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martes, 10 de noviembre de 2015

Colecho today


Hace unos meses, María, de La cajita de música, me animó a escribir de nuevo sobre el colecho, ahora que Peque ha crecido, para dar mi perspectiva sobre el tema con un niño mayor.

A ello me puse la semana pasada, justo antes de que una horda de virus tuviese a bien colonizar mi tracto respiratorio y digestivo convirtiéndome en una especie de álter ego cutre de la niña del exorcista (cutre porque yo no vomito ni con un virus gastro intestinal de potencia 7 en la escala de Richter).

Y, cosas de la vida, lo que hubiese escrito a principios de la semana pasada y lo escribiré hoy tiene diferencias sustanciales (a los hechos me remitiré).

Ya lo expliqué en los albores del blog, yo llegué al colecho por supervivencia. A priori no me gustaba la idea (y menos mal, porque para no gustarme he dormido con Peque durante más de cinco años).

Durante el primer año la gente no se metía mucho, pero cuando dices que duermes con tu hijo de dos, tres, cuatro años, muchas miradas empiezan a ser de sorpresa o directamente de reprobación (no todas, por fortuna). He tenido que oír el típico “entonces, ¿dormirá con vosotros hasta los dieciocho?”, o que incluso la directora del cole de Peque metiese cucharada en el asunto explicándome que para su desarrollo era mejor que durmiese solo. Y sí, esas palabras me han dolido, porque no soy una persona que sepa pasarse por el arco del triunfo las opiniones ajenas. Me afectan, qué le vamos a hacer.

Por suerte, con el tiempo he conseguido que los juicios foráneos me resbalasen. Peque no estaba preparado para dormir solo y punto pelota. Yo a veces le preguntaba si quería probar. Él decía que sí en alguna ocasión, pero luego practicaba el consabido “donde dije digo, digo Diego”.

El único problema real que veía últimamente es que la cuna en sidecar que tenemos acoplada a nuestra cama empieza a quedarse pequeña, y yo creo que Peque no duerme tan cómodo como antes. Por eso la semana pasada volví a preguntarle, y oh, sorpresa, decidió que sí que quería probar. Para animarle y acompañarle en su aventura me hice con una tortuguita monísima a la que le había echado el ojo hace tiempo y que proyecta un relajante mar ondulante en las paredes de la habitación.

Desde el jueves pasado, Peque duerme en su habitación. Alguna madrugada viene a nuestra cama, y no dudo que a épocas querrá estar con nosotros, pero raro sería que no ocurriese así. Él está orgulloso y feliz de haber conquistado su miedo a estar solo en la otra punta de la casa, y yo voy de la satisfacción a la pena por aceptar que crece, que es inexorable, que ahora es esto, y dentro de nada será el instituto, las juergas, los viajes con amigos... Pero prevalece la felicidad por haberlo acompañado desde el respeto en su evolución del sueño.

¿Con que hasta los dieciocho años?

Ja.




jueves, 29 de octubre de 2015

It's a kind of magic


La vida es una acción mágica. Eso decía A, mi prima, que se fue pronto de este mundo. Su historia la explicó su padre en un libro que he releído varias veces (y que os recomiendo). A y yo no tuvimos mucha relación.  Nos separaban conflictos familiares de nuestros abuelos y vivir en países distintos, pero nuestras madres, primas hermanas, se reencontraron y eso nos ofreció la oportunidad de coincidir y compartir algunos momentos muy especiales que recuerdo a menudo. Aprendí mucho de A. De la vida y de la muerte. Pero hoy no quería hablar de eso, sino de la magia (por eso he recordado a A y su frase).

Peque empieza a preguntarse (y preguntarme) si lo de los Reyes y Papá Noel no es una tomadura de pelo. En parte es por mi culpa, porque siempre trato de darle explicaciones científicas y racionales a las cosas. Sobre todo a las que le asustan (zombies, viajes en el tiempo con Deloreans, etc.). Y claro, si en un momento dado le cuento que lo que sale en las pelis es ficción, que los coches –de momento- no vuelan, que los trucos de los magos son sólo trucos… cuando al instante siguiente me pregunta si es posible que un reno vuele y cómo se lo montan los de Papá Noel, pues entro en cortocircuito. Y suelo salir del apuro preguntándole a él que opina. Parece que de momento creer en la magia de la Navidad ya le va bien.

Sé que hay padres que opinan que es mejor no mentir nunca, incluyendo la fantasía de los seres mágicos que nos hacen regalitos. Una parte de mí debe estar de acuerdo con esos padres, porque la verdad es que me siento incómoda cuando tengo que contestar las preguntas de Peque al respecto ya que si perpetúo la tradición le tengo que decir una mentira. Y como no me gusta mentirle, llega el cortocircuito. Pero al mismo tiempo he sido una niña con mucha imaginación, y el ensueño y la magia han empapado mi infancia, por lo que pienso que robarle eso a Peque es una putada. Aún me acuerdo de cuando, ya muy mayorcita, mi madre tuvo que contarme la verdad sobre el tema para que no me convirtiese en una adolescente marginada por los escarnios de mis compañeros. Menudo disgusto.

El caso es que, ya fuese por esos años de creencia fervorosa, ya sea porque en el fondo una es como es, yo sí creo en la magia.

En la magia de miradas que se encuentran.

En la magia de coincidencias asombrosas que te llevan a situaciones y lugares que nunca imaginaste.

En la magia del amor, la amistad, la bondad y la alegría.

En la magia de las mariposas en el estómago, de los sueños por cumplir, del ayudar a los que lo necesitan, de construir un mundo mejor.


Peque, algún día descubrirás que tal y como sospechabas acertadamente, tres tipos en camello no pueden surtir de juguetes en una noche a todos los niños del planeta. Pero oye, créeme, porque ya sabes que yo –casi- nunca miento, la magia está mucho más cerca de lo que crees. La magia está en tu corazón.







jueves, 26 de febrero de 2015

El duelo y los niños


Sigo en mi planeta duelo. No lo digo como algo negativo, sé que es un camino que debo recorrer y me entrego a él día a día esperando sanar las heridas y crecer un poco más. Mañana hará un mes que papá se fue y paulatinamente recupero pequeñas ilusiones y ganas de disfrutar junto a los míos.

