miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dreaming


Al principio, todo es difuso. Está esa sensación, tan intensa y real, de volar. Pero no vuelo, me deslizo. La pista está inmaculada, una finísima neblina la cubre por completo y se oye el ruido provocado por mis patines en un rítmico y perfecto siseo que únicamente puede indicar que el movimiento de las cuchillas es impecable, exento de roces, sin señal alguna de que ha habido un fallo en la técnica.

Me muevo sin miedo, con la confianza plena de que no me voy a caer. Avanzo a velocidad creciente, cojo la curva con unos cruzados ágiles, y me giro para seguir de espaldas, con los brazos acompañando un desplazamiento impoluto.

No salto, practico concienzudamente algunas piruetas y pasos que me provocan esa sensación de no rozar apenas el hielo. Siento el frío en mi cara. Soy etérea. No me duelen las rodillas. Mi cuerpo es fuerte, flexible y dinámico.

Y ahí me despierto.

Es uno de mis sueños –buenos- recurrentes (tengo unos cuantos), y diría que mi preferido. En esos sueños patino siempre como una campeona olímpica (puestos a soñar, ¡mejor hacerlo a lo grande!). La realidad, sobra decirlo, difiere bastante de ese estupendo mundo onírico.

Patinar sobre hielo es una afición que he tenido a épocas intermitentes –una intermitencia derivada de las circunstancias, no de las ganas-. Hice un par de cursos cuando era adolescente, y unos cuantos más con mi amiga E justo antes de tener a Peque. Con E superamos varios niveles básicos y nos adentrábamos ya en el fantabuloso mundo del patinaje artístico cuando descubrí que estaba embarazada. Desde entonces no había vuelto a patinar. Me parece un deporte muy complejo. Cuando veo a un patinador ejecutar una secuencia de pasos, pienso en los años de práctica que conlleva aprender cada ínfimo cambio en la posición de la cuchilla, mutando la posición del cuerpo, el centro de gravedad… Complicado de cojones. Y de ovarios. Y de todas las gónadas habidas y por haber.

Pero quiso el calendario de adviento obsequiarnos con una entraditas para la pista de hielo. Bajé del altillo mis patines (los adoro, fetichismo puro modo on), y nos fuimos con Peque y sus hermanos a quemar calorías sobre un par de cuchillas.

Me daba pánico entrar a patinar y pegarme el leñazo padre, pero para mi sorpresa, este cuerpo serrano que tengo aún recuerda como mantener el equilibrio. No me atreví a hacer demasiadas cabriolas para no tentar a la suerte –y porque no me acordaba de casi nada, que la maternidad me ha fundido unas cuantas neuronas-, pero fue maravilloso volver. Peque disfrutó de lo lindo… cayéndose. Sí, a él le moló mas tirarse al hielo que conquistarlo en vertical, pero ya me ha pedido dos o cuatrocientas veces que volvamos. Y para qué negarlo, con este tema, soy muy, pero que muy fácil de convencer.











lunes, 21 de noviembre de 2016

Qué verde era mi Cambridge


Hace unas semanas mi amiga E nos invitó al primer cumpleaños de su primogénito, que resulta ser mi ahijado. Ganas de asistir no nos faltaban, pero había un pequeño inconveniente: unos 1500 km de distancia, más o menos (hace unos cuantos años que mi amiga cambió el sol de California por la llovizna de Cambridge).

Lo de viajar nos pirra, e Inglaterra estaba en mi wishlist de peregrinajes desde hacía tiempo, pero nunca encontrábamos la oportunidad, hasta que E me llamó. Después de consultar parámetros varios, decidimos ir al cumple (¡yuhuuuu!). Y yo empecé a hiperventilar, porque mi pasión por los viajes es directamente proporcional al yuyu que me da coger un avión.

Cambridge nos ha enamorado. Y eso que hacía un frío de tres pares de cojones. Un frío húmedo gracias al chirimiri casi continuo y al río que recorre la ciudad, el río Cam (de ahí lo de su nombre). A pesar de eso, por lo que nos dijo E, es una de las ciudades con más horas de sol de todo el país, y lo cierto es que un día soleado sí tuvimos.

