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sábado, 3 de junio de 2023

Till we meet again


Hoy es un soleado día de junio. Me he puesto el primer vestido de la temporada, aunque quizás he sentido algo más de fresco de lo que esperaba, pero el preludio del verano siempre me trae ilusión, así que valía la pena catar esas sensaciones.

Los últimos meses no he escrito nada, ni aquí, ni en mis diarios. He catalizado mis emociones a través de los paseos con Suertudo, los ratos de música y pintura, y el tiempo en familia.

Ha sido un año difícil. Emprender, pasar mucho tiempo fuera de casa, educar a un cachorro que se ha comido medio mobiliario, torear la adolescencia de P y, sobre todo, acompañar en su enfermedad a mi querida amiga T, hasta su fallecimiento hace un mes y medio.

Es un resumen tosco de todo lo que hemos vivido. El cáncer se ha llevado a muchas personas amadas, y cada vez que alguien de mi alrededor recibe un diagnóstico, revivo todos esos procesos, y me pregunto si a mí también me va a tocar pronto. Otras dos amigas de mi grupo están en sendos tratamientos de sus cánceres, aunque por fortuna, en sus casos lo que se espera es la curación.

El caso de T fue complicado desde el principio, y tener conocimientos de medicina hace que sea más complicado esquivar la realidad. A finales del año pasado ya sabíamos que el desenlace cada vez estaba más cerca, y después de Navidad entramos en la cuenta atrás, sin una esperanza de vida definida, algunos meses con suerte, pero saboreando cada único segundo que nos quedaba juntas.

Conocí a T en la facultad de veterinaria. No fue una relación idílica al principio, T tenía un carácter complicado en aquella época, y fue justo entonces cuando comenzó a hacer terapia para entender de dónde venía ese resentimiento que sentía con el propósito firme de mejorar como persona y curar heridas antiguas. Conozco pocas personas que hayan hecho un trabajo tan concienzudo a lo largo de los años, y que hayan logrado tanto como ella. Creo que las enfermedades devastadoras como el cáncer, o bien sacan lo mejor de ti, o te llenan de amargura. T evolucionó aún más, y nos dio a todos cantidades ingentes de amor y fuerza para acompañarla en su padecimiento.

Pruebas, cirugías, visitas con los especialistas con ese miedo por lo que puedan augurar, incertidumbre, angustia… y al mismo tiempo, ratos para reír, bromas, cariño a raudales, sabiduría y aprendizaje. He hablado mucho de la muerte y la enfermedad en este blog, pienso que he dedicado gran parte de mis tribulaciones a estos temas, y que no es en vano, que debemos prepararnos para el final y aprender de los que nos preceden en el camino. Por eso, a pesar de todo el dolor, agradezco haber estado todo lo cerca que he podido de T.

Es complejo encajar la muerte de una persona joven. La hija de T aún no ha cumplido los cuatro años, y recordará a su madre a través de los que la hemos sobrevivido. Sé que T no temía morir, solo dejar a la pequeña C. Cualquier madre comprende ese terrible dolor. Y aún así, T encaró los últimos días con una sonrisa para su hija y para los demás. La vi consciente por última vez un viernes. Estuvimos hablando veinte minutos, lo que buenamente pudo. Cuando me fui, ella se quedó sentada en el sofá, mirando el jardín, pletórico en la incipiente primavera, con el sol bañando su silueta. Antes de franquear la puerta, la miré una última vez y le dije: “Te quiero”. Ella se giró para mirarme, asintió con serenidad y me susurró: “Yo también te quiero”. El lunes siguiente por la tarde me despedí de ella estando ya sedada, y tres horas después falleció.

No se me va de la cabeza ese precioso momento en el salón de su casa. Fue muy bello y reconfortante. No tuve la oportunidad de despedirme así de mi madre, mi padre o mi abuela, así que lo valoro enormemente.

T, floreta, te pienso mucho. Nos dijiste que viviésemos la vida, que la disfrutásemos. Hay días jodidos, no te voy a mentir, porque tenemos la manía de perder de vista lo importante, pero lo intentamos. Vaya si lo intentamos. Ha sido un honor tenerte como amiga y maestra de vida.

Te quiero.




martes, 2 de febrero de 2016

Mans


No lo puedo evitar. Sé que corro el riesgo de llegar a la saturación, pero no lo puedo evitar (empiezo a sonar como el vizconde de Valmont).

Cuando una canción activa ese yo-que-sé-que-qué-se-yo en mi cerebro que hace que necesite oírla a todas horas, no lo puedo evitar… y la escucho hasta la saciedad.

En esta ocasión, además, lo que me transmite es algo más potente que lo que habitualmente puede hacer que me enganche a una melodía. Si encima de sonar bien y hablar de algo precioso, el que canta y compone es un buen amigo, la adicción alcanza límites estratosféricos.

Ya son veinticinco años de amistad. Unas cuantas aventuras. Lugares, sentimientos y anécdotas.

