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jueves, 3 de mayo de 2018

This very morning


Esta mañana estaba yo a grito pelao emulando a Yvonne Elliman en JC Superstar, cuando de pronto me he dado cuenta de lo diferentes que son los comienzos de la jornada para Peque respecto a lo que lo eran para mí cuando era niña.

A la hora del desayuno solíamos coincidir papá, mamá y yo, pero cada uno estaba en su órbita. La tele sonaba de fondo, porque mi padre siempre necesitaba el cacharro encendido como animal de compañía -manía que heredé, pero que ya he desterrado- y el contenido era lo de menos, aunque con los años se aficionó a los informativos matinales. Ver las noticias por la mañana es el mal. Ya sé que debemos vivir informados para ser ciudadanos con criterio. Yo no tengo criterio alguno y prefiero vivir en la inopia para ver según qué. Odiaba ver las noticias. Al mismo tiempo, con el runrún del televisor importunándola, mi madre trataba de concentrarse en su lectura -muy probablemente de Stephen King-, cigarro en mano, y no se le podía dirigir la palabra hasta que la cafeína no circulase por sus venas porque no era persona. En general esto se dice en sentido figurado, pero de verdad que ella NO era persona hasta media mañana, por lo que cualquier información relevante debía ser entregada a su sistema nervioso a partir de las once. Yo desayunaba rápido a mi bola porque las mañanas en casa no estaban hechas para la cháchara y la algarabía, eso lo dejábamos para la noche. A mí me faltaba algo con lo que empezar el día con alegría, como hubiera dicho nuestra buena amiga Leti en sus años mozos antes de llegar a la decadencia del Tukutú.

Y ese algo, me he dado cuenta con los años, es la música. Como adolescente que se precie siempre estaba enganchada a mi radio, que en esa época era un radiotransistor enorme a pilas que me llevaba de la habitación al lavabo para poder ducharme con hilo musical. Ahora las hijas de Mr. X se pillan el altavoz portátil conectado al ipod y se montan una rave en el cuarto de baño con sonido envolvente que lo flipas mientras se enjabonan el pelo. En el precámbrico yo intentaba sintonizar una emisora decente que siempre se oía con interferencias y cuyo mísero volumen apenas era audible bajo el chorro de agua. Algo que mejoró cuando una Navidad el regalo familiar fue una cadena musical con reproductor de CD incluido, ¡la revolución! Pero si yo conectaba a Los Jackson Five o Supertramp a toda mecha en el comedor, el jolgorio me duraba lo justo para escuchar la cara A de mi casete, porque a medio concierto mi madre reclamaba algo de paz para poder hacer la cena. Aunque no me puedo quejar de la mucha música que se escuchaba en casa. Mamá pintaba a ritmo de Queen, Cher o Verdi, y papá amasaba galletas con Chubby Checker o Antonio Aguilar.

La música sólo me faltaba por las mañanas. Y he aquí el momento en el que te proclamas como dueña y señora de tu hogar, y por fin instauras el reinado de la música matinal. Le guste a Peque o le disguste, porque esta es mi era de mando, y por la mañana toca bailotear al son de Coldplay o desgañitarse con Yvonne. Y ya veremos qué decide él cuando tenga voz y voto, y cómo recuerda las mañanas con la loca de su madre.









martes, 5 de diciembre de 2017

El trocito más tostado


Mientras estudiaba veterinaria, en la tremenda asignatura de Ciencia y tecnología de los alimentos –algo que nunca pensé que se aprendiese en mi carrera-, se encargaron de destrozarme el mito de uno de mis máximos placeres gustativos: comerme el pedazo más achicharrado del plato.

Por lo visto, en los alimentos cocinados a altas temperaturas se forma acrilamida, un compuesto potencialmente cancerígeno (aunque hay cierto debate científico de hasta qué punto es peligroso en las cantidades que se consumen habitualmente, pero la decepción ya me la llevé), ergo es conveniente evitar esos bocados.

Yo me peleaba con mi padre por el cacho más churruscado del queso gratinado. Y por el de la paella, porque hay consenso mundial en que lo mejor de la paella sin duda alguna es el “socarrat”. Soy amante de los alimentos casi carbonizados, es un hecho. Aunque después de mi trauma en tecno de los alimentos, intento no abusar de esos goces mundanos, qué le vamos a hacer.

Peque, entre las muchas cosas insólitas que ha heredado de mí, también posee ese amor por lo doradito. Y cuando tienes la bandeja sobre la mesa y toca servir, y ves que se le ponen los ojos como platos vislumbrando el cacho más tostado, el mismo que tú ya habías descubierto mientras se cocinaba en el horno, llega el dilema. ¿Haces como en el dicho y al repartir te quedas con la mejor parte, o cedes a tu vástago, en un gesto magnánimo y abnegado, ese fragmento de deleite gastronómico?

Soy una blanda, y casi siempre se lo doy cuando me mira como el gato de Schrek. Y me acuerdo de mi padre, y de que él también me lo daba. Al fin y al cabo, en medio de esas rutinas elementales y cotidianas, se construye el amor.



viernes, 17 de noviembre de 2017

ET, teléfono, mi casa


Recuerdo a mi madre pronunciando esa frase en infinidad de ocasiones. Era una de esas muletillas familiares que usábamos casi en cualquier circunstancia.

ET se estrenó en diciembre de 1982, cuando yo tenía cinco años. No consigo visualizarme en el cine cuando la estrenaron, pero pienso que mi madre me dijo que sí me llevaron. Lo que está claro es que me fascinó. Mis tíos me confeccionaron una réplica perfecta del extraterrestre en plastelina y algún otro muñeco con su semblante cayó en mis manos.

La mire por donde la mire es una película redonda. Un equilibrio magnífico entre ciencia ficción -uno de mis géneros favoritos-, drama y comedia. Siendo pequeña me identificaba muchísimo con el protagonista, con ese amor tan tierno que siente por su nuevo amigo, con su instinto de protección y su conexión… aunque también me gustaba ponerme en la piel de la jovencísima Erika Eleniak cuando Elliot y ella se besan en medio de todos los batracios liberados. Adoro esa escena. Cuando Mr. X trae grillos para nuestro gecko leopardo siempre tengo la tentación de soltarlos emulando a mi héroe de la infancia.

Por mi cumpleaños, unos buenos amigos me regalaron entradas para ver ET en el auditorio con música sinfónica en directo. He tenido que esperar siete meses para disfrutar de mi regalo, pero la recompensa lo valía.

Sabía que iba a llorar, porque soy de lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de detergente, pero esperaba que al menos el llanto llegase hacia media película siendo optimista. Me di cuenta de lo desacertada de mi predicción cuando con las primeras notas ya noté que se me encharcaban los ojos. Pero es que la banda sonora que compuso John Williams ha formado parte de mi infancia, adolescencia y madurez. En realidad, esa y muchas otras composiciones del maestro han ido forjando mi adn cinéfilo. Dado que después de la peli Mr. X y yo nos íbamos de restaurante y no quería llegar con maquillaje a lo Walking dead, tuve que esforzarme en contener el sollozo (léase pensar en otra cosa, no mirar la pantalla, o, mi truco preferido, clavarme una uña en el pulgar, que no sé por qué, pero me funciona).

Por primera vez en las ¿treinta? ocasiones en que he visto ET, lo hice en versión original, y eso siempre añade fuerza a las interpretaciones. Escuchar la orquesta in crescendo en los momentos álgidos provocaba un subidón de adrenalina impresionante (con el consecuente machaque de pulgar, claro). Cerca del final, con los mocos cayéndome nariz abajo cuando Elliot y ET se despiden, se me ocurrió echar un vistazo a Mr. X y pude comprobar cómo se secaba los lagrimones con la manga de la chaqueta, entregado al drama con la misma intensidad que servidora.

No es lo mismo ver una película con cinco años que con cuarenta (¡ay!), y si hace lustros me reconocía en Elliot, ahora sólo podía ver a mi hijo en él. Aunque algo me dice que Peque no podría contener las ganas de explicarme que tiene a un alienígena guardado en el armario…



                                                        



jueves, 9 de marzo de 2017

Cuando yo era pequeña


Leí en los fantabulosos blogs de Remorada y Begobolas sus cuestionarios nostálgicos, y no he podido resistirme, lo que me gusta a mí ponerme a recordar…


1. ¿Tienen tus padres algún libro de recuerdos de cuando eras pequeña?

