Al principio, todo es difuso. Está esa sensación, tan intensa y real, de volar. Pero no vuelo, me deslizo. La pista está inmaculada, una finísima neblina la cubre por completo y se oye el ruido provocado por mis patines en un rítmico y perfecto siseo que únicamente puede indicar que el movimiento de las cuchillas es impecable, exento de roces, sin señal alguna de que ha habido un fallo en la técnica.
Me muevo sin miedo, con la confianza plena de que no me voy a caer. Avanzo a velocidad creciente, cojo la curva con unos cruzados ágiles, y me giro para seguir de espaldas, con los brazos acompañando un desplazamiento impoluto.
No salto, practico concienzudamente algunas piruetas y pasos que me provocan esa sensación de no rozar apenas el hielo. Siento el frío en mi cara. Soy etérea. No me duelen las rodillas. Mi cuerpo es fuerte, flexible y dinámico.
Y ahí me despierto.
Es uno de mis sueños –buenos- recurrentes (tengo unos cuantos), y diría que mi preferido. En esos sueños patino siempre como una campeona olímpica (puestos a soñar, ¡mejor hacerlo a lo grande!). La realidad, sobra decirlo, difiere bastante de ese estupendo mundo onírico.
Patinar sobre hielo es una afición que he tenido a épocas intermitentes –una intermitencia derivada de las circunstancias, no de las ganas-. Hice un par de cursos cuando era adolescente, y unos cuantos más con mi amiga E justo antes de tener a Peque. Con E superamos varios niveles básicos y nos adentrábamos ya en el fantabuloso mundo del patinaje artístico cuando descubrí que estaba embarazada. Desde entonces no había vuelto a patinar. Me parece un deporte muy complejo. Cuando veo a un patinador ejecutar una secuencia de pasos, pienso en los años de práctica que conlleva aprender cada ínfimo cambio en la posición de la cuchilla, mutando la posición del cuerpo, el centro de gravedad… Complicado de cojones. Y de ovarios. Y de todas las gónadas habidas y por haber.
Pero quiso el calendario de adviento obsequiarnos con una entraditas para la pista de hielo. Bajé del altillo mis patines (los adoro, fetichismo puro modo on), y nos fuimos con Peque y sus hermanos a quemar calorías sobre un par de cuchillas.
Me daba pánico entrar a patinar y pegarme el leñazo padre, pero para mi sorpresa, este cuerpo serrano que tengo aún recuerda como mantener el equilibrio. No me atreví a hacer demasiadas cabriolas para no tentar a la suerte –y porque no me acordaba de casi nada, que la maternidad me ha fundido unas cuantas neuronas-, pero fue maravilloso volver. Peque disfrutó de lo lindo… cayéndose. Sí, a él le moló mas tirarse al hielo que conquistarlo en vertical, pero ya me ha pedido dos o cuatrocientas veces que volvamos. Y para qué negarlo, con este tema, soy muy, pero que muy fácil de convencer.


