martes, 3 de diciembre de 2019

Let the trekking begin


Para ir a Pokhara teníamos dos opciones, autocar o avión. La distancia entre Katmandú y Pokhara no es muy grande, unos doscientos kilómetros, pero el estado de las carreteras no permite emular a Fittipaldi, así que se tardan más de siete horas en autocar. El avión es mucho más rápido, pero también más caro. Nos decidimos por el autocar para, como decía Shali, vivir la experiencia. 

Tardamos un buen rato el alejarnos de la ciudad, tanto por el tráfico, como por las paradas recogiendo y dejando gente (nuestro vehículo era para turistas, pero aún así también subió algún autóctono). Me gustó cambiar progresivamente el paisaje de caos urbano por el del campo, cada vez más y más verde (aunque en los márgenes de la carretera se acumulaba el polvo en la vegetación y el efecto era extrañamente apocalíptico y tardó varias horas en desaparecer). A medio camino, los campos cultivados y los pequeños y pintorescos pueblos pasaron a dominar el paisaje, y por fin, pudimos entrever la cordillera del Himalaya a lo lejos.

Compartir tu vida con alguien hace que llegues a mimetizar algunos gustos. Yo creo que Mr. X ha ampliado sus horizontes musicales gracias a mí (cuando nos conocimos escuchaba Queen y Bach en bucle), y quizás también le guste más cocinar, y sepa decirme el nombre de uno o dos directores de cine. Por mi parte, desde luego disto mucho de ser la persona atlética y deportiva que es mi maromo, pero algo de su amor por la naturaleza y las montañas ha acabado calándome (y eso que hace años, cuando lo veía pasarse horas mirando fotografías de montes me parecía de lo más extravagante –por no decir friki-). Algo se me ha contagiado, sí, porque al atisbar los primeros Annapurnas noté unas lágrimas furtivas que se me acumulaban en los ojos.

Paramos a comer a la vera de un río (no sé cuál, porque Nepal está plagado de los mismos), en una terracita al sol, y agradecí haber eludido el avión para poder empaparme del paisaje que nos rodeaba y hacer fotos a montones de mariposas. Por cierto, aquí la menda tiene un don para que esos insectos se posen en mi mano, lo descubrí en Iguazú y desde entonces siempre trato de retenerlas unos segundos para disfrutar de su belleza.

                                               


A primera hora de la tarde llegamos a Pokhara. Nos alojamos en un hotel precioso, justo al lado de la orilla del lago Phewa. Si Katmandú apenas te da un respiro con su continua actividad y el batiburrillo de gentes, animales y vehículos que la pueblan, Pokhara es una localidad para disfrutar con tranquilidad, pasear a la vera del impresionante lago que la preside, respirar hondo y deleitarse con las vistas privilegiadas de las montañas. 
                                                           
                               


Dedicamos la tarde a conocer las inmediaciones del lago, caminando sin prisa por la calle principal, mientras conversábamos con Shali. El pobre chico ha tenido una paciencia tremenda con nosotros, porque Eu y yo somos algo así como el vinagre y el bicarbonato, una combinación efervescente, y cada vez que pasamos tiempo juntas nos comportamos como las adolescentes pavas que fuimos, y cuya esencia, a la vista de los acontecimientos, no hemos dejado atrás. De hecho, dudo que nunca se nos pase la imbecilidad que arrastramos. Y que dure.




Entre otras absurdidades, nos ocurría que no nos salía el nombre de Shali. En realidad se llama Shaligram, pero acabamos acortando su nombre porque llegamos a llamarlo Siddhartha, Surinam, Shangri-La, Sagarmatha, Simba, Salvador, Samarkanda, y cuando no salía ninguno, Noi. Lo dicho, paciencia de santo.

A la mañana siguiente se unió a nuestro grupo Pardip, el porteador. Para mí era una necesidad que alguien nos ayudase con el peso de las mochilas. Parte del equipaje se quedó en el hotel de Pokhara, y por otro lado llenamos una mochila con lo que pesaba más para que la llevase Pardip (cada uno llevaba una pequeña bolsa con lo más imprescindible).

¿Qué equipamiento se necesita para un trekking? La dificultad teórica de nuestra ruta era baja (ya matizaremos eso), y la altitud máxima alcanzada, 3210 metros. No hace falta mucha cosa en realidad: pantalones de montaña, camisetas de manga corta-larga transpirables, polar o similar, calcetines cómodos, un anorak o plumas para cuando aprieta el frío, guantes, toalla, saco de dormir -no imprescindible, porque en los albergues te ofrecen mantas, pero recomendable-, buen calzado (unas zapatillas cómodas son suficiente, no hace falta botas) y sobre todas las cosas, ¡bastones! Sin ellos, no habría podido completar la ruta ni de coña. Y otra cosita que no llevé y eché de menos: unas chanclas. En muchos de los sitios donde dormimos, la ducha era comunitaria y sin lugar para dejar las cosas mientras te quitabas la roña del camino, así que entrar y salir con chanclas nos hubiese facilitado la existencia. De nada.

