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martes, 6 de noviembre de 2012

Welcome to Tijuana


En realidad el título de esta entrada es "Welcome to Rabietilandia", pero al redactarlo me ha venido a la cabeza de forma automática el título de la canción de Manu Chao, y una que es muy fan no ha podido evitar homenajear a uno de sus músicos preferidos...

Pero vamos al grano. Peque siempre ha tenido mucho carácter, y nos dio muestra de sus primeras rabietas con poco más de año y medio. Ahora estamos en pleno apogeo. Concretamente el jueves fue un día para el recuerdo...Peque se despierta: rabieta. Peque desayuna: rabieta. Peque se viste: rabieta. Peque juega; rabieta. Non stop, oye. Y si a eso le unimos un Mr. X de guardia y con un humor de perros (eso debe ser el colmo de un veterinario, ¿no?), pues como estar con la sonrisa puesta.

Mr. X y yo no tenemos el mismo punto de vista sobre cómo gestionar las rabietas. Y eso ha cambiado desde que tengo a Peque, porque antes lo veía como él. Había leído algún libro de esos rollo "Supernanny" y mis ideas sobre el tema eran muy diferentes a las que tengo hoy en día. Pensaba más bien como mi madre, que siempre decía que no soportaba a los niños caprichosos en plena pataleta. Y eso que era una madre cariñosísima y me crió con amor a raudales, pero lo de las rabietas...Suerte tuvo conmigo, que le salí buena no, santa directamente y de arrebatos infantiles pocos. Con esos precedentes yo pensaba que rabieta era igual a niño malcriado que no sabe pedir las cosas o que es un antojadizo. Por suerte, los libros de Rosa Jové, entre otros, me han hecho entender que lo que estamos viviendo simplemente es una parte del proceso de crecer, y que si lo vemos desde esa perspectiva es mucho más sencillo ser empático y pasar por el (mal) trago. De todas formas, la teoría es una cosa y un niño de dos años y medio cabreado todo el día es otra muy diferente.

Yo intento sobrellevarlo como recomienda Jové. Siempre que puedo, evito la pataleta (por ejemplo, no dejando a la vista chuches sabrosonas diez minutos antes de comer). Y si es posible, cedo. Y aquí es donde choco más con Mr. X, que a veces cree que se lo consiento todo. Yo no lo veo así. Es decir, hay cosas que no pueden ser (cómo jugar con una brillante cuchilla de afeitar de papi o atiborrarse de galletas antes de cenar cuando sé que eso le joroba el apetito a base de bien). Pero hay otras en las que no veo inconveniente. El sábado mismo, a la hora de la merienda a Peque se le antojaba un heladico (cuando había comido tres pequeñitos de postre tras la comida) y su padre erre que erre que no, que tenía que comer fruta u otra cosa. Rabieta al canto, y desde mi punto de vista, justificada, porque a ver, si el niño más o menos come de todo y tiene un caprichillo, yo no veo el problema por ningún lado. Pero mi padre y Mr. X se aliaron contra mí y me soltaron lo de: "Es que no es bueno que siempre consiga lo que quiere". Y me aguanté porque lo que tampoco voy a hacer es llevarles la contraria y que Peque tenga un cacao mental con lo que dice cada uno...Reconozco que hace unos pocos años lo hubiese visto como ellos, pero ahora ya no.

Si no he podido evitar o ceder, llegamos a la consabida pataleta. Y de nuevo recurro a Jové con su táctica de tres pasos. Un día de estos, mientras yo cocinaba, mi niño se dedicaba a redecorarme la cocina vaciando los armarios. Yo estaba con las manos en la masa y no podía usar la técnica que funciona mejor con él, el despiste (o sea, llevármelo a jugar a otra parte), pero tampoco podía dejarlo a su aire porque me la estaba liando parda. Sabía que si le decía que basta y punto, me ganaba un berrinche de los gordos, así que, maquiavélicamente, apliqué la táctica Jové:

1. Comprensión: "Peque, ya se que es mega divertido sacarme tooodas las cacerolas, cucharas de madera, electrodomésticos en desuso y frascos varios...".

2. Explicación: "...pero es que esto se está convirtiendo en un campo de minas, y como sigas así y yo dé un mal paso voy a acabar tropezando con el cucharón de la sopa y aterrizando con la jeta en los fogones...".

3. Alternativa: "...así que...¿por qué no guardas todo menos las cucharas, que las dejas aquí cerquita y me haces un concierto de percusión como tú sabes hasta que termine la cena?".


¿Funcionó? Pues en este caso sí, pero admito que no siempre es tan sencillo. Hay días en que me sale el "¡pues no porque lo digo yo y punto!". Curiosamente, después de ese jueves de inicio de puente tan movidito, el resto de días mi niño estuvo bastante tranquilo. De hecho, tengo comprobado que cuanto más sosegada y descansada estoy yo, menos rabietas tiene Peque y más llevaderas son. ¿Por qué será?
Me despido con dos clásicos de las pataletas en el súper...