Con “Mans” es imposible no emocionarme. “Manos de aprendiz, que ahora son escuela”. En mi memoria no está tan lejos el ir de la mano con mi padre abarcando sólo su meñique con mi minúscula manita. Del mismo modo en que ahora Peque me prende uno o dos dedos cuando paseamos juntos a la salida del cole. Ciclos que se repiten, ayer, hoy y siempre, de mano en mano.

Senyor Roigé, tot un plaer.


Espero que la disfrutéis, al menos, tanto como yo.







jueves, 18 de septiembre de 2014

Preparativos


A lo largo de mi vida he tenido numerosos y variados complejos. A saber: nariz patatuda, cartucheras de escándalo, celulitis galopante, culo XL... No es que pueda presumir de haberlos erradicado de mi vida por completo, pero me atrevo a afirmar que con la edad he ganado en seguridad y amor hacia mi cuerpo. Pero he aquí la menda el día antes de ir a la prueba con el peluquero y maquillador, ambos dos la misma persona. Estábamos de cháchara durante la cena en la casa de veraneo de la familia de Mr. X, lugar en el que se centralizó el comando boda para prepararlo todo, cuando mi suegra me dijo: "Bueno, no te lo tomes a mal, que yo te lo digo con la confianza con la que se lo diría a una hija, pero ya le he comentado a M (el peluquero) que te disimule las orejas". Después de un segundo de estupefacción me dio un ataque de risa, porque jamás en la vida he tenido complejo de orejas de soplillo, y parece por lo que he observado -en el espejo- que algo de verdad hay en su preocupación... Con razón me llamaban Gizmo en la facultad... Pero bueno, no me supo nada mal, la pobre mujer sólo quería velar por un óptimo resultado estético de mi persona. Y no, no he añadido un complejo más a la lista, sigo viéndome las orejas divinas. Con ese consejo suegril bajo el brazo partimos las hijas de Mr. X y yo a la mencionada prueba. Yo no le había dado demasiadas vueltas al tema peinado, estaba por dejármelo tal cual, pero M argumentó que habiendo comprado un vestido tan bonito para el casorio no podía dejar mi pelambrera al viento. Admití que tenía razón y lo único que le pedí fue que no me hiciese un recogido, que quería llevarlo más o menos suelto. Me dejé llevar por su profesionalidad y cuando acabó me vi rarísima. Por una parte nunca me pongo maquillaje (pote, quiero decir), y me daba la sensación de que exageraba muchísimo mis arrugas... Y por otro... ¿¿pelo ondulado yo?? El flequillo no me convencía, daba la sensación de ser un poco de cartón-piedra, pero no podía arreglarme toda la melena y dejar el flequillo a su bola. Supongo que era la falta de costumbre, y al final, después de remirarme veinte veces, el conjunto me acabó convenciendo (y a mis "asistentes personales" también). Y tocó asumir que oye, con casi cuarenta tacos es normal estar un poco arrugá.

Una vez liberado mi padre del hospital decidió irse a su casa, porque su hermana y una amiga habían venido de tierras germanas para el enlace y estaban encantadas de cuidarlo y mimarlo. Saber que se hallaba en buenas manos nos permitió a Mr. X y a mí centrarnos esos últimos tres días en los preparativos más inminentes y disfrutar por fin de la movida en las que nos habíamos metido.

Miércoles, jueves y viernes me desperté cada mañana poco antes de las siete, incapaz de pegar ojo. No me sentía especialmente nerviosa, pero sí con ganas de ponerme manos a la obra. En casa, mi suegra orquestaba las diferentes tareas. Por un lado el montaje de los centros de flores. Mr. X, sobrinos e hijos recogían ramas de los árboles del jardín. Yo seleccionaba las hojas y mi suegra y las hijas de Mr. X confeccionaban los centros. Además de eso lavamos y rellenamos aceiteras y vinagreras. Elegimos complementos para los modelitos de cada uno. Ordenamos las tarjetas con los nombres de los invitados por mesas. Hicimos asambleas después de cada comida -con una media de veinte asistentes en cada una- y repetimos hasta la saciedad y como si fuera una oración el timing del día B.

Fuimos en tropel a la masía colindante, el lugar elegido para el evento, para ayudar a nuestros vecinos (y amigos además) con toda la preparación. Los jóvenes se encargaron del Photocall (impresionante cómo les quedó...). Los demás nos organizamos como hormiguitas para pintar, barrer, limpiar, acondicionar aperos antiguos con aceite de linaza, colocar flores, ornamentar con herraduras y cestos... Quizás así por encima no parezca gran cosa, pero sólo para barrer estábamos cinco personas y tardamos cuatro horas. Ahí es nada. Estando ocupada en ese menester (ampollas me salieron) la hija menor de Mr. X me preguntó riendo si me había imaginado así mi boda alguna vez. Levanté la mirada y observé a mis cuñados, sobrinos y amigos currando, intercambiando chistes, haciendo todo eso por nosotros… y le dije que no. Porque hasta que decidimos casarnos nunca había fantaseado con mi boda, mi romanticismo no iba en esa línea, pero no podría haber planeado una forma mejor de celebrarlo y prepararlo. En familia, con amigos. Rodeados de cariño. No way. Ni en mis mejores sueños. Como dice mi suegra, la gracia de meterse en un berenjenal semejante es poder recordar, no solo el día de la boda sino también todas las jornadas previas.