A las ocho de la mañana nuestro equipo de cuatro iba camino de Nayapul en el vehículo que Shali puso a nuestra disposición para trotar cual cabras locas por las accidentadas carreteras nepalíes.

Nayapul estaba de fiesta, preparándose para las celebraciones locales. Sellamos nuestra entrada a la reserva de los Annapurnas y comenzamos a caminar. Debo decir que en esas primeras horas me vine arriba porque la caminata me pareció más que asequible. Y me sorprendió muchísimo el paisaje. Había imaginado un terreno yermo, frío, rocoso, y estábamos en medio de una selva casi tropical, de vegetación exuberante y plantas y flores por doquier con temperaturas primaverales.

 


Como estábamos en período festivo, los niños no iban a la escuela y los veíamos jugar por todas partes y columpiarse en las construcciones que les fabrican para ello. También se acercaban para pedir dinero o chocolate. Por suerte íbamos cargados de caramelos y fue lo que repartimos a diestro y siniestro.

                                                       


Comimos en uno de los múltiples lugares que te encuentras por el camino y avisté las primeras de las muchas escaleras que íbamos a pisar en los días venideros.

“Pero Shali, estas no son las chungas, ¿no?”

“¡Claaaaaro que no!”

Olé ahí, dando ánimos. Para llegar a nuestro destino, subimos escaleras, y esa fue la tónica en todo el trekking, aunque en algunos hubiesen más (al día siguiente) o menos y alternadas con trozos de camino por el bosque. Así que más vale ir mentalizado.

A primera hora de la tarde llegamos a nuestra primera parada: Tikhedhunga. La teahouse que nos serviría de albergue estaba oculta en mitad del bosque, al lado de un río, y pasamos por un puente colgante para llegar hasta ella. Nuestra habitación era modesta, pero estaba tan cansada que me pareció de cinco estrellas. Salvo la ducha. En teoría teníamos agua caliente en todos los albergues, pero descubrí que no era así cuando ya estaba en pelota picada bajo el chorrito gélido que nunca se calentaba. Y no me veía con ánimos para vestirme e ir a la ducha comunitaria, así que me duché con agua fría. En el fondo es muy vigorizante (ejem).




                                                                   
Cenamos poco después del anochecer. La carta es clónica en todas las teahouses: dal bhat, variedad de arroces y pastas más o menos picantes y MO:MOs. Ni idea de por qué lo escriben así. Vienen a ser como las gyozas japonesas y me nutrí de ellos durante casi toda la ruta, me flipan. Para beber: ginger lemon honey, que me gustaba más que el masala tea porque la leche no me va.

Durante la cena nos acompañó un murciélago juerguista que iba de una viga a un poste y viceversa compulsivamente, y nos pasamos el rato haciéndole vídeos, porque el bicharraco era King Size y daba gusto verlo volar. También aprovechamos para hacer un skype y descubrí que P tenía un berrinche del quince por haber perdido su peluche adorado en una excursión del cole. Ese fue el momento en que peor llevé los casi 10.000 km que nos separaban. La próxima vez (si la hay), me lo llevo. Nepal es un país seguro, tranquilo e ideal para disfrutar en familia. Nos cruzamos con muchas familias con niños haciendo el mismo trekking que nosotros, y estoy segura de que P disfrutaría de la aventura.

Según mi mapa mental, el día siguiente era el más duro. Saliendo de Tikhedhunga hay un tramo de escaleras sin pausa ninguna de dos horas, más de tres mil escalones. Básicamente el resumen es este:

                                     
                                                   

Al principio me costó pillar el ritmo, y caí en la tentación de ir preguntando a Shali cuanto faltaba cada veinte segundos. Luego te das cuenta de que como no relativices, se te va a hacer muy largo, y casi se trata de entrar en un estado de meditación. Acompasar movimiento y respiración y fuera prisas. Cuando lo conseguí logré disfrutar hasta del esfuerzo. Eso cuando no echaba un ojo a la tipa de delante, una mujer enorme que las estaba pasando canutas y cuyo cuerpo bamboleante parecía que se me iba a caer encima entre resuello y resuello.

Aún así, tenía que parar cada quince minutos aproximadamente. Como había vaticinado Shali, Pardip siempre iba por delante de nosotros, y cuando llevaba mucha ventaja nos esperaba en algún recodo. Al alcanzarlo me ofrecía pani (agua) y así empezaron las clases de nepalí. Cuando me veía que había recuperado el aliento me decía: Jam jam? (que suena algo así como tzam tzam), o lo que es lo mismo, "¿vamos?". Y si yo decía que vale, seguía con un bistare, bistare (poco a poco). Quince minutos más, pani, recuperar el aliento y jam jam, bistare, bistare.

