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lunes, 1 de diciembre de 2014

Si te toco tú me tocas


Extraño título de post, ¿eh? Quizás alguien ya lo haya pillado (has estado en el agujero, pillín...).

Todo tiene su explicación, no preocuparse.

El sábado por la mañana me levanté con cosquillas en el estómago, inequívoca señal de que la expectación dominaba mi ser. Motivo: la despedida de soltera. Que vale, ya estoy casada -hace siete meses para ser exactos-, pero es lo que tiene hacer todo en mi vida sin orden ni concierto (mucho más divertido, dónde va a parar). Primero me arrejunto, luego tengo un hijo, más tarde me caso legalmente, después lo celebro con un bodorrio, y para rematar la jugada, me voy de despedida.

Debo decir que cierto remordimiento me corroía, porque Peque no acababa de entender que me pirase todo el día de fiesta, pero una vez dejé a mi churumbel en manos de su padre me desentumecí la espalda, sacudí la melena y me encaminé a disfrutar de mi día, que buena falta nos hace dedicarnos a nosotras mismas de vez en cuando.

En una parada de metro me esperaba mi amiga A para llevarme al primer destino de la jornada. Debo decir que me olía hace tiempo el sitio al que me llevaba. Por una parte porque yo había insinuado que me apetecía muchísimo ir allí, y por otra porque me avisaron de que me llevase bañador. No hay que ser Sherlock precisamente... Los árabes nos dejaron muchas cosas maravillosas en la ciudad, pero lo mejor, a mi parecer, los baños termales. Qué cosa, qué relax, qué calma, qué té más rico... y qué pesao el tío que nos hacía callar cada dos por tres. El hombre tenía razón, pero claro, seis chicas sueltas no callan ni debajo del agua (nunca mejor dicho). Al final bajamos las revoluciones y flotamos en silencio las unas junto a las otras como cuerpos en suspensión en una peli de ciencia ficción. En serio, esto tengo que hacerlo por lo menos una vez al año. ¡Me relajé tanto que me di cuenta de que no pensaba en nada! Con el tiempo que llevo tratando de conseguirlo con la meditación...

Cuando la campanilla nos avisó de que nuestro tiempo de relajo se había acabado nos fuimos a los vestuarios a ponernos monas y hacernos setenta fotos en todas las poses cuquis conocidas. Hermosas, relajadas e hidratadas nos fuimos a la siguiente parada. Ya eran casi las cinco y no habíamos comido, así que nos fuimos a merendar a un restaurante del centro donde nos esperaban dos amigas más. No me esperaba que me llevasen allí, ¡qué recuerdos! Siempre comíamos en ese lugar cuando estudiábamos juntas en la biblioteca. Preparan unas recetas vegetarianas espectaculares. Y el ambiente es cálido y agradable a más no poder.

Una vez llena la panza la modorrilla empezaba a adueñarse de mi body... pero enseguida nos tuvimos que activar de nuevo para llegar al siguiente hito en el camino. Que en realidad era un plan B decidido en el último minuto por culpa de la meteorología. El plan A era una ruta esotérica por la ciudad (que eso habrá que hacerlo, porque mola mil). Pero qué queréis que os diga. Benditos rayos y centellas que nos llevaron al plan B, porque aquí una servidora se lo pasó de lujo en el agujero. Pero un agujero molón, nada de socavones de obras u otras oquedades misteriosas.

Era EL agujero.

Mis amigas del alma me llevaron a ver The Hole 2 y yo me reí, me emocioné y me divertí como hacía siglos que no me ocurría con un espectáculo. Algo había oído sobre la función, pero hay que ir al agujero para saber cómo es. Y dejarse llevar por sus movidas (de ahí el título del post). No os explico mucho, porque lo chulo es ir y sorprenderse.

Para rematar la velada me llevaron a cenar a un tailandés exquisito. La tertulia postpandrial fue de todo menos aburrida. A mí se me ocurrió mentar las cremas de rejuvenecimiento genital que tan famosas se están haciendo (hasta en las Nonabox las incluyen, de piedra me quedé cuando nos lo explicó Drew) y atribuladas comenzamos a preguntarnos por la tersura y coloración de nuestros bajos... pero claro, sin comparar, una no sabe si lo suyo está lozano o chuchurrío como una lechuga pocha, y llegamos a la conclusión de que teníamos que hacernos unos selfies para poder tenerlo claro. Selfies no faciales, se entiende. No preocuparse de nuevo, no hubo ovarios. Casi mejor no conocernos tan bien.

Estoy planteándome casarme de nuevo por el rito zulú o lo que sea. Porque con el planazo que me 
prepararon mis amigas yo quiero una despedida al mes como poco. He dicho.

Y gracias, amigas. ¡Sois las mejores!








miércoles, 24 de septiembre de 2014

El día B


Sábado por la mañana. Siete AM. Ni despertador ni leches, adrenalina en vena es lo que me despertó, como en los días previos. Ojeadita a Peque, modo lirón on. Ojeadita a Mr. X, ojos como platos. Compenetración máxima, que no se diga. Miramos por la ventana y comprobamos aliviados que el servicio de meteorología había acertado. Solazo veraniego. ¡En marcha!

Mr. X se fue con sus hermanos, cuñados y sobrinos mayores a la masía vecina a poner las mesas, yo me lo tomé con calma. Mientras desayunaba, la gente que iba entrando en la cocina me preguntaba cómo iban mis nervios. Y lo cierto es que para ser la co-protagonista de la jornada lo llevaba muy bien. Aunque de pronto recordé que me había olvidado hacer el té frío del aperitivo y mientras lo preparaba se me caía todo de las manos...

Me di una ducha rápida y a las ocho llegó puntual M, el peluquero. Elegimos un lugar tranquilo del jardín, y dado que casi todo el mundo había ahuecado el ala, durante media hora pude abstraerme de la situación y disfrutar de una paz cuasi mística. Hay algo mágico en las primeras horas del día. La luz asomaba tímida entre los laureles, la temperatura era fresca y vigorizante, y el buen hacer silencioso de M me permitía gozar del momento. Poco después llegó mi amiga O, que se había ofrecido a hacer las fotos del evento (no es una profesional del ramo, pero se apaña divinamente). Empezaron las risas y poquito a poco el ritmo de la jornada fue "in crescendo" al ir apareciendo otras amigas que venían a ofrecerme apoyo moral. Bueno, a eso venían en teoría, pero tras decirme hola a distancia (besos no, que M me prohibió gesticular hasta haber acabado con el maquillaje), desparecieron del mapa... En su disculpa explicaré que estaban ensayando su discurso. Las perdonamos.

De pronto sonó el teléfono. Era A, un amigo y vecino de mi padre que tenía que venir con él a la boda. Me explicó que mi padre, pedazo de cabezota teutón sin remedio, se había empecinado en cumplir la promesa que me había hecho -antes del ingreso- y cocinar unas pastas saladas para el aperitivo. Recordemos que había salido del hospital hacía tres días. Pues no se le ocurrió otra cosa que levantarse a las tres de la mañana para hornear las pastas... Y claro, a las ocho estaba reventado y se había puesto a dormir. A me llamaba para explicarme que iban a llegar tarde, justo para la comida. Fue un jarro de agua fría, porque mi discurso estaba en parte dedicado a mi padre, y me dio mucha pena aceptar que no iba a oírlo... Pero bueno, después de todo lo acontecido en las últimas semanas, que pudiese venir ya era un regalo. Sacudí la tristeza y volví al presente.

Cuando M acabó y por fin me miré en el espejo, flipé en colores. Me gustaría usar una expresión más culta para describirlo, pero ésta es la que más se ajusta a la realidad. Y fliparon también todos los que se iban cruzando conmigo. Si en la prueba había tenido algunas dudas respecto al peinado y el maquillaje, estas se disiparon por completo al ver mi reflejo. M se salió, el peinado quedó precioso y usó menos maquillaje para no resaltar mis imperfecciones. ¡Olé él!

Mis amigas me ayudaron a ponerme el vestido y nos echamos unas buenas risas gracias a la cremallera. Ninguna quería asumir la responsabilidad de subírmela porque costaba un huevo un poco y temían quedarse con el artefacto en las manos. Menos mal que conseguí perder peso, de lo contrario no sé si la cosa no hubiese acabado en tragedia estilística... Por fortuna la cremallera subió sin desgracias asociadas.

Mi amiga T me regaló un ramo de novia espectacular, en tonos azules y blancos con un toque de menta que le daba color y un aroma de escándalo. El ramo perfecto, sin más.

Si tenemos novia peinada, maquillada, vestida, con ramo y el reloj marca que es la hora H, ¿qué hacemos? Pues la subimos a un coche y nos la llevamos al sarao. Así que venga, todos a sus puestos. Mis amigas se marcharon primero y a mí me llevó en su engalanado coche mi cuñado M (el del vozarrón del último post).