Muchas personas me han preguntado cómo hemos enfocado el duelo con Peque. La combinación niños y muerte parece aterradora, y por nuestra angustia a no saber tratar con ellos el tema se genera, creo yo, el inicio de ese tabú que supone la muerte para nuestra sociedad.

A Peque le hemos explicado la verdad, sin más. Es algo que ya hemos tratado en numerosas ocasiones, como cuando me dijo que él no quería morirse, o cuando estuvimos hablando del universo.

Ha visto como su Opa enfermaba, que íbamos a verlo a menudo para cuidarlo, y el día que murió se lo dijimos sin rodeos ni versiones extrañas. Digo esto porque en mi trabajo, cuando tengo que asistir a un animal y practicar la eutanasia, suelo ver como muchas familias inventan historias para no decir la verdad a sus niños (como por ejemplo una abuela que le dijo a su nieto que el perro se iba a quedar a dormir en la clínica, y cada día cuando pasaban por delante el crío preguntaba si ya se había despertado). Responder las cuestiones metafísicas es más complicado (especialmente si no se recurre a ningún credo en concreto), pero es cuestión de paciencia y, de nuevo, ser lo más sincero y coherente con las creencias de cada uno.

Peque fue al funeral de su abuelo. Para él no fue triste. Nos reunimos prácticamente las mismas personas que en nuestra boda, y se dedicó a repartir caramelos y recordatorios a todos nuestros amigos y familiares. Durante mi discurso quiso venir conmigo e hizo un poco el cabra con el micro. Desde luego, no fue nada protocolario, pero me gustó que pudiese expresarse sin –demasiadas- limitaciones. Una vez acabó la ceremonia vino con nosotros al crematorio y se despidió de su Opa colocando un dibujo que le había hecho en el ataúd. En ese momento, y no antes, entendió que no iba a volver a verlo y se puso a llorar mientras lo sostenía en brazos.

Más tarde mi suegra me comentó que unas mujeres que asistían a otro sepelio criticaban con reprobación que un niño estuviese en un tanatorio. No llevaré a Peque a todos los funerales a los que yo tenga que asistir, pero al de su abuelo claro que sí, no veo el problema (especialmente porque conozco a mi hijo y sabía que no lo iba a vivir mal, está claro que cada familia y sus circunstancias son particulares y en función de ello cada cual actúa como considera conveniente). Desde mi punto de vista, al contrario de lo que pensaban esas mujeres, si escondes, si no enseñas, los miedos y preguntas que se crean alrededor de ese hecho que has ocultado son peores que la simple realidad.

Cuando mi abuelo murió yo tenía diez años. Me enteré cuando ya lo habían enterrado, y me dio mucha pena no haber podido despedirme. Más tarde, mi madre me relataría que verlo en el tanatorio le había afectado mucho y que había querido ahorrarme ese trance. Aquello se me grabó en el cerebro y he tardado años en poder enfrentarme a la imagen de un cadáver. Incluso rechacé verla a ella cuando murió. No me arrepiento, en ese momento lo sentí así, y así debía ser, pero el tiempo, las vivencias de otras muertes y la experiencia que me da también mi trabajo me han hecho dejar de tener miedo a un difunto. Cuando veo un cuerpo muerto sólo veo un envoltorio. Nada más. Es difícil de explicar, pero lo que nos mantiene con vida, nuestra esencia, desaparece y se desprende del individuo de una forma que no sólo puede explicarse -para mí- con el cese de un cúmulo de reacciones químicas entre células.

Mientras gestaba esta entrada me llegó a través de una red social la entrevista que le hicieron a Elisabet Pedrosa en un medio digital hace unos días. La hija de Elisabet –Gina- falleció en 2014 como consecuencia del síndrome de Rett. Sus palabras me han conmovido y me he sentido identificada con muchísimas de sus reflexiones. Podéis leerla aquí (os lo recomiendo, es un texto maravilloso, si no habláis catalán podéis traducir el escrito con facilidad aquí). También podéis escuchar y ver una entrevista que le han hecho en Catalunya Ràdio aquí. Por último, os animo a comprar su último libro “Seguirem vivint” en catalán o “Seguiremos viviendo” en castellano. Los derechos de la autora serán donados al equipo de curas paliativas pediátricas de Sant Joan de Déu.





miércoles, 30 de julio de 2014

El ATV dicharachero y la boda Juan Palomo


Para los profanos en la materia un ATV es Auxiliar Técnico Veterinario.

No, mi jefa no ha contratado un mozalbete guapetón para que me eche una mano (o las que haga falta) en mi curro. Lo he parido yo.

Antes se sabía que había llegado el verano porque la Obregón salía en bikini. Cuando dejó de hacerlo, sólo con notar el calorcillo ambiental ya me percataba de su aparición sin necesidad del espectáculo de la bióloga -lista que es una-. Hoy en día sé que ha hecho comparecencia mi época preferida del año porque mi hijo tiene tres meses de vacaciones, yo uno y muchos días no tengo plan para él, ergo, me lo llevo al curro. Para posado estival el que se marca Peque con el felino de turno (anda que no le molan los gatos, si el padre no fuese alérgico ya teníamos una colonia en casa...).

Pero además de jugar con los animales que tienen a bien pasar por mi consulta, Peque ha decidido motu propio ser mi ayudante. Sin ir más lejos, hace dos días, mientras yo le sacaba sangre a un maltés algo pocho, Peque se acercó a observar la escena. Cuando acabé me di cuenta de que me había dejado los tubitos en otra mesa y le pedí a mi niño que me los acercase. Ya puestos, le expliqué que uno de los tubitos que había rellenado se debía girar suavemente y él se concentró en la tarea.

Peque: ¿Y por qué este tubito se ha de mover?

Yo: Para que se mezcle con una sustancia que lleva dentro y no se coagule la sangre.

Peque: ¿Qué cosa lleva dentro?

Yo: Una cosa que se llama EDTA (si le digo ácido etilendiaminotetraacético lo dejo frito allí mismo...).

Peque: ¿Y qué es cogularse?