Dos horas más tarde llegamos a Ulleri y entré en modo subidón-subidón. Paramos a tomar algo y me sentía pletórica. Había pasado la fase más chunga.

Ja.

                                                       


El resto de ese día subimos y subimos… y subimos (1400 metros de desnivel, en total). A veces escalones, otras veces a través de maravillosos bosques de rododendros. Para mí fue físicamente duro, aunque pudiendo descansar es bastante soportable. De todos modos, no está tirado si no tienes un mínimo de fondo. Y como yo no lo tenía lo pagué con unas pedazo de agujetas que me hacían ver las estrellas ya llegando a Ghorepani. Eso sí, las vistas… qué vistas.

                       

Vinagre y Bicarbonato


Nos alojamos en unas cabañas con el nombre de montañeros ilustres (el de al lado era el de Killian Jornet), y aunque sí había agua caliente, la calefacción es un lujo no contemplado y por la noche la temperatura tuvo que rondar los diez grados, siendo generosos.

Por suerte pudimos entrar en calor en el comedor, donde había muchos grupos de excursionistas que al día siguiente harían el pico de Poon Hill, como nosotros, para ver el amanecer en el Himalaya. Comimos rodeados de un ambiente festivo. Los guías, tras ordenar y traer nuestra comida, se pusieron a beber raksi (nepalí wine, decían ellos, un brebaje tipo saque que tumbaba de lo lindo), jugar a cartas, y bailar a ritmo bollywoodiense mientras nosotros nos calentábamos en la estufa central.

A las cuatro y media de la madrugada del día siguiente teníamos que subir a Poon Hill, así que nos retiramos a nuestras habitaciones a una hora prudente (aunque yo tardé lo mío en llegar porque iba a ritmo las-muñecas-de-Famosa-se-dirigen-al-portal… qué agujetas, madre del amor hermoso). Me quedé dormida antes de tocar la almohada, y menos mal, porque me esperaba otra jornada intensita.













martes, 26 de noviembre de 2019

De templos y estupas



Si bien Katmandú nos recibió con una mañana brumosa, a la hora de comer ya disfrutábamos de un sol radiante y una temperatura más que agradable. Shali nos recogió en coche y fuimos a nuestro primer destino: la estupa de Swayambhunath. En realidad no hay únicamente una estupa (que es un edificio budista), sino que también se encuentran en el mismo emplazamiento otros templos hinduistas. Por lo que nos contó nuestro guía, budismo e hinduismo conviven con respeto y sin conflictos en los lugares santos que comparten.

            


Para los guiris a los que se nos resiste el nepalí, al lugar también le llaman el templo de los monos, por estar repleto de susodichos. Si no os gustan los primates, no preocuparse, no se lanzan contra los visitantes a no ser que te acerques mucho-mucho y lleves cualquier cosa comestible en las manos. Yo les hice miles de fotografías de cerca y pasaron totalmente de mí.

                                                                                      


Las estupas están rodeadas de ruedas de oración con el mantra om mani padme hum grabado en sánscrito. Los practicantes dan tres vueltas a la estupa, en el sentido de las agujas del reloj, haciendo girar las ruedas para, entre otras cosas, vaciar de ego su persona.

Hablando del om mani padme hum, descubrimos en esa primera incursión en el valle de Katmandú, que muchas tiendas tienen como hilo musical el famoso mantra entonado por voces graves y harmoniosas. Y luego, claro, no te lo sacas de la cabeza. Bueno, eso hasta que conoces el Resham firiri…. (todo llegará).

De aquí fuimos a la plaza Durbar. Es un complejo de templos y santuarios, con una arquitectura espectacular de bonita, trabajada en gran medida con madera con árbol de sal, que es especialmente resistente. También aloja el que fue palacio real durante varias dinastías. Pensaba que tras el terremoto del 2015 veríamos muchas edificaciones derruidas, pero me sorprendió ver lo mucho que ya tienen arreglado.

                                                                        


Todos los sitios turísticos que visitamos requieren del pago de una pequeña entrada, muy asequible en la mayoría de lugares (para calcular el cambio de rupias nepalís a euros, hay que dividir entre cien –en realidad cien rupias son casi unos ochenta céntimos de euro, pero es una forma rápida de acercarse al precio justo-).