Para llegar a Cambridge lo ideal es aterrizar en London Stansted y coger allí un tren que en media horita te deja en la ciudad. Lo único pesado es pasar la frontera (por llegar un sábado nos chupamos como cuarenta minutos de cola interminable –con un niño que ha dormido cuatro horas y que está entre agotado y excitado, puede ser un lindo calvario-). Dicho esto, la señora que estaba en la aduana fue muy simpática y se marcó unas palabritas en castellano a Peque que le sacaron una sonrisa (en general hemos dado con unos brittish muy agradables).

Cosas de Cambridge…

-Vale mucho la pena ver por dentro los famosos Colleges. Las visitas son gratuitas en algunos y de pago en otros, pero la espectacularidad de los edificios bien lo merece (y la universidad de Cambridge es la más antigua de habla inglesa después de Oxford -desde 1200 y algo, toma ya-). Nosotros fuimos a St John’s y a Gonville and Caius. Para la próxima no nos perderemos King’s College, pero desde St John’s se puede ver un puente monérrimo imitación del de los suspiros de Venecia.

                                                                 


Una curiosidad. Según me explicó E, la hierba (verde a más no poder y tupida como ella sola), sólo puede ser pisada por un estudiante de Cambridge, así que nada de selfies en medio del verdor. Forbidden!



-Puedes darte un paseo por el río Cam en batea (punting, le llaman, y durante tus vueltas por el centro te avasallarán con el tema y hay que regatear el precio; nosotros conseguimos un garbeo por veinte libras). Desde la batea se pueden atisbar todos los colleges y mientras tanto el gondolero te explica anécdotas varias (de las cuales sólo pillé la mitad o menos porque mi inglés británico está por pulir).





-En Cambridge no hay palomas, hay cuervos (y patos, y algún cisne), por todas partes. A Mr. X y a mí nos llamó mucho la atención, deformación profesional. Y también muchas bicis. Ojo al cruzar una calle, hay que mirar para todos los lados antes de aventurarse o te juegas el tipo.

       


-La comida, ay la comida. Bueno, los ingleses no son precisamente famosos por sus artes culinarios, pero hemos de decir que comimos muy bien. Nuestra amiga E nos llevó el primer día a tomar un brunch a una cadena de restaurantes, y estaba riquísimo. Eso sí, lo típico es tomarlo con té y por ahí no pasé. Mr. X le dio a una pinta de Guinness, y yo, que no soporto la cerveza que no sea helada y llena de gas, me tiré a la Corona. En otros sitios fui aún peor y bebí Estrella. Sí señor, Estrella everywhere. Hay que ser guiri…




Para la cena nos recomendaron un pub que estaba cerca de nuestro hotel. Un pub tailandés. Ese concepto me produjo un poco de cruce de cables, porque mi idea de un pub era un tugurio oscuro lleno de hombres de mediana edad en la barra dándole a las ale, pero no, también sirven comidas. Atención al funcionamiento, porque es curioso. Cuando llegas lo primero es pedir la bebida en la barra, y te la llevas a la mesa. Después pides la comida, pagas, y los camareros te la sirven cuando está lista. Después de mi experiencia en USA -donde me llevó mi tiempo descubrir que la propina es obligatoria y cerca del veinte por ciento de la factura- le pregunté a E sobre la conveniencia de dejar o no propina. En general no es necesario, y en los pubs hasta se lo pueden tomar mal.

El domingo comimos en The Eagle, otro pub de renombre. Al parecer Watson y Creek siempre iban allí a tomar algo, y según te vende el local, en uno de sus rincones se inspiraron y descifraron la estructura del ADN (o DNA en english). La mesa que frecuentaban tiene la plaquita correspondiente. Anécdotas aparte, es un pub enorme y las mesas van muy buscadas. Te toca entrar, investigar, y plantarte delante de la que veas con opciones hasta que se vacía. Es la guerra. Pero vale la pena por catar un sunday roast o unas salchichas con puré de patatas (ligero, ligero).

-Durante nuestros paseos descubrimos que el dulce típico de Cambridge es el fudge, una especie de caramelo con todos los azúcares posibles que elaboran en una enorme mesa de mármol dándole forma hasta que se solidifica. No soy muy de dulces, pero el de chocolate negro y ron está que se sale.

-Las tonalidades de las hojas otoñales se comieron varios megas de mi tarjeta de memoria. Qué colores...

