos versitos todos lo jalearon para que se arrancase a declamar. Esa súbita atención se le antojó excesiva y empezó a asomar la vergüenza, pero a V se le ocurrió ofrecer una recompensa económica a cambio de la actuación y Peque, al oír esas palabras y como si fuese un lobo famélico olfateando a una presa cercana, se subió ipso facto al sofá para proceder con su cometido. Los ojos le hacían chiribitas mientras localizaba a su mecenas y como diciéndole "va por ti, maja", actuó con desparpajo ante el silencio hipnótico de su público. Finiquitó su performance con un “¿Y el dinerrooooo?" que no dejaba lugar a dudas de cuáles eran sus motivaciones y una vez tuvo sus moneditas en la mano me las confió para que ejerciera de albacea. Menos mal que a última hora pareció invadirle el espíritu navideño y nos confió que su recaudación se donaría íntegramente “a los señores que no tienen dinerito y piden por la calle”. Así da gusto financiar su arte...


¡Feliz Navidad a todos!





martes, 17 de diciembre de 2013

Papelitos


Una de las grandes aficiones (¿o debería decir adicciones?) de Peque es coleccionar papelitos. Él ve un papelito que le llama la atención, lo examina, lo hace una bolita, y se lo guarda. Al rato lo busca de nuevo, lo abre, lo estruja, y si cree que no va a ser lo suficiente cuidadoso como para tenerlo a buen resguardo, me pide que sea yo la que lo custodie. Y nada de deshacerme de él, porque Peque tiene una memoria privilegiada, y tres días después puede ser que me solicite recuperar su tesoro...(lo malo es que para él todo tiempo pasado es "ayer", y "ayer" puede ser hace tres meses, una semana, o dos días, con lo que me puedo volver bastante majara hasta dar con lo que me está pidiendo).

Anoche al llegar a casa manejaba con compulsión una pelotilla de papel. Quería compartir el motivo de su dicha conmigo y me lo abrió para que yo pudiese leer lo que ponía, que venía a ser algo así como "Vidente X, soluciono problemas de amor, dinero, etc.". A saber de dónde narices lo había sacado. Se lo devolví explicándole que a él no le hacía falta tener eso y él me preguntó por qué razón osaba yo hacer una afirmación de tal magnitud (bueno, vale, con sus palabras). Le dije: "Porque Peque, tú no tienes problemas".

Y él, todo digno, me miró y se puso en pie contestándome: "Sí que tengo, ya lo verás...". Dirigió su mirada al horizonte, cogió aire, y acto seguido empezó a recitar un precioso poema navideño.

Sí, un poema (ahora los videntes solucionan "poemas").

Y sin prisa pero sin pausa, mi Henry Irving en miniatura declamó con soltura esa pequeña joya de la poesía que tuvo a bien regalarme gracias a un giro del destino en el curioso caso del vidente en el papelito.






jueves, 27 de diciembre de 2012

En Navidad


Saco la naricilla desde mi letargo navideño para explicaros algo que me sucedió el otro día...Era Nochebuena y cenábamos en casa de mi padre. Vive en un pueblecito cerca de la costa, y como estos días tenemos a toda la troupe de Mr. X en casa y nuestro coche es de cinco plazas, alguien se tenía que buscar transporte alternativo, y ese alguien suelo ser yo. Pero no me quejo para nada, el ratito de tren me entusiasma. Me permite quedarme embobada mirando el paisaje, disfrutar de la cháchara animada de la gente a mi alrededor y, si me apetece, leer un poco sin tener a Peque exigiéndome insistentemente que mire como hace cabriolas en el sofá.

En la estación de salida me fijé en un chaval de unos veinte años que llamaba a su madre por teléfono. Me lo quedé mirando un rato sin mucho disimulo preguntándome como sería la relación con Peque cuando llegase a esa edad. Al ser una noche señalada, se respiraba un ambiente especial por todas partes. La gente que cogía el tren a esa hora iba, en su mayoría, a reunirse con familiares y amigos, y me lo pasé en grande observando cachitos de su existencia e imaginando las historias de sus vidas.