El viernes por la mañana las mujeres de la casa nos pusimos en marcha temprano en la cocina. Cortar quesos, trocear tomates, hervir huevos, desmenuzar pescado… La atmósfera que se generó evolucionó paralelamente a los guisos preparados. Se comenzó en frío y poco a poco se caldeó el ambiente, aderezándose con las primeras bromas, con el fuego y la chispa de los nervios, llegando a un chup chup acompasado sazonado con carcajadas, tropiezos en la cocina, armarios que se cerraban y se abrían, niños y no tan niños mendigando algún resto y, aprovechándose de todo ello, las dos perras de la casa aspirando la comida que caía de nuestras manos en medio del vaivén.

A todo esto llegaron las mesas, sillas, copas y mantelería. Como si de un tablero de ajedrez gigante se tratase fuimos ubicando cada mesa. Cuando parecía que estaba bien, alguien se daba cuenta de que la alineación no era correcta. Vuelta a empezar. Caos, risas, nuevos y desordenados ensayos infructuosos… hasta que mi cuñado M, de voz ultra-potente soltó un grito y los cuadró a todos (no me incluyo porque yo estaba a mi bola ensayando el discurso en un rincón). Mi momento relax del día consistió en una escapada que hice al pueblo con la hija menor de Mr. X. Hacía años que me pedía que la llevase a hacer la manicura. Deseo concedido, manicura para ella y arreglo de pies y manos para servidora. First time in my life. No me extraña que la gente se vicie, coño, que da un gustazo apoteósico ese meneo de los pinreles.

Por la noche, después de una cena en la que se notaban el cansancio y los nervios acumulados, Mr. X acabó al fin los pasteles (desde el primer día decidió que se encargaba él de eso), y a las doce nos pusimos a cortar las porciones para prepararlas. Me sentía como el chaval de Karate Kid. Cortar pastel, coger papelito, poner pastel. Empecé ayudada por mi cuñada, pero nos debieron ver lentas (y agotadas), y pronto dos machos alfa de la manada vinieron a ayudar. Menos mal, porque a ese paso la gesta se prometía interminable.


Último repaso mental a las tareas pendientes. Vistazo de control a todo lo que hemos hecho. Ok. Estamos preparados. A dormir, que mañana es el gran día.




miércoles, 8 de mayo de 2013

Shanghai Surprise


Ayer llegué por casualidad a un video en internet que habré visto ya unas veinte veces como poco. Es de patinaje sobre hielo, eso que practiqué durante un tiempito antes de quedarme embarazada. Que nadie se espere una coreografía elegante, la cosa va por otros derroteros…

Durante dos años mi amiga E y yo estuvimos yendo a clases de patinaje. Era algo que siempre me había gustado, pero nunca encontraba el momento. Hasta que nos decidimos y nos apuntamos juntas. Lo cierto es que echo de menos los ratos en la pista, divagando sobre lo humano y lo divino, partiéndonos la caja con nuestras chorradas e intentado lograr una pirueta mínimamente decente.

Mi amiga E se nos larga al otro lado del mundo. A China nada menos. Se pira como tantos otros que no encuentran un curro decente por estos lares. Eso sí, se va muy bien acompañada con el que prontamente será su marido (si la burrocracia les da tregua y logran echar la firmita).

En eso pensaba yo ayer cuando veía el video, en mis preciosos patines que están en algún lugar del altillo, en lo lejos que estará E, en que tengo que llevarme a Peque a patinar un día de estos…y desde luego, en lo que me molaría tener a un par de estos tipos como profesores particulares…


                           


lunes, 19 de noviembre de 2012

Y llegó el día


Todo llega y todo pasa. Siempre me lo decía mi abuela, refranera como ella sola y no por cierto da menos penilla...Aquí estoy, narrando ya en pasado mi fin de semana de desvirtualizaciones.

