jueves, 16 de febrero de 2017

La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad


Anda que no me he chupao yo pelis de juicios para que pensando en el título del post me saliese esto… en fin, así funciona mi “celebro”, que diría uno que yo me sé.

La semana pasada, sin venir a cuento, con nocturnidad y alevosía, y en pleno autobús, para no faltar a la costumbre, Peque me preguntó:

-Pero a ver mamá, ¿quiénes son los Reyes Magos?

A bocajarro y con siete personas esperando mi respuesta. Yo recurrí al socorrido:

-¿Tú qué crees?

Hasta ahora esa pregunta me había salvado el culo, porque al reflexionar, él venía a decir que los RRMM son esos seres mágicos que reparten regalos a tropecientos mil niños en una sola noche a lomos de unos camellos. Pero siempre tanteaba si había algo más.

Volvamos al bus. Peque se lo pensó y me contestó:

-Yo creo que sois los padres que compráis regalos y que cuando los niños están despistados los ponéis en el salón.

En ese momento apareció un niño de la edad de Peque y le dije que no podíamos seguir hablando del tema y que en casa lo retomábamos. Por una vez en su vida me hizo caso, y justo antes de la ducha, cuando ya pensaba que había eludido la conversación, volvió al ataque:

-Entonces qué, ¿quiénes son los Reyes?

Y le dije:

-¿Tú qué quieres saber?

Me miró y contestó sin atisbo de duda:

-La verdad mamá, quiero saber la verdad.

Supe que no había marcha atrás y que había llegado el momento, así que le expliqué lo que estaba deseando saber. Y no pudo sorprenderme más su reacción, porque se puso a reír, me abrazó y me dio las gracias por haber sido sincera y también, de paso, por todos los regalos que le habíamos hecho.

Acto seguido procedí a comerle el coco para no se le ocurriese largarlo en el cole o a amiguitos que no supiesen lo que él había descubierto. Espero que convencerle de que ahora forma parte del “equipo RRMM” sea suficiente aliciente para mantenerle la boca cerrada.

Tras unos minutos, empezó a tirar del hilo…

-Entonces… ¿Papá Noel?

-Nosotros -con una caricia-.

-¿El ratoncito?

-Nosotros –revolviéndole el pelo-.

-¿Y la comida que les dejamos a los camellos? ¿Y el rastro de polvo dorado que soltaron las capas de los RRMM?¿Y el agua de la nieve fundida de Papá Noel?

-Nosotros –dándole un beso-.

Hubo algo de pena en esa pérdida de la inocencia, pero casi nada comparada con el berrinche que me pillé yo cuando me enteré -y creo que había pasado largamente de los diez u once años-. Mi suegra está un poco mosca conmigo por haber roto el hechizo, pero para mí está claro.

Él quería saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.



jueves, 2 de febrero de 2017

A Peque no le gusta leer


Una de las muchas cosas que imaginé de mi maternidad cuando Peque era apenas un ser tamaño limón en mi útero, era la forma en la que le inculcaría a nuestro churumbel el amor que siento por la lectura.

Yo lo heredé vía directa de mi madre, a quien a menudo recuerdo con un libro entre sus manos cuando la evoco. Siempre he amado leer y escribir, y pensé que un hijo mío por imperativo categórico iba a sentir lo mismo que yo. Meeeec. Error number one de la maternidad (o de la mía por lo menos). Los hijos no tienen por qué tener tus aficiones. Ni tu carácter. Ni tu aspecto. Lección aprendida.

A Peque le compré libros de tela. Y libros resistentes al agua para la bañera. Y libros de plástico, cartulina, papel y madera. Y libros con muchos colores e imágenes. Y le di libros que eran míos de cuando era pequeña. Y libros nuevos y relucientes. Grandes, diminutos, divertidos, emocionantes, gruesos y delgados. Y le leía cada noche, y a veces si colaba durante el día. Y a mí puede verme a todas horas con un libro en la mano (mientras cocino, camino o incluso en el váter).

Pues bien, a mi niño no le gusta leer. Nada. Lo aborrece.

Antes de Navidad la profe de Peque nos solicitó tener una reunión. Eso sólo pasa si hay algo importante de lo que hablar, y llegué a la cita hecha un flan, peor que si me fuesen examinar a mí de tercero de física cuántica. La maestra nos explicó que Peque se mostraba reacio a leer (cosa de la que tristemente ya me había percatado) y que empezaba a ir retrasado respecto al resto clase. Al ser muy autoexigente, y notar que no se le daba bien, los momentos de cabreo eran habituales (la tolerancia a la frustración nunca ha sido su fuerte que digamos). Nos instó a practicar durante las fiestas para que no perdiese el hilo al volver al cole, cosa que yo había abandonado en casa porque no quería causar el efecto contrario y provocarle un rechazo aún mayor.