Aquí empezó mi breve disertación sobre las analíticas, las coagulaciones y las diferentes líneas celulares que pueblan nuestra sangre, de lo cual no sé si pilló algo, porque ánimo de emular a Érase una vez el cuerpo humano hubo, pero a saber si logré transmitirle la información. Justo estos días leía un post de Caminem plegats que versaba sobre los mismos asuntos.

De pronto me di cuenta de cómo se está forjando su infancia. Si la mía estuvo rodeada de frascos de pintura, pinceles y los dulces que horneaba mi padre, la suya transcurre de la mano de bichos de lo más variados e instrumental médico diverso. A él no le asusta ver sangre o heridas, se acerca con la misma tranquilidad a un perro y a una pogona y no le extraña que sus padres se pongan a fotografiar insectos cada vez que uno se cruza en su camino. Sólo el tiempo dirá si esta influencia determina su futuro o se queda en un pintoresco pasado que relatar a sus amigos. Pero sea como sea estamos pintando sus recuerdos, y cuando uno se da cuenta de lo grande que es eso para cualquier persona se pregunta si lo estará haciendo bien.

Pasando al monotema (AKA La Boda), parece que todos los asuntos pendientes se encarrilan a buen ritmo para mi paz mental. Hace unos días tuvimos una estupenda sobremesa con la familia de Mr. X y otras personas implicadas en el casorio determinando el timing del evento y quién sería responsable de cada cosa. Fue uno de esos momentos mágicos que quedará grabado en mi memoria. Tanto por lo agradable de la reunión, llena de risas, ideas y el cosquilleo de la anticipación, como por lo estéticamente bello del instante. Nos bañaba el sol de la tarde, el jardín que nos servía de escenario estaba pletórico de flores, y la temperatura era inmejorable. Y me gustó recrear cada minuto de ese día que cada vez está más cerca... Eso sí, aquí pringa todo el mundo, menos mal que lo hacen con alegría, es lo que tiene montar un sarao de estas dimensiones sin recurrir a empresas especializadas...

Y así, poco a poco, como un buen puchero, se va cocinando nuestra boda Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.




miércoles, 2 de julio de 2014

Popurrí


No se me ocurre un título más adecuado dado mi estado de enajenación mental, mis ganas de hablar de mil cosas y de ninguna en concreto y el poco tiempo que tengo para ello (este mes me sube el curro como la espuma, cosa que por supuesto me gusta, no voy a ser yo quién se queje, pero dejar mi mente a la deriva con tal batiburrillo de ideas en ebullición es cuanto menos peligroso, que no os pase nada si decidís seguir adelante y leer mi diarrea cerebral).

Cerebral, eso me ha hecho recordar unas conversaciones con Peque. Si ya lo decía Picasso (era él, ¿no?) que la inspiración existe pero te ha de pillar trabajando... Resulta que el calor le está escaldando los ánimos a mi churumbel a fuego rápido y no hay día que no tengamos una rabieta. Intentaré ser breve para no irme por los vericuetos de mis pajas mentales sobre la crianza. Me mola Jové, González y compañía. Me mola ser empática, paciente, acompañar y respetar a mi hijo, me mola sobre todo cuando leo sobre ello en sus maravillosos artículos desde la paz de mi sofá y me imagino a mí misma en un estado zen digno de haberme fumado algún hierbajo sospechoso. A la práctica muchos días me cago en San Petersburgo (es una cagalera de cosecha propia que a mí me relaja) y me pregunto cómo serán los hijos de todos estos idolatrados autores... porque en mi casa habita un niño de cuatro primaveras que a veces me torea como quiere. Y si bien trato de mantener la calma y alejar al monstruo del conductismo, otras veces me dejo llevar porque no me queda otra para controlar a mi hijo, que con tanto taco y reto a la autoridad paterna que se gasta comienzo a ver cercano nuestro ingreso en Hermano Mayor. Conclusión: esto de criar es un camino con múltiples cambios de rasante, adaptaciones al medio hostil y comeduras de coco interminables.

Ah, lo del cerebro, que no lo he explicado... En uno de los arrebatos de Peque le intenté explicar, por aquello de variar un poco el discurso, que él es un tipo majo y cariñoso, pero a veces tiene un cortocircuito cerebral, se le funden los plomos y la lía parda. Desde entonces cuando Mr. Hyde aparece me argumenta a posteriori que su "celebro" es el culpable. Hala, y sin quejarse, que yo misma fui la que le proporcioné la excusa ideal.

Por supuesto también nos queda tiempo para las crisis existenciales, en el lavabo para más señas y cuando yo me estaba dando una capa de máscara de pestañas por la mañana:

P: Mami, yo no quiero ser una persona. Quiero ser una planta.

Yo: ¿Una planta? ¿Por qué?

P: Porque no me quiero morir.

Acabáramos. Un tema más ligerito no podía escoger para empezar el día.

Yo: Pero cariño, las plantas también se mueren... Todo lo que vive, muere. Para no morir no has de estar vivo, has de ser una cosa. Como esto -digo señalando mi Rimmel-.

P: Pues quiero ser eso.

Peque quiere ser Rimmel L'Oréal, porque él lo vale.

Aunque para satisfacción de la menda, ese momento en que tras estar empanada viendo algo en la tele me giro riendo por alguna tontería y Peque me mira y me dice: “Mami, con esa sonrisa estás muy guapa”. Claro, sencillo, y directo al corazón.

Pero no sólo de pan vive el hombre y no sólo de Peque se alimenta mi existir (aunque digamos que gana por goleada). Ahora mismo mis elucubraciones, citas pendientes, notas en la agenda y misiones clandestinas tienen un objetivo claro. Sí, ése, ése. LA boda (LA porque es mía, más que nada).