Mi madre hacía unos álbumes de fotos espectaculares, con fechas, anotaciones, entradas de los sitios que visitábamos… Cuando murió encontré en un armario una cajita que ponía “Cosas de mi Mo”. Dentro encontré cartas a Papá Noel, dibujos y notas que le había escrito. Ahora hago lo mismo con Peque.

2. ¿Sabes si te llamaron así por alguna otra persona?

Por mi madrina, la mejor amiga de mi madre. Como es francesa mi nombre también lo era, pero la normativa estatal no permitió que figurase así en la inscripción del registro de nacimiento. Sólo mi familia usaba la versión francesa. Ahora muy poca gente lo hace, pero me encanta que me llamen Monique.

3. ¿Conoces que otros nombres barajaban tus padres?

Verónica (Veronique, en realidad).

4. ¿Tu primer recuerdo?

Creo que es un recuerdo implantado. Me explicaron tantas veces la batallita que lo he acabado visualizando. Por lo visto el día de mi tercer cumpleaños lo estrené estampando mi frente en la cama y el chichón fue épico.

                                               


5. ¿Tus padres te leían o contaban historias? ¿Recuerdas cuáles?

De pequeña recuerdo más a mi abuela contándome historias: la ratita presumida, la cigarra y la hormiga, la liebre y la tortuga… Y una inventada que yo le cuento a Peque.

6. ¿Cuando eras pequeña te acuerdas de lo que querías ser de mayor?

Creo que lo primero fue traductora oral de las Naciones Unidas.

7. ¿Tenías algún profesor favorito?

Había una profesora que me caía muy bien, se llamaba Montse, y nos daba ciencias en primaria.

8. ¿Cómo solías ir vestida al colegio?

De segundo a octavo, con uniforme. Un pichi gris en una escuela, y pantalones azules y camisa blanca en la otra.

9. ¿A qué solías jugar?

Jugaba mucho sola con mis muñecas, y me encantaba construirles casitas. De cartón, plastilina, lo que tuviese.

10. ¿Tenías alguna casita de juguete?

La de Pin y Pon, que era una maleta.

11. ¿Algún recuerdo de tu familia en vacaciones?

En Alemania, verde en verano, blanca en invierno. Nos alojábamos en una granja con Zimmer Frei de la Romantische Strasse y paseábamos por los pueblos colindantes, los bosques frondosos, las ferias locales… Me encantaba.

12. ¿Y alguno de tus primeros cumpleaños o Navidades?

Cuando cumplí seis años invité a tres amigas del colegio y mis padres y mis abuelos maternos (vivíamos con ellos entonces) montaron una fiesta con gorritos y una piñata. Me alucinó.

13. ¿Heridas memorables?

Fractura de antebrazo (no sé si cúbito o radio) con unos ocho años. Antes de ir a piscina jugábamos en un parque, y me caí sobre mi brazo. Para mi desgracia, externamente no se veía nada y no me libré de nadar la hora entera con el brazo roto.

14. ¿Primera mascota?

De pequeña en casa había una Gossa d’Atura, pero mi primer sentimiento de cuidadora de un animal fue hacia un caracol que mi madre me hizo tener como mascota para superar el asco que me daban. Lo amé mucho, pero tuvo un triste final (mi abuelo lo pisó).

15. ¿Tus abuelos te solían contar historias de juventud?

No recuerdo demasiado de mi abuelo, pero mi abuela sigue viva y cada vez que la visito en la residencia me explica miles de historias. Es un regalo escucharla.

16. ¿Tu entretenimiento favorito de pequeña?

Las muñecas, leer, escribir, ver la tele, la Game Boy (era una máquina con el Tetris).

17. ¿Recuerdas la llegada de algún nuevo invento a tu casa?

Y tanto. El reproductor de CD, una navidad. Mi madre se compró el de la ópera Madame Butterfly y lo escuchamos esa misma noche.

18. ¿Tenías TV? ¿Blanco y negro o color? ¿Cuántos canales?

La primera que recuerdo tenía dos canales, y diría que era en blanco y negro.

19. ¿Te mudaste alguna vez de pequeña? ¿Recuerdas cómo fue?

Cuando tenía siete años mis padres se fueron a vivir juntos, antes mi madre y yo vivíamos con mis abuelos. No recuerdo la mudanza en sí, pero me alucinó pasar de una casa pequeña donde éramos ciento y la madre a tener mi propia habitación. Flipe máximo.

20. ¿Recuerdas algún desastre natural en el que se viera involucrada tu familia?

Mi madre no vivió ningún desastre natural que recuerde, pero sí me habló varias veces de unas fallas accidentadas en Valencia en los setenta (entonces su familia vivía en un pueblo cercano). Los petardos se mojaron la noche anterior y cuando encendieron el castillo de fuego empezaron a explotar hacia la gente, mi madre lo recordaba con verdadero horror.
Mi padre, por su parte, vivió un terremoto cuando residía en Venezuela, en la década de los sesenta.

21. ¿Algún recuerdo musical? ¿Qué canciones se oían en tu casa?

En casa todo era música. A mi padre le encantaban las rancheras, Chubby Cheker, Jerry Lee Lewis… Mi madre escuchaba mucha música clásica (Verdi, Mozart, Beethoven) y era fan absoluta de Pink Floyd y Queen. Pero no faltaban Abba, Boney M, Leonard Cohen…

22. ¿Algo que te enseñase un miembro mayor de tu familia?

Mi abuela me enseñó a hacer ganchillo.

23. ¿Marcas de tu infancia?

La Megadrive de Sega, los chicles Bang Bang, el champú Filvit (ejem)…

24. ¿Coleccionabas algo?

No con mucha dedicación. Por moda tuve algunos coleccionables de la época (el álbum de D’Artacán y los tres mosqueperros, cosas así).

25. ¿Tu recuerdo de infancia favorito?


Por suerte son muchos. Hoy me quedo con las madrugadas en las que partíamos a Alemania para hacer la mayor parte del trayecto de día. Nos levantábamos muy temprano y mientras mis padres desayunaban su café humeante yo me acurrucaba en el sofá esperando el momento de subirnos al coche y empezar la aventura.


                                   












miércoles, 27 de abril de 2016

Mami


En casa, mami no era mi madre, era mi abuela. La llamaba –y la llamo- así por una costumbre francesa. Ella me crió durante mi primera infancia porque mamá trabajaba de noche y a duras penas se mantenía despierta para llevarme al colegio por la mañana.

Mami son cientos de refranes, botellitas de colonia, fanta de limón, abanicos de colores, agujas de punto y ganchillo y plis para el pelo. Y macarrones, sopa de pescado, croquetas, canalones… ¡qué bien cocinaba!

Cuando mamá y papá se fueron a vivir juntos y yo con ellos, la eché terriblemente de menos. Cada noche la llamaba para desearle las buenas noches, y muchos fines de semana me quedaba con ella. El domingo, cuando mis padres me recogían, yo no podía evitar sentir una nostalgia infinita, y a veces, tras girarme por última vez y verla despedirme desde el marco de la puerta, me ponía a llorar pensando que quizás se moría al cabo de poco y era el adiós definitivo (a melodramática no me ganaba nadie). Entonces no podía ni imaginar que iba a sobrevivir a sus dos hijas.

Mi abuela tiene ochenta y ocho años, es viuda desde los cincuenta y nueve, tiene tres hijos vivos, seis nietos y un bisnieto. Hasta el año pasado vivió en su pisito de alquiler. Una mañana se levantó y sus piernas ya no la sostuvieron más. La condena de la silla de ruedas significó tener que dejar su hogar y que mis tíos se ocupasen de sus pertenencias, que hoy en día están en un trastero urbano. Desde entonces, vive en una residencia de mi ciudad.

En los últimos años, mi contacto con ella era más bien esporádico. Por un lado porque la rutina diaria te arrastra con sus exigencias y por otro porque yo estaba más volcada en cuidar a mi padre. Al morir papá e ir mi abuela a la residencia, retomé el contacto continuo.