Como colofón de nuestra primera jornada en Nepal, Shali nos llevó a un restaurante típico para comer dal bhat, el plato estrella del país (arroz con sopa de lentejas y una guarnición de verduras –como unas espinacas que cultivan allí muy intensas de sabor- y algo de pollo y otras carnes, todo muy especiado). A mí me encanta el picante y el curry, la cúrcuma, el cilantro… así que fui feliz con la dieta nepalí (pero también se pueden conseguir platos occidentalizados o por lo menos no tan picantes en casi todas partes). 

Al día siguiente seguimos conociendo el valle de Katmandú. La primera parada fue el monasterio budista de Kopan, localizado en lo alto de una colina con vistas a la ciudad. Organizan cursos de meditación para extranjeros y puedes pasear por sus jardines, llenos de edificaciones coloristas y jóvenes monjes con sus túnicas rojas charlando por los rincones. 

                                                                        


Desde la colina ya podíamos entrever nuestro siguiente objetivo, la estupa más grande del mundo: Boudhanath. Es un templo majestuoso encalado blanco y repleto de banderas de colores, aunque la plaza que lo acoge no se queda atrás en belleza, un lugar perfecto por el que pasear tranquilamente –lejos del caótico tráfico- y retener en las retinas todo el colorido que te rodea.

Para llegar a la plaza se pasa por calles peatonales llenas de mercaderes, y es imposible no empezar a bichear, que diría mi amiga Carmen, por todas las tiendecitas que se apostan a lado y lado de la vía. 

 


En un momento dado la callejuela se abre a la gran plaza, y algo se encoge dentro de ti mientras te adentras en el lugar. 

                                   







Por último ese día, fuimos a Pashupatinath, el templo más grande del dios Shiva en el mundo y donde también está uno de los crematorios de la ciudad. 




No pudimos acceder al interior del templo porque ese derecho está reservado a los hinduistas, pero pudimos observar los ritos funerarios de los nepalís, tan diferentes a los nuestros. En occidente vivimos la muerte para adentro, escondidos casi, y resguardados de los ojos que no pertenezcan a familiares y amigos. La ceremonia en Nepal se da al aire libre, con la intención explícita de que al incinerar el cuerpo, este pertenezca de nuevo a los cinco elementos (también representados en los cinco colores de las banderas de oración nepalís: tierra, aire, fuego, agua y cielo). Una vez quemado el cuerpo, las cenizas se vierten en el río sagrado Bagmati, afluente del Ganges. Los observadores son bien recibidos, y en frente de las pilas funerarias la gente se sienta y mira, formando parte del cuadro, pero desde el otro lado de la barrera. Shali nos advirtió del olor penetrante de las incineraciones al aire libre (y nos llevó a comer antes, precisamente para que no nos cerrase el estómago lo que viésemos), pero no nos pareció en absoluto algo desagradable de contemplar. Impactante, quizás, pero más que por la muerte en sí (a la que probablemente nuestra profesión nos acerca cada día haciendo que la integremos como parte del ciclo), por la extraña convivencia de gente viviendo el inicio del luto por sus seres queridos con otra gente que pasea, toma fotos y esquiva a vendedores ambulantes. 




Esa noche era la última en Katmandú antes de emprender el camino a Pokhara, punto de partida del trekking, y la invertimos en callejear por el laberíntico barrio del Thamel, donde están los hoteles para turistas y los miles de comercios en los que surtirse de souvenirs y material de montaña a precios irrisorios. Eso sí, el regateo está a la orden del día, y no dudé en dejar la faena a mis acompañantes, que yo prefería dedicarme a oler especias y tés y lo de regatear se me da muy malamente.

Nos fuimos a la cama prontito y algo antes de las siete de la mañana cogimos un autocar rumbo a Pokhara.




                                                                      
                                                                         Mas pillao ;)



miércoles, 20 de noviembre de 2019

Katmandú



    



Antes de entrar en materia, unas consideraciones previas por si algún lector o lectora está teniendo la tentación de viajar a Nepal (no te lo pienses más y pilla billete ASAP).

Aunque sobra que lo diga, hay que tener el pasaporte al día y con una vigencia mínima de seis meses. Aún me acuerdo de un viaje que hicimos a Portugal con P cuando tenía unos cinco meses. Le hice el DNI y me quedé tan pancha. Cuando en el chek-in nos dijeron que hacía falta pasaporte casi me da un patatús. Ya me veía en tierra despidiendo el avión de Mr. X con el lagrimón colgando, pero resulta que para despistados como nosotros hay una oficina en el aeropuerto destinada a solucionar estos aprietos. El careto de P en la foto de ese documento no tiene precio (le sostenía yo por detrás porque no se aguantaba erguido, angelico), y el carrerón que nos metimos para embarcar a tiempo tampoco lo tiene.

