Cuando tenía unos catorce años, por Navidad, el regalo estrella fue una enciclopedia. Mis padres, con una tendencia sádica nada encubierta a verme sufrir, colocaron los paquetes unas horas antes de darme permiso para abrirlos para poder deleitarse con mi angustia mientras yo hacía cábalas sobre qué podían contener esas cajas cuadradas. Curiosamente, no recuerdo si me hizo mucha ilusión como regalo, aunque sospecho que sí porque siempre he sido curiosa y amante del conocimiento, así, en general. En aquella época pre-internet, tener una enciclopedia era un recurso casi indispensable para hacer los trabajos de la escuela. Y también para satisfacer en poco tiempo dudas existenciales. Recuerdo muchas cenas en las que de pronto, en medio de una conversación, nos asaltaba la cuestión de -por ejemplo- cuál era la capital de Angola. Mi madre o servidora saltábamos a la enciclopedia y resolvíamos la incógnita (Luanda, en este caso). Le pillé una agilidad bárbara a manejarme con el orden alfabético. Hoy en día sacas el móvil, pones Angola y Google te obsequia con más datos de los que puedas absorber en toda tu vida sobre ese país.
Cuando me mudé a vivir con Mr. x me llevé la enciclopedia. Pero en estos doce años no la he abierto jamás, y dado que mi casa no es precisamente grande, empecé a buscarle otro hogar. Primero probé con bibliotecas, luego centros cívicos, asociaciones diversas, mercados del libro, tiendas especializadas... Nada, nadie la quería, pero me dolía desprenderme de ella de otro modo.
Hace dos años, cuando tuve que vaciar la casa de mi padre al morir, me llevé los álbumes de fotos familiares y los coloque en varias cajas sobre un armario. En diversas ocasiones me descubrí preguntándome: ¿cómo se llamaba aquel pueblo de Alemania que tenía un mercadillo navideño tan bonito?, ¿qué año fuimos a Mallorca?, ¿qué edad tenía cuando encontramos aquel cachorro al que le buscamos familia? Y siempre pensaba que si tuviese los álbumes de fotos a mano podría resolver muchos interrogantes. No puedo coger el teléfono y llamar a mis padres para preguntarles nada, así que las fotos suponen un mundo para mí.
Al final, con mucho pesar y tras un último intento de colocar la enciclopedia, la dejé en el portal de casa el día que recogen los trastos. Jamás fue un trasto, por supuesto, y me gusta pensar que alguien la vio y se la llevó a casa, pero decidí cambiar el conocimiento universal que recogían sus páginas por el personal, y ahora tengo los álbumes a mano, para revisarlos y reencontrarme con la historia de mi vida.
Peque cumplió siete años hace unos días y le estoy haciendo un álbum digital. Es el tercero que le hago, y aunque él ahora no le dé mucha importancia –o más bien ninguna-, quizás en un futuro los valore como hago yo ahora con los que hizo mi madre. O no, pero yo disfruto mucho confeccionándolos. Mi sistema de archivo de fotografías puede ser un poco desquiciante, y lleva bastante trabajo, pero supongo que tener ordenada toda esa información es vital para mí. Cada semana bajo las fotos que he hecho en el ordenador, las clasifico por eventos, elimino las que han salido mal y les pongo nombre. A todas. Las hijas de Mr. X creen que estoy un poco pallá, pero cuando quieren hacer un collage se van a mi ordenador porque saben que tecleando su nombre saldrán las cientos de fotos archivadas con ese criterio. Además, de cada evento selecciono unas pocas imágenes que ya aparto para los álbumes digitales. Me pirra esa metodología y encuentro un placer astronómico en ese orden milimétrico (ya que mantener el orden en una casa concurrida es casi imposible, al menos lo logro en el mundo digital).
¿He dicho ya que Peque ha cumplido siete años? Siete. Madre del amor hermoso. Siete.
Y por muchos álbumes más.