Visitarla en ese lugar al principio me costaba un mundo (y no solo porque esté donde cristo perdió el gorro, como diría ella). Aunque mami no es de quejarse, le supone una penitencia tener que estar allí. Es una persona mayor, pero la cabeza le rige perfectamente, y la mayoría de ancianos que la rodean están, por desgracia, muy deteriorados. De todas formas, ha encontrado un buen entretenimiento. Se me ocurrió llevarle un libro electrónico y ver cómo se apañaba y ya lleva leídos treinta ejemplares (¡y ahora está con Cincuenta sombras de Grey!).

Ya no me supone tanto esfuerzo ir allí. Noto buen ambiente, las enfermeras y celadores son agradables y la tratan con mucho cariño. A veces voy con Peque, pero entiendo que para él es un soberano coñazo. Ha visto poco a su bisabuela, y no tiene un vínculo afectivo con ella.

A mí me encanta pasar un rato a su lado, porque primero me cuenta los cotilleos más recientes de la resi y después rememora algunas anécdotas de su vida, como cuando en los años cuarenta fue de excursión a un pueblito de la costa y tardaron ocho horas en autocar, o cuando vivió los bombardeos de la guerra civil, o cuando nació mi madre… A mis casi cuarenta puedo entenderla desde una perspectiva mucho más enriquecedora. Qué lástima no tener una nómina plagada de ceros y pagarle una casa donde pueda mantener sus cosas y pasar así los años que le queden, entre sus recuerdos.

Eso sí, cada vez que me despido de ella y la veo agitar la mano desde la silla de ruedas, vuelvo a ser aquella niña de diez años que sentía una nostalgia infinita cuando, justo antes de perderla de vista, se giraba y le decía adiós con el corazón en un puño.





domingo, 21 de diciembre de 2014

Recta final before Xmas


Se hace saber a todo el reino (bloguero) que mi germano padre tuvo a bien abandonar la reclusión hospitalaria esta semana pasada. Y menos mal, porque lo del contrabando se estaba poniendo peliagudo con sus últimas exigencias (bandejita de makis le tuve que llevar el domingo por la noche...).

Lo tenemos delicadito, pero al menos puede pasar las Navidades en casa, como era su deseo y el nuestro. Y amenaza con cocinar por Nochebuena, se va a resarcir de todos los días comiendo arroz pasado y pechuga de pollo deshidratada.

Por otro lado, seguimos con nuestra aventura con el Adviento. Debo reconocer que me ha sorprendido la buena predisposición de Peque ante la mayoría de las actividades que le he propuesto. Estamos apuntados a las cajitas de My Little Book Box y en general le gustan los libros pero no le entusiasman las actividades que los acompañan (para frustre de servidora). Con el calendario me he llevado una grata sorpresa. Aunque, todo hay que decirlo, alguna actividad se ha quedado en el tintero. El día que le propuse el cuadro de ceras derretidas (¡con lo que debe molar!) se le antojó que fuésemos a bañarnos. Le hacía tanta ilusión que guardé con un suspiro las ceras en el cajón y me lo llevé a la piscina. Peque aún no sabe nadar, pero nos estamos acercando mucho al día en que por fin me suelte la manita para lanzarse al agua sin ayuda.

Este fin de semana estoy cuidando a mi paterno, en Alemania, you know (o me cuida él a mí con sus delicatessen, no sé yo) y Peque y Mr. X están en casa con el resto de los niños. Me resulta extraño tener tanto tiempo libre para mí, para leer si me apetece, ir al WC sin un observador de metro diez delante de mis narices, sin una vocecita que me reclame cada dos nanosegundos... Eso de lo que las madres tanto nos solemos quejar cuando nuestra individualidad se disuelve en el universo para ir en pack de forma casi constante con nuestra prole. Y aunque tiene su gracia, será la Navidad o será que soy una mamá gallina sin remedio, pero lo echo muchísimo de menos. Mr. X me tiene al corriente de los altercados/incidentes que ocurren en nuestro hogar vía cibernética. Bendito guasap.

A las puertas de la Navidad he leído muchas entradas sobre el tema. Yo no soy ni la fan número uno ni la detractora más acérrima. Como conservo buena parte de la niña que fui, me es imposible no sentir cierto cosquilleo en el estómago al pensar en los regalos amontonados, las mesas de gala, las opíparas comidas... Pero a mitad de las fiestas ya necesito volver a la normalidad, dejar los excesos y guardar la decoración en su cajón. Las ausencias se sienten más que nunca, las notas en los abrazos apretados y en el brillo de los ojos de tus personas queridas durante un brindis.

Vuelvo la vista atrás en el tiempo y veo a una niña cantando villancicos en francés, emocionada por tener junta a la familia y deseando que bajo el árbol esté el teclado electrónico que ha pedido.

Miro hacia delante y aunque a ratos me canse toda la parafernalia navideña, Peque se merece vivirlo con esa ilusión que me regalaron mis padres, así que a ponerse las pilas, que Mariah ya suena en la radio y pienso ponerme las botas llorando con Love actually.


¡Feliz Navidad!




martes, 22 de julio de 2014

Permisividad


Sábado por la noche. Cero ganas de hacer nada. Repanchingada en el sofá delante de la tele (cosa que hoy en día ocurre de uvas a peras porque siempre encuentro algo mejor que hacer antes de ponerme ante la caja tonta, una de esas cosas que me lo dicen antes de ser madre y no me lo creo, pero sí, he bajado varios puntos en mi escala de teleadicción).

Mientras yo empiezo a ver una peli absurda a más no poder, Peque pulula a mi alrededor. Está claro que no le motiva nada lo que vemos, y se sube al respaldo del sofá, se baja, aparca sus camiones en mi cogote, cocina una pizza en su recién estrenado horno... Y cansado de tanto ajetreo, se estira en el suelo. Busca un cojín, luego otro, pero no pilla la pose. Me mira con cara de perrito vagabundo y me dice: "¿Puedo coger la manta mamiiiii? ¿Porfi, porfi, porfi?". Descubro que se refiere a la sábana de nuestra cama, y le digo que vale. Se fabrica un catre de lo más confortable y se acuesta en el suelo. Está feliz. Con una chorrada como saltarse ciertas convenciones y montar un vivac en el salón.

De repente evoco una imagen similar, pero de hace unos treinta años (glups). Mis padres me habían regalado un saco de dormir para ir de excursión. Un día, no sé por qué razón, me dio por ponerme en la sala a ver la tele tirada en el suelo dentro del saco. Cuando mi padre me vio me hizo guardarlo de inmediato. Él siempre ha sido (como buen alemán) bastante cuadriculado para ciertas cosas, y sencillamente, si un saco de dormir se ha hecho para llevarlo de campamento, no hay que usarlo fuera de ese contexto. Punto pelota. Que luego a veces al hombre se le iba bastante la pinza, y recuerdo una comida familiar alocada en la que acabó regando a mi tía y mi madre con la manguera dentro de casa, ejem...

El caso es que, supongo que por mi frustración infantil de no dejarme hacer cosas que no tocan, soy mucho más permisiva con Peque de lo que mi padre era conmigo. Dentro de un orden, eso sí, porque hay temas en los que la cuadriculada soy yo... Pero ya tendrá tiempo Peque de resarcirse educando a sus propios hijos si le he generado algún trauma.

Volviendo al momento tele, estando en ese reducto de paz espiritual, sale un anuncio plagado de vehículos, y Peque exclama:

-“Mira mamá, un camión enorme, ¿lo has visto?”.

Yo murmuro un ajá desganado mientras leo mi libro y Pequé reflexiona en voz alta con gesto intrigado:

-“Mamá… ¿por qué me gustan tanto los camiones?”.

Ahhh, querido hijo mío, misterios de la extraña combinación de polinucleótidos que configuran tu ADN, ni más ni menos. Pero lo dejo en un “no tengo ni idea…”. Y él, emulando a Arquímedes y su “¡Eureka!” concluye:

-“¡Ya lo sé mami! Eso es porque tengo un celebro de camiones.”

Pues lo que yo decía, hombre…



lunes, 5 de mayo de 2014

Entre pinturas


"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero...". De todas las poesías que nos hicieron aprender de memoria en el instituto, estos versos de Machado son los únicos que permanecen en mi memoria. Apenas unas palabras, pero para siempre quedó grabada en mi imaginación la cimbreante luz del sol a través de las hojas del limonero.

