martes, 2 de febrero de 2016

Mans


No lo puedo evitar. Sé que corro el riesgo de llegar a la saturación, pero no lo puedo evitar (empiezo a sonar como el vizconde de Valmont).

Cuando una canción activa ese yo-que-sé-que-qué-se-yo en mi cerebro que hace que necesite oírla a todas horas, no lo puedo evitar… y la escucho hasta la saciedad.

En esta ocasión, además, lo que me transmite es algo más potente que lo que habitualmente puede hacer que me enganche a una melodía. Si encima de sonar bien y hablar de algo precioso, el que canta y compone es un buen amigo, la adicción alcanza límites estratosféricos.

Ya son veinticinco años de amistad. Unas cuantas aventuras. Lugares, sentimientos y anécdotas.

Con “Mans” es imposible no emocionarme. “Manos de aprendiz, que ahora son escuela”. En mi memoria no está tan lejos el ir de la mano con mi padre abarcando sólo su meñique con mi minúscula manita. Del mismo modo en que ahora Peque me prende uno o dos dedos cuando paseamos juntos a la salida del cole. Ciclos que se repiten, ayer, hoy y siempre, de mano en mano.

Senyor Roigé, tot un plaer.


Espero que la disfrutéis, al menos, tanto como yo.







jueves, 28 de enero de 2016

Opium y Yacaré


No soy una persona de aniversarios. De aniversarios tristes, quiero decir. Hace años que el aniversario de la muerte de mi madre me pasa desapercibido, porque ni necesito un día para recordarla ni su ausencia es especialmente intensa ese día.

De todas formas, el primer año tras la muerte de alguien amado supone un ciclo importante. El primer verano sin él, las primeras navidades sin él. Todo… sin él. Hoy hace un año que murió mi padre.

Puedo decir que los muertos que me acompañan me han ayudado a encarar los duelos cada vez con más serenidad. Quizás, con más entendimiento. Una aceptación que desde luego no anula la tristeza, pero la alivia. Pienso a menudo en la muerte, pero sin la angustia de hace quince años. Pienso en la muerte para tratar de aprehenderla, para prepararme para ella, cada día un poco más.

Los muertos que me acompañan. Lo digo así porque así lo siento. Hay más presencia de todos ellos en mi vida que vacío por no tenerlos a mi lado físicamente. Cada uno está presente en una situación determinada. Mis padres, siempre.

No están siendo días fáciles. Estoy en medio de un conflicto con un cliente que me afecta más de lo que debiera. Él no está contento con mi actuación como profesional, y viene cada día para curar a su animal mientras repite como una letanía su lista de insatisfacciones (como les explicaba a mis amigas, es como el día de la marmota, pero versión cabrona). Sé que la vida del animal no corre peligro alguno. Sé que lo hice lo mejor que supe. Sé que el problema lo tiene él y no yo. Lo sé, y sigo permitiendo que me afecte. ¿Por qué? Siempre he sido un tanto sensiblera, supongo. Mis padres lo sabían, y me metían caña de la buena, de la que te hace reír, te anima y te sube el ánimo a la estratosfera cuando me notaban así. “Tú vales mucho”, me habrían dicho.

Hoy quiero proponerme sentarme a la mesa con ellos. Iremos a cenar fuera. Vomitaré mis penas y mis inseguridades. Regaremos la conversación con un buen Ribera (rosado para mamá). Charlaremos, reiremos, lloraré un poco para mitigar la tensión acumulada y acabaremos recordando como siempre las aventuras de papá en la selva venezolana. Un cálido confort mecerá mi corazón, y antes de irme a dormir los abrazaré fuerte para nutrirme de su amor. Papá olerá a Yacaré, y mamá a Opium. Y el efluvio de sus perfumes me acompañará mientras me adormezco.

Mañana no dejaré que nadie pisotee mi autoestima, porque ellos me acompañarán mientras planto cara a la adversidad, venga de donde venga y a ser posible, con una sonrisa.