Al llegar a mi destino, como Mr. X iba a tardar unos minutos en venir a buscarme, me quedé dentro del edificio para resguardarme del frío y vi como el chico que había visto antes iba charlando con otro joven negro. Le preguntaron a la encargada de la terminal a qué hora pasaba el siguiente autobús hacia el centro y ella no pudo resolverles la duda porque la compañía de autocares era distinta a la del tren y desconocía si por ser Nochebuena habían cancelado algún trayecto. Los dos chavales le dieron las gracias y salieron al exterior. Asumí que eran amigos y que se iban a algún sitio juntos. Un rato más tarde, cuando creí que ya llegaría Mr. X, salí afuera a esperarlo y me volví a encontrar con los chicos. Estaban hablando con mucho entusiasmo...Bueno, sobre todo el que yo ya conocía de antes, que avasallaba a preguntas al otro. Entonces me di cuenta de que no eran colegas. Se habían conocido porque el chico negro le había pedido ayuda al otro con el horario de los buses. El que yo había visto primero no paraba de preguntarle a su interlocutor de dónde venía, cuánto tiempo hacía que estaba aquí...Y así me enteré de que el chaval negro había llegado hacía muy poquito de Senegal para ganarse la vida en España. El prota de nuestra historia saltaba de un idioma a otro, chapurreando francés e inglés (e incluso algo de árabe) para que el otro lo pudiese entender y le explicó que su padre estaba a punto de llegar y que irían a cenar con la familia a su casa, en un pueblo cercano. Dicho y hecho, a los dos minutos llegó el padre. Ambos muchachos se despidieron y mientras el primero iba a saludar a su progenitor, el otro se quedaba apoyado en el poste de la parada de autocares, pegando saltitos para trampear el frío. En eso, que nuestro prota, justo antes de llegar al coche, se giró y le dijo al otro: "¡Eh, oye! ¿Te vienes a conocer mi pueblo?". El otro no sabía qué decir...pero no hizo falta, porque nuestro amigo lo dijo todo: "Sí, venga, te vienes a cenar a casa, y luego ya veremos...venga, ¡ven!". Y se lo llevó. Me asombró darme cuenta de que el padre del chaval no puso ninguna pega y ni siquiera se extrañó de recibir ese huésped inesperado. El invitado subió al coche mostrando en su cara al mismo tiempo sorpresa por el convite y alivio por no tener que esperar a la intemperie un autocar que quizás no llegaría.

Me gustó mucho la energía de aquel chico que en Nochebuena decidió invitar a alguien que apenas conocía a pasar una cena en familia. Me dio qué pensar y dibujó una sonrisa en mi cara.

Dudo mucho que pueda escribir antes de Nochevieja (mi casa es una olla de grillos y no me dejan ver el ordenador ni de canto), así que os deseo una inmejorable entrada de año, y que en el 2013 se hagan realidad todos vuestros deseos. ¡O por lo menos los que os hagan más felices!


