Hace unos meses, María, de La cajita de música, me animó a escribir de nuevo sobre el colecho, ahora que Peque ha crecido, para dar mi perspectiva sobre el tema con un niño mayor.
A ello me puse la semana pasada, justo antes de que una horda de virus tuviese a bien colonizar mi tracto respiratorio y digestivo convirtiéndome en una especie de álter ego cutre de la niña del exorcista (cutre porque yo no vomito ni con un virus gastro intestinal de potencia 7 en la escala de Richter).
Y, cosas de la vida, lo que hubiese escrito a principios de la semana pasada y lo escribiré hoy tiene diferencias sustanciales (a los hechos me remitiré).
Ya lo expliqué en los albores del blog, yo llegué al colecho por supervivencia. A priori no me gustaba la idea (y menos mal, porque para no gustarme he dormido con Peque durante más de cinco años).
Durante el primer año la gente no se metía mucho, pero cuando dices que duermes con tu hijo de dos, tres, cuatro años, muchas miradas empiezan a ser de sorpresa o directamente de reprobación (no todas, por fortuna). He tenido que oír el típico “entonces, ¿dormirá con vosotros hasta los dieciocho?”, o que incluso la directora del cole de Peque metiese cucharada en el asunto explicándome que para su desarrollo era mejor que durmiese solo. Y sí, esas palabras me han dolido, porque no soy una persona que sepa pasarse por el arco del triunfo las opiniones ajenas. Me afectan, qué le vamos a hacer.
Por suerte, con el tiempo he conseguido que los juicios foráneos me resbalasen. Peque no estaba preparado para dormir solo y punto pelota. Yo a veces le preguntaba si quería probar. Él decía que sí en alguna ocasión, pero luego practicaba el consabido “donde dije digo, digo Diego”.
El único problema real que veía últimamente es que la cuna en sidecar que tenemos acoplada a nuestra cama empieza a quedarse pequeña, y yo creo que Peque no duerme tan cómodo como antes. Por eso la semana pasada volví a preguntarle, y oh, sorpresa, decidió que sí que quería probar. Para animarle y acompañarle en su aventura me hice con una tortuguita monísima a la que le había echado el ojo hace tiempo y que proyecta un relajante mar ondulante en las paredes de la habitación.
Desde el jueves pasado, Peque duerme en su habitación. Alguna madrugada viene a nuestra cama, y no dudo que a épocas querrá estar con nosotros, pero raro sería que no ocurriese así. Él está orgulloso y feliz de haber conquistado su miedo a estar solo en la otra punta de la casa, y yo voy de la satisfacción a la pena por aceptar que crece, que es inexorable, que ahora es esto, y dentro de nada será el instituto, las juergas, los viajes con amigos... Pero prevalece la felicidad por haberlo acompañado desde el respeto en su evolución del sueño.
¿Con que hasta los dieciocho años?
Ja.