Me estoy volviendo loca. Por pasos, pero sin remedio. Las noches son muy divertidas. En mi penúltimo sueño descubrí que mi vestido de novia era de rejilla blanca con diadema de flores y velo kilométrico. Muy a lo Cicciolina en sus mejores tiempos. De nuevo –eso es recurrente- me fallaba el maquillador y aparecía con ojeras colganderas y cara de susto en la ceremonia. Resultado de eso al día siguiente llamé sin más dilación al que será mi maquillador y peluquero, que es un buen tipo del que me sobran excelentes referencias, pero que es algo neurótico (por ser MUY diplomática). Me explicó su modus operandi y quedamos para dentro de unas semanas. En su casa. Tengo miedo.
Y en esas que voy y recuerdo que yo tenía un blog, y que no escribo desde el precámbrico. Y eso me jode, porque me gusta escribir, me libera de mis neuras, me da alas y gustirrinín. Vamos, que yo lo que quiero es ser escritora (editoriales, venid a mí). De esta parte del post, monomaníaco donde los haya, voy a culpar a mis amigas blogueras, que han formado algo así como mi club de fans y dicen que para cuando el libro. Ganas no faltan, de lo que andamos escasos es de tiempo y estoooo... ¿un hilo argumental? Que sí, que sí, que yo para divagar sobre mis chorradas aún me apaño, pero más allá... Y a mí lo que me pone es ese más allá. La típica historia de chica escribe novela, la presenta a veinte editoriales y se la rechazan en todas hasta que un avispado editor ve el filón, publica la obra, exitazo al canto y traducción hasta en swahili. Se nota que estoy leyendo “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Esto, me dice la azafata de vuelo que vayamos preparándonos para el aterrizaje, que toca posar los piececillos en la realidad y que no me preocupe, que todo esto son efectos secundarios de LA boda. Supongo que tendrá razón.

Digo yo.

Esperemos.






lunes, 13 de enero de 2014

¿Antes o después?

Peque se está ganando a pulso el sobrenombre de "enanito gruñón". Se pasa la mitad del día refunfuñando y la otra mitad enfadándose porque no le sale algo, o porque no lo has ayudado como te pedía, o porque en la radio suena una canción que no me mola. Gruñón a tope vamos. Como ya insinuaba por aquí, echo de menos las rabietas de los terribles dos, porque las de los tres (tal y como me vaticinaba mi amiga Carmen) no tienen nada que envidiar a las del año pasado, y me huelo que las de los cuatro van a mejorar lo presente con creces.

Según el acopio de paciencia y/o energía zen del momento, una es capaz hasta de plantar una sonrisa a la situación, pero no voy a negar que algún momento "mala madre" voy coleccionando (lo digo sin -demasiada- auto-flagelación incluida...son las cosas de la maternidad, parece que lo voy aprendiendo).

El caso es que últimamente me he dado cuenta de que me veo a menudo en la tesitura de tener que elegir si la rabieta la quiero antes o después, porque si la cosa no sale como Peque desea, haberla, la habrá, es un hecho. Sirva la siguiente anécdota de constructivo ejemplo. Ayer por la noche volvíamos tarde a casa después de haber pasado el fin de semana con mi padre. Peque no tenía ni un ápice de sueño gracias a las dos horas y pico de siesta tardía. En el coche inició una operación de camelo paterno con el objetivo de convencer a Mr. X para que le montase el tren de madera al llegar a casa. Si nos hubiésemos negado en ese momento explicándole pertinentemente que a esas horas tocaba dormir, que mañana había cole, blablabla...el pollo nos lo hubiese montado en el coche, cosa que yo casi prefería, pero Mr. X se decantó por una maniobra de elevado riesgo prometiéndole que vale, que se lo montaría. Uno prueba con este método con la vana ilusión de que más tarde el individuo en cuestión se haya olvidado de su solicitud, peeero...(aquí llega el inevitable "pero"), Peque tiene una memoria prodigiosa. No perdona una. No hay escapatoria. Si le prometes algo, lo has de cumplir, y sino tendrás que comerte la rabieta del "después", que suele tener más enjundia porque se suma al cabreo de la negación el frustre del "tú me lo habías prometidooooo".

Así pues, dado que al llegar a casa ni Mr. X ni yo teníamos energía zen en la reserva para afrontar una rabieta nueve sobre diez en la escala de Richter, no hubo otra alternativa, y el tren fue montado. Esa rabieta nos la ahorramos, pero Peque siempre tiene alguna de sobras por si acaso y antes de caer en brazos de Morfeo nos la obsequió gustosamente.


Moraleja: ¡paciencia!




jueves, 20 de diciembre de 2012

Rabietillas y buenos deseos


Peque lleva unos días rabietoso perdido. A veces lo gestiono con humor y entereza, y otras me supera el agobio y me siento la peor madre del mundo cuando le alzo la voz o acabo malhumorada...Reconozco que alguna vez he pensado: "Con la de mimos que le hemos dado, y la mala leche que se gasta el colega...". Porque sí, mi niño de vez en cuando hace gala de un humor de perros. Y yo, con lo que no puedo, es con que me pegue. En ocasiones, su frustración es tan grande, que me arrea un golpe con lo que tenga en la mano. Como ayer. Yo estaba cocinando y le puse unos potecitos de pasta y cuatro cosas para que se entretuviese a mi lado...pero no. Él quería meter la cuchara de madera en la cremita de calabaza que estaba haciendo, y como me daba miedo que se la tirase encima, le expliqué que no podía ser. Pues hala, rabieta y cucharazo que te crió. Y la cosa no mejoró mucho el resto de la tarde...
Lo de los tortazos me pone de una mala uva inmensa. Y tengo que templar los nervios porque mi primera reacción sería devolverle el cachete (es algo que siempre me ha pasado, si tu me das, yo te doy, no hay más...), pero como soy del parecer que los golpes no educan sino que destruyen las relaciones, pues me pongo seria, le digo que no, y salgo un minuto de la habitación para cagarme en todo y volver a mi estado...¿zen?
Por otra parte, cuando Peque se porta mal y se lo digo me suelta en medio de un gruñido: "¡Peque es malooooo!". No sé de dónde lo saca, porque yo no se lo digo. Siempre insisto en que su comportamiento es ese momento es malo, pero él no. Porque también soy de las que cree que si le colgamos una etiqueta a un niño, al final acaba comportándose según la etiqueta. Para variar el repertorio, el otro día me dijo: "¡Te vas a la clase de los conejitos!". Creo intuir que cuando a algún niño se le va la pinza en el cole, lo llevan un rato a otra clase para que se disperse...