Gran parte de los recuerdos de mi infancia transcurren en un estudio. El de mi madre.

Hace un tiempo hablé por aquí de un misterioso piso en el que viví con mis padres.Supongo que muchas fueron las razones que les empujaron a alquilar aquel ático (era una casa con una energía especial), pero hoy en día creo que la principal fue el estudio. Situado en el piso de arriba, para acceder a él se tenía que pasar por un pasillo de madera. Era una especie de buhardilla cuadrangular con las paredes totalmente ocupadas por ventanales. Tanta era la luz que entraba que mi madre tuvo que forrar los cristales con papel cebolla. Para mí era un reino mágico, como el torreón de un cuento de hadas.

Era fácil saber cuando mamá estaba trabajando. Ponía a todo volumen Rigoletto, La flauta mágica o algún disco de su amado Freddie y se dejaba llevar. Yo me acercaba a sus dominios de puntillas y me sentaba en el suelo, esperando que con un poco de suerte me permitiese trastear entre sus incontables frascos de pintura y pinceles de pelo de marta. Por supuesto, la mayor parte del material me estaba vedada, pero ella seleccionaba algunas cosas para mí y cogiendo un cuadro suyo como modelo me ponía a pintar a su lado. Y la miraba. Ella entrecerraba los ojos, imaginaba la línea que quería dibujar, humedecía el pincel y a veces eliminaba el exceso de pintura chupándolo y advirtiéndome que nunca lo hiciese porque las pinturas eran tóxicas (menudo ejemplo, mamá). Con pulso perfecto acercaba la mano al papel y trazaba la línea. Se alejaba, se acercaba de nuevo y por fin, sonreía satisfecha. Así hasta que se ponía el sol o el estómago empezaba a rugir de hambre. Los ritmos de los artistas no entienden de horarios.

En nuestra segunda casa el estudio era diferente, pero no por ello menos impresionante. Mis padres alquilaron una casita en la falda de la montaña que rodea mi ciudad y situaron el estudio de nuevo en el piso de arriba. Las vistas eran extraordinarias, toda la urbe a nuestros pies, el mar como telón de fondo, el sol y la luna como invitados perennes. Mi madre siempre supo bien donde buscar la inspiración.

Este fin de semana, siguiendo con mi misión de adecentar el garaje de mi padre he dado con el material de mi madre. Todo aquello que ella cuidaba con tanto mimo, que apenas me dejaba tocar...ahora es mío. Bueno, mío y de mi amiga E. Ella tiene un buen ramalazo artista corriendo por sus venas y le he cedido gustosa parte de los útiles de mamá (porque sé que ella aprobaría mi decisión y porque estoy convencida que E sabrá sacar provecho a lo que le he dejado en custodia). Ahora tengo una caja llena de pinceles, tarros de témperas, lápices de tonalidades infinitas...y unas curiosas y emergentes ganas de pintar.

Ayer era el día de la madre. Feliz día con retraso mamá, te quiero hoy y siempre.


PS: Ahora entiendo lo de Rigoletto mami, engancha.


lunes, 15 de julio de 2013

Traumas infantiles


Cuando mi madre me narraba mis aventuras pueriles, siempre me explicaba que cuando visionábamos una peli, yo empatizaba de tal modo con el prota, que era capaz de pillarme un berrinche de los gordos y tirarme tres días llorando si algún infortunio le sucedía al pobre en el transcurso de su historia (de lo cual deduzco que me debía pasar media vida con el moco colgando, porque anda que no son lacrimógenas algunas de las joyas que me vienen a la mente -véanse Bambi o Annie, por poner un ejemplo-).

Pues bien. Peque es tan sentido como yo. O más.

Por problemas logísticos varios, durante unos meses voy a tener que llevarme a Peque conmigo al curro alguna que otra tarde a la semana. Por suerte, eso no supone ningún problema para mi jefa (doy gracias a mi karma por poner una jefa así en mi camino), y además tengo ordenador con internet, con lo que tiramos de dibujos animados y alguna que otra peli (además, claro está, de ir a la tienda de animales de mi jefa y ponerles comidita a todos lo bichos).

La última vez que Peque se vino conmigo buceamos un rato el Tu Tubo, que diría Álter, para ver qué encontrábamos.

Mi churumbel suele pedirme Peppa Pig y compañía o videos de trenes. Le mola mazo ver videos que graban especímenes tan frikis como él de trenes de lo más variopinto (llegando y saliendo de la estación, blablabla). Y a mí eso me aburre soberanamente, para qué mentir.

Yendo de un lado a otro, llegamos a una peli online: "Mi amigo Mac". Yo recordaba haber ido a verla con mi abuela y mi tía, si no me equivoco, en los magníficos años ochenta. El argumento no tiene mucho misterio. Una nave de la NASA aterriza en un planeta (no me queda muy claro cuál...) y durante la toma de muestras de materiales diversos, una familia ET se acerca a cotillear. La conforman la mami, el papi, la nena, y el bebito (así iba retransmitiendo la historia a Peque). En una de estas, la mami deja al bebito en el suelo y, hecatombe al canto, una especie de aspirador ultra potente se acerca al indefenso alienígena aspirándolo hacia dentro de la nave.

En el mismo instante en el que el mini ET desaparecía de la pantalla, Peque me miró con cara de susto, bajó de mi regazo y se puso a chillar como un energúmeno mientras las lágrimas le salían a borbotones (salpicaban y todo, no digo más). Me quedé a cuadros y apenas sin reflejos. Yo recordaba vagamente que la peli tenía final feliz, cómo no, y lo busqué a trompicones para que viese que el bebito estaba con sus papis y su hermanita. Pero Peque no procesaba. No paraba de preguntarme "¿Pero por qué se lo han llevadooooooo?", y venga a llorar otra vez. Puse el principio de nuevo y comprobamos juntos que la nave se llevaba a toda la familia porque después del bebito aspiraba a los demás (eso no lo recordaba yo, pero claro, de alguna manera había tenido que llegar la parentela), y ni por esas se calmó mi churumbel. Una hora para superar el trauma.

Desde luego, ni de coña le vuelvo a poner ese bodrio a mi niño. Porque si para Peque la tragedia era ver como un inmenso agujero negro succionaba a unos pobres incautos, la mía era constatar como una peli de la que tenía un recuerdo más o menos agradable, es en realidad una chapuza infumable de la que no se salva ni el cutre-monigote plasticoso que hace de baby alien (¡mala, mala, mala como pocas!).


¡Feliz lunes!



¡Os recuerdo que podéis apuntaros a la Lluvia de regalos!




viernes, 3 de mayo de 2013

Casas


Este post de Matt versionando a Paul Auster y haciendo un recorrido por las casas de su vida me ha provocado ganitas de emularla...Así que allá voy, a recordar mis hogares:

-Cuando nací, mi madre vivía con mis abuelos y mis tíos en la parte alta de la ciudad, cerca de la montaña. Por lo que me han explicado habían alquilado un piso muy grande, con una terraza enorme. Yo no tengo recuerdos reales de entonces, pero a veces, cuando alguien menciona ese lugar, me veo a mí misma dando algunos pasitos en el patio, que desde mi perspectiva se me antoja colosal.

-A los dos o tres años toda la familia se mudó a un mini piso en la otra punta de la ciudad. Allí viví hasta los siete años, aproximadamente. Aunque el apartamento era pequeño y éramos muchos a compartir espacio vital, de nuevo había una terraza grande para compensar ese defecto y a la que hacía buen tiempo me pasaba las horas jugando allí con mi vecino. La de tardes que nos habíamos pasado entreteniéndonos con mi cocinita Moltó...Que por cierto, ¡he encontrado una foto de la que yo tenía!

                            
Mi madre en aquella época trabajaba de noche en un bingo, y a mí me cuidaba casi todo el día mi abuela. La recuerdo peinándome con colonia por la mañana para llevarme a la guardería. La escuela estaba en un segundo piso de un edificio cercano, en la escalera A y ella trabajaba de contable en una editorial en la escalera B, así que me llevaba e iba a buscar cada día. Por horarios, me recogía cuando los niños ya habían empezado a comer (yo no me quedaba) y la esperaba es una sillita, masticando por imitación -pero con la boca vacía- al ver a mis colegas llenando la panza...Recuerdo veranos rellenando los cuadernos Santillana en el comedor, y sesiones vespertinas de cine con mi abuela, bebiendo Fanta y empapándome en colonia (sé que en algún rincón de este blog evoqué esta escena, pero ya son tantas las entradas escritas que no lo encuentro...).