Hay momentos clave, arquetípicos me atrevería a decir. El de la novia de camino a su boda es uno de ellos para mí. Cuando estábamos cerca del lugar hicimos una pequeña parada técnica para dar tiempo a todos los invitados a que estuviesen en la recepción y tras cinco minutitos entramos en escena. Me habían preguntado qué música quería para la ocasión (por todo lo de mi padre me quedé sin hacer muchas cosas, como elegir la BSO), y pedí que fuese algo animado, nada de clásicos pastelosos y/o lacrimógenos. Acertaron de pleno, y cuando llegué y vi a todo el mundo sonaba "Happy" de Farrell Williams. Me iba a bajar yo misma del vehículo y M me dijo que ni se me ocurriese, bajó él zumbando y me abrió la puerta... Descendí con todo el glamour con el que me fue posible y casi me da un síncope vergüenzil al tener todas las miradas fijas en mí... ¡pero que subidón ver a tanta gente querida junta! Iba alborotada de un lado a otro y al fin me di cuenta… ¡de que tenía a Mr. X delante de las narices! Menuda novia despistada... Abracé a mi churri (que estaba de un buenorro que quitaba el sentido, ganitas me daban de desaparecer con él en algún huerto cercano) y para completar mi felicidad apareció Peque a nuestro lado. El pobre estaba un tanto desconcertado, pero por suerte con tantos primos y amigos fue de flor en flor sin echarnos mucho de menos. De esos primeros minutos recuerdo los abrazos efusivos de los amigos y las felicitaciones. Y veo las fotos y me noto feliz, con una sonrisa franca y sincera. Como siempre soñé en un día así.

Andamos como locos saludando a todo el mundo y al poco vino mi amigo R (maestro de ceremonias) para preguntarme cuando quería empezar con los discursos. Le dije que no podíamos tardar y él me animó a esperar un poco más a mi padre. Eso me recordó que vendría bastante más tarde, pero justo en ese momento R me anunció que ya veía su coche. ¡Había llegado a tiempo! Corrí con Mr. X para darle la bienvenida, y en el momento en que crucé mi mirada con la de mi padre nos echamos a llorar. Por la tensión acumulada, porque no sabíamos si el momento soñado llegaría, porque la vida da muchos palos y porque en ese instante nos lo dijimos todo. Y mi madre estaba allí. Lo estaba, entre los dos, en el amor que construimos como familia.

Una vez calmados, abrazados, besados y felices, fuimos organizando todo para la ceremonia, que consistió en los discursos de varios amigos y familiares. El primero fue el mío. Me emocioné, sí, pero logré hablar desde el corazón y decir el tipo de cosas que sólo se dicen en público en un día así y que sirven para agradecer y devolver una pequeña parte del amor que has recibido. Y mi padre lo escuchó con una sonrisa en sus labios. El mejor regalo.

Después hablaron los hermanos de Mr. X y nuestros cuñados. Palabras divertidas y llenas de cariño.

A continuación llegó el discurso que más me enterneció, el de las hijas de Mr. X. Cuando él y yo empezamos a salir y me hablaba de sus hijos y me enseñaba sus fotos yo me preguntaba qué relación tendríamos. Creo que con los años hemos logrado crear algo bonito y duradero entre todos, y lo que dijeron me lo confirma. Estoy convencida de que lo estamos haciendo bien.

Más tarde hablaron los amigos que nos ofrecieron su casa (en concreto C, la hija, con la que tenemos una buena dosis de complicidad y camadería) y por último mis amigas M, V y E, que hicieron un divertidísimo y conmovedor repaso a nuestra vida juntas. Todos esos discursos los guardo como oro en paño, para leerlos y volver a emocionarme cada vez que mi body tenga ganas de marcha.

Una vez superada la fase emotiva de la boda (o eso pensaba yo), pasamos a la parte lúdico festiva. Mr. X me ofreció su brazo y me dijo que enseguida llegaba nuestra carroza para ir a la zona de las mesas. Su cara de pillo me hizo sospechar alguna travesura, y mientras escuchábamos las primeras notas de "Love is in the air" asomó por la curva nuestro fabuloso vehículo nupcial... ¡¡un tractor!! Molón a más no poder con su esmerada decoración. J, al anfitrión de la masía, lo conducía pletórico, y muy dispuesto a facilitarnos las cosas, bajó la pala para Mr. X y yo subiésemos. De esa guisa recorrimos el trayecto hasta las mesas. Qué risas nos echamos...

La comida estaba espectacular, paella y fideos a la cazuela, aunque ya se sabe que en días así el estómago anda medio encogido y mucho no devoré (pero al día siguiente me jarté de restos). De postres, pastelaco made by Mr. X. Fantabuloso. Y decorado con unos monigotes con nuestras caricaturas que hizo la sobrina de Mr. X. Le quedaron clavaditos.

Después del pastel Mr. X y yo obsequiamos a nuestros distinguidos invitados con lo que habíamos preparado respectivamente (a saber, bombones y puntos de libro). Así aprovechamos para dar un voltio y charlar con la gente. Aunque después me veo en las fotos y apenas recuerdo todos esos momentos. Trampas de la mente...

Por la tarde mis amigos, muy artistas ellos (de verdad de la buena, no es ironía), nos obsequiaron con varias piezas, algunas tuneadas para la ocasión, otras dedicadas por saber que me ponen los pelos como escarpias. Imposible olvidar ese "Sorry" de Tracy Chapman y el solo de "Somebody to love" de Queen que interpretó I. Después, rumbita de la buena de un artista como la copa de un pino.

Ya entrada la tarde Mr. X y mi otro cuñado (el del vozarrón no, otro que es un culo inquieto y que necesitaba quemar calorías) propusieron una mini excursión a un cerro cercano para ver la puesta de sol. Muy bucólico, sí. Pero decían que eran diez minutos. Los cojones. Si algo tiene de bueno casarse con alguien con quien vives hace nueve años es que te conoces sus "diez minutos". Tardaron una hora en ir y volver, ahí las chicas con sus taconcillos por el campo. A mí no me engañaron, jeje. Pero se lo pasaron muy bien y yo aproveché para reponer fuerzas apoltronada en una silla y de cháchara con mis amigas.

Por la noche hubo avituallamiento para mantener el nivel energético y afrontar la madrugada con alegría. La mayor parte de la gente se fue despidiendo antes de eso (sobre todo los que tenían niños o mascotas que recoger), pero unos cuantos nos dimos el gustazo de menear el cuerpo hasta la madrugada. Mr. X pilló una turca de mucho cuidado, pero mientras se mantuvo en movimiento no se percató del desastre, eso llegó a la mañana siguiente.

A las tres de la madrugada dimos por concluido nuestro bodorrio, felices por el exitazo y porque será un día (que digo un día, una semana) para recordar por los siglos de los siglos.

Y lo mejor, amigos y amigas, es que aquí servidora tiene una cuenta pendiente por saldar. ¡A por la despedida de soltera, yihaaaaaa!




jueves, 18 de septiembre de 2014

Preparativos


A lo largo de mi vida he tenido numerosos y variados complejos. A saber: nariz patatuda, cartucheras de escándalo, celulitis galopante, culo XL... No es que pueda presumir de haberlos erradicado de mi vida por completo, pero me atrevo a afirmar que con la edad he ganado en seguridad y amor hacia mi cuerpo. Pero he aquí la menda el día antes de ir a la prueba con el peluquero y maquillador, ambos dos la misma persona. Estábamos de cháchara durante la cena en la casa de veraneo de la familia de Mr. X, lugar en el que se centralizó el comando boda para prepararlo todo, cuando mi suegra me dijo: "Bueno, no te lo tomes a mal, que yo te lo digo con la confianza con la que se lo diría a una hija, pero ya le he comentado a M (el peluquero) que te disimule las orejas". Después de un segundo de estupefacción me dio un ataque de risa, porque jamás en la vida he tenido complejo de orejas de soplillo, y parece por lo que he observado -en el espejo- que algo de verdad hay en su preocupación... Con razón me llamaban Gizmo en la facultad... Pero bueno, no me supo nada mal, la pobre mujer sólo quería velar por un óptimo resultado estético de mi persona. Y no, no he añadido un complejo más a la lista, sigo viéndome las orejas divinas. Con ese consejo suegril bajo el brazo partimos las hijas de Mr. X y yo a la mencionada prueba. Yo no le había dado demasiadas vueltas al tema peinado, estaba por dejármelo tal cual, pero M argumentó que habiendo comprado un vestido tan bonito para el casorio no podía dejar mi pelambrera al viento. Admití que tenía razón y lo único que le pedí fue que no me hiciese un recogido, que quería llevarlo más o menos suelto. Me dejé llevar por su profesionalidad y cuando acabó me vi rarísima. Por una parte nunca me pongo maquillaje (pote, quiero decir), y me daba la sensación de que exageraba muchísimo mis arrugas... Y por otro... ¿¿pelo ondulado yo?? El flequillo no me convencía, daba la sensación de ser un poco de cartón-piedra, pero no podía arreglarme toda la melena y dejar el flequillo a su bola. Supongo que era la falta de costumbre, y al final, después de remirarme veinte veces, el conjunto me acabó convenciendo (y a mis "asistentes personales" también). Y tocó asumir que oye, con casi cuarenta tacos es normal estar un poco arrugá.