Esos quince días de deberes fueron una tortura. Para él, y para mí, y eso que creo que se me puede considerar una persona bastante –muy bastante- paciente, pero logró sacar lo peor de la menda. Al final desistí de buscar libros molones y me di cuenta de que las únicas palabras que le motivaba leer eran rótulos que veía por la calle, algunas etiquetas, folletos... y centré mis esfuerzos en eso, notando que algún progreso sí que había.

Ayer la maestra de Peque nos escribió para hacernos partícipes de los avances de su alumno. Por lo visto, allí también ha ido mejorando, en técnica y predisposición. Y parece mentira como ese pequeño logro me ha alegrado más que si me hubiese tocado la primitiva (bueno, casi). No canto victoria, el crío huye despavorido cuando saco un libro para que lo lea como si estuviese hecho de ajo y él fuese un pequeño vampiro, pero por si las moscas iré creando un caldo de cultivo propicio para que sucumba a los encantos de la lectura, que yo soy muy del refranero español, y la esperanza es lo último que se pierde.




jueves, 26 de enero de 2017

Time


Ayer leí una entrevista a Eva Bach, una pedagoga y terapeuta familiar, y no pudo gustarme más. Cuenta esta sabia mujer, que para decidir qué actividades programa en su día a día se pregunta si haría una determinada cosa si ese fuese el último día de su vida, y si la respuesta es negativa, no la hace. Tan fácil y tan complicado a veces cuando uno se ofusca con preocupaciones cotidianas.

Leí también en una viñeta que los primeros cuarenta años de la infancia son los más difíciles, y aparte de sacarme una sonrisa (porque sin duda me considero una cría de casi cuarenta) me hizo pensar que acercarme a velocidad absurda a mi cumpleaños me tiene cavilando si estoy donde debo estar y como quiero estar en este momento de mi vida. Y creo que la respuesta es lo más “sí” que puede ser. Hay cosas mejorables, tanto externas como otras que dependen de mi capacidad de pulir miedos y debilidades y abandonar perezas, pero volviendo al truco de Bach, creo que el día está rellenito de momentos que disfruto de una forma consciente. Sé que cada minuto cuenta porque nadie sabe cuándo se acaba la función y que vale la pena deleitarse en los placeres diarios, cabrearse lo justo y necesario, y tratar de pasar por la vida con una sonrisa por delante. Aunque te provoque arrugas, que te las provoca. Joder si te las provoca (o yo estoy ganando vista con la edad, o hace cinco meses no tenía los abismos cutáneos que ahora rodean mis ojos).

Lo de envejecer… eso trato de llevarlo con elegancia. Aunque me va a días. Recuerdo que en mi pava adolescencia, solía creer que envejecer mola mil. Porque cada vez sabes más de la vida, porque total cuatro canas y arrugas no significan nada… Frívolamente hablando, diré que ser yo la que se ve ajada en el espejo y con signos inequívocos del devenir de los años no es ni la mitad de glamuroso de lo que me había imaginado. Llevo meses tratando de decidir si seré de las que ondean una melena plateada al viento o tiraré de tinte del Mercadona. Ni pajolera idea. Cada vez entiendo más a Quino y aquello de que la vida debería ser al revés. Empezar siendo una uva pasa y acabar en un orgasmo. Me parece un buen plan.

A pesar de todo, no cambio nada de mi vida por la lozanía y el vigor de los veinte años. Ahora me conozco de una forma que entonces no podía ni soñar. Bueno, miento. Sí me gustaría volver por un día a los veinte y cruzar el umbral de la puerta de casa para comer con mis padres y charlar con ellos. Les explicaría unas cuantas perlas de Peque (aunque me temo que eso, si existiese algún científico que me prestase su máquina del tiempo, me lo prohibiría taxativamente por el rollo de las paradojas y blablablá, pero las normas están para saltárselas, qué coño).