Opium y Yacaré. Aún puedo olerlos.





miércoles, 20 de enero de 2016

Particularidades


Me gusta ir en autobús. Es, sin duda, mi medio de transporte urbano preferido (el interurbano es el tren). Con Peque siempre mantenemos conversaciones como poco originales mientras nos desplazamos en bus.

Hace unos días…

…estábamos arrellanados en la última fila de asientos, dos plazas aisladas justo al lado del motor. La gente no suele sentarse ahí (imagino que el calor que emana la maquinaria puede agobiar a algunos, a nosotros nos encanta, y más con este frío de los cojones). Peque, siguiendo su temática preferida, me preguntó por qué a veces se le atraviesan los pedos en los intestinos. Yo le dije que era su particularidad.

Peque: ¿Mi particulidad?

Yo: Sí, algo que te caracteriza, que te sucede mucho. Tu particularidad.

P: No, no, no… Mi particulidad es que no vomito.

Yo: Particularidad –corregí-. Y es verdad, casi nunca vomitas. Es una de tus particularidades.

P. Claro… -asintiendo satisfecho-. ¿Y cuál es la tuya?

Yo: ¿La mía? Pues no sé… ¿Qué soy meona? –suelo ser acusada de ello en casa-.

P: No mamá. Tu particulidad es el amor.

Yo: ¿El amor? ¿Cómo el amor?

P: Jolín… ¡Pues el amor! Porque me proteges de los malos y te gustan los animales y los curas. Lo tuyo es el amor. Bueno, y lo mío, porque te quiero a ti, a papá, a Perra, a Hamsterín… -y aquí pasó a enumerar todos los animales que hemos tenido en casa-.



El amor. Esa es mi particularidad. Peque dixit. Pedazo regalo me hizo ese día. Anotado queda para recordárselo cuando tenga quince años. Je.





martes, 12 de enero de 2016

Cuentos de Navidad


Cualquier progenitor amante de la lectura desea que sus hijos descubran el placer de perderse en las palabras hilvanadas por otra persona. Por eso nunca dejo pasar la oportunidad de regalarle a Peque por Navidad uno o dos cuentos, aunque para él no sea ni de lejos el regalo estrella que desea recibir.
Estas fiestas han llegado a casa...


Sóc un artista de Marta Altés

                                       



Ilustraciones para recrearse en ellas por la riqueza de sus detalles -a pesar de no ser recargadas en absoluto- y un humor divino que llega a grandes y pequeños (me meo con su paleta de azules). Suerte tengo de que Peque se conforme con ver las artísticas performances de su álter ego sin necesitar emularlo.


Malina pies fríos de David Fernández y Alicia Borges




Me cautivó la pequeña esquimal desde que vi asomar su naricilla entre otros ejemplares de la librería. Imposible no identificarme con ella por su odio al frío.


La magia de mi nombre de The Story Taylors




Me hacía ilusión regalarle a Peque un cuento personalizado, y este me pareció bonito y cuidado (me acabó de decidir la reseña de mi gallina favorita). A Peque le ha gustado mucho descubrir las palabras que pueden construirse con cada letra de su nombre.


De los tres, ha triunfado el primero, sin lugar a dudas. Es el que más me ha pedido. Sin renunciar, eso sí, a otros dos libros que tenemos hace tiempo y que le apasionan por diferentes motivos.


Los cinco desastres de Beatrice Alemagna




Nos llegó con la subscripción a My Little Book Box y sencillamente le flipa. Tanto, que hay fragmentos que se sabe de memoria. Cosa que no me extraña, porque el texto tiene una musicalidad muy particular, y los personajes son, cuanto menos, hipnóticos. Diría que es el cuento que más veces he leído en mi vida.


Animàlium de Katie Scott y Jenny Broom




Imprescindible para los amantes de los animales, como nosotros. Pinceladas científicas y maravillosamente ilustradas de todo el reino animal, con datos curiosos sobre fisiología y gráficos que permiten relacionar las diferentes especies. Como reza la portada, bienvenidos al museo. Es una pasada de libro, creo que Peque lo gozará mucho tiempo.