Es necesario tramitar un visado que puede ser de quince, treinta o noventa días. Se puede solicitar online en el consulado de Nepal en Barcelona, pero también se puede hacer en el aeropuerto una vez llegas a Katmandú, opción por la que optamos. Hay dos mostradores, y hay que hacer cola en los dos (Mr. X se encabezó en que solo era una cola, y Eu y yo tuvimos que convencerle de lo contrario, en su defensa diré que odia más las colas que las coles de bruselas, que ya es decir), a la izquierda para abonar las tasas y la derecha para sacar el visado. Nota práctica: llevar fotitos tamaño carnet. Las usaréis para eso y para los permisos a la hora de entrar en los parques naturales si hacéis un trekking –que lo haréis, hacedme caso porloquemásqueráis- (de eso se encargó nuestro guía, una cosa menos que gestionar). También hay que tener a mano la dirección del hotel o casa donde os alojaréis para rellenar los datos del papel de inmigración que os harán cumplimentar en el avión.

Vacunitas y otros temas de salud. En el servicio de atención al viajero nos informaron de las vacunas recomendadas para la zona que visitábamos. En nuestro caso nos tocó la fiebre tifoidea (se toma en cápsulas a días alternos, tres dosis) y las hepatitis A y B. Por nuestro trabajo y viajes anteriores ya estábamos cubiertos frente a la rabia, pero de no haber llevado esa vacuna, me la habría puesto sin dudarlo, en Katmandú te tropiezas con bichos todo el rato. Por otro lado está el tema de las diarreas del viajero. Llevamos pastillas y lejía potabilizadoras, pero no tuvimos que usar nada de eso porque conseguimos agua embotellada en todos los lugares que visitamos. Y nuestro guía nos dijo que podíamos comer verduras y ensaladas en las zonas turísticas, lo único que nos desaconsejó fue catar las delicatessen de los puestos ambulantes. Le hicimos caso porque somos muy obedientes y no tuvimos ningún problema al respecto. Tampoco lo tuvimos con los mosquitos, si vais en época álgida de insectos, hay que llevar un buen repelente.

¿En qué zona hacer el trekking? Temazo. Hay tres zonas básicas que valoramos: Everest, Langtang y Annapurnas. La segunda la descartamos porque no se ven tantos picachos, y era lo que le hacía más ilusión a Mr. X. Everest nos parecía muy masificada y finalmente nos decantamos por la región de los Annapurnas, que ofrece más variedad de rutas y se podía adaptar mejor a mi cuerpo serrano (ironía modo súper-on).

Seguro de viaje. Necesario. Hay varios entre los que elegir, nosotros optamos por el del CEC ya que Mr. X pisa mucha montaña por aquí, pero hay donde elegir.

¿Guía sí o guía no? Aunque se puede viajar sin guía por la mayoría de las zonas (algunas requieren de sus servicios sí o sí), dada nuestra fantástica experiencia con Shali no puedo más que recomendar ir con guía. Entiendes mejor la idiosincrasia del país, sus costumbres, su historia… Y si vas con Shali, te vas a divertir. Garantizado. Por otro lado, para el trekking contamos con un porteador. Yo ni me planteaba llevar mi mochila, vamos. Supongo que Eu y Mr. X hubiesen podido, yo jamás de los jamases. Y nuestro porteador fue un encanto (amigo de Shali, no podía ser de otra manera).

Otro factor importante en el que pensar es la época del año para viajar hasta allí. En principio se aconseja otoño (sobre todo) y primavera porque las temperaturas son más suaves y se pueden observar los picos. En invierno hace mucho frío y en verano, ayyy, en verano. Por un lado tenemos el monzón, es decir, lluvias miles y no ver un pico casi ni de canto. Y por otro lado… ¡sanguijuelas! Una de las personas que más me animaron a viajar a Nepal fue mi amiga Anna. Hablaba maravillas del país. Y cuando ya tenía los billetes pagados va y me suelta lo de las sanguijuelas. “¡Pero si no vamos a vadear pantanos!”, le solté, y ella me explicó que las bichas asquerosas caen de los árboles. Casi me desmayo. Literal. Por suerte me aclaró que ella había ido en verano y que creía que en otoño no había… Efectivamente, no nos succionó la sangre ningún anélido viscoso.

Y hasta aquí la breve introducción de cosas en las que pensar cuando uno se va a Nepal. Dicho esto, fuera de estos temas prácticos, no miré nada más sobre el país. Por un lado quería que me sorprendiera, y por otro no quería angustiarme por el trekking y su dificultad (que no era mucha por lo que decía Shali, pero igualmente me daba respeto…).

Las vísperas del viaje, lo que llevé más malamente fue despedirme de P. Él no quería que nos fuésemos (como dije, ha heredado mi miedo a los aviones) y no dejaba de achucharnos con aprensión. Yo le quitaba hierro al asunto, pero por dentro era gelatina pura.