jueves, 20 de diciembre de 2012

Rabietillas y buenos deseos


Peque lleva unos días rabietoso perdido. A veces lo gestiono con humor y entereza, y otras me supera el agobio y me siento la peor madre del mundo cuando le alzo la voz o acabo malhumorada...Reconozco que alguna vez he pensado: "Con la de mimos que le hemos dado, y la mala leche que se gasta el colega...". Porque sí, mi niño de vez en cuando hace gala de un humor de perros. Y yo, con lo que no puedo, es con que me pegue. En ocasiones, su frustración es tan grande, que me arrea un golpe con lo que tenga en la mano. Como ayer. Yo estaba cocinando y le puse unos potecitos de pasta y cuatro cosas para que se entretuviese a mi lado...pero no. Él quería meter la cuchara de madera en la cremita de calabaza que estaba haciendo, y como me daba miedo que se la tirase encima, le expliqué que no podía ser. Pues hala, rabieta y cucharazo que te crió. Y la cosa no mejoró mucho el resto de la tarde...
Lo de los tortazos me pone de una mala uva inmensa. Y tengo que templar los nervios porque mi primera reacción sería devolverle el cachete (es algo que siempre me ha pasado, si tu me das, yo te doy, no hay más...), pero como soy del parecer que los golpes no educan sino que destruyen las relaciones, pues me pongo seria, le digo que no, y salgo un minuto de la habitación para cagarme en todo y volver a mi estado...¿zen?
Por otra parte, cuando Peque se porta mal y se lo digo me suelta en medio de un gruñido: "¡Peque es malooooo!". No sé de dónde lo saca, porque yo no se lo digo. Siempre insisto en que su comportamiento es ese momento es malo, pero él no. Porque también soy de las que cree que si le colgamos una etiqueta a un niño, al final acaba comportándose según la etiqueta. Para variar el repertorio, el otro día me dijo: "¡Te vas a la clase de los conejitos!". Creo intuir que cuando a algún niño se le va la pinza en el cole, lo llevan un rato a otra clase para que se disperse...

Al final debo reconocer, que como tras alguno de estos episodios me quedo con semblante tristón, Peque viene todo amoroso, me pide perdón y me da un besito, y esos mimitos son de lo más reconfortantes (me gusta ver que se da cuenta cuando hace algo mal). Acto seguido, con una sonrisota en la cara me pregunta: "¿Estás contenta?". Porque siempre que hace cosas bien o cuando acepto sus disculpas, lo abrazo fuerte y le digo que lo estoy. El muy bribón, en alguna ocasión, se ha puesto en modo ogro justo después de hacer las paces y como yo me enfado de nuevo, me dice: "¿Porque no estás contenta si te he dado perdón y besito?". Qué tío, se cree que con cuatro arrumacos me tiene en el bote y puede hacer lo que se le antoje...

Estaba yo pensando en todo esto cuando al repasar algunos blogs que sigo he llegado a esta maravillosa entrevista de Míriam Tirado a Josep Maria Garcia, psicólogo infantil (además de padre y abuelo). En el fondo no me descubre nada nuevo, pero necesitaba oírlo otra vez, leerlo y empaparme de ello para volver hacia mi Peque con los brazos llenos de amor y compresión. Si tenéis un rato, vale la pena leer lo que nos recuerda Josep Maria.

Por mi parte, ya estoy contando las horas para que sea viernes por la tarde y pueda dedicarme a disfrutar de las mini vacaciones navideñas. Espero que paséis unas estupendas fiestas, que haya sonrisas, abrazos, besos, sobremesas interminables, conversaciones a la luz de las velas, honores a las tradiciones de cada uno, y sobre todo, mucho amor.

¡Feliz Navidad!


PS: Queridos Mayas, espero que las mates no fuesen vuestro fuerte ;)



martes, 10 de enero de 2012

Tercer (y último) hit fiestero

Ya está, ya hemos finiquitado las Navidades. Debo confesar que tenía ganas de poner fin a tanto empacho y tanto devanarme los sesos buscando el regalo ideal pa to quisqui. Pero también estoy un pelín tristona, básicamente por dos motivos.
La primera razón es que Peque todos estos días no ha ido a la escuela, y eso me ha permitido disfrutar mucho de nuestro tiempo juntos. Hemos podido hacer siestas a pierna suelta, jugar un montón, achucharnos...Y claro, se echa de menos. Además estas semanas mi bichillo se ha espabilado muchísimo, ha aprendido palabras nuevas...Y ayer nos partíamos de la risa con él. Mr. X estaba explicándole a mi padre un discurso de Hugo Chávez dramatizando un poco para imitarlo, y de pronto Peque salta, planta los brazos en la mesa, luego se los lleva a la cabeza y con voz de ultratumba comienza a soltar una perorata como Mr. X...Aix, fue genial de verdad, me dolía la tripa de tanto reír...
El segundo motivo que me tiene con el suspiro en la boca es que mi papi hoy se ha vuelto para su casa en el sur. Eso me deja muy chof. Probablemente no nos veremos hasta el verano, y son muchos meses...Hoy, cuando he ido a buscar a Peque al cole y lo he llevado a casa, ha entrado corriendo y ha soltado "¿Popa non-non?¿Guau guau?". Traduzco: "¿No está el Opa -abuelo en alemán- haciendo la siesta? ¿Y los perros donde se han metido?". En fin...ojalá mi deseo se cumpla y este año por fin mi padre encuentre comprador para la casa...