El viernes por la noche llegaba nuestra terapeuta preferida. Peque y yo fuimos a buscarla a la estación de metro. El reconocimiento, a pesar de nuestras mutuas miopías, fue instantáneo. Abracé su dulzura feliz por el encuentro y nos fuimos a casa con esa euforia de alcanzar lo esperado. Raquel vino cargada de buen rollo y de unos regalitos que nos llegaron al corazón, para muestra un botón (mil gracias otra vez, guapetona):





Cenamos con Mr. X y mientras él ponía a dormir a Peque, nosotras nos quedábamos charlando hasta las tantas...Cuando nos venció el cansancio nos fuimos a dormir con la emoción de encontrarnos al despertar con nuestra Carmen. Mr. X se despertó prontito para ir a buscarlos al aeropuerto y yo le di un cartelillo que había hecho para que le reconociesen (no era otra cosa que un dibujo del logo del blog de Carmen, porque ella me había hecho saber sin subterfugio ninguno que le hacía mucha ilusión lo del cartel aeroportuario, como en la mejor de las películas, pero como se reconocieron la jeta al segundo, Mr. X sólo lo levantó un momento para cumplir -y porque las misiones que le encomiendo a veces le dan un poco de corte a este hombre mío...-). Cuando Mr. X se fue hacia El Prat ya no pude pegar ojo. Me conecté y leí la última entrada de Carmen, de sólo unas horas antes de partir de su tierra, cuando su propio insomnio y nerviosismo por el viaje también la habían llevado al ordenador. Que conexión más extraña. Le escribí cuando sabía que ya estaba a punto de llegar a casa y ella lo leyó en su móvil unos minutos después de aterrizar en BCN. Al poquito tiempo Peque y Raquel se despertaron y mientras preparábamos el desayuno llegaron Carmen, su marido, y el saleroso de su retoño. Nos abrazamos las tres blogueras y la sonrisa no se nos fue de la cara en todo el día. Carmen y su familia también nos trajeron unos regalitos maravillosos (entre ellos una bolsa mega fashion para mí para hacer la compra con elegancia y un toque chic; adivinad quien quería llevársela hoy a la escuela...-y lo ha conseguido-). No deja de maravillarme todo lo que ha aportado Peque a mi vida. No sólo su existencia en sí, que me colma de felicidad, sino la oportunidad de escribir aquí y de conocer todas estas personas maravillosas.

Una vez organizados, nos fuimos pal evento. Llegamos de los primeros, nos hicimos nuestra foto de rigor en el photocall (¡cuanto glamour reconcentrao, por favor!) y dimos una vuelta a la caza y captura de bloggers conocidos. Los niños decidieron que la piscina de bolas de la ludoteca era lo mejor del mundo mundial y tuvimos que inspeccionar el territorio un poco por turnos. Aproveché la ocasión para saludar a Marta y su compañero de Chincha Rabincha y agradecerles de nuevo su estupendo regalito del sorteo de Papá Lobo. Un ratito más tarde pude desvirtualizar a los papis de Peluchín y hablar un ratito con Yaiza y Papi Suchel. Fue estupendo conoceros chicos, ¡aunque breve! Nuestra intención inicial era quedarnos a comer, pero nos dimos cuenta de que los niños estaban agotadísimos por el cansancio y la emoción acumulados y que algún adulto que había dormido menos de dos horas también necesitaba un rato de sofá. Nos quedamos un ratillo más mientras duraba el espectáculo infantil y decidimos ir a casa a comer. A los cinco minutos de salir los peques ya se habían quedado fritos...Fue una pena no poder coincidir con algunos blogueros y blogueras que nos hubiese gustado conocer. Ojalá haya otra oportunidad para lograrlo.

Después de llenar la panza y descansar el body, Mr. X propuso pasar un rato rodeados de animales y nos llevó de expedición científica a su clínica. Niños y mayores tocaron tortugas, serpientes, loros...y David y Peque descubrieron que lo de alimentar una cotorrita enferma con papilla y jeringuilla es de lo más divertido (la cotorra llenó el buche hasta límites insospechados, porque los dos voluntarios le atiborraban de comida a la velocidad del rayo, ¡vaya dos!).
                                                         
Volvimos a casa y cenamos jamoncito dando gracias a la buena fortuna de la menda y su familia. Carmen y yo pusimos a dormir a los niños y le dijimos a Raquel: "Va, a ver si aguantamos y cuando se duerman los peques venimos a seguir con el palique". Pero a los diez minutos las tres estábamos en brazos de Morfeo...

Al día siguiente, ¡las desvirtualizaciones seguían! Esta vez, quedamos con Eli  y Mir para dar una vuelta por el Parc Güell. ¡Qué buen rollo que tienen estas dos hermanas! Carmen y Eli llevaban mucho tiempo con ganas de conocerse y doy fe de que disfrutaron muchísimo del momento. La parte mala es que Raquel ya se volvía para Madrid...Se me ha hecho muy cortito Raquel, esto hay que repetirlo, ¡ya lo sabes! Nos despedimos de ella y arrastrados por la energía de los pequeños nos fuimos a pasear por el parque. Tuvimos la suerte de dar con un grupo de música -The Mañaners- que dejó hipnotizados a David y Peque (tanto, que sus madres, imbuidas por el ritmo enganchoso de los músicos, se hicieron con sendos CD's...). Después de satisfacer nuestro sentido lúdico-auditivo seguimos saciando sentidos, esta vez el del gusto gracias a las bueniiiisimas galletas que Eli nos había hecho, podéis ver la receta aquí, y yo fijo que la hago, porque las cookies estaban de escándalo.