Una vez liberado mi padre del hospital decidió irse a su casa, porque su hermana y una amiga habían venido de tierras germanas para el enlace y estaban encantadas de cuidarlo y mimarlo. Saber que se hallaba en buenas manos nos permitió a Mr. X y a mí centrarnos esos últimos tres días en los preparativos más inminentes y disfrutar por fin de la movida en las que nos habíamos metido.

Miércoles, jueves y viernes me desperté cada mañana poco antes de las siete, incapaz de pegar ojo. No me sentía especialmente nerviosa, pero sí con ganas de ponerme manos a la obra. En casa, mi suegra orquestaba las diferentes tareas. Por un lado el montaje de los centros de flores. Mr. X, sobrinos e hijos recogían ramas de los árboles del jardín. Yo seleccionaba las hojas y mi suegra y las hijas de Mr. X confeccionaban los centros. Además de eso lavamos y rellenamos aceiteras y vinagreras. Elegimos complementos para los modelitos de cada uno. Ordenamos las tarjetas con los nombres de los invitados por mesas. Hicimos asambleas después de cada comida -con una media de veinte asistentes en cada una- y repetimos hasta la saciedad y como si fuera una oración el timing del día B.

Fuimos en tropel a la masía colindante, el lugar elegido para el evento, para ayudar a nuestros vecinos (y amigos además) con toda la preparación. Los jóvenes se encargaron del Photocall (impresionante cómo les quedó...). Los demás nos organizamos como hormiguitas para pintar, barrer, limpiar, acondicionar aperos antiguos con aceite de linaza, colocar flores, ornamentar con herraduras y cestos... Quizás así por encima no parezca gran cosa, pero sólo para barrer estábamos cinco personas y tardamos cuatro horas. Ahí es nada. Estando ocupada en ese menester (ampollas me salieron) la hija menor de Mr. X me preguntó riendo si me había imaginado así mi boda alguna vez. Levanté la mirada y observé a mis cuñados, sobrinos y amigos currando, intercambiando chistes, haciendo todo eso por nosotros… y le dije que no. Porque hasta que decidimos casarnos nunca había fantaseado con mi boda, mi romanticismo no iba en esa línea, pero no podría haber planeado una forma mejor de celebrarlo y prepararlo. En familia, con amigos. Rodeados de cariño. No way. Ni en mis mejores sueños. Como dice mi suegra, la gracia de meterse en un berenjenal semejante es poder recordar, no solo el día de la boda sino también todas las jornadas previas.

El viernes por la mañana las mujeres de la casa nos pusimos en marcha temprano en la cocina. Cortar quesos, trocear tomates, hervir huevos, desmenuzar pescado… La atmósfera que se generó evolucionó paralelamente a los guisos preparados. Se comenzó en frío y poco a poco se caldeó el ambiente, aderezándose con las primeras bromas, con el fuego y la chispa de los nervios, llegando a un chup chup acompasado sazonado con carcajadas, tropiezos en la cocina, armarios que se cerraban y se abrían, niños y no tan niños mendigando algún resto y, aprovechándose de todo ello, las dos perras de la casa aspirando la comida que caía de nuestras manos en medio del vaivén.

A todo esto llegaron las mesas, sillas, copas y mantelería. Como si de un tablero de ajedrez gigante se tratase fuimos ubicando cada mesa. Cuando parecía que estaba bien, alguien se daba cuenta de que la alineación no era correcta. Vuelta a empezar. Caos, risas, nuevos y desordenados ensayos infructuosos… hasta que mi cuñado M, de voz ultra-potente soltó un grito y los cuadró a todos (no me incluyo porque yo estaba a mi bola ensayando el discurso en un rincón). Mi momento relax del día consistió en una escapada que hice al pueblo con la hija menor de Mr. X. Hacía años que me pedía que la llevase a hacer la manicura. Deseo concedido, manicura para ella y arreglo de pies y manos para servidora. First time in my life. No me extraña que la gente se vicie, coño, que da un gustazo apoteósico ese meneo de los pinreles.

Por la noche, después de una cena en la que se notaban el cansancio y los nervios acumulados, Mr. X acabó al fin los pasteles (desde el primer día decidió que se encargaba él de eso), y a las doce nos pusimos a cortar las porciones para prepararlas. Me sentía como el chaval de Karate Kid. Cortar pastel, coger papelito, poner pastel. Empecé ayudada por mi cuñada, pero nos debieron ver lentas (y agotadas), y pronto dos machos alfa de la manada vinieron a ayudar. Menos mal, porque a ese paso la gesta se prometía interminable.


Último repaso mental a las tareas pendientes. Vistazo de control a todo lo que hemos hecho. Ok. Estamos preparados. A dormir, que mañana es el gran día.




martes, 16 de septiembre de 2014

Wie geht's?


Como explicaba en mi último post, estando mi padre en la UCI nos planteamos cancelar la boda. No sabíamos cómo iban a ir las cosas, y por encima de todo yo me sentía sin fuerzas para seguir con un proyecto que requería energía y estar en un momento más optimista que el que estábamos viviendo. Día a día cancelaba citas relacionadas con el casorio (la prueba de maquillaje, la despedida de soltera...) y empecé a hacerme a la idea de que no iba a poder ser. Un día se lo expliqué a mi padre. Me miró cómo si acabase de aterrizar desde Ganímedes y me advirtió que si se nos ocurría cancelar el bodorrio me las iba a tener que ver con él. Ja. Encima pretendía que le hiciese caso. Mi amigas blogueras, que me animaban vía whatsapp, me aconsejaban que esperase un poco antes de tirar la toalla. Me decían que tenía que obedecer a papi. Yo les argumentaba que si papi había sido tan cabezota como para no ver que tenía que ir a un hospital, su criterio acerca de mis nupcias no tenía lugar. Aprovecho aquí para agradecer de nuevo el cariño que me ofrecieron mis chicas. Las horas de hospital son muuuy largas, y poder compartir esos momentos y echarle unas buenas risas quitapenas se agradece un montón. Del mismo modo, leer a ratos vuestras entradas me conectaba con una realidad más alegre y llena de vitalidad. Ni que decir tiene que la familia y amigos 1.0 también estuvieron ahí apoyando, alentando y pintando un futuro mejor. A pesar de ello yo no conseguía visualizarme con una sonrisa el día de la boda, y esa imagen de novia triste aún me deprimía más.

Durante varios días Mr. X y yo pensamos en qué debíamos hacer. Anular o no anular, ese era el dilema. Finalmente, y dado que mi padre iba mejorando y me daba yuyu enfrentarme a su ira si lo contrariaba (modo irónico on) decidimos seguir adelante con el proyecto boda.

Tras once largos días en la UCI, los médicos decidieron subir a mi padre a planta. Aún tenían sus reservas, pero su condición se había estabilizado y no había motivos para seguir en cuidados intensivos. Mi padre se las prometía felices una vez allí, confiaba en salir en dos días a lo sumo, pero Mr. X y yo no lo teníamos para nada claro. De cualquier modo fue un soplo de aire fresco abandonar esa lúgubre y aséptica área del hospital y yo empecé a respirar y re-emocionarme con la boda. Ah, y mi padre tuvo su codiciada tele.

Durante esos días, por la mañana Mr. X y yo hacíamos las últimas compras y recados pendientes y por la tarde nos instalábamos en el hospital. Así como en la UCI los doctores tenían una hora concreta para dar el parte, en planta nunca coincidíamos con el equipo médico. Mi padre estaba pendiente de una última prueba. Toda la planta (enfermeras, fisios, personal de soporte...) sabía que el alemán guasón de la última habitación se quería pirar YA porque no quería faltar al enlace de su niña. Por eso y porque quería comida decente de una vez. Un martes por la mañana le hacían la última prueba. Mr. X y yo fuimos por la tarde para conocer el resultado del estudio y tras dos horas de espera no aparecía nadie. Fui a preguntar a las enfermeras y me dijeron que el médico había pasado a mediodía y que ellas no nos podían decir nada. Yo, que tiendo a ser demasiado sumisa en ese tipo de circunstancias, acepté sus explicaciones y me retiré a la habitación angustiada. Pero Mr. X... ahhh, amigo, Mr. X sacó esa mala leche que no exhibe a menudo pero que acojona hasta a una servidora y me animó a pedir explicaciones a algún responsable del servicio. Total, que volvimos a salir para hablar con las enfermeras, Mr. X alias poli malo y la menda, poli buena, suavizando a mi iracundo marido. Tras cuatro convincentes frases de Mr. X la enfermera llamó al jefe de medicina interna del hospital. Él vino enseguida y nos puso al día. Quedamos en que hablaría con sus colegas y si todo el equipo médico lo veía conveniente procederían a darle el alta a mi padre.