Al final debo reconocer, que como tras alguno de estos episodios me quedo con semblante tristón, Peque viene todo amoroso, me pide perdón y me da un besito, y esos mimitos son de lo más reconfortantes (me gusta ver que se da cuenta cuando hace algo mal). Acto seguido, con una sonrisota en la cara me pregunta: "¿Estás contenta?". Porque siempre que hace cosas bien o cuando acepto sus disculpas, lo abrazo fuerte y le digo que lo estoy. El muy bribón, en alguna ocasión, se ha puesto en modo ogro justo después de hacer las paces y como yo me enfado de nuevo, me dice: "¿Porque no estás contenta si te he dado perdón y besito?". Qué tío, se cree que con cuatro arrumacos me tiene en el bote y puede hacer lo que se le antoje...

Estaba yo pensando en todo esto cuando al repasar algunos blogs que sigo he llegado a esta maravillosa entrevista de Míriam Tirado a Josep Maria Garcia, psicólogo infantil (además de padre y abuelo). En el fondo no me descubre nada nuevo, pero necesitaba oírlo otra vez, leerlo y empaparme de ello para volver hacia mi Peque con los brazos llenos de amor y compresión. Si tenéis un rato, vale la pena leer lo que nos recuerda Josep Maria.

Por mi parte, ya estoy contando las horas para que sea viernes por la tarde y pueda dedicarme a disfrutar de las mini vacaciones navideñas. Espero que paséis unas estupendas fiestas, que haya sonrisas, abrazos, besos, sobremesas interminables, conversaciones a la luz de las velas, honores a las tradiciones de cada uno, y sobre todo, mucho amor.

¡Feliz Navidad!


PS: Queridos Mayas, espero que las mates no fuesen vuestro fuerte ;)



martes, 6 de noviembre de 2012

Welcome to Tijuana


En realidad el título de esta entrada es "Welcome to Rabietilandia", pero al redactarlo me ha venido a la cabeza de forma automática el título de la canción de Manu Chao, y una que es muy fan no ha podido evitar homenajear a uno de sus músicos preferidos...

Pero vamos al grano. Peque siempre ha tenido mucho carácter, y nos dio muestra de sus primeras rabietas con poco más de año y medio. Ahora estamos en pleno apogeo. Concretamente el jueves fue un día para el recuerdo...Peque se despierta: rabieta. Peque desayuna: rabieta. Peque se viste: rabieta. Peque juega; rabieta. Non stop, oye. Y si a eso le unimos un Mr. X de guardia y con un humor de perros (eso debe ser el colmo de un veterinario, ¿no?), pues como estar con la sonrisa puesta.

Mr. X y yo no tenemos el mismo punto de vista sobre cómo gestionar las rabietas. Y eso ha cambiado desde que tengo a Peque, porque antes lo veía como él. Había leído algún libro de esos rollo "Supernanny" y mis ideas sobre el tema eran muy diferentes a las que tengo hoy en día. Pensaba más bien como mi madre, que siempre decía que no soportaba a los niños caprichosos en plena pataleta. Y eso que era una madre cariñosísima y me crió con amor a raudales, pero lo de las rabietas...Suerte tuvo conmigo, que le salí buena no, santa directamente y de arrebatos infantiles pocos. Con esos precedentes yo pensaba que rabieta era igual a niño malcriado que no sabe pedir las cosas o que es un antojadizo. Por suerte, los libros de Rosa Jové, entre otros, me han hecho entender que lo que estamos viviendo simplemente es una parte del proceso de crecer, y que si lo vemos desde esa perspectiva es mucho más sencillo ser empático y pasar por el (mal) trago. De todas formas, la teoría es una cosa y un niño de dos años y medio cabreado todo el día es otra muy diferente.

Yo intento sobrellevarlo como recomienda Jové. Siempre que puedo, evito la pataleta (por ejemplo, no dejando a la vista chuches sabrosonas diez minutos antes de comer). Y si es posible, cedo. Y aquí es donde choco más con Mr. X, que a veces cree que se lo consiento todo. Yo no lo veo así. Es decir, hay cosas que no pueden ser (cómo jugar con una brillante cuchilla de afeitar de papi o atiborrarse de galletas antes de cenar cuando sé que eso le joroba el apetito a base de bien). Pero hay otras en las que no veo inconveniente. El sábado mismo, a la hora de la merienda a Peque se le antojaba un heladico (cuando había comido tres pequeñitos de postre tras la comida) y su padre erre que erre que no, que tenía que comer fruta u otra cosa. Rabieta al canto, y desde mi punto de vista, justificada, porque a ver, si el niño más o menos come de todo y tiene un caprichillo, yo no veo el problema por ningún lado. Pero mi padre y Mr. X se aliaron contra mí y me soltaron lo de: "Es que no es bueno que siempre consiga lo que quiere". Y me aguanté porque lo que tampoco voy a hacer es llevarles la contraria y que Peque tenga un cacao mental con lo que dice cada uno...Reconozco que hace unos pocos años lo hubiese visto como ellos, pero ahora ya no.

Si no he podido evitar o ceder, llegamos a la consabida pataleta. Y de nuevo recurro a Jové con su táctica de tres pasos. Un día de estos, mientras yo cocinaba, mi niño se dedicaba a redecorarme la cocina vaciando los armarios. Yo estaba con las manos en la masa y no podía usar la técnica que funciona mejor con él, el despiste (o sea, llevármelo a jugar a otra parte), pero tampoco podía dejarlo a su aire porque me la estaba liando parda. Sabía que si le decía que basta y punto, me ganaba un berrinche de los gordos, así que, maquiavélicamente, apliqué la táctica Jové:

1. Comprensión: "Peque, ya se que es mega divertido sacarme tooodas las cacerolas, cucharas de madera, electrodomésticos en desuso y frascos varios...".

2. Explicación: "...pero es que esto se está convirtiendo en un campo de minas, y como sigas así y yo dé un mal paso voy a acabar tropezando con el cucharón de la sopa y aterrizando con la jeta en los fogones...".

3. Alternativa: "...así que...¿por qué no guardas todo menos las cucharas, que las dejas aquí cerquita y me haces un concierto de percusión como tú sabes hasta que termine la cena?".