Hablando de Peque (el que consiguió sin saberlo que me lanzase a tener este blog, que ha mutado una cosa bárbara desde que lo concebí), mi hijo me tiene loca. En todos los sentidos. Me divierte, me abruma, me emociona, me desquicia, me desconcierta y todo esto cada día y en bucle. Ser madre es algo diferente a cada año que pasa, con nuevas preocupaciones e inquietudes, y sensaciones alucinantes que ni siquiera sabía que podría albergar. Es cierto eso de que hasta que no eres madre no te enteras de qué va la movida. Muy, muy cierto. Tendrás tus teorías megachulas, tus consejos hiperprácticos y tu plan-educativo-infalible-a-prueba-de-niños. Y luego nace tu hijo y todo a la mierda. Que oye, en el fondo es lo que mola, sino sería demasiado fácil y autocomplaciente.

Esta misma mañana estaba mi churumbel planteándome cuestiones livianas del tipo:

-Mami, como la Luna se formó a partir de la Tierra, entonces la Tierra no está entera, ¿verdad? ¿Y puede crecer? ¿Y existe vida en otros planetas? ¿Bichitos? Porque en Marte hay agua, ¿lo sabías? Y si en otra parte del universo existiese un planeta como la Tierra, ¿querrías ir? Yo te llevaría a ti… Y a papi… Y a los hermanos… Y… Oye, si la Tierra es redonda, ¿la atmósfera la envuelve como un plástico a una albóndiga? Y si un avión supersónico va todo recto, ¿se sale de la atmósfera?

Creo que los otros habitantes del autobús –el escenario ideal según mi primogénito para taladrarme a preguntas a las ocho de la mañana- aún deben estar descojonándose con mis cutre intentos de respuesta. Que soy veterinaria, no ingeniera aeroespacial, y parece que este crío aún no lo ha pillado.

Envejecer mientras Peque crece y recorre su camino es la mejor manera de comenzar cada día. Sí, estoy donde quiero estar.



                                                                         








miércoles, 11 de enero de 2017

Leer, ver, escuchar


Enero. Frío y pocas perspectivas de buen tiempo a corto plazo. Mi época preferida del año.

Ironías aparte, comienzo un 2017 que promete estar, como mínimo, lleno de emociones. A ver si son de las buenas (por ponerle optimismo a la vida que no quede).

Las Navidades han estado rellenas de sabores agridulces, pero se salvan, desde luego, por la carita de felicidad de Peque al descubrir que los Reyes Magos, sibaritas como ellos solos, se zamparon al pasar por casa tres bombones de colores (made by Mr. X), unos After Eight y Ratafia Russet de la buena para tirarlo todo abajo. Ahora mi salón es menos Kondo que nunca, inundado de Legos, aviones, peluches, y el regalo estrella de este año, una caja de cartón (de la pantalla nueva del ordenador) con la que lleva jugando toda la semana.

Eso sí, estas fiestas y sus rutinas alteradas, me han proporcionado ratos de esparcimiento personal a los que he sacado mucho provecho…

Leer

-Salvador. Vimos en televisión una entrevista a Salvador Alvarenga, un naúfrago que pasó 438 días a la deriva en el Pacífico, y la historia me atrapó. Mr. X me regaló el libro justo antes de Navidad y me lo leí en cinco días. Si algo me quedó claro, es que yo no hubiese pasado posiblemente de la primera semana. Las ideas que tuvo para sobrevivir me parecen alucinantes, desde mi cómoda existencia urbanita no sé ni la mitad de cosas que ese hombre para lograr subsistir en un medio hostil.

-Cómo ser mujer, de Caitlin Moran. Reconozco que no he leído mucho sobre feminismo, y lo que leía no me llegaba. Por fin, desde el humor, he sentido que conectaba con algo que hasta ahora me parecía ajeno.

Ver

-El concierto. En mi agenda hay una lista de películas futuribles. Lo que pasa es que a menudo pasa tanto tiempo hasta que surge la oportunidad de verlas, que ya no recuerdo quién me las recomendó, cosa que me sucedía con esta comedia francesa. La empecé a ver sin grandes expectativas, y acostumbrada a consumir sobre todo cine norteamericano, recordé lo refrescante que es cambiar de registro y disfrutar de la ironía europea. El final me dejó llorando de emoción. En perspectiva veo que han sido unos días llenos de locos y maravillosos violines…

-Gosford Park. Soy bastante fan de Robert Altman, tiene un sello inconfundible, me gustan sus miles de personajes, sus historias que se cruzan, pasiones, misterios y por encima de todo, interpretaciones que siempre me parecen brutales. Olé Helen Mirren, soberbia como siempre.