Aquí voy a hacer un inciso. Hay tantos tipos de médicos como de personas, claro está. No pretendo generalizar ni catalogar a los profesionales del sector, pero madre mía, que bálsamo para el alma es encontrar un médico empático, cercano, cariñoso, que te escuche y que te mire los ojos y al corazón cuando habla.... Que sepa ponerse en la piel del enfermo y de su familia. Así fue el doctor que nos atendió. Una luz en el camino (y eso que no puedo quejarme del trato recibido durante todo el proceso, pero a veces uno se topa con el muro de la burrocracia y le dan ganas de sacar la artillería pesada).
Por cierto, cuando la enfermera a la que Mr. X había reclamado información vino a hacer la cura a mi padre confesó que lo había reconocido de la tele... Se va a ganar fama de veterinario gruñón. Je.
Al día siguiente nos presentamos en el hospital a primera hora para hablar con el comité de sabios. Y esperamos, esperamos, esperamos... sin resultado. De nuevo llamamos vía enfermería a nuestro ángel de la guarda particular (AKA Dr. S) y en cinco minutos estaba con nosotros.
Hablamos con él fuera de la habitación y nos dijo que quizás había habido un pequeño malentendido, que hablaba con sus compañeros y nos decía algo. Nosotros que ya pensábamos que nos íbamos ese mismo día… Vuelta a la ansiedad. Esperamos media hora más y por fin llegó el Dr. S. Nada más entrar en la habitación miró a mi padre y le dijo:
“Wie geht's?”
Y acabó de conquistarme. ¡Ángel de la guarda y encima germanófono! Mi ídolo hecho médico…
Yo no hablo alemán, pero algo pillo. Seguí la conversación entre el doctor y mi padre con el corazón acelerado. El internista explicaba que el comité estaba de acuerdo en "liberarlo", pero no sabían si ese mismo día o al siguiente. Heute vs morgen.
Mi padre juntó las manos en un gesto de súplica enternecedor. Heute, susurraba. Y el médico sonrió y accedió, porque al margen de analíticas, patologías y libros, sabía que la mejor medicina para su paciente era estar con los suyos.
Heute, sentenció asintiendo, y una hora después estábamos en el coche camino a casa. Con un padre ojeroso, débil y delgado que no dejaba de soñar con un plato de jamón.
Faltaban tres días para la boda.





viernes, 12 de septiembre de 2014

Segunda parte


Mmmm… tengo los dedos oxidados. No se deslizan por el teclado con la agilidad habitual. Esperemos que esto sea como ir en bicicleta y no haya olvidado cómo se publica una entrada.

Quizás lo más sensato y práctico sea comenzar donde lo dejé. De otra manera se me hace complicado ordenar los sucesos y sensaciones que me han inundado estas últimas semanas.

Para empezar os diré que la ropa que encargué por internet... ¡Llegó a tiempo! ¡Y les iba bien a los chicos! Ole por la amiga que me pasó el chivatazo. Vale un potosí.

Me despedí explicando que mi padre estaba pochito de salud. No quise en esos momentos ahondar en el tema, pero lo cierto es que estaba muy mal. Mr. X y yo llevábamos semanas con la idea de ingresarlo, pero a teutón cabezota nadie le gana a mi paterno, y hasta que él no se vio tocado no dio su brazo a torcer. Lo que nos sitúa a dieciocho jornadas de la boda. El día que lo llevamos al hospital nos recibió una doctora con mala leche de aires hitlerianos a la que bauticé como “la House” desde el minuto cero. El caso es que haciendo honor a su mote demostró su savoir faire y derivó a mi padre al sitio que le correspondía: la UCI. Los hospitales evocan en mí sensaciones ambivalentes. Por un lado me causan angustia al asociarlos a la pérdida de muchos seres queridos (ese olor a desinfectante que marea al más pintado). Por otro me recuerda a la llegada de Peque a nuestras vidas. Y más allá de todo eso, los hospitales veterinarios y los humanos tienen sus semejanzas, y me despiertan curiosidad y ganas de aprender de una profesión que podría haber sido la mía si en la primera casilla de la ficha que rellené antes de la selectividad finalmente hubiese escrito medicina en vez de veterinaria.

Sea como sea, visitar a tu padre en la UCI es una experiencia que te remueve. Esa persona que recuerdas siempre fuerte, llevándote a su espalda en la piscina en verano, aconsejándote, advirtiéndote, moldeando tu personalidad… es ahora un ser débil, enfermo y conectado a cables y monitores. Bueno, y soberanamente aburrido. Que dejar a mi padre sin tele es la peor tortura a la que se le puede someter.

Durante mi última semana de trabajo me escapaba a diario del curro treinta minutos antes para poder llegar a las horas de visita, hablar con el médico de turno (muchas veces acompañada de Mr. X, qué suerte tenerlo a mi lado para poder estrujarle la mano en los días difíciles) y hacerme una idea de la situación. Cada vez que traspasaba las puertas de la clínica notaba una ligera pero evidente taquicardia que me demostraba que tranquila lo que es tranquila, no estaba.

Y así, sin poder evitarlo, empezamos a plantearnos que seguir adelante con la boda no era un plan viable.




PS: Pedazo cliffhanger me he marcado… Pero yo no sirvo para autora de Best Sellers, que me da penita dejaros con el mal rollete. Siguiendo con la jerga, ahí va un spoiler. Sí hubo boda. :)






jueves, 7 de agosto de 2014

Imprevistos


Es un clásico. Cuando te crees que ya lo tienes todo controlado, zas, surge algo imprevisible. Bueno, en este caso previsible lo era, peeero, la menda no estuvo al quite.

Resulta que esperando para mi última prueba del vestido, decidí pasarme por un par de tiendas para elegir qué modelito le compraba a Peque y su hermano. Ya habíamos visto algunas cosas interesantes y era más que nada para elegir A o B. Entro toda decidida en la tienda y ni A ni B ni leches, todo lo que veían mis ojos era ropa de otoño. ¡Otoño! ¡En julio! Sí, quedaban algunos restos miserables de ropa de verano, pero ni de coña algo remotamente válido para una boda. Tragué saliva y me fui a varias tiendas de la zona. En todas partes la misma película. Horror. Las dependientas me decían que lo de verano se había agotado, que con suerte algo quedaría de venta online, pero que tenía que darme prisa. Vivimos en un mundo de locos, está claro.

Con los ánimos decaídos me encaminé a la prueba del vestido intentando pensar cómo solucionar la cosa... Por una vez no tuve que esperar tres cuartos de hora a que me atendiesen (¡bien!), y el vestido estaba acabado (¡rebien!), aunque al final había un pequeño recargo por una blonda (no tan bien... aunque me habían avisado, que conste). El vestido es una hermosura, qué voy a decir yo... Me puse mis zapatitos, mi roba interior bodil y procedí a ajustarme el vestido. Maravilloso. No me podía subir la cremallera y le pedí ayuda a la encargada. La cremallera que hasta entonces había subido de un tirón limpio se quedó encallada a medio camino. No porque fallara el mecanismo, sino porque la pobre mujer estaba haciendo esfuerzos ímprobos para subirla. Si en algún momento de mi vida me he parecido de refilón a Escarlata O'hara fue en ese momento, y mi oronda ayudanta encarnaba muy bien a Mami tratando de embutir carnes en el corsé. La mujer me hizo recolocar la espalda y finalmente lo logró, con la frente perlada de sudor y una sonrisilla de circunstancias diciéndome que tenía que perder un kilito antes de la boda... Vamos, que como no lo pierda me tendrán que meter en el vestido con calzador. De todas formas, habiendo hablado del tema con varias novias, veo que es algo relativamente común... Si hay alguna modista en la sala ya me explicará el misterio...

El problema de la ropa de los niños lo he solucionado haciendo una compra online a una tienda que me recomendó una amiga. Cruzo los dedos porque llegue a tiempo y sobre todo, porque les vaya (porque lo de las tallas, dado las pocas que quedaban, me lo he tenido que saltar un poco a la torera, ejem...).

De todas formas, todo esto son anecdotillas. Lo malo de esta historia es que mi padre anda pachucho y estamos todos bastante preocupados. Así que voy a andar concentrada en proporcionarle toda la energía positiva que pueda para que el hombre se me ponga bueno. Si tenéis a bien enviarme una poquilla os lo agradeceré eternamente.

Quizás ya no escriba hasta después del bodorrio, chi lo sa? A las que tenéis vacaciones, disfrutadlas a tope, a las que no, la rutina no es tan mala como la pintan... Un beso grande a tod@s.





miércoles, 30 de julio de 2014

El ATV dicharachero y la boda Juan Palomo


Para los profanos en la materia un ATV es Auxiliar Técnico Veterinario.