Pero bueno, hay un montón de recuerdos felices de estos días para levantar el ánimo, y como me queda pendiente el tercer hit fiestero, ¡allá voy!
Los Reyes dejaron en nuestra casa unos poquitos regalos, no demasiados porque sabíamos que en casa de Mr. X iba a ser apoteósico. A Peque le trajeron una pizarra mágica del Imaginarium y le gustó bastante, pero ahora la que se pasa el rato haciendo dibujitos soy yo..Ejem...Es que tengo una faceta infantil muy desarrollada...
Cuando estuvimos preparados, nos fuimos todos para casa de los abuelos. Cada año seguimos la misma liturgia. Primero nos reunimos en la habitación de los padres de Mr. X, que está en una punta de la casa (y opuesta al salón, punto neurálgico donde está la big surprise) y nos intercambiamos los regalos que los Reyes han traído a la casa de cada uno de los hermanos para los niños y los abuelos. Una vez hemos hecho las miles de fotos de rigor, los niños se ponen en fila por edad y se encaminan al salón. Entonces la abuela abre la puerta poquito a poco y...Y ahí están todos los críos con la mandíbula arrastrando por el suelo y buscando con la vista los paquetes con su nombre. La abuela hace sonar una campanilla ¡y vía libre! La verdad es que el primer año que presencié el evento en cuestión me quedé alucinada. Toooodo el salón está repleto de regalos, cientos (y no exagero, son cientos), todos empaquetados con el mismo papel, con sus lacitos y sus etiquetas manuscritas. El trabajazo que se pega la señora madre de Mr. X es de aúpa. Para ella es un día único, y desde mañana estará buscando regalos durante todo el año para guardarlos para Reyes. Empaqueta cualquier detalle que haya reservado. A las parejas nos regala cosas muy prácticas (jabones y geles para el baño, toallas, productos de limpieza para la casa, etc.) y después, según el año, un detalle especial para cada uno. Con los niños se pasa un montón. Yo no soy fan de hacer tantísimos regalos, pero viendo la felicidad que le provoca organizar ese fiestón, no puedo más que compartir su felicidad. A Peque le han traído tantas cosas que seguro que me dejo alguna, pero más o menos han sido: un montón de coches chulísimos, un correpasillos de Imaginarium, marionetas para los dedos, un juego de encajables, un caballo de palo para jugar a que es un cowboy, pañales y toallitas y un set de dos tiendas y un túnel. Esto último le ha pirrado, pero en mi casa no cabe ni de coña, así que de momento se ha quedado en casa de los abuelos y en verano será para la casa de campo. De todas formas, el regalo estrella ha sido uno que no era para él en concreto, sino para un primito, pero la idea es que también vaya a parar a la casa de fuera. Se trata de un tobogán. Sí, sí, un tobogán. Peque no lo desampara ni un segundo. Cuando va a casa de los abuelos se va directo a tu "togán". En fin, que los Reyes se han portado más que bien con todos nosotros.

Ahora toca volver a la rutina, que la verdad es que apetece y todo, aunque se tenga que ir a currar cada día...Lo malo es que aún nos queda por delante casi todo el invierno. Suerte que poquito a poco se va notando que los días son una pizquita más largos (es muy sutil, pero yo ya me voy fijando para darme ánimos, jajaja).