La noche antes del viaje lo dejamos en casa de mis cuñados, que lo acogieron y mimaron mientras estuvimos fuera, y tras doscientos o trescientos besos y abrazos de despedida nos preparamos para la aventura yendo a dormir prontito y con esa mezcolanza de emociones que van de la cagalera máxima a los brincos excitados cada vez que piensas… ¡que nos vamos a Nepal!

Eu nos recogió de madrugada en un taxi con cara de zombie por estar recuperándose de un virus que le habían contagiado sus polluelos, y por fin, tras muchos meses de planear y especular, empezó la odisea.

Volamos con Turkish Airlines con escala en Istambul, y los vuelos fueron perfectos, ni una sola turbulencia de más (gracias a dior). Y qué placer poder devorar peli tras peli durante el trayecto. Hasta se me olvida que odio volar.

Llegamos a Katmandú al día siguiente, a las seis y media de la mañana. El ambiente era brumoso, y tras sacarnos los visados y pasar por el control aduanero, allí estaba Shali esperándonos con un collar de caléndulas para cada uno. Me enamoré del naranja de esas flores desde el minuto cero, y por suerte llegamos a pocos días de una festividad local, Tihar, o Festival de la Luz, y por todas partes veríamos adornos confeccionados con caléndulas.

Mi primera impresión de Katmandú fue el caos. Así, sin más. Nos sumergimos en un tráfico confuso en el que se circula por la izquierda en compañía de motos, peatones y animales, sin señales de circulación ni semáforos que regulen nada. Es la ley de la selva. A lo brumoso del día se sumaba una especie de polvo que todo lo cubría. Shali nos explicó que ese poso ha quedado en la ciudad tras el terremoto del 2015, pero no sé hasta qué punto es solo contaminación. Entre los traqueteos de la ruta empecé a fijarme en los detalles. Cables colgando de cualquier esquina como nidos eléctricos, puestos callejeros, los colores de los edificios, en tonos pastel y conjuntados sin orden ni concierto… y las caléndulas, alegrando cualquier rincón.

Shali nos acompañó hasta nuestro hotel, en el turístico barrio de Thamel. Nos recibieron con masala tea, unos namastés muy musicales (namasteeeee), las palmas unidas en forma de rezo y una ligera inclinación de la cabeza. Pudimos instalarnos y descansar un rato hasta la hora de la comida y a la una nos recogía Shali para empezar a conocer nuestro destino.

Pero eso ya, para el próximo día.










martes, 12 de noviembre de 2019

La celebérrima zona de confort



Tengo una magnífica zona de confort hecha a medida. Llena de rutinas adorables, exquisitos –aunque breves- momentos de paz para dedicar algo de tiempo a lo que me plazca, y como cualquier otra madre trabajadora, instantes de un frenesí y estrés deliciosos, algo caóticos, pero controlados dentro de mi encantadora amalgama de hábitos y manías.

Dicho esto, si a alguien puedo –y debo- culpar de abandonar esta parcela de sanas costumbres, no es otra persona que yo misma, así que entono el mea culpa, y en el fondo, hasta se lo agradezco.

Como adelantaba hace unos cuantos meses, para el medio siglo de Mr. X no se me ocurrió otra cosa que cumplir uno de sus más preciados sueños y planear un viaje para ver salir el sol en los Annapurnas. Quien imagine un viaje romántico para dos se equivoca, porque nos fuimos tres, y no, no era P quien nos acompañaba, sino mi amiga Eu. Debería decir nuestra amiga Eu, porque Mr. X la conoce hace ya casi diecisiete añacos y es una de sus compañeras de aventuras cuando tiene mono de subir algún pico, pero es MI amiga desde los catorce, y la antigüedad es un plus.

En teoría, durante las semanas previas a la odisea, Mr. X tenía que ejercer de entrenador personal y someterme a un arduo y exhaustivo entrenamiento que me llevase a soportar el trekking sin molestia alguna (tipo subir a Montjuic o al Tibidabo si me apuras), pero la vida 1.0 se ha puesto intensita últimamente y ya podemos dar gracias de no haber tenido que anular el viaje.

A dos semanas del vuelo aún no habíamos decidido ruta ni si íbamos por libre o con guía. La providencia puso en nuestro camino una recomendación que fue la repanocha y Shali, del que ya oiréis hablar, se convirtió en nuestro cicerone nepalí. Mr. X le comentó mis limitaciones físicas para el trekking (a saber, rótulas de cartón piedra y espalda serpenteante), y Shali nos hizo varias propuestas. Alguna era muy muy asequible para mí, apenas dos o tres días de caminata, pero yo quería que Mr. X y Eu disfrutasen a tope ya que se cruzaban medio planeta a mi lado, así que, en un día optimista, me decanté por una opción que sin ser destroyer total, no dejaba de ponerme un poquito a prueba. Shali me dijo que no me preocupase, que la peor parte era el segundo día, en el que había que subir dos horas de escaleras.