Terminamos nuestro paseo matinal descubriendo uno de los misterios del Universo. Un chaval joven estaba haciendo unas espectaculares pompas de jabón que fueron el entretenimiento perfecto para nuestros bichillos. Corrían, saltaban y perseguían a las fluctuantes burbujas soltando grititos de placer cada vez que lograban reventar una (a Mir no le hizo tanta gracia descubrir que su cabeza era un imán para las pompas y que todas decidían explotar encima suyo...). Cuando ya nos íbamos, Mr. X, con su desparpajo habitual, le preguntó al chico cuál era la receta milagrosa para unas pompas tan sensacionales, y el chaval le chivó el secreto (supongo que fue incapaz de negarse después de que Peque me vaciase los bolsillos pidiéndome moneditas para el artista...). Pues ahí va: ocho litros de agua, una cerveza, una Coca-Cola y Fairy...A cuadros nos quedamos (Mir más al descubrir la composición del pringue que adornaba su pelo). Pero esta receta también la voy a probar...                



                                                                                   
                                              ¿Es o no es una pompa espléndida?


Comimos en un bar tranquilo de Gràcia, más tarde merendamos en casa, e ineludiblemente llegó el momento de decir adiós. Pero me gusta pensar que no es un adiós, sino un hasta luego. Porque las cosas buenas hay que repetirlas, así que ya sea aquí, en Madrid o en Sevilla, nos veremos de nuevo. ¡No os quepa duda! Gracias a todos y todas por compartir estos momentos con nosotros. Un beso grande.


martes, 30 de octubre de 2012

Manos de madre


Ya estoy de vuelta, pero con la cabeza aún en el espléndido fin de semana que he pasado rodeada de mis amigas. Estuve a punto de no poder ir porque Peque tenía décimas de fiebre y la logística se me complicó, pero al final todo cuadró y pude disfrutar de mis chicas. Hemos sido de lo más organizadas. Nos hemos tirado casi tres meses apuntando todo lo que teníamos que comprar y los menús para cada comida en un Excell y planeando el transporte en un Doodle (cosas de chicas, no cabe duda, diez tíos hubieran comprado veinte pizzas y andando cascarundio). Nuestra amiga M se curró una actividad estupenda para hacer jaboncitos caseros. El único inconveniente es que teníamos que salir al exterior para mezclar la sosa y el agua -lo cual desprende gases tóxicos- y la pobre a la que le tocaba quedarse dándole vueltas a la mezcla volvía hecha una estalactita caminante a casa. También han hecho yoga y meditación por las mañanas (de eso pasé porque he estado con un catarrazo impresionante y mis amigos los mocos y la tos no me hubieran permitido concentrarme...). Hemos paseado por el bosque, hemos ido a una feria de setas, hemos reído, compartido y disfrutado muchísimo. Total, ¿para cuándo la próxima? Gràcies nenes, us estimo!

Una de mis flamantes amigas, I, está embarazada y esperando mellizos, a los que hemos decidido bautizar como Milli Vanilli. Dentro de poquito los podremos achuchar. Siempre me emociona ir a dar la bienvenida a un nuevo bebé (¡en este caso dos!). Antes de ser madre, cuando iba al hospital para conocer a algún pequeñín y me ofrecían cogerlo en brazos, siempre me negaba. Me daba miedo cogerlo mal, o que se cayese o vete tú a saber qué. Con Peque ni se me pasó por la cabeza. Nunca dudé en cómo sostenerlo, no recuerdo ningún instante en que pensase: "¡Que se me escurre la cabeza!", o algo parecido. Supongo que el instinto predominó. Y pensé que después de tener a mi hijo pasaría a tener unas maravillosas "manos de madre" (como las de mi suegra, que además de cuatro hijos tiene once nietos...un master en toda regla). Pero no. El año pasado nació el niño de otra amiga y me sentí de lo más torpe acunándolo. La etapa de bebé de Peque ya comienza a quedar lejos. Cuando era un rorito de pocas semanas, su frágil cuerpecillo exigía una delicadeza en mis movimientos que no tiene nada que ver con las maniobras que hago hoy día, por ejemplo, para cambiarle el pañal. Ahora lo nuestro más bien parece un campeonato de lucha libre (y no siempre gano...). Darme cuenta de todo esto me hace sentir nostálgica por ese tiempo que ya no volverá, como cuando evocamos con nuestras amigas las fiestas de la universidad, los años locos...Pero es una morriña pasajera, imágenes que me vienen a la mente, piedras preciosas en forma de recuerdos que me gusta acariciar y atesorar, pero que simplemente forman parte del camino.