A mí es que lo que me pide el cuerpo es que llegue la Primavera...

martes, 3 de enero de 2012

Segundo hit fiestero

Bueno, ya estamos en 2012, esperemos que a los mayas se les haya ido la olla con lo de la profecía apocalíptica o que sólo se trate de una bromita milenaria...

La menda lerenda celebró Fin de Año en su casita, de forma muy tranquilita. De hecho estaba un poco out, casi diría un pelín triste, del plan premenstrual, pero sin regla a la vista. Quizás lo que estaba es bastante cansada. Estos días mi casa parece una trinchera en plena batalla campal. Motivo: ahora mismo convivimos en poco más de setenta metros cuadrados los que estamos ahí habitualmente (Mr. X, Peque, el perraco y yo), mi señor padre con sus dos perros (sí, dos perros de tamaño mediano-grande) y los tres churumbeles de Mr. X, o sea, tres adultos, cuatro niños (incluyendo una adolescente con todo lo que eso implica), tres perros y, aunque la pobre no da mucha guerra, una culebrilla. ¿Orden? ¿limpieza? ¿tranquilidad? Jaaajajajaja...En fin, lo llevo como puedo, pero me dedico a dar paseos por la casa (o más bien diría que voy "apatrullando la ciudad") recogiendo todo lo que me encuentro, poniendo paz en los conflictos bélicos de turno, buscando el cepillo de los dientes que puede haber ido a parar al bol de comida del perro y cargando a mi Peque en plan fardo de paja.

En Nochevieja Peque aguantó como un jabato hasta las 12 de la noche e incluso se comió las uvas (eso sí, sin pepitas y sin piel y unos minutos antes de las campanadas). A mí no me gustan las uvas, así que cada año busco una alternativa. Para el 2012 me he decantado por la piña natural, digestiva, diurética y fantástica como colofón a la cena que preparó mi padre. A las 12 y media ya no me aguantaba derecha y me llevé a mi fardito a la cama, pero Peque tenía ganas de marcha. Me quedé frita mientras él bailaba dando botes encima de mí (e imagino que él cayó poco después...).

Inauguramos el año con la comida tradicional en casa de los padres de Mr. X. Esta vez mi estómago me permitió disfrutar de la opípara comida y me puse las botas a gusto. Como resultado, me quedé anclada a la silla hasta las ocho de la noche, pero me lo pasé muy bien. Peque cagó el Tió y se lo pasó en grande abriendo paquetitos. Me hace mucha gracia, porque ahora, cuando está sorprendido por algo, pone cara de alucine y dice "Haaaaaaala!". Pa comérselo enterito.

Y hoy estoy un poco tristona, porque para darme un respiro y entretener a los niños, Mr. X se los ha llevado a todos a casa de su hermana en la montaña y no vuelven hasta mañana. Es la primera noche en casi 19 meses que no dormiré con mi Peque (bueno, si contamos los 9 meses de gestación, son 28...). Se me hace raro. Este mediodía he ido a casa a comer y me sentía tan extraña allí sola...Normalmente voy con el petardo en el culo, y de pronto hoy tenía cuatro horas para comer tranquilamente, leer...Bueno, de hecho me he dedicado a marujear dos horas, pero aún así me ha sobrado tiempo para descansar un ratito y hacer una mini-siesta. Lo he disfrutado, pero ya me he acostumbrado al ajetreo diario y no lo cambio por tanto descanso, ¡quiero a mi Peque conmigo! Suerte que sólo es un día...

Para acabar, a un post sobre Fin de Año no le puede faltar su balance final, y sin duda la conclusión es muy positiva. Han habido cosas tristes (la enfermedad de un familiar cercano, la muerte de una persona a la que le tenía mucho aprecio, Mr. X que ha estado a tope con un proyecto que le ha tenido missing y extenuado, la crisis que nos afecta a todos...), pero también han ocurrido cosas maravillosas (sobre todo ver crecer a mi Peque y disfrutar de la compañía y amor de mi familia y amigos). Y no puedo olvidarme de las numerosas alegrías que me ha aportado la creación del blog. Conocer a todas las ya compañeras de la blogosfera ha sido algo genial. Me encanta leer vuestros comentarios y sobre todo visitar vuestros hogares virtuales. Asomarme a vuestras vidas enriquece la mía y me hace sentir que formo parte de algo grande. En fin chicas, que soy unos soletes. Mil besos y abrazos para todas.