Dos.

Horas.

De.

Escaleras.

3500 peldaños, para más señas.

Yo puedo, me dije. Ya habría tiempo de acordarme de Shali, ya.

Antes de darnos cuentas ya estábamos en vísperas del viaje, y me preparé para abandonar mi preciosa, cuquérrima y apacible zona de confort. Porque sí, me encanta viajar y cuando vuelvo ya estoy pensando en irme de nuevo, pero para viajar, hay que volar, y eso ya no me mola una mierda (cuánto me acuerdo de Amaya Ascunce y de Eminem en cada vuelo, señor). Además, dejar a P en casa, que encima estaba hecho un flan y sufriendo porque volábamos (muy mal, creo que le he inculcado mis miedos, diez puntos menos en la escala de excelencia maternal), me tenía mohína perdida.

Pero ea, hecho estaba y qué coño, en el fondo era un planazo. 







jueves, 18 de julio de 2019

After Sun & Karate Kid



Aunque en los últimos años los veranos se han centralizado en la casa de la familia de Mr. X -con alguna escapadita a la costa siempre que ha sido posible- para mí verano es sinónimo de chapuzones interminables en el mar, polos refrescantes derritiéndose al sol y garbeos vespertinos por algún paseo marítimo, lleno hasta los topes de personas que caminan sin rumbo fijo, cuales zombis saciados de ocio litoral y con el cuerpo lleno de quemaduras que hacen que el roce del tirante parezca el de una sierra eléctrica.

Cuando Mr. X me propuso escaparnos una semanita a la Costa Brava, toda mi carga genética se puso a hacer la ola, porque yo soy un ente playero, a pesar de que paradójicamente odie de forma visceral la arena y su maligno poder para inmiscuirse en cualquier recoveco corporal.

Hemos cumplido con todos los tópicos del veraneo on the beach. A saber: cero despertadores, desayunar a la hora de la comida (y comer cuando los guiris están cenando), comprar bártulos acuáticos que P pedía compulsivamente para poder disfrutar de la jornada (y que compramos, claro está, para dejar de oír su cantinela desquiciante), nadar, nadar, nadar (qué gusto que nuestro vástago sea un delfín reencarnado en niño de nueve años), quedar con amigos y comer en chiringuitos pintorescos y con olores de dudoso origen, cenar en la terraza a la fresca en la compañía de los mosquitos…

Hay cosas que desde luego han cambiado mucho desde mi fase juvenil, como las mentadas quemaduras. En los ochenta lo de la protección solar era casi ciencia ficción (hasta nos poníamos bronceador con olor a coco, no digo más), y raro era el año que no te llevabas un despellejamiento post baño solar. Muy malamente, desde luego, pero aquello era otra era. Lo que no ha cambiado en treinta años es el After Sun. Esta vez he comprado el de toda la vida, el de la botella blanca y tapón azul verdoso que gira (en esa época pre extraescolares de inglés, para mí After Sun era el nombre de la marca, como Coca-Cola, y ni me planteaba que quería decir algo con sentido allende los mares). Lástima que P haya sentenciado que huele fatal y no haya podido podido embadurnarlo a gusto.

A pesar del fiasco con el pringue, P lo ha pasado bomba. Salvo por las noches, no iba a ser todo perfecto. Intentamos que durmiese solo, como en casa, pero no hubo manera. Nada más acostarlo me fijé en dos muñecos colocados sobre el radiador (fruto, sin duda, de algún viaje exótico de los propietarios del apartamento) y hasta a mí me dieron yuyu. P se negó a dormir en su presencia porque le miraban -NOS miraban- y al final dormimos todos en la misma habitación y Mr. X llevó los monigotes al cuarto de la lavadora (cosa que acojonó más a P cuando vio que no estaban preguntándome de inmediato si yo los había movido; al explicarle que los habíamos condenado al ostracismo suspiró aliviado porque ya se los había imaginado caminando de la manita por la casa). Nota mental: no dejar que mi churumbel vea la de Chucky hasta que le salgan las muelas del juicio.

Además de este revival en toda regla de mis estíos de juventud, otros hechos me han retrotraído a los ochenta (aparte de la tercera temporada de Stranger Things y la segunda de Dark, digo). Y es que P ha decidido que quiere hacer karate. Bueno, lo dice desde hace años, pero hasta este momento los astros no se habían alineado. Como ahora sí que sí, busqué un dojo por el barrio y lo llevé a una clase de prueba. Salió dando manotazos a diestro y siniestro, más contento que Ralph Macchio haciendo la patada de la grulla y convencidísimo de que lo teníamos que apuntar por imperativo categórico. Me veo poniéndolo a dar cera, pulir cera.

