Ya he pasado por aquí... El camino me es familiar. Y curiosamente en mi imaginación se parece a los senderos que surcan los agrestes paisajes de Cumbres Borrascosas.
Como si en efecto estuviese en la novela de Emily Brontë, me veo caminar bajo mi capucha contra vientos perpetuos, con un movimiento lento y avanzando cabizbaja. Desde luego, el puto frío no ayuda para nada.
De todas formas, como decía, ya he pasado por aquí, conozco el camino y sé a dónde lleva.
La gente que me rodea dice que tengo una forma ejemplar de llevar el duelo. Que acepto mi tristeza y hablo de ella con serenidad. Parece ser que mis niveles de resiliencia son adecuados. Pero notar que me recupero me jode. Sentirme mejor me aleja del momento en que se fue y pone tiempo de por medio. Y me da miedo olvidar su voz, sus gestos e incluso sus broncas.
Se dice que el duelo consta de negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Yo me he saltado negación-ira-negociación y he aterrizado directamente en la tristeza. En mi experiencia, los tres primeros días son los peores. El dolor es casi físico, la emoción incontenible y la ausencia, inabarcable. Esas noventa y seis horas de la semana pasada lloré cada vez que la idea de su partida me cruzó la mente y Peque se quejó de verme triste, pero le insistí en que llorar es bueno, y en que es mi forma de echar de menos al Opa (intentaré hablar otro día de cómo hemos llevado el proceso con Peque). El duelo es un proceso extraño, salvaje, como me decía un amigo, y te sorprende seguir teniendo hambre, que por la calle todo luzca una irreal normalidad y que el sol continúe iluminando los días.
Durante ese principio vivir pierde su gracia. No te apetece disfrutar de nada, y en mi caso, lo único que anhelo es algo que mantenga mi mente distraída. Con mi madre fueron los puzles (nunca antes y nunca después me ha apetecido hacer uno). Con mi padre ha sido el ganchillo. De hecho estaba confeccionando unos patucos para el bebé de una amiga y como no me salían bauticé mi creación como "Puto Patuco" (hay que ser irreverente en esta vida). Estoy haciéndome con un surtido que no se acaba y al final voy a tener que montar una paradita.
Esos tres primeros días no atendí llamadas y contesté los mensajes de apoyo escuetamente por la falta de ánimo, pero debo decir fueron un bálsamo para el dolor. Aunque no apetezca salir de tu parcela de sufrimiento, sentirse acompañada es vital. Gracias a todos los que están, estuvieron y estarán.
Lloré, lloré y lloré hasta que me creí seca. Y digo creí porque voy por la calle (a mi flemático ritmo) y algo o alguien activa un recuerdo y de pronto las lágrimas inundan de nuevo mi mirada... Ahora por norma general lloro más por dentro, regando una oscura cavidad que ha quedado en el centro de mi ser. Pero conozco el camino, y sé que empapando la brecha reverdecerá, abonando el terreno para que en sintonía con la primavera, la ilusión y la alegría broten de nuevo. I promise. Por ti. Por vosotros.