¿Funcionó? Pues en este caso sí, pero admito que no siempre es tan sencillo. Hay días en que me sale el "¡pues no porque lo digo yo y punto!". Curiosamente, después de ese jueves de inicio de puente tan movidito, el resto de días mi niño estuvo bastante tranquilo. De hecho, tengo comprobado que cuanto más sosegada y descansada estoy yo, menos rabietas tiene Peque y más llevaderas son. ¿Por qué será?
Me despido con dos clásicos de las pataletas en el súper...





martes, 31 de julio de 2012

Cuando no soy una madre zen

Me gustaría poder decir que siempre conservo mi estado zen ante las vicisitudes de la maternidad, que nunca me pongo nerviosa, que soy todo risas y juegos...pero no, hay días en que el rollito zen se me va al garete.

Una prueba de ello la tengo hace poquito tiempo. Con los horarios alterados propios del verano, Peque se hace unas siestorras impresionantes y se despierta tardísimo, con lo que a la hora de ir a dormir no tiene ni pizca de sueño (y yo, después de currar todo el día, sí que lo tengo). Una de estas noches, después de cenar, acompañé a Peque a dormir, como hago habitualmente (de dormirse solito nasti de plasti, él necesita mi codo, mis canciones y mis cuentos-performances). En la casa de verano no tenemos su camita en sidecar, en la habitación está nuestra cama y la suya (una de esas de viaje). Cada vez más, él pide dormir en su camita, pero si no le apetece, puede hacerlo con nosotros. El tema es que yo quería que se durmiese pronto para poder levantarme y hacer un par de cosas que tenía pendientes. Y ahí comenzó la odisea. Que si ahora quiero meterme en tu cama, que si ahora en la mía, ahora dame el codo, cántame esta canción o la otra, vuelta a cambiar de cama...Y me empecé a poner nerviosa. Mientras la paciencia volaba fuera de la habitación, Peque se iba enervando más y más y comenzó a sollozar (eso es muy raro a la hora de ir a dormir, lo normal es canturrear y dar vueltas hasta que coge el sueño). Y de sollozos pasamos a berridos pidiendo que lo pusiese en su camita, y una vez allí que abriese la luz, y que le buscase el peluche-tortuguita...Un no parar, y yo de muy mala leche, para qué negarlo. Mi cuerpo reaccionaba a mi estado emocional, siendo tosca en los gestos, poco amorosa. De pronto algo hizo "clic" en mi mente (llevábamos como media hora de lloros) y me di cuenta de que Peque ya no sólo gimoteaba, sino que hipaba de la congoja, y que así, por mucho que se lo dijese, no iba a dormirse ni de coña. Reaccioné, lo cogí en brazos con todo el amor del mundo y lo acuné mientras le susurraba cosas bonitas. Desconecté de lo que quería hacer antes ir de dormir y conecté con mi bebé, con mi niño rubio que solo quería comprensión por mi parte. Él se acurrucó a mi lado, y así, hecho un ovillito y yo abrazándolo, me desperté unas horas más tarde. Triste, por darme cuenta de que después de dos años de maternidad aún no he aprendido a ser todo lo empática que debería, y feliz, notando el cuerpo relajado de mi Peque a mi lado.

El momento de ir a dormir suele ser divertido, y lo aprovecho para compensar todas las horas del día que no comparto con mi hijo. De bebé (y viéndolo en perspectiva, por mi inexperiencia) en alguna ocasión me había desesperado, porque se podía tirar dos horas mamando y cuando al fin se dormía y yo quería aprovechar para arreglar papeles, limpiar algo, etc., se despertaba de nuevo y vuelta a empezar. Y alguno de esos días, el cansancio acumulado hizo mella en mí y sacó mi peor parte (hablándole mal y tratándolo con rudeza). Cuando lo recuerdo se me cae el alma a los pies, me siento fatal. A partir de aquello decidí que cuando estuviese con mi hijo, me olvidaba de todo lo demás para poder ofrecerle lo mejor de mí. Las cosas mejoraron sustancialmente con mi cambio de mentalidad, y pensaba que ya había aprendido la lección, pero lo ocurrido la otra noche me demostró que de eso nada.

Lo vivido hasta ahora me demuestra que consigo lo mejor de mi hijo cuando doy lo mejor de mí, así que a ver si esta vez lo grabo a fuego en mi cocorota.

Para no dejar un regustillo amargo, os cuento la última anécdota nocturna con Peque. Como ya he explicado en más de una ocasión, me ha salido muy bailongo. Un día sus hermanos lo estaban haciendo danzar por casa cuando me vino a la memoria un video de internet con un bebote bailando delante de la tele al son de Beyoncé (lo podéis ver aquí), y les dije a los niños que buscasen el videoclip de la muchacha en cuestión para ver qué hacía Peque. Pues bueno, el resultado fue espectacular, ¡qué meneo se pegó! (levantando la pata rollo grulla de "Karate Kid", un estilazo impresionante).

Ayer por la noche, cuando llevé a Peque a dormir, le pregunté si quería que le cantase algo (dulce y sosegado) para dormir y me dijo: "Siiii, al la ri de la di". ¿Ein? Después de unas cuantas pesquisas averigüé que decía a su manera: "All the single ladies" (oséase, que quería ración extra de Beyoncé en vena, porfaplis). Inicié mi canturreo y el tío se puso de pie y empezó a saltar en la cama moviendo manitas y culo por igual. Reí, suspiré y me lo tomé con filosofía, porque aquello iba para largo...

jueves, 24 de mayo de 2012

Resultados y Motherphilia

Hoy hemos tenido los resultados de los análisis de Peque ¡y han salido bien! Según ellos, Peque no sufre celiaquía. De todas formas la pediatra insiste en que lo ve con mucha panza. No cree necesario indagar de momento en el tema, pero si el año que viene lo ve igual, repetirá los análisis de sangre. Pues nada, a pensar en positivo y esperar que todo vaya bien, ¡pesito que me he quitado de encima!

Por otro lado, si bien Peque está como una rosa, yo parece que padezco un trastorno de lo más raruno llamado Motherphilia (palabro exótico, ¿verdad?). En el post de La Gallina Pintadita os dan más detalles, pero resumiendo, parece ser que las mujeres que practican colecho, LM prolongada y expresión reiterada del afecto por sus hijos padecen este mal. Yo ya no doy teta a Peque, pero colecho con él y le doy todos los mimos que puedo, así que dos de tres me parecen suficientes síntomas para darme por aquejada de este terrible desorden.