-Boyhood. El hecho de la que filmasen con los mismos actores a lo largo de varios años me llamaba mucho la atención, y la verdad es que le da una verosimilitud muy curiosa a la película. Si ya como madre sientes que el tiempo vuela, viendo crecer al chaval protagonista en dos horas y pico casi me da algo. Ese día Peque se llevó dosis extra de abrazos, besos y achuchones.

-Viaje a Sils Maria. No sé qué me llevó a apuntarla en mi lista, pero a pesar de ser extraña y no tener muy claro si la recomendaría o no porque puede ser un poco pedrusco, me gustó. Juliette Binoche siempre me parece creíble, y hasta disfruté con la interpretación de Kristen Stewart, a la que no tenía en mi altar actoral precisamente. Una reflexión sobre el tiempo y el ego.

-The OA. O cómo Netflix llegó a mi vida. Llevamos tres meses siendo usuarios de esta plataforma, y me tiene loca, loquita, loca. No puedo decir mucho de qué va la serie, salvo lo poco que te plantean de entrada: una chica vuelve a casa siete años después de haber desaparecido y sus padres flipan en colores al descubrir que ya no es ciega. De momento sólo hay una temporada de ocho capítulos y me los zampé en dos días. Quiero la segunda temporada ya.

Escuchar (y sentir, y reír, y bailar, y llorar)

-Ara Malikian. Ya hablé de él en el blog cuando lo descubrí. Papa Noel nos trajo a Mr. X y a mí unas entradas para disfrutar de su arte en el Palau de la Música, y desde entonces su violín suena en casa a todas horas. Peque también ha sucumbido, y me hace poner Misirlou veinte veces al día. No estoy exagerando, más bien me quedo corta, pero es que no es para menos…

                                                                   






                                                             









miércoles, 14 de diciembre de 2016

Kitschmas is coming


El día uno de diciembre, inaugurando nuestro calendario de adviento, Peque y yo procedimos a decorar la casa. Si ya de por sí tiende a ser de un barroco abigarrado, sumándole guirnaldas, lucecitas psicodélicas, tions y caganers, el resultado es cuanto menos, curioso. Tomé una foto de nuestro pesebre surrealista, la subí a instagram y en un alarde de ingenio creativo la titulé: “Kitschmas time”. Luego descubrí que el palabro ya estaba inventado, pero no importa, nadie se percató de mi súper juego de palabras.

Hablando del calendario de adviento, cada vez me cuesta más encontrar actividades con las que satisfacer a mi vástago. Es el tercer año que me lanzo a la aventura de idear veinticuatro actividades en un mes (¡veinticuatro!), y creo que cada edición es peor que la anterior. Bueno, hemos hecho cosas muy chulas (como patinar sobre hielo o ver ayer mismo Vaiana -¡muy recomendable!-), pero en esta recta final before Xmas estoy seca de ideas. Me quedan dos o tres ases en la manga, el resto es un desierto de inventiva maternal que ríete tú del síndrome de la hoja en blanco. Hoy la casita correspondiente al día catorce ha amanecido vacía y Peque se ha pillado un mosqueo XXL. Con lo que yo aún me he mosqueado más y he tenido que hacer acopio de toda mi reserva zen para resetear y no empezar el día de esa gloriosa manera. Y conseguido lo he (muy Yoda me veo).

Por fortuna, mi labor de mamá noela-reina maga está finiquitada desde la semana pasada y ahora sólo me queda pensar en qué manjares exquisitos prepararé para Nochebuena, única festividad en la que me toca currarme la comida. Tengo claro que como acompañamiento haré spätzle, una pasta que preparaba mi padre y que es éxito asegurado entre la población menor de edad que habita mi reino, pero aún rumio que cocinaré de plato principal.

Aunque confieso que ir de compras navideñas, ver los escaparates y las luces, pensar cosas chulas que hacer con mi estirpe y elevar mi espíritu navideño a la estratosfera tiene su punto, una parte de mí nada despreciable bucea en la nostalgia. Creo que me mola más el papel de niña que el de madre directora de eventos en lo que a las navidades se refiere. Quiero levantarme y que papá esté haciendo galletas de chocolate. Que el aroma a vainilla inunde el comedor. Que mi abuela me haga una coleta y me repeine con colonia. Que mi madre busque el disco de villancicos de Francia. Que en Nochebuena mi tía me prometa que iremos a patinar y me vaya a dormir con la convicción de que he visto el trineo de Papá Noel por la ventana. Que me levante en Navidad y descubra que la Nancy y la bicicleta están bajo el árbol. Que tenga quince días por delante para jugar, comer chocolate, divertirme y aborrecer la idea de volver al cole.