-De los siete a los quince años, más o menos, viví en la casa embrujada. Aparte de las cosas raritas que pasaban allí, fue una casa muy especial, porque por fin vivía con mis padres. ¡Y tenía una habitación para mí sola! (hasta entonces no conocía tal lujo). La pintaron de un rosa palo muy bonito, y tenía una terracita para mi uso y disfrute exclusivo (aquel piso era enorme, habían cuatro terrazas...). Me flipaba tanto el color de mi habitación, que, no sé por qué extraña razón, un día me dio por lamer las paredes pensando -imagino- que sabrían a fresa. Pues a fresa no, pero a aspirina infantil, sí. Se lo decía a todo el mundo, que lamiesen y comprobasen el saborcito medicinal de las paredes de mi cuarto...Recuerdo bailar en el salón, construir cocinas de cartón en el patio, bañarme en la piscinita de plástico de la terraza grande, llevar a mis amigas a merendar…(las meriendas en mi casa eran muy codiciadas, tanto por los pasteles de mi padre como porque siempre había una ración de Petit Écolier de chocolate).

-De los quince a los veintiocho vivimos en una torre preciosa en la montaña, dentro de la misma ciudad, pero casi, casi, saliendo de ella. Lo malo era que para cualquier compra había que "bajar" a la urbe. Lo bueno...todo lo demás: ver cada día el amanecer sobre el mar (tenía unas vistas privilegiadas), poder coger la bici y estar en diez minutos en la montaña, cuidar el jardín y el mini-huerto que mi padre cultivó, hacer fiestas con mis amigos con la música a todo volumen sin preocuparme por los vecinos (y además mis padres -que majos ellos- solían dejarnos la nevera llena de delicatessen...), las verbenas de Sant Joan, las siestas en la hamaca que mi padre puso en el porche...En fin, hubiese sido muy feliz viviendo allí para siempre, pero la casa estaba alquilada, y cuando mis padres se jubilaron y se fueron al sur, tuve que despedirme de ella. En mi habitación había un armario empotrado que mis padres forraron de madera. El día que me marché de allí, escribí unas palabras en el interior de ese armario, diciendo adiós....y gracias.

-En los últimos años he compartido piso con Mr. X de nuevo en la parte alta de la ciudad, a dos calles del apartamento que tenía mi familia cuando yo nací (como si se hubiera cerrado un círculo). Tengo mucho cariño al lugar en el que vivo, sobre todo por los millones de recuerdos con Peque que pueblan cada minúsculo rinconcillo de él. Y por todo lo que he compartido con Mr. X. Y por los ratos de lectura en el sofá entrando el sol por la ventana, y los momentos de locura transitoria bailando mientras le doy a la batidora, y las cenas con los amigos...Pero he de reconocer que, en cuanto a casas se refiere, mi corazón siempre latirá nostálgico por aquella torre que se llamaba "Villa Trinidad"...



¡Feliz finde!



miércoles, 20 de febrero de 2013

Coles del presente, coles del pasado


Sigo en la aventura de elegir cole para Peque. No hablo mucho de ello por aquí porque acabaría resultando aburrido (y mi mente está en modo tornado, con ideas que se sobrevuelan las unas a las otras sin ton si son). A modo de resumen, mis cuatro criterios de búsqueda son: proyecto educativo, proximidad a nuestro domicilio, poder comer con él al mediodía y el coste que pueda suponer. Y unos y otros entran en conflicto de una forma de lo más beligerante (el que está cerca no tiene el proyecto educativo que más me gusta ni puedo ir a buscarlo para comer; el que trabaja por proyectos -y me mola más- está lejos y tendría que coger el metro cada día; el que me permitiría comer con él a diario es concertado y aún no sé la pasta que me costaría -pero probablemente demasiada-...). En definitiva, que veo que sea como sea tendré que renunciar a cosas importantes y me cabrea. Bueno, lo que más me cabrea es tener un horario de mierda, con un sueldo bastante precario y total, para que con la crisis me entre un cliente por la puerta cada tres horas y gracias...

Pensando en coles y a raíz de una entrada de Matt en la que explicaba cómo su niña es la defensora de los "pringaos" (¡ole tu niña otra vez!), le dejé un comentario en el que explicaba que de pequeña padecí cierto grado de acoso escolar. No es algo que recuerde con mucha angustia, porque fue por poco tiempo, pero imagino que de algún modo habrá influido en mi forma de ser.

Yo era una niña tímida y con tendencia a la introspección, pero tenía mi grupito de amigas y con ellas me sentía a gusto. Ser hija de madre soltera en aquella época no era fácil, y algún niño se cachondeaba en mi jeta por eso, pero mi madre ya se cuidaba de hablarme mucho de ese tema y explicarme que no era un motivo de vergüenza. Por otro lado, tanto a mis abuelos como al resto de mi familia más cercana, les interesaba mucho los temas como la reencarnación, la parapsicología, los poderes de la mente, etc. y yo hablaba de ello con naturalidad cuando para los otros niños parecía chino mandarín. Recuerdo que a veces, cuando esperaba el autobús o un taxi con mi abuela, ella me decía: "Concéntrate y haz que vega uno". Yo lo hacía y casualmente llegaba. Era un juego infantil, sin más, pero al explicarlo en el cole, algunos compis se mofaban de mí. Hubo un día en que varios me acorralaron y me pidieron que me concentrase e hiciese llegar un taxi al patio del colegio. Me quedé contra la pared, deseando no haber abierto nunca la boca. Y los escarnios seguían. Veía poco a mi madre por su trabajo, y no le contaba nada.

Un día, una de las niñas de mi clase que tenía más mala leche, se trajo a su hermana mayor para meterse conmigo. Se sentó, me puso entre sus piernas y empezó a abofetearme. No sé si sólo fue una vez o fueron varias, pero lo recuerdo como algo absolutamente denigrante. Ahí ya exploté y lo conté en casa. Y mi madre...¡ayyyy, mi madre! Creo que aquello le dolió más que si le hubieron pegado un puñetazo a ella misma. Ese día me acompañó a la escuela y me pidió que le señalase quién era la niña acosadora. Yo la veía tan enfadada que hasta me daba miedo decirle quién era, pero ya no había vuelta atrás. Cuando supo qué niña era, se acercó a ella, se la quedó mirando, y echando fuego por los ojos (que la mirada de mi madre acojonaba rato largo cuando estaba en modo furia on) le susurró entre dientes: "Si tú, o tu hermana, le ponéis la mano encima a mi hija una sola vez más...os tendréis que ver las caras conmigo...¿lo has entendido?". Consecuencia: nunca jamás volvieron a acosarme, mi madre era muy persuasiva...Al poco tiempo nos mudamos a vivir con mi padre, me cambié de cole y ya no volví a vivir situaciones similares (cachondeos típicos de los adolescentes sí, pero acoso, no).

Mi madre actuó impulsivamente, quizás si lo hubiese pensado un poco no habría hecho lo que hizo. De hecho, era una persona que siempre defendió sus razones por medio de la palabra y el diálogo (sin amenazas, como hizo en este caso). Simplemente, ese día la sacaron de sus casillas. Y como me veía tan apocada, sentía que tenía que defenderme porque yo no era capaz (cayendo a menudo en la sobreprotección, cosa que creo que tampoco me ayudó, pero ese sería otro tema...).

Supongo que algo de la inseguridad que siento a veces puede deberse a aquella época, pero desde luego, hoy en día no dejaría que nadie me vejase así. Lección aprendida. Y confieso que me da miedo que Peque pasé por algo parecido; espero poder detectar cualquier tipo de situación similar, si llegase a darse, y ayudarle de las mejor manera posible. De la misma forma, deseo que sea un niño cariñoso y empático y que jamás se le ocurra tratar a nadie de "pringao", como explicaba Matt en su blog. Si encima se convierte en defensor de las causas perdidas, ¡sentiré que nuestro karma familiar se ha completado a la perfección!