No puedo irme sin explicar que mi tremenda chiripa con los sorteos se ha extendido al ámbito familiar. La semana pasada nos dieron unos boletos en el súper y los premiados recibían productos gratis. A mitad de semana, abriendo los sobrecitos con Mr. X en la cocina de casa descubrimos que nos habían tocado unas magdalenas, unos rollos de papel de cocina y...¡un jamón! ¡Nos pusimos a dar saltitos de alegría en casa del subidón que nos dio! Pero lo mejor es que el sábado me llamó Mr. X y me dijo: "No te lo vas a creer...hemos ido al supermercado y nos ha tocado un paquete de galletas, un kilo de pasta y...¡otro jamón!". A Mr. X le da corte volver al súper, así que mañana me toca ir a buscar el regalito. Sí, ya lo sé, de hoy no pasa. Hoy sí que me compro el Euromillon.

jueves, 25 de octubre de 2012

Veinte años


Cuando era una pipiola preadolescente, cualquier ser humano de veinte años me parecía muuuuuy mayor. Pero mucho.

Ahora no sólo he pasado esa edad con creces, sino que este fin de semana me reúno con mis amiguitas para celebrar que hace veinte años que nos conocemos. Alucinante.

Hemos alquilado una casa rural entre todas y estaremos allí de viernes a domingo. Debo confesar que a pesar de apetecerme muchísimo el plan, me da penilla dejar a Peque. No hemos pasado más de una noche separados (y sólo en dos ocasiones), así que se me hace raro...Pero ahora que algunas de mis amigas viven lejos (vamos, que sin avión de por medio no les veo la jeta), conseguir quedar todas juntas es algo que no puedo perderme. Ni puedo, ni quiero, ¡claro!

Recuerdo que cuando de jovenzuela quedaba con mi grupillo, mi abuela siempre me explicaba que ella no había tenido amigas, que su mejor amigo era su marido y que no entendía que nosotras nos explicásemos cosas íntimas y que fuéramos tan importantes las unas para las otras. Yo no imagino mi vida sin ellas. Hay cosas que creo que sólo puede entender otra mujer...(aunque a Mr. X lo hemos "afeminao" a base de incluirlo en nuestras charlas -porque es el único chico que siempre se anima a quedar con nosotras-). Sea como sea, este finde es sólo para chicas. Vamos a charlar, darnos unos paseos si el tiempo lo permite, cocinar juntas, ¡e incluso hacer un taller de jabón y cremitas corporales!

Por todo esto, ya me despido hasta la semana que viene (esta semana os dejo sin "Aventuras en el zoo", jejeje...).

¡Ah! ¡Por cierto! No quiero marcharme sin dar las gracias otra vez a Papá Lobo y Chincha Rabincha  porque...¡he ganado su sorteo! Sí, ya lo sé, ¡tengo una flor en el culo para esto de los sorteos! (siempre me ha hecho muchísima gracia esta expresión). Hoy me compro el Euromillon...

¡Besos y buen finde!

lunes, 7 de mayo de 2012

Hablando de partos

Este fin de semana quedamos para cenar con mi grupo de amigos y fue estupendo pasar un rato con ellos. No nos vemos tanto como desearíamos, pero cuando estoy en su compañía me siento tan a gusto...Algunos hace casi veinte años que los conozco (lo confieso, ¡eso ha dolido!), y cada uno de ellos se merece una entrada, porque aportan mucho a mi vida. Además, en esta ocasión pude disfrutar de la compañía de mi amiga V (en realidad su nombre empieza por E, pero así no se confunde con mi otra amiga E, de la que he ido hablando). V hace ya unos cuantos años que vive fuera del país, pero últimamente hemos institucionalizado unas quedadas con Skype que hacen que la distancia parezca nimia, y así es más fácil mantenernos al día de lo que nos ocurre.

El caso es que como en cualquier reunión de treintañeras que se precie, acabó saliendo el tema de los hijos, de los embarazos y de los partos. Y preguntándome por mi parto, yo lo expliqué encantadísima de la vida. Leí en una ocasión que las mujeres somos explicando nuestros partos como los hombres cuando narraban sus batallitas de la mili. Me hizo gracia la comparación en su momento. Supongo que es una experiencia tan profunda que nos gusta compartirla con los demás. Cuando le explicas tu parto a una mujer que aún no ha parido suele ponérsele una cara algo descompuesta, pero trato de quitarle hierro al asunto y que no parezca una narración gore (inciso: a Mr. X si le gusta regodearse en los detalles gores, qué le vamos a hacer...). Al fin y al cabo, es una experiencia maravillosa, y si la mayoría de mujeres repiten, por algo será. Saltando de un tema a otro, salió el del parto natural. Yo comenté que me parece una opción fantástica, aunque no sé si finalmente me decidiría por ella, y casi todas mis amigas pusieron cara de dolor y de "¡estás loca!". Debo decir que hace unos tres años, yo pensaba lo mismo que ellas, pero poco a poco he ido cambiando de opinión.