No, mi jefa no ha contratado un mozalbete guapetón para que me eche una mano (o las que haga falta) en mi curro. Lo he parido yo.

Antes se sabía que había llegado el verano porque la Obregón salía en bikini. Cuando dejó de hacerlo, sólo con notar el calorcillo ambiental ya me percataba de su aparición sin necesidad del espectáculo de la bióloga -lista que es una-. Hoy en día sé que ha hecho comparecencia mi época preferida del año porque mi hijo tiene tres meses de vacaciones, yo uno y muchos días no tengo plan para él, ergo, me lo llevo al curro. Para posado estival el que se marca Peque con el felino de turno (anda que no le molan los gatos, si el padre no fuese alérgico ya teníamos una colonia en casa...).

Pero además de jugar con los animales que tienen a bien pasar por mi consulta, Peque ha decidido motu propio ser mi ayudante. Sin ir más lejos, hace dos días, mientras yo le sacaba sangre a un maltés algo pocho, Peque se acercó a observar la escena. Cuando acabé me di cuenta de que me había dejado los tubitos en otra mesa y le pedí a mi niño que me los acercase. Ya puestos, le expliqué que uno de los tubitos que había rellenado se debía girar suavemente y él se concentró en la tarea.

Peque: ¿Y por qué este tubito se ha de mover?

Yo: Para que se mezcle con una sustancia que lleva dentro y no se coagule la sangre.

Peque: ¿Qué cosa lleva dentro?

Yo: Una cosa que se llama EDTA (si le digo ácido etilendiaminotetraacético lo dejo frito allí mismo...).

Peque: ¿Y qué es cogularse?

Aquí empezó mi breve disertación sobre las analíticas, las coagulaciones y las diferentes líneas celulares que pueblan nuestra sangre, de lo cual no sé si pilló algo, porque ánimo de emular a Érase una vez el cuerpo humano hubo, pero a saber si logré transmitirle la información. Justo estos días leía un post de Caminem plegats que versaba sobre los mismos asuntos.

De pronto me di cuenta de cómo se está forjando su infancia. Si la mía estuvo rodeada de frascos de pintura, pinceles y los dulces que horneaba mi padre, la suya transcurre de la mano de bichos de lo más variados e instrumental médico diverso. A él no le asusta ver sangre o heridas, se acerca con la misma tranquilidad a un perro y a una pogona y no le extraña que sus padres se pongan a fotografiar insectos cada vez que uno se cruza en su camino. Sólo el tiempo dirá si esta influencia determina su futuro o se queda en un pintoresco pasado que relatar a sus amigos. Pero sea como sea estamos pintando sus recuerdos, y cuando uno se da cuenta de lo grande que es eso para cualquier persona se pregunta si lo estará haciendo bien.

Pasando al monotema (AKA La Boda), parece que todos los asuntos pendientes se encarrilan a buen ritmo para mi paz mental. Hace unos días tuvimos una estupenda sobremesa con la familia de Mr. X y otras personas implicadas en el casorio determinando el timing del evento y quién sería responsable de cada cosa. Fue uno de esos momentos mágicos que quedará grabado en mi memoria. Tanto por lo agradable de la reunión, llena de risas, ideas y el cosquilleo de la anticipación, como por lo estéticamente bello del instante. Nos bañaba el sol de la tarde, el jardín que nos servía de escenario estaba pletórico de flores, y la temperatura era inmejorable. Y me gustó recrear cada minuto de ese día que cada vez está más cerca... Eso sí, aquí pringa todo el mundo, menos mal que lo hacen con alegría, es lo que tiene montar un sarao de estas dimensiones sin recurrir a empresas especializadas...

Y así, poco a poco, como un buen puchero, se va cocinando nuestra boda Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.




jueves, 17 de julio de 2014

Con estas manitas...


No sé si os acordáis de un anuncio del Paleozoico en el que una niña hacía maravillas con su Tricotosa... La frase que recitaba la prota (que es la que titula esta entrada) era tan épica que se convirtió en un clásico en nuestro humilde hogar, y en un chiste personal entre mi madre y yo. Si una alucinaba con el arte de la otra a la hora de confeccionar cualquier cosa, lo primero que soltábamos era el consabido eslogan...

Hoy hace siete años que falleció mi madre. Los hijos pequeños de Mr. X, que la conocieron, ya no la recuerdan. Peque ni siquiera tuvo esa suerte. Yo la evoco cada día. Pensaba que el tiempo borraría sus gestos, sus bromas, los detalles de su piel... pero en esta ocasión la memoria ha sido benévola conmigo y puedo rememorarla sin ninguna dificultad. Diría incluso que lo hago con más intensidad cada año que pasa, porque poco a poco descubro más ademanes suyos en mi forma de moverme y mi físico muta sutilmente para ir pareciéndome a ella. No sólo yo lo he notado, también los que me rodean. Y me encanta.

Estoy leyendo "La ridícula idea de no volver a verte", de Rosa Montero. Ha sido todo un descubrimiento. Habla de la muerte, del duelo, del dolor, de la reinvención del que sobrevive y de la alegría de existir. Cuando alguien escribe tan bien sobre los sentimientos humanos como Montero uno no puede dejar de sorprenderse al ver tan acertadamente retratadas sensaciones que consideraba únicas. Qué similares somos. Y qué diferentes a la vez.

En cualquier caso, este no es un post triste, o no pretende serlo. Resulta que aunque no tengo a mi madre conmigo en la preparación de esta boda, por suerte cuento con la madre de Mr. X, que es una mujer llena de ideas creativas para personalizar un sarao y hacer de cualquier evento el más precioso y particular. Vamos, que es un gurú del DIY. En mis meses de planificación bodil he visitado montones de webs rescatando ideas molonas, pero andaba un poco a la deriva. De pronto, mi suegra se activó y comenzó a proponerme cosas, ayudándome con la decoración y buscando material en tiendas mil. Como ya se nos está echando un poquillo el tiempo encima, ahora estamos ella y yo mano a mano en nuestra propia cadena productiva.

Atención que van spoilers, si eres un invitado de la boda y quieres que la sorpresa lo sea, no sigas leyendo (se siente). Lo primero que hicimos fueron los detallitos para los invitados. Son unos puntos de libro con una frase acorde con el evento y unas flores secas. Todito hecho por nosotras. Aquí la menda se tiró una semana pensando qué frases quería poner. Después las transcribí intentando que mi letra fuese legible (cuánto daño hicieron los años bisiestos de tomar apuntes en la facultad, la leche) y más tarde buscamos flores. En los campos que rodean la casa de mi padre. En los jardines a la vera de nuestras casas. En los parques de camino a cualquier trayecto que tuviésemos que hacer. Unas frikis bolsa de plástico en mano recolectando pétalos llamativos.

Una vez conseguidos los ejemplares, los prensamos y desecamos moderadamente (previo descarte y liberación en la naturaleza de la miríada de bichitos que los acompañaban).

Y hala, a crear se ha dicho, seleccionando las florecillas más notables y componiendo un motivo equilibrado para pegarlo en la cartulina.

Eso, ciento y pico veces.

Ahora andamos metidas en el proyecto "cartelito para el nombre". Mi suegra ha hecho un dibujo la mar de apañado, lo mandó imprimir y llevo toda la semana tijeras en mano recortando la figurita de marras (no me quejo, este tipo de trabajos manuales, a pesar de ser repetitivos, me pirran y desestresan a la vez). Cualquier momento es bueno para recortar: después de cenar viendo un poco la tele, mientras se cocina la cena, esta mañana mientras Peque acababa de desayunar...



Y el orgullo de ver el resultado no tiene parangón. Sí, mamá, "con estas manitas...".







miércoles, 2 de julio de 2014

Popurrí


No se me ocurre un título más adecuado dado mi estado de enajenación mental, mis ganas de hablar de mil cosas y de ninguna en concreto y el poco tiempo que tengo para ello (este mes me sube el curro como la espuma, cosa que por supuesto me gusta, no voy a ser yo quién se queje, pero dejar mi mente a la deriva con tal batiburrillo de ideas en ebullición es cuanto menos peligroso, que no os pase nada si decidís seguir adelante y leer mi diarrea cerebral).

Cerebral, eso me ha hecho recordar unas conversaciones con Peque. Si ya lo decía Picasso (era él, ¿no?) que la inspiración existe pero te ha de pillar trabajando... Resulta que el calor le está escaldando los ánimos a mi churumbel a fuego rápido y no hay día que no tengamos una rabieta. Intentaré ser breve para no irme por los vericuetos de mis pajas mentales sobre la crianza. Me mola Jové, González y compañía. Me mola ser empática, paciente, acompañar y respetar a mi hijo, me mola sobre todo cuando leo sobre ello en sus maravillosos artículos desde la paz de mi sofá y me imagino a mí misma en un estado zen digno de haberme fumado algún hierbajo sospechoso. A la práctica muchos días me cago en San Petersburgo (es una cagalera de cosecha propia que a mí me relaja) y me pregunto cómo serán los hijos de todos estos idolatrados autores... porque en mi casa habita un niño de cuatro primaveras que a veces me torea como quiere. Y si bien trato de mantener la calma y alejar al monstruo del conductismo, otras veces me dejo llevar porque no me queda otra para controlar a mi hijo, que con tanto taco y reto a la autoridad paterna que se gasta comienzo a ver cercano nuestro ingreso en Hermano Mayor. Conclusión: esto de criar es un camino con múltiples cambios de rasante, adaptaciones al medio hostil y comeduras de coco interminables.