Bonus track: Emocionario y Diario de la gratitud de Palabras Aladas


 

Imágenes tomadas de la web de Palabras Aladas


Hacía mucho tiempo que andaba detrás del Emocionario, había leído reseñas fantásticas sobre él y me lo habían recomendado muchas personas. Mi querida amiga T, madrina de Peque, se lo trajo ayer de parte de sus Reyes Magos. Él abrió su regalo con cierta desgana (cosa que ya sabíamos que ocurriría), pero estoy convencida de que lo vamos a disfrutar muchísimo y de que servirá para poner nombre a todas esas emociones que transitan su minúsculo, pero enérgico ser.

Feliz lectura.



martes, 5 de enero de 2016

Galletas encuentran casa


Llevan días preguntándose dónde irán a parar...


 
 
Hoy por fin los astros se han alineado para hacer que la mano inocente rebuscase en la funda de la plancha de viaje la bolsa de los sorteos...




Y esto es lo que ha determinado el destino:


 
 
¡Felicidades preciosa! Cuando puedas dame tu dirección y te mandamos las galletas.
 
 
Que los Reyes se porten muy bien con todos vosotros.
 
 
 
 


martes, 22 de diciembre de 2015

Navidad again


Las Navidades se han ido acercando y las he visto venir sin demasiadas expectativas. En ningún sentido. Suelen ser fechas amargas para los que echamos en falta a los que no están, pero ellos me dejaron tan buenos recuerdos de estas celebraciones que no me sentía muy identificada con ese pesar. Ahora que las tengo encima escuece algo más, la verdad. Por eso, imagino, no me sale un post decente, porque todo tiene un poso de nostalgia demasiado grande. Y a mí lo que me apetece es un poco de cachondeo para solazar el alma, qué le vamos a hacer. Así pues, unamos las inconexas ideas que navegan por mi mente en esta extraña entrada navideña.

Ayer Peque se olvidó de mirar su calendario de Adviento. Creo que este año no he conseguido motivarlo tanto como el pasado, claro que está más ocupado tratando de averiguar cómo carajo se lo monta un tronco con ojos pintados y barretina para comer golosinas, digerirlas, y transformarlas en heces que son regalos. No le culpo.

Una de las actividades que nos ha proporcionado el calendario ha sido ir al cine. Con las pelis infantiles no suelo interesarme por el argumento, el factor sorpresa le da un puntillo emocionante al tema. No teníamos mucho donde escoger, así que Peque, yo, y las japutas de mis hormonas en pleno reglazo nos metimos a ver El viaje de Arlo con dos bolsas de palomitas. Acabé sonándome con la bufanda porque las mangas de mi camiseta no absorbían más mocos y/o lagrimones. A pesar de haber leído varias críticas negativas, a nosotros nos encantó (ni que sea sólo por el tremendo efecto terapéutico de la llantina, para mí valió la pena verla).

Por otra parte, en mi caso Papá Noel se ha adelantado y ha puesto el yoga en mi vida. De momento seremos amantes durante ocho semanas. Más adelante, la logística y la economía decidirán si lo nuestro ha sido un romance pasajero o si va en serio. Por ahora estoy en fase de enamoramiento. Aunque, debo decir, que por mucho que me meta en el papel, me sienta yogui hasta la médula, haga el gato-vaca y diga namasté, cuando mi profe (genial, por cierto) hace sonar las campanillas, tengo que luchar contra mi yo canalla para impedir que la risita floja que me nace en las entrañas no se convierta en un descojone sideral por la esterilla.

En fin, la Navidad. Si cierro los ojos puedo ver a mi padre bajándome el árbol del altillo para que lo monte, a mamá buscando su disco de villancicos franceses, a mi abuela preparando el caldo y a mis tíos haciendo el ganso. Puedo recordar el sabor del asado alemán, las kartoffelknödel y las tradicionales galletas. Puedo evocar las risas, la emoción, los abrazos y el amor.

Ahora me toca a mí forjar esos recuerdos para que Peque los atesore. De momento ha aprendido un villancico “alternativo” que me enseñó mi abuela:

“Ande, ande, ande, la Marimorena, ande, ande, ande que es la Nochebuena:
En el portal de Belén hay un viejo haciendo botas, se le escapó la cuchilla y se cortó las pelotas”.