En el fondo, soy mucho más niña que adulta, sólo que lo disimulo muy bien.








miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dreaming


Al principio, todo es difuso. Está esa sensación, tan intensa y real, de volar. Pero no vuelo, me deslizo. La pista está inmaculada, una finísima neblina la cubre por completo y se oye el ruido provocado por mis patines en un rítmico y perfecto siseo que únicamente puede indicar que el movimiento de las cuchillas es impecable, exento de roces, sin señal alguna de que ha habido un fallo en la técnica.

Me muevo sin miedo, con la confianza plena de que no me voy a caer. Avanzo a velocidad creciente, cojo la curva con unos cruzados ágiles, y me giro para seguir de espaldas, con los brazos acompañando un desplazamiento impoluto.

No salto, practico concienzudamente algunas piruetas y pasos que me provocan esa sensación de no rozar apenas el hielo. Siento el frío en mi cara. Soy etérea. No me duelen las rodillas. Mi cuerpo es fuerte, flexible y dinámico.

Y ahí me despierto.

Es uno de mis sueños –buenos- recurrentes (tengo unos cuantos), y diría que mi preferido. En esos sueños patino siempre como una campeona olímpica (puestos a soñar, ¡mejor hacerlo a lo grande!). La realidad, sobra decirlo, difiere bastante de ese estupendo mundo onírico.

Patinar sobre hielo es una afición que he tenido a épocas intermitentes –una intermitencia derivada de las circunstancias, no de las ganas-. Hice un par de cursos cuando era adolescente, y unos cuantos más con mi amiga E justo antes de tener a Peque. Con E superamos varios niveles básicos y nos adentrábamos ya en el fantabuloso mundo del patinaje artístico cuando descubrí que estaba embarazada. Desde entonces no había vuelto a patinar. Me parece un deporte muy complejo. Cuando veo a un patinador ejecutar una secuencia de pasos, pienso en los años de práctica que conlleva aprender cada ínfimo cambio en la posición de la cuchilla, mutando la posición del cuerpo, el centro de gravedad… Complicado de cojones. Y de ovarios. Y de todas las gónadas habidas y por haber.

Pero quiso el calendario de adviento obsequiarnos con una entraditas para la pista de hielo. Bajé del altillo mis patines (los adoro, fetichismo puro modo on), y nos fuimos con Peque y sus hermanos a quemar calorías sobre un par de cuchillas.

Me daba pánico entrar a patinar y pegarme el leñazo padre, pero para mi sorpresa, este cuerpo serrano que tengo aún recuerda como mantener el equilibrio. No me atreví a hacer demasiadas cabriolas para no tentar a la suerte –y porque no me acordaba de casi nada, que la maternidad me ha fundido unas cuantas neuronas-, pero fue maravilloso volver. Peque disfrutó de lo lindo… cayéndose. Sí, a él le moló mas tirarse al hielo que conquistarlo en vertical, pero ya me ha pedido dos o cuatrocientas veces que volvamos. Y para qué negarlo, con este tema, soy muy, pero que muy fácil de convencer.











lunes, 21 de noviembre de 2016

Qué verde era mi Cambridge


Hace unas semanas mi amiga E nos invitó al primer cumpleaños de su primogénito, que resulta ser mi ahijado. Ganas de asistir no nos faltaban, pero había un pequeño inconveniente: unos 1500 km de distancia, más o menos (hace unos cuantos años que mi amiga cambió el sol de California por la llovizna de Cambridge).

Lo de viajar nos pirra, e Inglaterra estaba en mi wishlist de peregrinajes desde hacía tiempo, pero nunca encontrábamos la oportunidad, hasta que E me llamó. Después de consultar parámetros varios, decidimos ir al cumple (¡yuhuuuu!). Y yo empecé a hiperventilar, porque mi pasión por los viajes es directamente proporcional al yuyu que me da coger un avión.

Cambridge nos ha enamorado. Y eso que hacía un frío de tres pares de cojones. Un frío húmedo gracias al chirimiri casi continuo y al río que recorre la ciudad, el río Cam (de ahí lo de su nombre). A pesar de eso, por lo que nos dijo E, es una de las ciudades con más horas de sol de todo el país, y lo cierto es que un día soleado sí tuvimos.

