A la hora del desayuno solíamos coincidir papá, mamá y yo, pero cada uno estaba en su órbita. La tele sonaba de fondo, porque mi padre siempre necesitaba el cacharro encendido como animal de compañía -manía que heredé, pero que ya he desterrado- y el contenido era lo de menos, aunque con los años se aficionó a los informativos matinales. Ver las noticias por la mañana es el mal. Ya sé que debemos vivir informados para ser ciudadanos con criterio. Yo no tengo criterio alguno y prefiero vivir en la inopia para ver según qué. Odiaba ver las noticias. Al mismo tiempo, con el runrún del televisor importunándola, mi madre trataba de concentrarse en su lectura -muy probablemente de Stephen King-, cigarro en mano, y no se le podía dirigir la palabra hasta que la cafeína no circulase por sus venas porque no era persona. En general esto se dice en sentido figurado, pero de verdad que ella NO era persona hasta media mañana, por lo que cualquier información relevante debía ser entregada a su sistema nervioso a partir de las once. Yo desayunaba rápido a mi bola porque las mañanas en casa no estaban hechas para la cháchara y la algarabía, eso lo dejábamos para la noche. A mí me faltaba algo con lo que empezar el día con alegría, como hubiera dicho nuestra buena amiga Leti en sus años mozos antes de llegar a la decadencia del Tukutú.
Y ese algo, me he dado cuenta con los años, es la música. Como adolescente que se precie siempre estaba enganchada a mi radio, que en esa época era un radiotransistor enorme a pilas que me llevaba de la habitación al lavabo para poder ducharme con hilo musical. Ahora las hijas de Mr. X se pillan el altavoz portátil conectado al ipod y se montan una rave en el cuarto de baño con sonido envolvente que lo flipas mientras se enjabonan el pelo. En el precámbrico yo intentaba sintonizar una emisora decente que siempre se oía con interferencias y cuyo mísero volumen apenas era audible bajo el chorro de agua. Algo que mejoró cuando una Navidad el regalo familiar fue una cadena musical con reproductor de CD incluido, ¡la revolución! Pero si yo conectaba a Los Jackson Five o Supertramp a toda mecha en el comedor, el jolgorio me duraba lo justo para escuchar la cara A de mi casete, porque a medio concierto mi madre reclamaba algo de paz para poder hacer la cena. Aunque no me puedo quejar de la mucha música que se escuchaba en casa. Mamá pintaba a ritmo de Queen, Cher o Verdi, y papá amasaba galletas con Chubby Checker o Antonio Aguilar.
La música sólo me faltaba por las mañanas. Y he aquí el momento en el que te proclamas como dueña y señora de tu hogar, y por fin instauras el reinado de la música matinal. Le guste a Peque o le disguste, porque esta es mi era de mando, y por la mañana toca bailotear al son de Coldplay o desgañitarse con Yvonne. Y ya veremos qué decide él cuando tenga voz y voto, y cómo recuerda las mañanas con la loca de su madre.