Yo no tengo mal recuerdo de mi parto, pero por todo lo que he leído después, hay cosas que me gustaría que hubiesen sido de otro modo. No es que antes del parto no me informase, de hecho conocía bien los planes de parto, pero tras pensarlo, decidí confiar en mi ginecólogo y en su protocolo. Lo dicho, no lo recuerdo en absoluto como una mala experiencia. La comadrona fue amable, me explicaba todo lo que hacía y me sentí respetada. Las horas que estuve en dilatación estaba relajada y emocionada. En el paritorio los recuerdos son más confusos, y como el mío fue un parto distócico, al final hubo episiotomía y mucho trasiego. El caso es que más tarde, sobre todo al entrar en la blogosfera maternal, he aprendido cada vez más y más y he ido viendo que en mi parto las cosas podrían haber ocurrido de otro modo. En este camino me he nutrido de numerosos blogs, entre ellos el de Lady Vaga (su ironía es de lo más exquisito, y más allá de la sátira, su blog aporta mucha información útil) y uno que me encanta: Diari d'una mare ginecòloga. Está en catalán, pero con cualquier traductor online se puede entender perfectamente. Es muy exhaustivo explicando los pros y los contras de las técnicas utilizadas y el porqué de su uso.

Yo, con toda probabilidad, no tendré más hijos, pero si tuviese que pasar por otro parto, ahora sí sé lo que quiero y lo que no. Los relatos de los partos en casa me emocionan enormemente, pero reconozco que me siento más segura en un entorno hospitalario, así que imagino que repetiría en un hospital (eso sí, confieso que a veces me sorprendía deseando un parto exprés que me pillase en casa, en el que no tuviese tiempo de llegar ni a la puerta, para alumbrar a mi churumbel en mi camita o donde fuese menester). La idea del parto natural me gusta, y cada vez más centros ofrecen este tipo de nacimiento. Por otro lado, sin tener demasiado miedo al dolor, me conozco y sé que a veces el dolor físico me bloquea mucho, por lo que no sé viviría bien la experiencia sin anestesia. Es probable, por tanto, que volviese a solicitar la epidural. Pero lo que tengo claro es que hablaría con mi ginecólogo para plantearle mis dudas aunque sospecho, porque hace veinte años que me visita, que mi médico no es el hombre más empático del mundo, y no sé si sabría entender mis inquietudes (seguramente eso fue lo que me frenó a tratar el tema cuando estaba embarazada de mi Peque). De ser así, creo que buscaría otro profesional.
A todas las que aún no tenéis a vuestros bebés, os animo a informaros en profundidad y buscar la opción con la que más cómodas estéis. Es el mejor regalo que os podéis hacer a vosotras y a vuestros pequeños.
           

viernes, 27 de enero de 2012

Amiga A, amiga E

Cuando empecé a escribir el blog sólo se lo conté a tres personas: Mr. X, mi amiga E y mi amiga A. Tenemos un grupito de amigas fantástico, a todas las quiero muchísimo, pero E y A son especiales, y por eso no pude resistirme a explicarles mi aventura bloguera. Mr. X me lee muy de vez en cuando, porque es un despiste humano y tiene mil cosas en la cabeza. E es tres cuartos de lo mismo (se nota que los dos son piscis, ¡jajaja!). A me lee con asiduidad, y se ha aficionado a vuestros blogs a través del mío.

Ya expliqué mi historia con Mr. X, así que hoy toca agasajar a mis lovely friends.

Amiga E

Nos conocimos en el instituto, con catorce años. Yo entonces era muy tímida, me costaba un poco relacionarme con los demás. Llegué a ese instituto porque estaba cerca de casa y nos habían hablado muy bien de él, pero la enseñanza era casi por completo en catalán, y a mí me daba cierto canguelis. En casa siempre hemos hablado castellano, y el catalán para mí era poco más que una asignatura. No lo hablaba con fluidez, no conocía sus dichos, sus expresiones coloquiales...Y era una complicación extra.

Los primeros días no hablé con nadie. Iba a clase, tomaba apuntes y volvía a casa. A la hora del almuerzo me quedaba en el aula o me sentaba en alguna esquina. Y observaba a mis compañeros. Viéndolo hoy desde fuera debía dar una impresión bastante freaky (y sé que muchos tenían ese concepto de mí). Había tres chicas que me llamaban la atención (E, M y V), y un día, sin mediar palabra, cuando ellas aprovecharon el descanso para ir a dar una vuelta fuera del instituto, simplemente me acoplé a ellas. Y creo que no abrí la boca, jajaja...Madre mía, lo que debieron pensar de mí (bueno, lo sé porque se descojonan vivas cuando lo recordamos). Al segundo día ya debí empezar a interactuar un poco, y así cada día algo más. Y les caí bien (menos mal, sino mi escasa autoconfianza de teenager se hubiera desparramado por el suelo).