                                   



Peque lo ha vivido como toda una aventura y decía “hello” y “good bye” con un acento de lo más británico. Me da que vamos a tener que repetir. Todo sea por su formación académica...


                                 





jueves, 10 de noviembre de 2016

Sustos postizos y castizos


El susto castizo, muy de la tierra porque aquí el carterismo está a la orden del día, me lo llevé hace dos días. Después de una tarde de compras con Peque (chantaje mediante para que no estuviese de morros mientras yo me decidía entre dos pijamas monérrimos de la muerte), fuimos a coger el autobús para volver a casa. Busqué las tarjetas de transporte justo antes de subir y cuando iba a poner un pie en el bus oí unas monedas caer al suelo. No pudo pasar más de un segundo, pero en ese lapso de tiempo y tras mirar mi bolso, el suelo y un hombre que se alejaba de mí, entendí que las monedas eran mías, pero que no se me habían caído a mí, sino al tipo que me había birlado la cartera y que se alejaba rápidamente de la cola. Cosa extraña en la menda, reaccioné ipso facto y grité que me habían robado. Dejé a Peque ahí plantado (sin pensarlo, de hecho) y salí detrás del tipo, al que agarré por la manga exigiéndole mi cartera. Por un momento se llevó la mano al bolsillo y se me pasó por la mente que iba a sacar una navaja, pero por fortuna eso no ocurrió y verme rodeaba de varias personas me dio fuelle para seguir reclamando lo mío. Como el tío se hacía el loco, le pedí ayuda a dos chavales de unos veinte años que pasaban por allí: "Chicos, ¿me ayudáis?, me ha robado y no me quiere devolver la cartera". Supongo que el ladrón, al sentirse rodeado se acobardó y dejó caer algo al suelo. Mi cartera. Detrás de mí iba una señora mayor que lo había visto todo y que se lanzó encima de él. En ese momento me di cuenta de que Peque lloraba en la cola del bus, recogí la cartera y me fui corriendo a ver cómo estaba. También me di cuenta entonces de que el autobús me estaba esperando, y me subí con Peque mientras lo tranquilizaba. La señora mayor vino corriendo y me dijo victoriosa: "Nena, ¡yo le he dado con el bolso en toda la cabeza!". Las puertas se cerraron y me giré para descubrir que todo el mundo me miraba en silencio. De esas cosas que pasan en segundos, que a saber si has actuado correctamente o no... pero el tipo no lo logró.
El otro susto -postizo porque fue menos de lo que mi mente enferma imaginó- me lo llevé por Halloween. Mr. X, Peque and me nos fuimos a la casa de veraneo de la familia de mi consorte hace dos findes con objeto de preparar la morada para una Castaween (híbrido catalanoamericano de castanayada y Halloween). Mi suegra, muy de decorar cualquier guateque, le regaló a Peque telarañas, esqueletos y una careta. Una careta horrible a matar. La de Scream, vamos. Para Peque es sólo una careta de fantasma, para mí es el icono del miedo cinematográfico de mi post-adolescencia.

Hallábame yo mismamente en la cocina preparando un aromático risotto con funghi, cuando el cabronáceo de mi hijo apareció de un salto enfrente de mí con la consabida careta. Una que es de susto fácil pegó un buen alarido y ya estaba a punto de cagarme en sus ancestros cuando se fue la luz. Pam, de golpe. Y como elemento tenebroso añadido, la radio seguía sonando. Comencé a gritar: "¡Mr. X! ¡Mr. XXXXXX!". Nada. Y Peque, muy divertido él, persiguiéndome con la puta careta. Como suele decirse, toda mi vida pasó antes mis ojos. Bueno, mentira. Pasaron Scream 1, Scream 2, Scream 3, Scream 4 y la madre que las parió a todas. Después de desgañitarme llamando a mi señor marido, este pasó como una exhalación por mi lado (lo que me llevó a preguntarme si era él o el asesino halloweenense de turno) y unos segundos después se hizo la luz -justo cuando llegó al cuadro eléctrico de la casa y accionó el diferencial que había saltado, pura magia-.

Ya me lo tengo dicho, "no veas pelis de miedo nena". Pero no me hago caso.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Hay un bar…


… al lado de mi trabajo, que me tiene el corazón robado.