Ah, lo del cerebro, que no lo he explicado... En uno de los arrebatos de Peque le intenté explicar, por aquello de variar un poco el discurso, que él es un tipo majo y cariñoso, pero a veces tiene un cortocircuito cerebral, se le funden los plomos y la lía parda. Desde entonces cuando Mr. Hyde aparece me argumenta a posteriori que su "celebro" es el culpable. Hala, y sin quejarse, que yo misma fui la que le proporcioné la excusa ideal.

Por supuesto también nos queda tiempo para las crisis existenciales, en el lavabo para más señas y cuando yo me estaba dando una capa de máscara de pestañas por la mañana:

P: Mami, yo no quiero ser una persona. Quiero ser una planta.

Yo: ¿Una planta? ¿Por qué?

P: Porque no me quiero morir.

Acabáramos. Un tema más ligerito no podía escoger para empezar el día.

Yo: Pero cariño, las plantas también se mueren... Todo lo que vive, muere. Para no morir no has de estar vivo, has de ser una cosa. Como esto -digo señalando mi Rimmel-.

P: Pues quiero ser eso.

Peque quiere ser Rimmel L'Oréal, porque él lo vale.

Aunque para satisfacción de la menda, ese momento en que tras estar empanada viendo algo en la tele me giro riendo por alguna tontería y Peque me mira y me dice: “Mami, con esa sonrisa estás muy guapa”. Claro, sencillo, y directo al corazón.

Pero no sólo de pan vive el hombre y no sólo de Peque se alimenta mi existir (aunque digamos que gana por goleada). Ahora mismo mis elucubraciones, citas pendientes, notas en la agenda y misiones clandestinas tienen un objetivo claro. Sí, ése, ése. LA boda (LA porque es mía, más que nada).

Me estoy volviendo loca. Por pasos, pero sin remedio. Las noches son muy divertidas. En mi penúltimo sueño descubrí que mi vestido de novia era de rejilla blanca con diadema de flores y velo kilométrico. Muy a lo Cicciolina en sus mejores tiempos. De nuevo –eso es recurrente- me fallaba el maquillador y aparecía con ojeras colganderas y cara de susto en la ceremonia. Resultado de eso al día siguiente llamé sin más dilación al que será mi maquillador y peluquero, que es un buen tipo del que me sobran excelentes referencias, pero que es algo neurótico (por ser MUY diplomática). Me explicó su modus operandi y quedamos para dentro de unas semanas. En su casa. Tengo miedo.
Y en esas que voy y recuerdo que yo tenía un blog, y que no escribo desde el precámbrico. Y eso me jode, porque me gusta escribir, me libera de mis neuras, me da alas y gustirrinín. Vamos, que yo lo que quiero es ser escritora (editoriales, venid a mí). De esta parte del post, monomaníaco donde los haya, voy a culpar a mis amigas blogueras, que han formado algo así como mi club de fans y dicen que para cuando el libro. Ganas no faltan, de lo que andamos escasos es de tiempo y estoooo... ¿un hilo argumental? Que sí, que sí, que yo para divagar sobre mis chorradas aún me apaño, pero más allá... Y a mí lo que me pone es ese más allá. La típica historia de chica escribe novela, la presenta a veinte editoriales y se la rechazan en todas hasta que un avispado editor ve el filón, publica la obra, exitazo al canto y traducción hasta en swahili. Se nota que estoy leyendo “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Esto, me dice la azafata de vuelo que vayamos preparándonos para el aterrizaje, que toca posar los piececillos en la realidad y que no me preocupe, que todo esto son efectos secundarios de LA boda. Supongo que tendrá razón.

Digo yo.

Esperemos.






miércoles, 11 de junio de 2014

3.0


Podía decirse que tengo tres tipos de vidas. La 1.0 es la de currar, ir a comprar el pan, hablar con la gente en directo, hacer cosquillas y dar besos. La 2.0 de sobras sabemos que la conforman nuestras redes sociales y relaciones virtuales. La 3.0 para mí es la que se comprende entre que cierro los ojos por la noche y los abro a regañadientes cuando suena el despertador al día siguiente.

Y la 3.0 me está jodiendo a base de bien.

En el fondo tanto lío para hablar de mi estrés pre-boda. O no estrés. Porque en la vida 1.0 lo llevo divinamente, a pesar de que las semanas pasan volando y las decisiones brillan por su ausencia. La hija mediana de Mr. X me decía el otro día que se me veía muy tranquila, y yo asentí campechanamente, porque así es, o eso creía (me explico como un libro cerrado, soy consciente).

Pongamos un tema tipo para ilustrar mi situación actual. Los platos. ¿De dónde sacamos los platos? En principio hay dos opciones básicas, lo hablo con Mr. X y nos decantamos por una, pero luego hablo con mi suegra y se le ocurre una tercera opción, que a Mr. X no le parece mal, pero entre que se lo digo, no se lo digo, blablabla, la cosa sigue en el aire (nótese que he resumido un proceso que ha llevado como dos semanas y multiplíquese ahora por mesas, sillas, vasos y cubiertos).

Yo no soy mucho de pesadillas (si obviamos las recurrentes en que me falta un examen para acabar la carrera, ergo estoy ejerciendo ilegalmente). Pero cuando algo comienza a alterarme, los sueños son los primeros en dar la señal de alarma. En mi sueño de hoy yo estaba con los invitados, en una especie de pre-party dándolo todo y bailando coreografías contemporáneas de mi amiga V (es bailarina). Con el vestido de novia puesto. Me miraba en un espejo y descubría que estaba todo arrugado. Algo no muy grave si tenemos en cuenta que el traje era un híbrido entre los modelitos de Abba y los de Madonna, con una coulotte bordada en oro hortera a más no poder. Además apestaba a sudor y tenía el pelo recogido en un moño descompuesto por los meneos. Acto seguido alguien me informaba de que la ceremonia iba a empezar. Me desesperaba buscando al maquillador y nadie me hacía caso. Llegaba a mi propia boda echa una loca histérica tirándome de los pelos. Bien por mí.

De estos ya llevo unos cuantos, con todas las variantes habidas y por haber (el vestido no está listo, la comida se pudre el día antes de la boda, llega un tifón...).


Pero oye, en la 1.0 yo lo llevo divinamente.




miércoles, 21 de mayo de 2014

Mrs. X


Adivina, adivinanza... ¿Qué hicieron un lunes por la mañana Mr. X, su madre, mi padre, Peque y servidora en los juzgados de la ciudad? No, no preocuparse, no nos hemos metido en ningún embrollo... o quizás sí, según se mire. Resulta que tal mezcla de progenitores y descendientes se reunieron ante la jueza del lugar para proceder al enlace matrimonial entre Mr. X y la menda. No os volváis locos haciendo cábalas, el bodorrio, the big one, sigue siendo en verano, pero el papeleo se perpetró esta semana.

Todo empezó el lunes a las ocho treinta AM en casa de mi padre, en las afueras. Sonó el despertador y Mr. X saltó de la cama diciéndome que si eso iba cargando el coche para ponernos en marcha. Que estrés de hombre por favor, ni el conejito de “Alicia en el país de las maravillas”. Yo estaba muy zen, echando mi partidita de Apalabrados en la cama antes de poner el pie en el suelo. Otra cosa será verme el día del bodorrio. Ahí no prometo nada. Ya me entra cagalera y pánico escénico sólo de pensarlo, pero ahhhh, bonita, haberlo pensado antes de invitar a 130 personas y redactar un discurso que sabes (porque lo sabes) que serás incapaz de dar sin liberar las Cataratas del Niágara vía ocular.
Pero bueno, el lunes yo iba en modo “no-problemo man, take it easy”. Por suerte los astros se comportaron y el camino al registro civil fue como la seda. La fauna y flora allí congregada era digna de estudio. Unas quince parejas esperando a dar el sí quiero, y la mayoría (curioso, curioso) con críos de por medio. Los modelitos nupciales eran de lo mas variopinto, empezando por mí, que iba con tejanos y una blusa blanca. A partir de ahí lo que tú quieras y mucho mas. Éramos los quintos de la lista y llegamos puntuales a la cita (para alivio de Mr. X), pero aún no se habían casado los primeros, así que imaginamos que la cosa iba para largo. Horror, porque Peque lleva unos días en plan Mr. Hyde (pero Hyde, Hyde, qué cabrona es la crianza algunas veces...). Nada más llegar y pasar el arco de seguridad se tiró al suelo, chilló, pataleó... Todo al más puro estilo engendro diabólico de Supernanny. Menos mal que esa mujer no pisará mi casa jamás de los jamases o estaríamos en todos los zappings del país… Mi estado zen peligraba, pero Mr. X sacó su faceta circense y se puso a hacer cabriolas con Peque. A mí la gente me miraba un poco raro, y mi suegra me hizo ver que era por el bebé de plástico que llevaba en brazos agarrado de cualquier manera, un muñeco que Peque heredó de sus hermanas y que de real que parece da hasta grima, con sus rictus de recién parido cabreado con el mundo. Si la gente pensaba que era un bebé de carne y hueso la estampa no podía ser más surrealista.