Con E conectamos enseguida. En aquella época nos flipaban los temas paranormales, y conocer por fin a alguien que no te mirase raro cuando sacabas el tema fue un descubrimiento. Recuerdo especialmente una excursión en autobús a vete tu a saber qué pueblo recóndito, en la que nos pasamos el rato hablando de vidas pasadas. Y hablar con E no tiene fin, ¡porque tiene una cuerda la tía! Cuando hablábamos por teléfono mi padre me tenía que avisar tres y cuatro veces de que colgase (a la quinta ya entraba en plan torbellino en la habitación y yo le soltaba lo de: "Pero Papá, ha llamado ella, ¡paga ella!"...jajajaja, ese argumento no le convencía, aunque después de dos horas -no exagero- cotorreando, no me extraña).

Algunos veranos los padres de E me invitaban a pasar unos días con ellos en el pueblo, y eran unas vacaciones geniales, de playa, helados, paseos por la feria, cotilleos hasta la madrugada...

Cuando llegó la hora de escoger una carrera, E tenía claro que quería ser veterinaria. Yo no sabía por donde tirar, me gustaban muchas cosas, pero de oírla hablar del tema me pilló el gusanillo y también elegí Veterinaria como primera opción. Cosas de la vida, E cambió de opinión y empezó Física, pero con el tiempo acabó harta de tanto átomo y tanta partícula, y consiguió entrar en Veterinaria cuando yo hacía tercero. Acabó la carrera, y ejerció un tiempo, pero E es un alma inquieta, y durante estos años ha ido estudiando mil cosas más, nunca puedes imaginar cuál será su próximo trabajo.

Nuestra amistad ya estaba afianzada, pero compartir años de carrera aún nos unió más. Y siempre ha estado ahí, aunque viviese en Costa Rica, el Caribe o Inglaterra (sí, ha estado en todos esos sitios).

El año pasado cuidó de Peque todos los viernes, y cada vez que está pachucho o tengo un imprevisto, acude para cuidarlo. Y me encanta verlos juntos.

La semana que viene E empieza una nueva aventura. Ha conocido al hombre de su vida (ella lo cree así, y a mí me da que también), y se marcha a vivir con él a su tierra durante una temporada. Estoy feliz por ella, pero ya la echo de menos.


Amiga A

La conocí cuando empecé Veterinaria. Mis comienzos siempre son difíciles, y creo que al principio, para variar, iba mucho a la mía. Me había fijado en A, pero ella siempre iba con una amiga a la que conocía previamente.

Un día, haciendo cola en copistería para hacernos con los tochos de apuntes de anatomía, comenzamos a hablar. Primero de algo trivial, ni lo recuerdo, pero resulta que las dos estábamos en un momento sentimental delicado, y no sé cómo acabamos sentadas en un banco contándonos las penas. Lo recuerdo como si fuese ayer mismo, y han pasado dieciocho años. ¡Dieciocho! Qué fuerte me parece...Es curioso, siempre que evoco un recuerdo, me veo a mí misma desde fuera. Es decir, pensando en A y en mí aquel día me veo como una espectadora externa, como si yo estuviese de pie a unos pocos pasos observando a esas dos chicas, la de pelo rizado y largo y la morenita de melena oscura y lisa, las dos mirando al horizonte, tristes por sus desventuras amorosas y con el sol inundando toda la imagen. Sin saber que en ese instante comenzaban a ser inseparables.

Mi amiga A vive en una población a unos cien kilómetros de la mía, siempre ha sido así y me he acostumbrado a no tenerla cerca. Pero aunque no nos llamemos o nos veamos a diario, sabemos que la una está en los pensamientos de la otra.

Somos muy distintas, a A no le gusta el contacto físico, cuando me da dos besos para saludarme lo hace rapidito y enseguida pasa a lo siguiente (con E nos pasamos el día sobándonos, jajaja, somos muy besuconas). Ahora me ha venido a la mente (lo tenía olvidado), ¡que en la Facultad algunos creían que A y yo éramos pareja! Menos mal que a ella no le gustan los achuchones, ¡sino no sé que habrían pensado! Cuando murió mi madre, A vino al entierro y estuvo conmigo en casa. Recuerdo un momento en el que me senté a recoger algo del lavabo y era un frasquito con una crema de mi madre con la que yo le hacía masajes. Al darme cuenta de lo que era me eché a llorar. Y A vino y me abrazó. Un abrazo de un amigo siempre reconforta, pero la sorpresa de sentir el contacto físico de A me animó mucho más...

Cuando estoy con A, no sé por qué, suele salirme la vena cómica y lo bueno es que creo que soy realmente chistosa, ¡jajaja! (eso debería decirlo ella, lo sé, pero yo creo que se parte conmigo cuando tengo el día inspirado).


En fin, espero que lean esto (E no lo creo, estos días va de culo, A es bastante probable), porque en definitiva, es mi declaración de amor, ;)


Buen finde!


PD: Mis amigas, aparte de maravillosas, son brujas. Mientras escribía esto E se ha pasado a verme y A acaba de llamarme por teléfono...No te digo yo...