¡Ah! Se me olvidaba mi lista de propósitos para el 2012. Buff...Hay un montón de cosas que me gustaría conseguir. Algunas sé que no serán para este año porque no voy a tener tiempo-barra-dinero (como por ejemplo ponerme en forma con algo de natación, pilates o mi adorado patinaje sobre hielo o perfeccionar/aprender idiomas). Otras sí son más asequibles, a ver si vamos a por ellas (quiero tener más paciencia con mi Peque, que a veces cuando estoy cansada saca mi lado ogril y después me siento mega mala madre; quiero sacar más tiempo para Mr. X, para hacer cosas juntos, porque con el curro que ha tenido, este año hemos sido más compañeros de piso que pareja; me gustaría ser un poco mejor veterinaria, que cuando no llevo un caso tan bien como me gustaría siento que no estoy a la altura de las circunstancias; me encantaría que mi padre lograse vender su casa sureña para poder venir a vivir más cerquita -esto es más un deseo que un propósito...si alguna tiene ganas de tener un cortijo andaluz, ¡avisadme!-, y para acabar, otro deseo, el mismo que muchas de vosotras habéis tenido: que se cumplan todos vuestros sueños y anhelos).

Hala, preparados estamos para afrontar este nuevo año. 

martes, 27 de diciembre de 2011

Primer hit fiestero

Mi mente divide las fiestas en tres grandes hits: Navidad, Fin de Año y Reyes. Ya hemos pasado el primer gran hit, o sea que toca valoración del evento.

El 24 por la noche hicimos cenita en casa mi papi, Mr. X, Peque y yo. Pocos y bien avenidos. Mi padre se curró un Sauerbraten (asado agrio, o lo que es lo mismo, carne macerada en vinagre tres días y después cocinada a fuego lento) con Kartoffelknödel (albóndigas de patata) que estaba de rechupete, y yo me comí dos raciones XL. De postres, galletas caseras (sí, lo vuelvo a repetir, mi padre es pastelero, jejeje...). Acabé la cena hecha un botijo y mientras entretenía a Peque, los regalitos fueron depositados bajo el mini árbol de Navidad. Peque se lo pasó en grande repartiendo paquetitos y sobre todo, jugando con las cajas y el papel. Ojo al dato, yo le había comprado en Imaginarium (una tienda que me encanta) un puzzle de madera y unos cubos con dibujos de animales que al coincidir formando el dibujo del animal entero emiten el sonido del bicho en cuestión. El tema es que esa misma tarde habíamos ido al súper a comprar cuatro cosas y una dependienta muy simpática le regaló un camión de publicidad de Coca-Cola. Pues bien, ¿con qué estuvo jugando Peque toda la noche? Sí, con el camión de Coca-Cola...(a día de hoy ya puedo decir que el puzzle le mola, los cubos también...para tirarlos al suelo).

El 25 yo me desperté rarilla, como empachada. A medida que avanzaba el día me sentía cada vez peor, con un dolor de estómago del quince. Fuimos a comer a casa de mis suegros con toda la familia directa (nada, veintitantos que éramos). La comida consistió en mega aperitivo de pastas saladas, tortillas, pinchitos varios, patatillas, olivas,...Y ya con eso da para comer, pero a mí me daba náuseas sólo verlo. Vaya empacho que llevaba. Sólo comí el primer plato (vieiras) y algo del segundo (lomo con salsa). Por la tarde en casa me metí en la cama y comenzó a subirme la fiebre y aparecerme un sarpullido rojizo por todo el cuerpo, ergo, o me intoxiqué con algo (raro, hubiese sido la única) o pillé un viraco (Peque tuvo lo mismo hace un par de semanas...).