A voz en grito, en el bus y a hora punta. La próxima vez a ver si le enseño algo que no me deje en ridículo.

Por si no vengo por aquí en unos cuantos días, que paséis unos días maravillosos en la mejor compañía posible. Comed, reíd y celebrad. Como tiene que ser.

Ah, se me olvidaba. Fueron varias las peticiones, así que espero que mi regalo os haga ilusión. Ojalá pudiese enviar un paquetito a cada uno de vosotros, pero no me da la producción para tanto, así que sortearé entre todos los que dejéis un comentario y seáis de los habituales de estos lares, un pequeño lote de mis -nuestras- galletas de Navidad. Os dejo hasta fin de año para apuntaros.


¡Feliz Navidad!




lunes, 30 de noviembre de 2015

Empezar



Ser hija de dos personas carismáticas y creativas implica haber recibido una herencia que va más allá del amor y aprendizaje vital que me dieron mientras me acompañaban.

De mi madre he heredado una colección de más de ciento setenta lienzos. Me ha llevado años revisar toda su documentación, seleccionar la primordial y fotografiar y catalogar por tamaño y técnica su obra. Algunos cuadros los han adquirido personas cercanas, pero me quedan muchísimas creaciones, y no quiero que se queden en un almacén. Barajé la opción de organizar una exposición, pero no acabó de cuajar por diferentes motivos. Ahora estoy planteándome alternativas.

A veces me ponía al lado de mamá a dibujar. Ella decía que se me daba bien, pero nunca sentí el gusanillo de seguir, aunque de vez en cuando me apetezca hacer garabatos y no estén mal del todo. Si por mis venas fluye la sangre artística pictórica de la familia, me temo que me quedaré sin explotar su potencial.

Papá, desde hace muchos años, se pasaba los dos últimos meses del año fabricando galletas y dulces para familiares y amigos. Era un clásico. Los allegados empezaban a preguntar cómo andaba la producción por estas fechas para no quedarse sin su bolsita. Yo siempre decía que lo ayudaría, pero por una razón u otra, no encontraba el momento.

Cuando papá se puso enfermo el año pasado, y ambos sabíamos que no iba a sobrevivir, sacamos algunas horas para traducir sus recetas del alemán. Él se sentaba abrigado con su bufanda, y yo a su lado tomaba notas con el ordenador. Creo que aún puedo oírlo: “No olvides añadir una pizca de sal, aunque la receta sea dulce”.

En octubre empecé a plantearme si iba a elaborar las galletas este año o no. Por un lado me vencía la pereza (es mucho, pero que mucho trabajo), dudaba de mi capacidad para hacerlas bien y sentía un puntito de dolor. Por otro, sabía que era una forma de rendirle homenaje, y que no costaba nada intentarlo.

Pasó octubre, y no abrí el libro de recetas.

Llegó noviembre, y pensé “bueno, abro el recetario y me hago una idea de los ingredientes que necesito para las más sencillitas, sólo un par de hornadas”. Esa tarde fui al supermercado con Peque y compré lo básico. El sábado, al despertar, dudé un par de minutos, y al final me dije “venga, es cuestión de empezar, Peque se lo pasará bien”.

Fue meter las manos en esa montaña blanca de harina, mantequilla, huevos y azúcar (y un par de ingredientes secretos), y algo se activó en mi interior. Me sentí de golpe en la cocina con papá, escuché de nuevo sus tacos, sus comentarios airados, sus ironías corrosivas. Amasé con más brío y recordé cada uno de sus consejos (“añade un chorrito de ron… si te pasas con el chocolate, pon una yema de huevo extra… no laves el rodillo con agua”). Aromas de vainilla y limón inundaron la cocina, y cuando por fin saqué la primera hornada, me sentí satisfecha y feliz.

Como siempre, cuando algo cuesta mucho, sólo es cuestión de dar el primer paso y romper esa inercia inicial.



Con el primer paso empieza el camino.