Empezaron los casorios y el fotógrafo que amablemente nos retrató por seis euretes nos dijo que no nos agobiásemos, que eran cuatro minutos por boda. Pensé que exageraba el hombre, pero que va, un cuarto de hora después ya nos tocaba. Ahí comencé a notar mariposillas en el estómago. Nos hicieron sentar a los cuatro en sendas sillas y Peque aguantó en mi regazo cerocoma, tras lo cual pasó a botar de un lado a otro ante la mirada reprobatoria de la magistrada. Como la jueza –más bien siesa la pobre mujer- había emprendido su discurso legal, por salud mental decidí concentrarme y hacer como si no viera los desplantes de mi churumbel y por suerte él, que llevaba un mono de parque encima de aquí te espero, decidió claudicar y observar el espectáculo desde una silla lejana sin volver a intervenir. Llegó mi momento estelar y pronuncié el famoso “sí quiero”. Bueno, dije sólo sí, que era una boda exprés y había que economizar palabras, pero tal cual lo dije brotaron unas lagrimillas furtivas de mis ojos. Si con ese percal me emocioné, el día del bodorrio voy a ser todo un espectáculo.


Cuatro minutos después firmamos los contrayentes y testigos allí congregados y me convertí, oficial y felizmente, en la flamante Mrs. X.





jueves, 10 de abril de 2014

Esto no está hecho para impacientes


Suelo presumir de paciencia entre abundante y superlativa, pero me he dado cuenta de que ya puedo ir redefiniéndome.

Ayer tocaba prueba del vestido. Me levanté de buen humor y con muchas ganas de ver el resultado, que con el tiempo que ha pasado desde que me lo probé ya casi no me acuerdo de cómo era...(miento como una bellaca, me lo sé de memoria).

Por la mañana recordé coger mi súper sujetador nuevo, comprado ex profeso para conjuntar debidamente la ropa interior de una novia glamurosa. Que por cierto, ya ha pasado por la lavadora, no porque fuera mi intención sino porque la hija de Mr. X quería echarle un vistazo y se olvidó de lavarse los pegotes de mantequilla que llevaba en las manos antes de hacerlo (no comments). Ahora mismo la niña tiene una orden de alejamiento de dos metros de mi armario.

Pregunta filosófica básica: ¿me llevo a Peque a la prueba o le busco un plan B? Como en realidad a mí me va el riesgo, decidí llevármelo.

La hora convenida eran las seis de la tarde, y salimos con tiempo mi suegra, Peque y yo de camino a la tienda. Ya durante el trayecto la cosa prometía. Peque, que suele disfrutar de los paseos vespertinos, andaba como un gremlin (de los chungos, por supuesto) exigiéndome ir a casa o en su defecto al parque más cercano. Yo repetía mi mantra "voy a ver el vestido-voy a ver el vestido-voy a ver el vestido" para no desfallecer en mi gesta y tratar de consolar-motivar a mi churumbel para disfrutar de la experiencia. Podría haberlo sobornado con la promesa de algún juguetito, pero hemos abusado de esa treta recientemente y ya se sabe que al final el chantaje continuo pasa factura y no en mi favor precisamente.

Cuando llegamos a nuestro destino casi se me cae la mandíbula al suelo rollo dibujos animados al ver la cola de gente que esperaba. Y eso que teníamos hora. ¿Pa qué? Pa cagarla, como se suele decir. Porque es cagarla, y mucho, tener a un niño de casi cuatro años con mono de parque en un sitio en el que todos hablan bajito, se mueven con delicadeza y hay montones de vestidos caros que no se pueden tocar. Eso sin hablar de mi suegra, que la pobre está convaleciente de una pequeña cirugía y lo que menos le convenía era pasarse media hora de pie. Empecé a hiperventilar, a sudar como una cerda (nota de la veterinaria: los cerdos no sudan, tenía que decirlo) y evocar mi mantra para relajarme. Peque me miraba con rencor absoluto como sólo un yonqui de los parques en pleno síndrome de abstinencia podría hacerlo, y por suerte lo tenté con un trozo de bocata y picó. Eso sí, yo andaba detrás suyo como Hansel y Gretel recogiendo todas las miguitas que dispersaba. Qué duro es el oficio de madre. Mi suegra aguantando el tipo, la de la tienda disculpándose por el retraso, yo a lo mío entre el mantra y las migas de pan. He de decir que buena parte del retraso se debió -no me cabe duda- a las exigentes clientas que nos precedían. Que si ahora un fular, que si ahora este color combina mejor con este o con el otro (uy no, ese azul no que es el de las damas de honor...). En comparación me doy cuenta que soy de decisión fácil...qué agotamiento. Eso sí, llevaban en brazos un bebote de no más de tres meses que era una ricura. Y eso que dejaba una estela de olor a mierda que tiraba para atrás (hasta que las mujeres se coscaron).

Pero yo iba a ver mi vestido, no hay dolor.

Por fin, tres cuartos de hora después, con la madre de Mr. X sin saber ya cómo sentarse, Peque haciendo el mico de una columna a otra, y yo con un tufillo axilar sospechoso, fuimos convocadas al vestidor.

La modista me hizo pasar al probador y me dijo: "Ahora mismo te traigo el forro, que hoy sólo hacemos prueba de esa parte". Y mientras se iba yo pensaba..."¿el forro?, ¿el forro?, ¿todo esto por el forro?, ¿por un puto forro?...". La parte en la que blasfemaba (más, quiero decir), si eso, me la salto.

Pero bueno, en honor a la verdad debo decir que era un forro maravilloso.

Eso sí, me quedan tres pruebas. Tres. Y la próxima dentro de un mes y medio. A este paso la paciencia no me llega al día de la boda. He dicho.









miércoles, 19 de marzo de 2014

Quien me ha visto y quien me ve


Lo de casarme siempre me ha hecho ilusión de una forma un tanto relativa. Me explico. Me gustaba mucho la idea de casarme con Mr. X, pero no tenía para nada la necesidad de montar un bodorrio. Con una fiesta con amigos y familia me conformaba. En qué momento esa idea happy-flower ha mutado y todo se me ha ido de las manos, lo desconozco.

Ayer me pasé cuatro horas de reloj navegando por foros nupciales. Hasta estuve tentada de darme de alta en uno de ellos para poder cotillear los vestidos de las usuarias, y ahí me di cuenta de que había sucumbido de la forma más flagrante a la maquinaria bodil.

Para empezar, el vestido. Primero pensé en reciclar uno veraniego que tengo y que encanta. Pero enseguida recapacité y decidí que lo mínimo era estrenar alguna cosilla molona. De ahí pasamos a empezar a considerar un vestido blanco...(aberración absoluta para mi feminista amiga V, que tiene claro y meridiano que ella se vestirá de rojo). El sencillo vestido blanco que tenía en mente ha acabado siendo un vestido de novia. Pero de novia, novia. Aquí no nos andamos con chiquitas. Hasta blonda y gasa tiene el vestido, no digo más.

Para el ramo, me imaginé paseando por el campo y recogiendo algunas florecillas silvestres para hacer una apaño, todo muy bucólico pastoril. Mi amiga Tata me dijo que y una mierda, que con un vestido tan bonito necesitaba un ramo como Dior manda. En ello estamos (bueno, en ello está, que se ha ofrecido a regalármelo y yo ya estoy que me muero de gustirrinín imaginándomelo).

Las invitaciones...Podría haber cogido el teléfono y avisar y confirmar al mismo tiempo, pero ya puestos...pues nos lo curramos un poco. Hoy le estaba dando las últimas pinceladas al tema después de buscar en Google Maps las coordenadas del sitio donde lo celebramos para incluirlo en el texto. Tres semanas me ha llevado diseñar la puñetera invitación.

Y de pronto me doy cuenta de que "sólo" quedan cinco meses y una semana. Y de que tengo que buscar la empresa que me alquile la vajilla (lo de los platos de plástico ha quedado en el olvido), que tengo que pensar cómo coloco a los invitados...Coño, que me falta decidir de dónde consigo las mesas y las sillas. Y un detallito mono para los invitados...Y el photocall, que hoy en día si no hay photocall no es una boda ni es nada...