Dicho esto, me voy a pedir cita para visitar otro cole...¡Feliz miércoles!



martes, 18 de septiembre de 2012

La entrada prometida


Queda muy peliculero, ¿verdad? Pues nada, que aquí estoy para explicaros por fin mi experiencia en...la casa encantada. Que conste que aunque suene a coña, cuando yo vivía allí no me hacía ni puñetera gracia, pero vamos al lío.

Allá por 1984 mis padres, después de visitar muchos pisos, decidieron alquilar un ático enorme en una calle grande y concurrida de mi ciudad. Yo, que hasta entonces había vivido en casa de mis abuelos, donde éramos de media unas ocho personas en algo menos de sesenta metros cuadrados, me sentía como en un parque de atracciones.
Lo de dormir sola no me hacía mucha gracia, pero me alucinaba tener una habitación exclusivamente mía. Era un dúplex gigantesco (o eso me parecía a mí...; no, no, realmente era inmenso) y creo que los primeros años no noté nada raro. No recuerdo cuando empezaron las cosas extrañas, imagino que fue progresivo. Estabas tomando un zumo y cuando te girabas, al ir a coger el vaso estaba unos centímetros más allá. Leías en silencio en un rincón y te parecía oír pasos en el piso de arriba cuando sabías que no había nadie. Estabas concentrada en algo, te girabas porque estabas convencida de que detrás de ti había alguien y descubrías que estabas sola. Ya lo sé, todo muy trillado, muy de peli mala de miedo o de autosugestión. Pero cuando ocurre un día tras otro, es como para que le bailen las neuronas a una.

Debo decir que mi padre no notaba absolutamente nada. Sólo nos ocurría a mi madre y a mí. Y tratábamos de no hablar mucho del tema para no coger más miedo y paranoias.

Lo que empezó siendo muy sutil, pasó a ser algo más "físico". Un día mi madre me llamó algo descompuesta y me preguntó si había estado jugando con una bolsita en la que guardaba mis dientes de leche. Le dije que no. Me llevó a su estudio y vi que en su paleta de colores estaban dispersas las mitades de mis dientes. Las otras mitades estaban en la bolsa. Yo no había sido. Ella no había sido. Mi padre no había sido. Podemos buscar explicaciones mil, quizás alguna sea cierta, pero más allá de los sucesos, lo que a nosotras nos preocupaba era lo que sentíamos. Y estaba claro que allí sucedían cosas que no eran normales.
Yo me acostumbré a vivir notando que alguien me miraba desde las escaleras. Mi madre también lo notaba en el mismo sitio. Ella llegó a sentirse mal, porque no podíamos exteriorizar nuestra angustia con casi nadie, se lo tomaban a risa.

Durante una época los "fenómenos" fueron constantes: cambios de sitio de cosas cotidianas, ruidos anómalos y la presencia continua de algo que nos agobiaba. Había una cosa que a mí me acojonaba en particular. Teníamos dos teléfonos. Uno arriba de rueda (así de antigua soy...) y otro abajo de teclas. Cuando alguien marcaba un número con el de rueda, se oía un ra-ta-ta-ta-ta en el de abajo. Lo malo es que a veces sonaba el de abajo cuando arriba no había nadie...

En fin, algunas cosas más sucedieron, pero todo es más de lo mismo. Curiosamente, en los últimos años o meses, tanto mi madre como yo decidimos "cohabitar" con aquella presencia de forma más amigable. Así, si en algún momento no encontrábamos algo, le pedíamos ayuda, y le hablábamos como a una persona más. De desquiciados, pero ayudó, y al final incluso me supo mal mudarme (habitamos ese piso cerca de ocho años).

Cuando ya no vivíamos allí muchos amigos nos confesaron que la primera vez que pisaron la casa notaron algo chungo, así que no fuimos sólo mi madre y yo (y más de uno rehusó a quedarse a dormir porque le daba canguelis...).

Al mudarnos a nuestra nueva casa yo estaba asustada hasta el tuétano, porque mi habitación quedaba en el piso de abajo y la de mis padres en el de arriba, y me daba miedo que todo se repitiera. Para nuestra fortuna, nunca más –¡toco madera!- he vuelto a sentir nada parecido en ninguno de mis hogares (y además mi madre tuvo una especie de visión de buen augurio en su primera noche allí, con lo que se relajó y me dijo que ya podía quedarme tranquila, que estaríamos bien...). Que fuera así me dice que lo que notábamos no era historia nuestra, sino de la casa. Y otra cosa he aprendido. Creo que los niños son más sensibles a ciertos prodigios, como quizás lo era yo entonces. Si un niño que habitualmente es tranquilo, de repente siente una aprensión extraña en algún lugar, creo que hay que escucharle y sobre todo no ridiculizarle. Quizás es algo propio de las inseguridades de la edad. O quizás no.

Por último os diré que periódicamente sueño con esa casa. Puedo estar meses sin ninguna pesadilla, y de pronto me veo encerrada en el piso, queriendo escapar de su influjo y sabiendo que no podré abrir la puerta para salir...

¿Qué? ¿Acojona o no acojona?

miércoles, 12 de septiembre de 2012

De tal palo...Flashback nostálgico


Uno de estos días de verano, mientras estábamos en el jardín de la casa de mi padre, yo me puse a tender unas sábanas mientras de reojo iba controlando que Peque no pusiese en peligro su integridad física. Como estaba entretenido mirando unas flores me abstraje con mi tarea hasta que me di cuenta de que hacía un buen rato que no reclamaba mi atención (raro, raro...). Eché un vistazo a lo que hacía y vi que estaba arrancando unas llamativas semillas que la pobre planta tenía colgando de su inflorescencia (perdonad mi incultura, pero la botánica no es mi fuerte y no tengo ni idea del nombre de la plantica en cuestión). Estaban todas las semillas por el suelo y le expliqué que las flores se tienen que cuidar, que no hay que cortarlas así a cachitos, que hay que acariciarlas y decirles: "Guaaaapa, guaaaapa". Eso mismo me explicó mi madre hace más de treinta años y fue la manera de empezar a entender que eran organismos vivos que debía respetar. Y ha funcionado, ahora Peque va repartiendo sus mimos y caricias por todos los jardines que visita.

El caso es que un rato después mi padre descubrió el desaguisado y me preguntó qué había pasado. Le expliqué que Peque había despeluchado a la plantita y me soltó: "Ya tiene a quien parecerse...". Aunque no lo había pensado antes, supe de inmediato a qué se refería. Siendo una niña algo mayor que Peque, mis padres compraron una llamativa planta de coco para el piso. Entre sus hojas caían unos filamentos delgados que por lo visto me llamaron mucho la atención. Un día en que estaba sola, me dediqué a quitar cada uno de los hilillos. No pensé que dañase a la plantita, más bien me pareció que estorbaban y que así estaría más bonita. Al poco tiempo la planta se secó y murió, y cuando mis padres analizaron el porqué del suceso, se dieron cuenta de la ausencia de filamentos. Me miraron sabiendo perfectamente que había sido obra mía (si algo tiene una protección de plástico, tardo menos de un nanosegundo en quitársela, soy de arrancar cosas, mira tú...) y me preguntaron si había sido yo. Puse las manos detrás de la espalda, miré al techo distraídamente y susurré: "Siii...". No creo que la planta muriese por eso, pero ellos asociaron una cosa a la otra y la mutilación plantil siempre fue una anécdota que recordar en casa. Y ahora llega Peque y me toma el relevo.

Y de nostalgia va la cosa estos días. Al llegar de nuevo al piso me he dedicado a revisar los armarios y descartar la ropa que no uso para llevarla a una parroquia donde la recogen para los necesitados. Me gusta hacer limpieza y deshacerme de lo que no necesito, es algo casi catártico, pero al mismo tiempo es inevitable que una corriente de recuerdos inunde mi mente. También he estado separando ropita y accesorios de Peque de cuando era bebito para una amiga que dentro de poco va a ser mamá. Cada body o chaquetita me hace pensar en días concretos, en esas emociones nuevas que iban llenando mi vida (nuestra vida) de momento mágicos. Hoy Peque ha ido por primer día al cole, y se ha quedado bastante tranquilo. Pero yo no puedo evitar ver como el tiempo pasa más deprisa de lo que me gustaría. ¿Dónde está el bebé que cabía en esas minúsculas camisetas?