Ironías aparte, el artículo al que hace referencia Carmen me cabrea sobre todo por dos cosas.

La primera de ella es que nos mete a todas en el mismo saco. A ver, por el hecho de dormir con mi niño y darle muchos (pero que muchos) besos, eso no me hace igual a cualquier otra madre que siga esas pautas. Aborrezco las etiquetas y generalizar así porque sí. ¿Todas las mujeres que dan biberón y cuyos hijos duermen en su habitación son iguales? No, ¿verdad? Es que es una soberana gilipollez. La grandeza del ser humano reside en la originalidad de cada uno de sus individuos. Y las relaciones madre-hijo no se escapan a eso. Estereotipar nunca me ha parecido una práctica que lleve a ningún lado.

El segundo punto que me toca la moral es, por supuesto, la demonización de prácticas que a mí me parecen del todo lícitas (LM prolongada, colecho y mimos, of course). Que vengan esos expertos y me muestren estudios serios, científicos, controlados y contrastados donde se ponga de manifiesto la veracidad de esas aseveraciones. Porque mira que he leído sobre el tema, pero nunca nadie me ha convencido de que esté causando un daño irreparable a mi vástago. Y ojo, jamás criticaré a una madre que da biberón o pone a su niño a dormir en la habitación de al lado. Tengo amigas que lo hacen y jamás he ido contra ellas haciendo proselitismo de mi forma de criar. Mientras amen a sus hijos (y me consta sin duda alguna que lo hacen), yo respeto todas las maneras de acompañar a tu niño en su camino por la vida.

Y dicho esto, me voy a dormir a la piltra. Eso sí, entre mi niño grande y mi niño pequeño.

¡Buen finde!

viernes, 24 de febrero de 2012

Pájaras mentales sobre la crianza

Aviso que hoy ando con la cabeza revuelta y las ideas en plan batiburrillo, así que espero que se entienda algo de lo que pretendo expresar...

El origen de mi empanada mental: ayer, diez de la noche, Peque en modo me-cabreo-por-todo. Mr. X diciéndome que dejase llorar un poco al churumbel, que ya está bien de consentirle en todo, que va a ser un caprichoso.

Antecedentes: Peque lleva toda la semana con gripe, y nos hemos quedado sin canguro para estos días porque los abuelos estaban de vacaciones (muy bien merecidas) y mi cangu por excelencia, mi amiga E, ha emigrado ya para vivir su love story con el hombre de su vida. Conclusión: hemos tenido que apañarnos como hemos podido, pillando yo algún día de fiesta, haciendo malabarismos en el trabajo Mr. X. Y al final las fuerzas se resienten...

Cuando nació Peque llegaron a mis manos diferentes libros (de Rosa Jové, Carlos González...) que me hicieron concebir la crianza de un modo muy distinto al que yo había entendido siempre. En mi casa me criaron con amor, con mucho amor, palabras y comprensión, pero mi madre no tenía una paciencia infinita, y no aguantaba las pataletas. Así, cuando yo me ponía cabezota, me llevaba a otra habitación y trataba de neutralizar mi cabreo poniéndose seria. Y si se daba en público, con una miradita suya yo ya entendía que estaba a punto de exasperarla y me calmaba ipso facto. Además mi madre, tan amorosa conmigo, cuando ponía cara de ogro daba miedo de verdad, ¡jajajaja! Por otro lado, mi padre, alemán y cabeza cuadrada, como él mismo dice, también era más partidario de la disciplina que del dejar a los niños hacer lo que quieran. Total, que yo salí muy buena niña, tranquila, de entretenerse sola. Pero ahora veo que no es sólo porque mi madre y mi padre me enseñasen a ser educada y moderada (que también), sino porque yo soy de temperamento tranquilo, tirando a sumisa más que rebelde (excepto en la adolescencia, pero ese es otro tema).

Y entonces vas y te conviertes en madre, y lo que habías pensado de la educación se va al carajo. Me ha salido un Peque demandante y de mucho carácter. Y además estamos entrando en la fase de las rabietas. Bueno, rectifico, hemos entrado del todo. Y cuando tiene una rabieta, por ejemplo, porque en vez de la chaqueta azul que estoy a medio ponerle, quiere la roja, pues muchas veces, para evitar el conflicto, le pongo la que quiere. Y eso con muuuuchas más cosas. Hace años, viéndome a mí misma, hubiese pensado: "Coñe, acaba de ponerle la chaqueta azul, que sino el crío siempre se sale con la suya". Pero hoy pienso: "Para que vamos a tener una pelotera tonta por esto, si quiere la roja, pues igual es porque le es más cómoda, o le da menos calor...cambiamos y listo". Y no creo que eso haga de él un tirano caprichoso que me toma el pelo, más bien intento respetar sus opiniones mientras estén dentro de un orden (de no jorobar al prójimo ni a sí mismo). Pero claro, eso supone que durante el día el pequeñajo te cambia los planes veinte veces. Hay cosas que no le permito, como tirar la comida, cosa que a veces hace, para suplicio de aquí su madre y cocinera del reino, o pegar cuando está muy cansado y enfadado. Ahí si que no consiento para nada, pero con las cosas triviales suelo ceder siempre. Y como he dicho, es muy demandante. Quiere brazos, contacto continuo. Resultado: a veces, sobre todo cuando el cansancio hace mella, supera los límites de la paciencia. Especialmente los de Mr. X. Y pa que negarlo, cuando lo veo así se me hace un nudo en el estómago. Porque además yo hace años le daba mi opinión sobre la educación de sus peques y ahora con el nuestro veo las cosas de otro modo. Moraleja: cuando seas madre te comerás tus palabras unas veinte veces por día (a veces un poco más).

En fin, que no quiero convertirme en una de esas madres protectoras y consentidoras que cuando su niño hace alguna trastada les suelta con un hilo de voz "Peeeeque, pórtate bien" y siguen de cháchara con la amiga. Pero tampoco quiero ser un sargento e imponer lo que yo creo que ha de hacerse a cada instante. Dicen que la virtud está en el término medio, ¿no? Pues ahí ando yo, tratando de encontrar el término medio.