Bien pensado, si friega el piso ya me doy por contenta.








martes, 4 de junio de 2019

Nueve


Hoy Peque cumple nueve años. Ya no tiene casi nada de Peque, así que a partir de ahora lo llamaré P. Un pequeño paso para él, en la carrera de cumplir años, un gran paso para su madre, inmersa en la no muy grata tarea de aceptar que el tiempo, simplemente, pasa.

A pesar de que a menudo echo la vista atrás y buceo entre las miles de imágenes que estos tres mil dos cientos ochenta y siete días de maternidad me han dejado en el corazón (y en los megas de mi móvil), no sin su dosis de nostalgia inherente, puedo decir que el presente es mucho mejor que lo que hemos andado. Porque nos conocemos cada día un poquito más, sabemos cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos, qué día es mejor no echar leña al fuego, y cuando tras una bronca hay una carcajada esperando a emerger. Y aunque quede ñoño a más no poder, sabemos que el amor es el cemento armado de nuestra relación, y que por mucho que uno meta la pata, eso siempre nos salvará.

Eso, y las risas, que vamos a ver, con lo petarda que es la menda, y lo vacilón que me ha salido el colega, a veces lo que nos libra de acabar tirándonos a la yugular del otro es precisamente el cachondeo.

Soy una tipa con suerte, y saberlo, me hace jodidamente feliz.

¡Feliz cumpleaños pedorro!





jueves, 28 de marzo de 2019

Hoy un yo


Hoy un yo se ha levantado mustio, triste por un sueño que recordaba a medias y en el que no ha hurgado porque dolía demasiado. Otro yo se ha despertado feliz sin razón aparente y ha cogido el títere de cerdito para levantar a Peque con un monólogo que a él le ha parecido del todo tronchante.

Hoy un yo ha decidido saltarse un pelín las normas autoimpuestas de lo que es un desayuno saludable y se ha metido entre pecho y espalda un croissant cien por cien mantequilla con chocolate, y sin culpabilidad, negocio redondo. Otro yo ha se ha tomado su habitual té rojo, un kiwi y algunos copos de avena y también lo ha disfrutado, sintiéndose ligero y satisfecho.

Hoy un yo, antes de entrar en el trabajo se ha ido a la cafetería y tras leer un rato ha pagado la cuenta y se ha encaminado a la consulta. Otro yo se ha preguntado qué pasaría si por un día faltase a su compromiso laboral y fingiese un catarro, y se quedase en la cafetería leyendo. Dibujando. Escribiendo.

Hoy un yo ha ejercido con dedicación, ojo clínico de lince, sapiencia infinita, y ha dado con el diagnóstico de dos casos rebeldes que se resistían a ser resueltos. Otro yo ha tenido un día lleno de marrones, patinazos y pacientes/clientes complicados y se ha preguntado si no será hora ya de emprender otros caminos profesionales y encontrar su ikigay laboral.

Hoy un yo ha decidido darse la tarde libre, explorar la ciudad, redescubrir antiguos placeres solitarios, de los que disfrutaba cuando no era un pack cuasi indivisible con su familia. Otro yo ha comido con Peque, sus hermanos, su marido, su suegra, sus nueras y cuñados, se ha reído mientras disfrutaban del ágape y ha sentido la cálida compañía de su tribu con una sonrisa en los labios.

Hoy un yo estaba cansada de un día duro, de darle mucho a la cabeza, de no encontrar respuestas satisfactorias y definitivas… y lo ha pagado con Peque, al que ha urgido a acabar los deberes con prisa y cero empatía y al que ha tenido que pedir perdón llena de remordimientos cuando él se ha ido frustrado a su habitación cargando con las mochilas emocionales su madre sin apenas darse cuenta. Otro yo ha llegado a casa cantando Soledad y el Mar con Peque, se ha lanzado sobre la cama con su vástago y ha jugado con él a ser pistoleros cuya munición son cosquillas y ataques a traición.

Hoy un yo se ha metido en la cama deseando que la semana pase rápido y la rodilla deje de doler. Otro yo ha acomodado el cuerpo entre las almohadas y se regocijado de poder perderse entre las páginas de un libro, feliz en el presente. Y que dure.




Desde hace unas semanas en casa somos cinco más Perra en vez de tres más Perra porque dos hijos de Mr. X se han venido a vivir con nosotros. Hay más caos, listas de la compra infinitas, la lavadora me va a pedir la jubilación anticipada y yo voy a mutar a un ente un tanto más majareta. Pero también hay más risas, música y dibujos. Marie Kondo, a tomar por culo, lo nuestro nunca pudo ser.