Y encima me está entrando el pánico escénico. Que una cosa es imaginarte una comida un poco a lo grande y otra muy diferente que la menda tenga que hacer su aparición estelar con el modelito elegido rezando para que mientras mira a los ciento y pico invitados no se abra el dique que contiene los litros de lágrimas que mi ser es capaz de emanar...A todo esto...¿qué hago con mi pelo?

Os dejo, que tengo que elegir si el papel de la invitación lo compro en naranja nectarina o verde lima...



martes, 4 de marzo de 2014

El vestido


Yo, hace quince días, llamando a LA tienda, para pedir cita y probarme vestiditos sabrosones de novia:

-"Es para saber si puedo venir mañana...".

La dependienta: "Uy, mañana está lleno, ya tendría que ser para dentro de una semana...".

Yo: "Bueno, no hay problema, falta mucho tiempo para la boda, es en verano".

Ella: "Ya...pues la verdad es que no es mucho tiempo. Venga, te doy hora para el sábado y lo hablamos".

Colgué el teléfono con un temblorcillo sospechoso y canturreando como una psicópata mi mantra: no estoy estresada-no estoy estresada-no estoy estresada (algo debe funcionar, digo yo).

El día D a la hora H me presenté en la tienda T acompañada de las dos hijas de Mr. X y de mi amiga T. En aras de mi anonimato y esas cosas, no voy a hacer publicidad de la tienda, pero vaya por delante que se la merecen y mucho. La chica que me atendió fue encantadora, exhibió una paciencia infinita ante las peculiares propuestas de la peque de Mr. X y me sacó todos los modelos habidos y por haber para que yo pudiese verme con cosas diferentes. Menudo momentazo cuando me hicieron subirme a una pequeña plataforma para ir ajustándome los vestidos con mis acompañantes de público selecto. Mi amiga A me preguntó si era como en el programa de la tele. Creo que hace meses vi uno de refilón...y se parecía, pero a la española, que mola más. Eso sí, me hicieron calzar unos zapatos para ver el efecto final y yo, que tengo pies de liliputiense, podía bailar un mambo dentro de ellos. No todo puede ser perfecto...

En los días previos a la visita, había oído todo tipo de comentarios, tales como "no vayas con una idea muy fija porque te decepcionarás", "no te frustres si no te gusta ningún vestido, hay más tiendas", "cuando te pruebes EL vestido lo sabrás porque llorarás". Pues bien, lo cierto es que no ocurrió nada de eso.

Respecto al primer axioma, he de confesar que yo iba con una idea clara de vestido muy, muy sencillo y el que finalmente me enamoró no tenía absolutamente nada que ver. Ni por el escote, ni por los tirantes...nada.

Respecto al segundo, tenía mucha fe puesta en esta tienda y no me decepcionó ni una miajita. Si mi suegra opina como yo cuando vaya a ver el modelo que he elegido, no pienso devanarme los sesos buscando otras opciones.

Y lo de llorar...pues no lloré (mi amiga T sí, ¿eso cuenta?), pero al día siguiente me desperté con la imagen de la menda enfundada en mi fabulosísimo vestido de novia. Pa mí que eso vale los mismos puntos que llorar.

Creo que habemus vestido.


jueves, 20 de febrero de 2014

Poniendo fecha


Anteayer fue un día insigne en la historia vital de esta, mi familia. Vaya, que nos fuimos a los juzgados para concretar cuando pasamos Mr. X y la menda a ser un matrimonio legal más allá del arrejuntamiento que nos llevamos.

De momento la burocracia no se digna a ofrecerme unos obstáculos sabrosones que relatar con gracia y desenvoltura. Cumple con rigurosa puntualidad y encima los funcionarios siguen siendo de lo más cordiales y eficientes. De la funcionaria que nos atendió venía yo a hablar. Era una mujer de melenita canosa, mejillas regordetas y semblante risueño. Nos recibió con una sonrisa de esas que te hacen sentir que todo fluirá sin inconvenientes (¿debería haber sospechado entonces?). Nos hizo firmar tropecientos papeles y confirmamos el día de nuestro enlace civil. Anda que no hay cola, nene. Después nos explicó que nuestra solicitud no será en firme hasta dentro de unos días, cuando el fiscal compruebe que no hay impedimentos a la vista (esta parte me hizo sonreír, imaginando que en una peli de espías justo aquí habría un giro del argumento en el que se descubriría el pastel y que mi futuro esposo o yo tenemos un pasado oscuro como agentes de la KGB...definitivamente no me sienta bien ir a los juzgados de buena mañana). Cuando ya nos íbamos a ir, la sonrisa de nuestra administrativa se tornó algo más pícara, y mirando a Mr. X con cierto ¿fervor? le soltó: "Supongo que te lo deben decir muchas veces, pero es que....¡¡¡me encanta tu programa!!!...siempre lo vemos en casa con nuestra gatita delante del televisor...". Mr. X a estas alturas estaba de un favorecedor color granate y farfullaba alguna frase para su inesperada fan. No, Mr. X no "tiene" un programa, pero sale a veces en uno de la tele de estos lares, y en épocas de emisión, como es la actual, de vez en cuando nos acontecen anécdotas similares. Yo pensaba que la mujer le iba a pedir un autógrafo y todo, pero no llegó tan lejos la cosa (y bien pensado, sólo tiene que hacer un corta y pega de las veinte firmas que Mr. X dejó estampadas en el expediente matrimonial).


Próxima estación: cómo buscar una aguja en un pajar, o lo que es lo mismo, un vestido de novia.






viernes, 18 de octubre de 2013

La no proposición


Me preguntaba el otro día Nenica cómo me había pedido Mr X que nos casásemos...En ese momento escurrí el bulto, pero creo que es una historia que merece ser contada.

En realidad yo hacía unos años que daba la vara con eso del bodorrio. Más o menos las conversaciones eran del tipo yo preguntando: "¿Y cuándo dices que nos casamos?" y él contestando: "Cuando llevemos los mismos años viviendo juntos que los que llevaban tus padres antes de casarse..." (es decir, dieciocho...menudo ejemplo). Ya era una especie de juego del gato y el ratón, hasta que un día, a finales de verano, su respuesta cambió de pronto y dijo: "Pues el año que viene, ¿no?". Hala, y se quedó tan pancho. Yo ojiplática y él pidiéndome que le pasara la sal. Se lo hice repetir para asegurarme, y cuando ya fue notificándolo a sus familiares vi que iba en serio...Así que estaba feliz como una perdiz, pero claro, como buena fémina que soy, necesitaba una dosis de romanticismo, que explicado así queda mu soso, y le pedí que un día se lo currase un poquito más y me lo pidiera de forma "oficial". Él dijo que vale, y yo a esperar.

Hace algunas semanas, un sábado si no me equivoco, Peque y Mr X se fueron a hacer la compra. Al volver, una de las bolsas que llevaba mi prometido me pareció sospechosa. La abrí con cierta cautela mientras él sonreía y de pronto unas antenas tililantes asomaron a modo de saludo. Casi me caigo de culo. Eran dos bogavantes bien vivitos y coleantes (y nunca mejor dicho). Madre del amor hermoso, qué sofocón. Mr X sabe que no soporto pasar por la agonía de matar un pobre bicho para comérnoslo, que soy una carnívora con muchos remordimientos de conciencia, ¡y va y me trae eso a casa! Salí indignada de la cocina y él flipó en colores. Le tuve que explicar por enésima vez que me pongo mala al ver bichos vivos en casa que luego vayan a acabar en mi estómago, y él venga a reír. Por supuesto, estuve de morros durante toda la mañana. Al cabo de un rato, mientras jugaba con Peque, oí un ruido en la cocina, y al ir a comprobar si había algo roto descubrí que no era otra cosa que uno de los pobres bogavantes, que se había despeñado por la nevera. Ayyy...¡qué mal lo pasé!

Mr. X consultó con un tío suyo que fue dueño de una marisquería cómo cocinarlos con el menor sufrimiento posible y por la noche me obsequió con una cena a base de artrópodos al horno regado con un vino gran reserva. Ni que decir tiene que al final se los tuvo que comer él porque yo no podía...(a mí con la ensaladita de acompañamiento me bastó y me sobró).

Ahí quedo la cosa, hasta que unos días después, le pregunté a Mr X cuándo iba a pedirme románticamente que fuera su media naranja for ever and ever, y él medio mosca me contestó: "Jo, para un día que me curro una cenita chula con los bogavantes y vas y te cabreas...". Esa, señoras y señores, tenía que ser la noche en que me lo pidiese con velitas y música de violín de fondo. Pues que quieres que te diga, quizás a una muchacha del imperio azteca le molase mazo que su futuro marido la obsequiase con el sacrificio ritual de unos invertebrados, pero a mí, como que no.

Por si acaso, ya no le pido más romanticismo, me quedo con que nos casamos y listos, no vaya a ser...


¡Feliz finde!