Cuando dejo a Peque en el cole dispongo de cuarenta y cinco minutos sólo para mí. Cuarenta y cinco minutos sagrados en los que puedo hacer lo que quiera (un lujo que las madres apreciamos como caviar ruso). Antes me sentaba en una plaza a leer, pero cuando el frío comenzaba a apretar no me quedaba otra que entrar antes en el curro. No había descubierto aún un rincón que me encandilase para pasar ese tiempo sacrosanto. Hace un par de años abrieron EL bar, probé y desde entonces forma parte de mi rutina.

Los camareros me conocen, los saludo al entrar -casi siempre soy la primera- y no hace falta que añada nada más. Cinco minutos más tarde depositan un humeante té verde al lado de mi libro electrónico, compañero inseparable de fatigas.

Hay un asiento que suelo preferir, pero no soy maniática, existen alternativas sugerentes si algún cliente madrugador decide usurpar mi trono.

Los muebles son antiguos, de madera. Hay una gramola y otros cachivaches con solera, y la música siempre me resulta acertada, logrando incluso mutar mi estado de ánimo y llevarlo a parajes más seductores. Jazz de Nueva Orleans, cantos africanos, canciones en árabe, rock de los cincuenta, música folk o simplemente cantantes que no conozco y que se quedan en mi horizonte para ser explorados.

Hoy pensaba mientras le daba vueltas al té con la cucharilla y agitaba el pie al son de esa canción* que Halloween me ha hecho meditar, más si cabe, sobre la muerte, tan presente en mi vida (y en un sentido más bien positivo, dado que hace que saboree cada instante como único e irrepetible). Pasan los años, crecen los achaques, y el envejecer es palpable. Y la muerte, más o menos rápido -¡quién lo sabe!- se acerca. Recuerdo que cuando el padre de Mr. X estaba en sus últimas semanas de vida dijo algo como: “Así que morirse es esto...”. Me pareció revelador. Cada cosa nueva que hacemos y conquistamos se viste de la misma sensación de descubrimiento. Y la muerte no debe ser diferente, imagino.

Me gusta mi vida. Con sus cosas buenas y no tan buenas (como dice Matt, todo el mundo tiene su ración de mierda, cómo me mola esa teoría colega). Me encanta disfrutar del té verde por la mañana, del rato en autobús con Peque, de los besos de Mr. X, de las conversaciones "vamos a arreglar el mundo" con mis amigas, de salir del gimnasio después de nadar y notar una ligereza reparadora en el caminar, de apreciar como un catarro se va y respiro mejor, de descubrir por la primera página que un libro me va a encantar, de comer rollitos de primavera que he preparado yo y de beber una buena copa de Ribera.

Cuando mi madre enfermó justo cuando mi padre se había jubilado e iban a emprender una nueva etapa juntos, muchos dijeron:”Qué pena, ahora que podían disfrutar de la vida…”. Y no señores, mis padres tenían la lección bien aprendida. La vida se disfruta aquí y ahora y cada vez que te da un respiro. Sin más. Así que… a disfrutar.

*Esta canción:









                      







miércoles, 26 de octubre de 2016

Querido Planeta DeAgostini


Como ya se sabe que en esto de la maternidad te vas enfrentado a un marrón nuevo cada mes lunar o cada puñetero día, ahora estamos en pleno proceso de aborrecer el quiosco. De aborrecerlo yo, claro.

El año pasado rozamos el drama a final de curso, pero Peque sólo cayó en el afán consumista el último mes de cole. Este año hemos entrado por la puerta grande en el pantanoso mundo de los coleccionables. Colecciones efímeras y curiosas que lanzan cada dos por tres desde el universo-quiosco para tener a los críos enganchados a sus productos.

Al principio me resistía a dejarme los duros en esos trozos de plástico fabricados con dudoso gusto estético, pero claro, Peque usó un arma infalible:

-¡Es que mamiii, soy el único de mis amigos que sólo tiene unoooo!