El 26 en Catalunya se celebra Sant Esteve, y por suerte esa comida era light, pero sólo picoteé un poco.

En resumidas cuentas, mi indisposición estomacal ha hecho que estas fiestas no haya abusado para nada de la comida (mucho mejor, la verdad). Eso sí, esta noche me queda la cena del amigo invisible con mi grupillo de amigos, y hoy ya me siento con fuerzas renovadas para ingerir manjares varios. Así cojo fuerzas para el segundo gran hit: Fin de Año y Año Nuevo. Ya no queda nada...

martes, 20 de diciembre de 2011

Navidad, Navidad...

Pues sí, ya estamos prácticamente en Navidad, otro año más. En la esfera blogueril ya han caído unos cuantos posts sobre las fiestas, y yo también tengo ganas de darle un toque navideño al blog...
Los últimos años, desde que murió mi madre, no he tenido demasiadas ganas de celebrar estas fiestas. La herida escuece más cuando ves que las familias se reúnen y a ti te falta alguien tan importante. Pero este año es el primero desde hace mucho tiempo en que de verdad me apetece disfrutar de estos días, y supongo que se debe a que me hace ilusión revivir la magia de la Navidad a través de mi Peque (aunque él apenas se entera de qué va el cotarro).
En mi casa siempre hemos sido de celebrar Papá Noel (porque mi padre es alemán y mi madre se crió en Francia). Por Reyes también me caía un regalito, pero lo gordo era el 24 por la noche, y la verdad es que así podía disfrutar de los juguetes durante las vacaciones...Lo que nunca he celebrado, a pesar de ser tradición en mi tierra, es el Caga Tió (un tronquito de árbol al que se le pone comida y en Nochebuena "caga" regalitos cuando le das con un palo gordo encima y le cantas lo de "Caga Tió, avellanes i torrons..."), pero en casa de Mr. X sí lo hacen, y Peque ya se ha hecho colega del tronco, o más bien del atizador con el que lo muele a palos...
Para mí la Navidad de pequeña era esperar ansiosa el 24 por la noche (¡un año incluso creí ver el trineo de Papá Noel!), decorar el árbol y el pesebre con mi madre, de más mayor ir de compras juntas y pensar en lo que podía emocionar a los que quieres, reunirse, hablar, cocinar, comer mil cosas deliciosas...Aromas de canela, asado de cerdo, galletas de mi padre (¿os he dicho que mi padre es pastelero?), incienso que le encantaba a mi madre, escuchar los viejos discos de villancicos franceses y españoles del año de la catapún...
El año que descubrí la verdad sobre Papá Noel, y eso que ya era muy mayorcita (igual tenía diez años), me pillé un disgusto tremendo. Recuerdo estar en las rodillas de mi madre y hacer la fatídica pregunta. Buff, qué berrinche...Fui una niña muy ingenua e imaginativa (para tragarme toda la bola teniendo ya diez añazos...), y saber la verdad me entristeció mucho. Aún hoy tengo un ramalazo soñador del quince y me gusta creer en lo imposible.
Hace unos días di rienda suelta a mi antojo navideño y me aprovisioné en una tienda de todas las guirnaldas y similares que mi sentido del gusto me permitió comprar (que una tiene unos límites...). Peque flipó al llegar a casa, y ahora su pasatiempo favorito es ir de adorno en adorno, darle un toquecito y mirarme a ver qué cara pongo.

Ya he comprado todos los regalitos, los paquetes están hechos y la ilusión está a punto. Mi padre ha llegado de su retiro sureño para pasar la Nochebuena en familia. Reconozco mi niña interior dando botes por dentro y esperando anhelante que pasen los días. Me veo como era en aquella época, con los ojos chispeantes de felicidad, a la expectativa...Y en el fondo, no he cambiado tanto desde entonces.

¡Feliz Navidad!