Por cierto, hoy es el cumple del padre de la criatura. Pobrecito, ha (hemos) tenido una semana durilla. Espero que este finde se alegre con el regalazo que le tengo preparado. Felicitats, amor meu!

Buen finde!

jueves, 27 de octubre de 2011

No llores

A veces en mi profesión vivo momentos muy emotivos, a flor de piel, y eso ocurre sobre todo cuando debo eutanasiar a un animal. No es fácil, pero con la experiencia eres capaz de vivir la situación con la distancia suficiente como para no pasarlo demasiado mal. A veces es imposible, porque tú estás sensible o porque le tienes un cariño especial a ese animal o cliente. Pero no es de eso exactamente de lo que quiero hablar...

Hace unas semanas tuve que eutanasiar a la gata de una clienta. Esta chica, a la que llamaré L, tiene un hijo de unos cuatro años aproximadamente. Solía venir a las visitas sola o con el niño. Así como hay niños que lo miran todo con curiosidad, te hacen preguntas sobre su animalito, te piden que les enseñes el fonendo...este niño es de otro tipo, de los que no se interesa mucho por el bicho y se dedican a interrumpir continuamente porque quieren irse al parque. Muy ocasionalmente L venía con su marido, un hombre de cuarenta y tantos, trajeado, inmaculado y profundamente arrogante. Yo periódicamente tenía que sedar a la gata para poder cortarle el pelo en la peluquería, cosa que no me gustaba hacer con frecuencia porque tenía un soplo cardíaco. En una de esas ocasiones apareció el marido, que es médico. En vez de preguntarme por el proceso de la sedación en lo que podría haber sido un intercambio de conocimientos, me habló con autosuficiencia y vino a decirme que si se moría la gata mala suerte...

Un día vino L llorando con la gata y el niño porque se había encontrado al animal en casa prácticamente agonizando. Le sugerí la eutanasia porque la gata era muy mayor y estaba muy enferma, y L se bloqueó, no era capaz de tomar una decisión. Llamó a su marido y pude intuir por la conversación que él no se estaba mostrando muy comprensivo. L me pidió que por favor esperásemos a su marido (ya era la hora de cerrar) y así lo hicimos. Cuando llegó y vio el percal le dijo a L que estaba claro que había que eutanasiar. Mientras yo lo preparaba todo, L no paraba de sollozar, cosa que me parece de lo más normal y a lo que estoy habituada. El niño miraba sin entender mucho qué pasaba, y su padre se iba sulfurando por momentos. De pronto, se giró hacia su mujer y le dijo: "¡No llores! ¡Deja de montar el espectáculo! ¿Quieres que el niño te vea así, llorando sin parar? ¡Yo veo la vida y la muerte cada día!". L contestó en un susurro que ella no estaba acostumbrada como él a esas cosas y trató de sorber los mocos y aguantar el llanto para no enfurecer más a su marido. Me sentí fatal, tenía ganas de echar a ese hombre fuera de la consulta y animar a L a que llorase todo lo que quisiese. Y de hecho, como él se marchó antes, fue lo que hice, consolarla y tratar de hacerle ver que era normal expresar su dolor. Hice mi trabajo y ellos se fueron.

Cuando volvía a casa iba pensando en lo ocurrido, en que me entristecía que L tolerase que la tratasen así, que ese hombre no sabía lo que era la empatía (¡si alguna vez voy a parar a su consulta pienso salir corriendo!)...y sobre todo, pensé en el niño. Viendo como se comportó su padre, entiendo más cosas de su carácter. Quizás, su padre fue un niño al que también le prohibieron llorar.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El tiempo que pasamos con nuestros hijos

El otro día estaba hablando con una amiga mía y me explicaba las andanzas de un primo suyo, al que conocí hace años. Él y su mujer tienen un niño un par de meses mayor que Peque. Mi amiga me comentaba: “Pues se lo han montado súper bien, porque tienen una canguro que les cuida al nene toda la semana y todos los viernes se queda a dormir. Así ellos pueden salir juntos a cenar o de fiesta y al día siguiente ni siquiera han de madrugar porque la canguro está allí para encargarse del niño”.

Le contesté que sí, que qué bien se lo habían montado sin darle más importancia, pero me quedé pensando en ello…

Mi decisión de tener un hijo fue meditada, consciente y deseada. Sabía que mi vida cambiaría, que tendría otras rutinas y obligaciones, que todo sería distinto. No negaré que en cierto modo me daba miedo. He sido hija única, y aprecio mucho mis momentos de tranquilidad en casa yo solita. Me gusta leer, cocinar, ver películas, navegar por internet…Vamos, que no soy de las que se aburre en casa. Sabía que el día que tuviese un hijo eso cambiaría mucho. Y a decir verdad, a pesar de saberlo no podía imaginar hasta qué punto, porque Peque reclama mi atención constantemente (no se entretiene solo, me pide brazos, mimos e interacción continua). Pero lo que siento cada vez que me sonríe y me pide que le achuche compensa con creces todas las cosas a las que he tenido que renunciar temporalmente. Y a medida que crece voy encontrando pequeños momentos para satisfacer mis necesidades. Lo más difícil es lo de las salidas nocturnas. Desde que nació Peque sólo me he ido de juerga una vez, y porque era la despedida de soltera de una amiga y no podía fallar, sino, ni eso. Reconozco que no soy la persona más fiestera del mundo, pero por supuesto, me encantaría ir a tomarme una cervecita con mis amigos a la salida del trabajo. En vez de eso voy tan rápido como puedo a buscar a mi rubiales, porque me sabe mal que haya estado varias horas del día sin mí. Creo que en estos primeros años de su vida con quien necesita estar el máximo tiempo posible es con papá y mamá.

No pretendo juzgar a esos padres de los que me hablaba mi amiga. Los conozco, son un encanto, y estoy segura de que quieren muchísimo a su hijo. Simplemente, mi forma de entender la maternidad es distinta. Además, me doy cuenta de lo rápido que pasa todo. Habrá tiempo de sobra para hacer todas las cosas que me gustan. Ahora es el momento de estar con mi corazón.