Vamos, que me estaba haciendo directamente responsable de ser el marginado de la clase. El muy cabrito supo exactamente donde golpear. Así que para el quiosco que nos fuimos con la condición, eso sí, de gastarse sus propios ahorros en los cachivaches. Le quedan diez euros, que parecerá mucho, pero según el bicho que se compre cuesta la friolera de tres euros y medio, y este niño no se da cuenta de que está a un paso de la bancarrota. El día que le enseñe la hucha vacía ya me veo llegar a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Dentro de lo malo, algunas de estas colecciones tienen a animalillos como protagonistas y explican datos curiosos de su biología, cosa que tiene su punto, pero o los creativos de la empresa que los fabrica andan un poco pez en zoología o piensan que para qué ceñirse al título de la colección cuando hay un bicho molón y feo que se parece y que puede colar. Porque en la cole de pirañas hay una anguila, y en la de murciélagos, tenemos un coipo o una rata para animar el cotarro. Ah, y siempre, siempre, siempre, hay algunos bichos que son fosforescentes, y que por supuesto son el objeto de deseo de todo chiquillo y que es condición sine qua non para alcanzar el nirvana.

En fin, que cada tarde me veo inmersa en una negociación nivel presupuestos-del-estado para decidir si la jefa de gobierno autoriza o no la partida para esparcimiento propuesta por el ministro de Asuntos Lúdicos. Ahí es nada.

   


                                                       Y a mí que me recuerda a Fujur...




martes, 18 de octubre de 2016

La discreción, la gran prueba y el abismo generacional


La discreción

Cada vez que le pido a Peque que, en una situación comprometida, hable en susurros, él me deleita con un discurso a voz en grito que me sube los colores. La última vez, ayer mismo. Entramos en un bazar para buscar una caja donde guardar sus legos (es decir, más o menos un container tamaño transatlántico) y él fue directo a las chucherías para perros obsesionado con comprarle unos palitos a Perra. Los que me enseñó tenían un aspecto de lo más sospechoso, y me fije en que eran Made in China. Le dije que esos no eran buenos, y el solicitó información detallada al respecto (gritando, claro). Me acerqué a él pidiéndole cierta discreción y le dije que la comida hecha en China no era buena, a lo que él contestó con cara de susto:

-Pero mamá… ¡el sushi!

Por un lado le va a dar por pensar que llevamos años intoxicándonos con premeditación y alevosía, y por otro, le hace falta una lección de geografía.


La gran prueba

Lo de Peque, lo he dicho muchas veces, es un apodo que voy a tener que desechar. Este niño crece a ritmo exponencial. Una tarde, entrando en la portería, comenzó a driblar en un partido imaginario tirándose por el suelo. Después de llamarlo como veinte veces mientras yo sostenía la puerta del ascensor abierta, se dignó a levantarse, y fue uno de esos momentos en los que te das cuenta de lo enorme que está y se lo dije. Y él me explicó riendo:

-Si mamá, estoy mayor. Pero aún me queda una gran prueba.

Le pregunté cuál era y me contestó con una sonrisa de lo más pícara:

-La adolescencia mamá.

Que dior nos pille confesados...


El abismo generacional

En casa siempre hay bichos. Tenemos un imán. O una profesión que nos lo pone a huevo, según se mire. Iguanas, hámsters, perros, ranas, serpientes, insectos palo… Y alguno me dejaré. Pero lo importante es que tenemos un nuevo inquilino. Mr. X y Peque se fueron a una feria de reptiles, y hoy sé que debería haber ido con ellos para hacer de poli malo y prohibir la entrada del bicho en casa (no porque no me guste, sino porque hay que proporcionarle un terrario, comidita –viva-, una fuente de calor… y yo figura que estaba en fase de deshacerme de cosas, no de adquirirlas).

Así que mientras yo me iba al cine con el pequeño de Mr. X a ver El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, ellos se hacían con un precioso gecko leopardo. Y cuando llegué a casa ya estaba hasta bautizado. Peque me lo enseñó extasiado y me dijo:

-Mira mamá, ¡se llama Flash!

Y yo le pregunté:

-¿Como Flash Gordon?

A lo que me contestó indignado:

-Jo mamá, que no está gordo…

Nevermind.

                 




miércoles, 5 de octubre de 2016

La magia del orden


Hace semanas que le tenía el ojo puesto a este libro, pero andaba yo perdida entre las páginas de El amor en los tiempos del cólera y todavía no había llegado su momento.

Por fin, la semana pasada, lo ataqué. A bote pronto, pasar de García Márquez a Marie Kondo ha sido un poco heavy metal. Todos estos libros de autoayuda (yo lo incluiría en esta categoría) tienen a menudo una retórica repetitiva que me carga bastante, pero bueno, lo importante en estos manuales es el contenido, no el continente.