Por último, volver a casa ha provocado que eche mucho más de menos a mi perro. El primer día que entré a cocinar algo no pude evitar las lágrimas al recordar a mi peludo echado en la entrada de la cocina, haciéndome compañía y esperando a que en algún despiste mío, un díscolo trocito de comida cayese cerca de él.

En fin, que los ciclos se suceden, y el fin del verano cierra capítulos hermosos de mi vida.

Y da pie al comienzo de otros.

viernes, 6 de julio de 2012

H 2 0


Ayer, por un instante, me retrotraje a mi infancia de una forma muy vívida.

Yo soy muy tiquismiquis con el agua mineral. No bebo agua del grifo si puedo evitarlo, me sabe a rayos, y de pequeña tuve una gastroenteritis que mi médico atribuyó al agua corriente de casa, con lo que acabé de cogerle manía. Y aunque muchas personas me dicen que son tonterías y que todas las aguas saben igual, puedo demostrar mis habilidades como catadora del líquido elemento con los ojos cerrados y no me equivoco. En los últimos años me he hecho fan de una marca concreta y las demás, desde mi humilde punto de vista, no le llegan a la suela de los zapatos.

El caso es que el otro día andaba medio deshidratada y me compré una botella de agua justo antes de entrar a trabajar. Para infortunio mío no tenían ni mi marca preferida ni ninguna de las que compro de forma alternativa. Sólo había un agua de marca blanca y etiqueta cutrilla...Pero ante la deshidratación que me estaba dejando sequitas todas las células de mi ser, las neuronas que me quedaban activas dijeron "qué más da, ¡es aguaaaa!". Así que la compré y le pegué un sorbo nada más salir de la tienda.

Y entonces vino el flash. Hacía muchos años que no pensaba en ello.

Cuando yo era pequeña (unos siete años, quizás) y mi madre me dejaba a comer en el cole, siempre le decía que el agua que allí servían sabía a ballena. Tal cual. La gente me miraba raro. Está claro que nunca he probado una ballena, pero recuerdo a la perfección el sabor que me evocaba esa afirmación. Y es que además para mí estaba clarísimo, tenía gusto de ballena. Y no era porque fuese tirando a salada, no, era un sabor que se me antojaba cavernoso, de musgos, tormentas en alta mar y ballenas grandes y azules.

Quien sabe, quizás en otra vida perseguí a Moby Dick. Si mi Peque me alucina con paranoias como esta pienso escucharlo con toda la fascinación del mundo. Me maravilla lo que una mente sin filtros y censuras puede ofrecer a quien quiera estar ahí para presenciarlo. Me maravilla el universo de los niños.

¡Buen finde!

martes, 29 de mayo de 2012

Party time

Estos días ando más feliz que una perdiz. Estoy preparando el evento del año. Que digo del año, ¡del siglo! Bueno, no me paso porque sino me veo repitiendo esto cada trescientos sesenta y cinco días y una pierde credibilidad...Nada, que Peque cumple dos añitos la semana que viene y me hallo en la vorágine de celebrar una fiesta por todo lo alto. Porque además la haremos en la nueva casa de mi padre, de modo que será un festejo doble. Con los hombres de mi vida.

Mi padre se encarga de los aperitivos y del pastel, como no (para los que no lo sepáis, es pastelero, jejeje...). Yo ya tengo más o menos una lista de la gente que vendrá para hacerme una idea de la comida que debo comprar-barra-preparar y estoy buscando alguna tienda donde comprar guirnaldas y cosillas por el estilo. Los niños de Mr. X me han pedido una piñata, pero no me mola mucho la idea...Y tengo que ir a comprar el regalito, que será un bici, aunque aún no tengo claro por qué modelo decidirme.

Todo esto me ha hecho pensar en mis propios cumpleaños. La verdad es que desde el mismo momento en que abría los ojos por la mañana me sentía especial. De eso se encargaba mi madre con sus mil detalles durante todo el día. Además el teléfono sonaba sin parar anunciando una nueva felicitación (ahora con el Facebook y los mensajitos la cosa ha cambiado sustancialmente...), y si la fiesta la hacíamos un día distinto, el día del cumple nos íbamos a cenar los tres fuera, casi siempre a un chino que a mí me pirraba.

Y las fiestas...eran estupendas. Yo tenía la curiosa costumbre de invitar a mis amiguitas y al chico de clase que me gustase. Sí, muy sutil, lo sé...Recuerdo una fiesta con un pobre niño acorralado por siete féminas desatadas que entre broma y broma trataban de quitarle los pantalones...¡y no teníamos ni doce años! Y los regalitos...los típicos diarios, cachivaches inútiles (el "Oscar" a la mejor amiga era un clásico), ropa que no me iba ni con pintura y aún recuerdo un disco de vinilo (que antigua soy) de un grupillo de chicos adolescentes que estaba de moda y que no escuché ni una sola vez.

Lo mejor era la sorpresita que me hubiese preparado mi madre. A veces era la forma en que me daba su regalo (estoy viendo a mi precioso Pastor Alemán, con un lazo rojo en el cuello esperando en un rinconcito de la cocina a que yo abriese la puerta), otras se trataba de alguna curiosa performance...Cuando cumplí los dieciocho contrató a un boy disfrazado de vampiro que al final no se despelotó porque le dio corte (para mí que era la primera vez que hacía un espectáculo así), otro año se trajo a la tuna a que me viniese a cantar al balcón de casa,...En el momento me moría de la vergüenza, pero ahora lo rememoro con un cariño infinito. Me gustaría que Peque también tenga recuerdos así a lo largo de su vida, de modo que ahí estoy, siguiendo los pasos de la Maestra.

miércoles, 18 de enero de 2012

"Caracol"

Estos días tenemos en casa una inquilina extra, la perrita de los padres de Mr. X. Es viejecita y tiene bastante mal carácter, por lo que siempre vigilo que Peque no la trastee demasiado para evitar conflictos. Pero mi Peque ha salido animalero, y le chifla perseguir a la pobre perra y darle besitos. Me encanta verlo jugar con los animales. Claro que, teniendo un perraco en casa y siendo hijo de veterinarios, es normal que sea así.
Pensando estaba yo en estas cosillas cuando me ha venido a la mente una imagen de mi infancia. A mí me gustaban los bichos, pero no todos...
Me daban mucho asco los caracoles. Pero cosa mala. Era verlos en cualquier sitio desplazándose en medio de baba y con las antenillas ahí en plan radar y estremecerme...Puaj, no podía con ellos. Mi madre se percató de mi caracolofobia y decidió ponerle remedio. Me explicó que un caracol era un animalito muy simpático que siempre llevaba su casa encima y que no hacía nada de daño. Yo me la miraba de reojo y no me tragaba mucho su historia. Como mi madre veía que el cuento no era suficiente, decidió que debía hacerme amiga de un caracol, así que salió al patio en busca de mi futuro compañero de juegos. Cuando la vi aparecer con eso en la mano casi me da un patatús. Pero no se cómo, me convenció para no salir corriendo. Bueno, sí lo sé. Me prometió que si intentaba hacerme colega del gasterópodo en cuestión me regalaría un telefonito rojo de plástico que había visto en una tienda de juguetes (ojo, que estamos hablando de algo que sucedió hace como más de 25 años, o sea, que no era un móvil Nokia o similar, sino un telefonillo de los de rueda que hacía ruido y todo). Como el chantaje siempre ha sido una buena manera de convencerme de las cosas, decidí esforzarme un poco y darle una oportunidad a "Caracol" (original el nombre, ¿eh?).
Le buscamos una cajita en la que colocamos todo aquello que podía hacer su vida más feliz y yo poco a poco comencé a querer a aquel ser baboso. Cada día salía al patio y le ponía una hojita de lechuga, lo sacaba un rato a pasear por las plantas y luego lo devolvía a su chalet. Muchas veces se escapaba, claro está, porque al tío le iba la marcha, pero siempre lograba encontrarlo.
Una fatídica mañana, yo estaba desayunando tranquilamente con las puertas del patio abiertas, y en ese momento mi abuelo salió para vete a saber qué y lo oí. Crec-crashh-puff. Horror. Lo supe de inmediato. Mi abuelo había acabado con la vida de "Caracol". Fui corriendo hasta el lugar de los hechos y allí estaba mi amigo espachurrado. Ni que decir tiene que me cogió un berrinche del quince. Recogimos los restos de "Caracol" y lo enterramos en su maceta preferida.
Desde entonces le tengo una especial simpatía a los caracoles. Me da mucha penilla chafar uno por accidente, y si me lo encuentro en medio del camino, le busco un refugio seguro.
Y por supuesto, jamás he sido capaz de comerme un plato de escargots...

jueves, 3 de noviembre de 2011

Mamá et moi

Lo de recordar mi infancia ha dado pie a explicar la historia de mis padres, peeeero, antes de explicar esa historia, primero hay que contar otra, la de mi madre y mía...Lo entenderéis enseguida.