Para llegar a Cambridge lo ideal es aterrizar en London Stansted y coger allí un tren que en media horita te deja en la ciudad. Lo único pesado es pasar la frontera (por llegar un sábado nos chupamos como cuarenta minutos de cola interminable –con un niño que ha dormido cuatro horas y que está entre agotado y excitado, puede ser un lindo calvario-). Dicho esto, la señora que estaba en la aduana fue muy simpática y se marcó unas palabritas en castellano a Peque que le sacaron una sonrisa (en general hemos dado con unos brittish muy agradables).

Cosas de Cambridge…

-Vale mucho la pena ver por dentro los famosos Colleges. Las visitas son gratuitas en algunos y de pago en otros, pero la espectacularidad de los edificios bien lo merece (y la universidad de Cambridge es la más antigua de habla inglesa después de Oxford -desde 1200 y algo, toma ya-). Nosotros fuimos a St John’s y a Gonville and Caius. Para la próxima no nos perderemos King’s College, pero desde St John’s se puede ver un puente monérrimo imitación del de los suspiros de Venecia.

                                                                 


Una curiosidad. Según me explicó E, la hierba (verde a más no poder y tupida como ella sola), sólo puede ser pisada por un estudiante de Cambridge, así que nada de selfies en medio del verdor. Forbidden!



-Puedes darte un paseo por el río Cam en batea (punting, le llaman, y durante tus vueltas por el centro te avasallarán con el tema y hay que regatear el precio; nosotros conseguimos un garbeo por veinte libras). Desde la batea se pueden atisbar todos los colleges y mientras tanto el gondolero te explica anécdotas varias (de las cuales sólo pillé la mitad o menos porque mi inglés británico está por pulir).





-En Cambridge no hay palomas, hay cuervos (y patos, y algún cisne), por todas partes. A Mr. X y a mí nos llamó mucho la atención, deformación profesional. Y también muchas bicis. Ojo al cruzar una calle, hay que mirar para todos los lados antes de aventurarse o te juegas el tipo.

       


-La comida, ay la comida. Bueno, los ingleses no son precisamente famosos por sus artes culinarios, pero hemos de decir que comimos muy bien. Nuestra amiga E nos llevó el primer día a tomar un brunch a una cadena de restaurantes, y estaba riquísimo. Eso sí, lo típico es tomarlo con té y por ahí no pasé. Mr. X le dio a una pinta de Guinness, y yo, que no soporto la cerveza que no sea helada y llena de gas, me tiré a la Corona. En otros sitios fui aún peor y bebí Estrella. Sí señor, Estrella everywhere. Hay que ser guiri…




Para la cena nos recomendaron un pub que estaba cerca de nuestro hotel. Un pub tailandés. Ese concepto me produjo un poco de cruce de cables, porque mi idea de un pub era un tugurio oscuro lleno de hombres de mediana edad en la barra dándole a las ale, pero no, también sirven comidas. Atención al funcionamiento, porque es curioso. Cuando llegas lo primero es pedir la bebida en la barra, y te la llevas a la mesa. Después pides la comida, pagas, y los camareros te la sirven cuando está lista. Después de mi experiencia en USA -donde me llevó mi tiempo descubrir que la propina es obligatoria y cerca del veinte por ciento de la factura- le pregunté a E sobre la conveniencia de dejar o no propina. En general no es necesario, y en los pubs hasta se lo pueden tomar mal.

El domingo comimos en The Eagle, otro pub de renombre. Al parecer Watson y Creek siempre iban allí a tomar algo, y según te vende el local, en uno de sus rincones se inspiraron y descifraron la estructura del ADN (o DNA en english). La mesa que frecuentaban tiene la plaquita correspondiente. Anécdotas aparte, es un pub enorme y las mesas van muy buscadas. Te toca entrar, investigar, y plantarte delante de la que veas con opciones hasta que se vacía. Es la guerra. Pero vale la pena por catar un sunday roast o unas salchichas con puré de patatas (ligero, ligero).

-Durante nuestros paseos descubrimos que el dulce típico de Cambridge es el fudge, una especie de caramelo con todos los azúcares posibles que elaboran en una enorme mesa de mármol dándole forma hasta que se solidifica. No soy muy de dulces, pero el de chocolate negro y ron está que se sale.

-Las tonalidades de las hojas otoñales se comieron varios megas de mi tarjeta de memoria. Qué colores...

                                   



Peque lo ha vivido como toda una aventura y decía “hello” y “good bye” con un acento de lo más británico. Me da que vamos a tener que repetir. Todo sea por su formación académica...