Empezaré por lo que me ha gustado. En primer lugar, la Marie y yo somos unas frikis del orden. Y desde pequeñas. Ella recuerda comprar revistas sobre almacenaje con cinco años, y yo me evoco yendo a casa de mis amigos y poniéndome a ordenar antes de jugar. Así de frikis (aunque ella me gana por goleada). Por esa razón, muchas de sus consignas son las mías desde hace tiempo y hemos llegado a conclusiones y métodos similares en varias cosas.

En segundo lugar, me ha servido para convencerme de que aún tengo que tirar más cosas. Y conste que poco me cuesta, pero hay por casa algunos objetos de los que no me he desprendido no sé muy bien por qué, y ahora ya están en mi punto de mira. Un ejemplo son los apuntes de la facultad. Cuando aprobaba cada asignatura encuadernaba todo el material con esmero y lo iba clasificando por curso. Con los años me he dado cuenta de que ya no lo consulto, y más de una vez rumiaba que lo tenía que tirar, pero luego me acordaba del trabajo que me dio encuadernarlos, blablablá… Marie me ha convencido de que cada objeto tiene su momento, y ahora toca darles carpetazo agradeciéndoles, por supuesto, el servicio prestado.

También me ha gustado la reflexión que hace sobre los recuerdos. A veces no tiras algo pensando que cada vez que lo miras invocas algo bonito/divertido/emotivo que ocurrió y que si te desprendes del objeto –al que, en sí, no le tienes cariño- perderás ese recuerdo, y eso es una falacia. Según Marie, has de coger el objeto y sentir si te da felicidad, y si no, al container.

Ahora vienen las discrepancias. Por un lado, le da una “vida” a los objetos que me chirría cosa mala (no podemos doblar unos calcetines en forma de bola porque es una falta de respeto después de las fricciones que nos ha evitado entre pie y zapato…).

Por otro, me da la sensación de que vive en un universo paralelo que yo no he conocido. Explica que al llegar a casa la saluda (a la casa, sí), se descalza agradeciendo el trabajo duro a los zapatos, entra en la cocina, enciende la tetera, va a la cama, deja su bolso en un tapete, lo vacía, guarda cada cosa en su lugar, se quita el reloj y las joyas, vuelve a la cocina, se sirve el té y se relaja. He resumido, porque hay más ritual por en medio (y siempre agradeciendo a cada objeto su función).

Mmmm… Veamos. Cuando yo llego a casa cada tarde con Peque, Perra, que nos ha oído desde el portal, se pone a ladrar y Peque le chilla que no ladre más. Cuando logro dejar en el suelo las bolsas de la compra, las cartas del buzón y la bolsa de deporte de Peque, hurgo en el bolso durante tiempo infinito hasta que doy con las putas llaves mientras trato de hacer callar a niño y perro de una vez. Abro a la velocidad del rayo para que no salgan los vecinos con la escandalera y Peque se pone a saludar a Perra, Perra a saltar sobre los dos, y yo trato de franquear la puerta cargada como una mula mientras los otros dos se hacen mimitos. Peque comienza a bramar que tiene hambre y Perra me urge para que la saque a hacer pis. Tiro mi bolso en una silla, enchufo unos frutos secos a Peque y nos largamos con Perra para que se relaje. ¿Dónde está mi té?

De esto deduzco que para entrar en el mundo Marie Kondo no has de tener ni hijos ni animales. Y no solo por el momento de paz al llegar a casa. También por lo del tirar alguna cosa. Cada vez que trato de hacer limpieza y vaciar un armario, Mr. X y Peque me hacen un placaje como dos hooligans enfurecidos para inspeccionar lo que me llevo entre manos, no sea que se me ocurra tirar alguna de sus valiosas pertenencias.

Además, Marie dice que sus clientes no rebrotan jamás, que una vez han catado el orden y la paz espiritual asociada, mantienen la armonía forever and ever. Pues qué mala suerte he tenido yo que no he conseguido reconducir ni a uno solo de los seres desorganizados que pululan en mi hábitat. Pero no desisto.

Podrá parecer que no me ha gustado el libro… todo lo contrario. De hecho, la Marie y yo somos almas gemelas, estoy convencida.

A todo esto, me he enterado de que el año pasado fue madre. ¿Le habrá dado ya un parraque?