Mi madre fue la mayor de cinco hermanos. Tenía buenos recuerdos de su infancia, a pesar de que no fue fácil...Sus padres emigraron a Francia para ganarse la vida, y por aquel entonces los franceses les tenían una tirria inmensa a los españoles, así que la adaptación se las trajo (idioma nuevo, costumbres distintas...). Pero era una chica lista, y aprendió francés en tiempo récord. Más aún, antes de acabar el curso era la mejor de la clase en gramática francesa, cosa que jodía tanto a sus compañeros como a sus profesores. Era una alumna brillante, y quería estudiar medicina.
Pero las circunstancias cambiaron y mi abuelo decidió que se volvían a España. Todo se torció. Las cosas no iban bien y mi madre tuvo que dejar los estudios para ponerse a trabajar. Mi abuelo era pintor y dibujante de comics y le enseñó lo que sabía para que ella, que era buena con la pintura, le echase una mano pintando cuadros "a peso" para un marchante de arte. Ella no escogió ese camino, le fue totalmente impuesto, pero con los años se convertiría en una pintora excepcional. Alternaba trabajos diversos con la pintura, y mientras tanto, el ambiente en casa cada vez era más asfixiante (mi abuelo se transformó en una persona controladora y de carácter más que difícil, y no le pasaba una). Cuando le surgió la oportunidad de trabajar durante unos meses en una ciudad de Francia no se lo pensó dos veces.
Estuvo fuera cerca de un año y pudo disfrutar de la independencia por primera vez. Tuvo sus amoríos e incluso un ligue más o menos serio. Pero el trabajo acabó y tuvo que volver a casa. Unos días antes de viajar a España visitó a una tarotista. No sé por qué lo hizo, pero recibió una información privilegiada: "No vas a volver sola". Mi madre le dijo que se equivocaba, que dejaba al novio que tenía en Francia y que viajaría sin amigos. Pero la mujer insistía...y no se equivocaba, porque poco después de llegar a España, mi madre descubrió que sí había viajado acompañada, porque estaba embarazada. Por supuesto, la noticia fue una bomba en la familia, y no quiero ni pensar lo que tuvo que soportar. Pero decidió seguir adelante en una época en que las madres solteras estaban muy mal vistas.
Unos meses después aparecí yo en escena, una niña, como ella deseaba. Mi padre biológico supo de mi existencia porque mi madre se lo explicó, pero ella no quería nada de él, lo informó para que lo supiese y nada más. No aceptó que me diese sus apellidos. Guardó algunas fotos suyas por si en alguna ocasión yo tenía curiosidad, pero mi abuela las encontró y las rompió, así que de ese hombre sólo sé su nombre y que tenía dos hijos más. Sí, en algún lugar del mundo tengo dos medio hermanos. Mi madre siempre me habló con total franqueza de mis orígenes y jamás ha supuesto un problema para mí conocer la historia ni explicarla si alguien pregunta. Cuando se la conté a mis amigas del instituto (que siguen siendo mis mejores amigas) no podían entender que yo no tuviera más curiosidad y me propusieron viajar a Francia en lo que venía a ser una especie de misión secreta adolescente para encontrar a mi padre biológico...Mucha peli habían visto. Y yo les decía: "¿Para qué?¡Si yo ya tengo un padre!". De cómo mi madre conoció a mi padre (el que me ha criado) os hablaré otro día...Esto parece una telenovela, ¡jajaja!
To be continued.

viernes, 28 de octubre de 2011

Mentirijillas paternas

Hoy estaba recordando cosas de mi infancia y pensaba en que mis padres tenían una habilidad fuera de serie para contarme todo tipo de bolas y que yo me las tragase hasta el fondo. Los motivos solían responder a dos motivaciones principales: tomarme el pelo o protegerme de alguna manera. Ahí van un par de historias...

Mi padre es alemán (un día os explico la historia de amor de mis padres, que siempre me ha emocionado mucho) y cuando yo era peque, solíamos ir de vacaciones a Alemania. Nos alojábamos en la casa de unos campesinos que alquilaban habitaciones. No recuerdo cómo los contactaron mis padres por primera vez, pero cada año repetíamos. Su granja estaba situada en una carreterita bávara con un nombre ideal: la Romantische Strasse. Desde allí programábamos excursiones al castillo del rey Loco (el Neuschwanstein, que para mí era un castillo de cuento de hadas), a los pueblos pintorescos de la zona, y al bosque. Me encantaba ir al bosque. Buscábamos setas y las llevábamos a la granja. Allí la campesina descartaba las venenosas (¡glups!) y con las comestibles nos hacía una sopa que era un pecado de lo buena que estaba. Uno de los años que viajamos allí había una plaga asquerosa de avispas (imagíneseme corriendo de un lado a otro y chillando cada dos por tres) y para ahuyentarlas íbamos equipados con unos matamoscas. Yo estaba harta de tanto insecto, la verdad. En los bares colocaban jarras de cerveza en cada mesa para que las avispas fuesen allí a morir de coma etílico...En fin, que me despisto...Un día de los que íbamos al bosque, mis padres me dijeron que como en los árboles se había acumulado mucha resina, cuando pasase debajo de un árbol debía colocarme el matamoscas en la coronilla. Pos vale, tú me lo dices, yo me lo creo. Por allí andaba yo, dando botes y buscando sapos con el matamoscas en la cabeza. Al final ya se me olvidaba lo de la resina e iba a lo mío, la caza del sapo. Y cantaba (ojo al dato a lo cursi que era): "¡Un sapito sapón para mi colección!". Por cierto, en una de estas, persiguiendo a un sapito hasta el agujero que había en la base de un árbol, salió una pedazo bestia de batracio que me pegó el susto del siglo con su "CROA" de ultratumba...Ese bicho debía pesar medio kilo por lo menos y salí corriendo y gritando como la niña de ET...Bueno, a lo que iba...Al día siguiente mis padres me confesaron que en realidad lo que había en los árboles era una plaga de garrapatas de tres pares de cojones. Caían desde las alturas y habían picado a bastantes personas...Me pillé un cabreo monumental, me sentía indignada porque no me hubieran dicho la verdad desde el principio. Claro que si lo hubieran hecho, la menda no pisa el bosque ni de coña...

De vez en cuando, mis padres se iban de escapada romántica y me dejaban al cuidado de mi abuela. En una de estas, yo, con ganas de tocar las narices, les conté una mentira. Cuando me llamaron para saber cómo iba todo les expliqué que en el armario de los abrigos había encontrado polillas y que habían destrozado toda la ropa. Y se lo creyeron, jejejeje. Me encantó ser yo por una vez la que les colaba un gol. Unos meses después se fueron otra vez de finde, esta vez a San Sebastián y coincidiendo con el Festival de Cine. Me llamaron para darme el parte del día y mi madre comenzó a explicarme súper emocionada: "¡No te lo vas a creer! Hemos ido a cotillear un poco al Festival y ¿¿¿a que no sabes a quién hemos visto??? ¡A Tom Cruise!". Lo confieso, en aquella época me tenía el corazón robado (ahora no me gusta nada...), y esa noticia me dejó en estado de shock. Me explicaron detalles del encuentro, yo babeaba, estada lerda perdida. Y de pronto mi madre me dice: "Por cierto, Tom estaba un poco raro, tenía cabeza de polilla". ¿Eh? ¿De polilla? Mecagoen...sí, me estaban tomando el pelo. Ni Tom Cruise ni leches habían visto, era la venganza por mi bromita...

Me pregunto si seré igual de malévola con Peque, jejejeje. A mi me da que sí...

¡Buen finde!