lunes, 18 de febrero de 2019

Por amor a la ciencia


El 11 de febrero se celebró el día de la niña y la mujer científica, y desde el cole de Peque nos animaron a las madres que habíamos cursado carreras científicas a compartir nuestra experiencia con la clase de nuestros hijos.

Aunque en un principio no tenía muy claro si participar, fue comentarlo con Peque y quedarme sin opción a decir que no. Estaba entusiasmado no, lo siguiente (eso me hace ver que aún no hemos llegado a la fase de mamá-no-me-avergüences-por-favor -a pesar de que chinchándolo un poquito le pregunté si podía bailar el moonwalk en mi presentación y casi le da una apoplejía-).

Tener que explicar cómo llegué a ser veterinaria me ha hecho recordar muchas cosas. Que yo iba para letras, y pegué un volantazo hacia las ciencias. Que era malísima en mates y luché para sacarme el bachillerato científico (sigo siendo mala en mates). Que la carrera fue un período de emociones intensas, y cada vez que asistía a una conferencia de fauna salvaje me imaginaba como la nueva Jane Goodall. Que cuando me encallaba en asignaturas que aborrecía me parecía que el día de la graduación no iba a llegar nunca y llevo quince años ejerciendo como veterinaria. Que aunque me sigue gustando mi profesión, a menudo me imagino tanteando otros oficios porque me interesan demasiadas cosas.

El día de la exposición Peque estaba pletórico. Teníamos que ir después de comer, y antes de darme cuenta ya me tenía preparada la chaqueta y me empujaba hacia la puerta para irnos a la escuela. Debo confesar que estaba inquieta. Con los años he perdido el pánico escénico, y no me tiro para atrás si tengo que hablar delante de gente, pero aún así es algo que me hace estar nerviosa. Y los niños pueden ser un público muy exigente, de modo que ensayé la charla cinco veces durante la semana para calcular lo que tardaba y valorar imprevistos. Tras una introducción sobre cómo llegué a dedicarme a la salud de bichos varios y explicar a mi devoto auditorio en qué consiste mi día a día, les expuse un caso clínico a resolver entre todos (cogí a Perri, un peluche cánido de Peque que me sirvió de paciente, y simulé que se había clavado una espiga entre los dedos de una pata). Los críos se volvieron locos al sacar el fonendo, el termómetro, las pinzas… Costaba avanzar porque me avasallaban a preguntas, pero era espléndido ver todo ese entusiasmo reconcentrado. Cuando llegó el momento de tomar a la temperatura a Perri hice la pregunta del millón, ¿dónde le ponemos el termómetro a nuestro paciente? Y me di cuenta de que Peque levantaba la mano exaltado. Le concedí ese minuto de gloria y contestó: ¡En el culo! Risas a tutiplén y vástago feliz y contento (aunque luego me dijo que no lo había sacado como ayudante… pero no saqué a ninguno porque hubiese sido un caos de voluntarios abalanzados sobre la mesa de exploración). Acabé la charla y la ronda de preguntas sacó a la luz mis mejores batallitas (y algunas prestadas de Mr. X, que tienen mucha enjundia), ¿te ha mordido algún animal? ¿has visto un caracal? ¿cuál es el animal más peligroso que has tocado? Se quedaron con ganas de más y seguramente haremos una segunda sesión con mi partner in crime, Mr. X.

Cuando ya me iba, Peque me asaltó y me abrazó lleno de emoción. Valió la pena pasar ese rato con todos ellos y sentir la felicidad de mi retoño. Hay que saborearlo, que no falta mucho para que su entrada en la adolescencia me baje del pedestal en el que me tiene -a ratos- y me lleve al inframundo.

No descarto que la vida me lleve por otros derroteros profesionales, pero no me arrepiento de haber estudiado lo que estudié. Los animales me fascinan. Y por lo que me costó, y porque en el fondo soy una chica de letras que se atrevió a probar con las ciencias, aún me invade cierta emoción cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy veterinaria.



miércoles, 30 de enero de 2019

Cincuenta



El mes que viene Mr. X cumple años. Medio siglo. No sé si existe una crisis de los cincuenta, a él no parece afectarle, pero ya la sufro yo en su lugar, que me tiene mareada nivel décima vuelta en el Dragon Kahn lo rápido que nos pasa el tiempo.

En casa de Mr. X hay una cierta tendencia a armar saraos con cualquier excusa, y teniendo un motivo con fundamento, como es el caso, se nos va de las manos. Estamos a punto de alcanzar una cifra de invitados de tres cifras, y eso significa que el engranaje festivalero se ha puesto en marcha.

Todo empieza con una libreta y una lluvia de ideas, o lo que es lo mismo, mi suegra diseñando el menú. Lo tenemos listo hace dos semanas. El siguiente paso es la reunión del comité ejecutivo, en la que estudiamos las ofertas de los hipermercados de la zona, las delicatesen a seleccionar de cada centro, los carritos de la compra que necesitaremos para cargar, y las neveras de la familia que se van a tener que ofrecer voluntarias para albergar en sus congeladores durante unos días las joyas de la corona.

Paralelamente el comité de fiestas lo da todo pensando cómo entretener a la multitud congregada el día D. Como en nuestra boda, celebraremos el fiestón en la masía de nuestros vecinos y amigos, los B. Lo cual significa que dos días antes, la famiglia emigrará a la casa de verano, que se convertirá en nuestro centro de operaciones.

Levantarse a primera hora con el efluvio del café que algún madrugador ha preparado para los demás. Cruzarse a cada segundo con alguien que te pregunta dónde has puesto la sal, el queso rallado o el vino para cocinar. Darnos cuenta de que nos hemos olvidado de comprar hielo (siempre falta hielo). Que empiece el borboteo de los pucheros y el picoteo que hará que cuando llegue la cena no puedas probar bocado. Que unos y otros hagan viajes a la masía para llevar sillas, barriles, mesas, cubiertos, platos, flores y guirnaldas. Yo estaré en medio de todos, cocinando a mi ritmo, observando entre divertida y emocionada como la energía que desprendemos cuando preparamos una celebración nos envuelve como un abrazo y dice sin palabras que el amor está presente. Y mientras elabore las pastas saladas que me enseñó a hacer mi padre, pensaré en él, en que hace cuatro años que ya no está, pero que a pesar de todo me lo puedo imaginar perfectamente entre carcajadas e improperios diciéndome que mi estilo para amasar es una mierda (por algo era un gentleman alemán de sonrisa traviesa y acento venezolano que se metía a todos en el bolsillo incluso cuando te estaba insultando). Y si pienso en él, pensaré también en mi madre, en sus manos finas de largos dedos y ese aire nostálgico que tenía cuando pintaba y paraba un momento para mirar por la ventana… y en que aunque no estén, están.

At least, but not last, ultimaré LA sorpresa que le tengo preparada a mi cincuentón favorito. Tentada estoy de explicarlo, porque sé que este hombre mío ni se acuerda de que tengo un blog. Pero habrá que ser cautos.

Ni se lo imagina.








jueves, 17 de enero de 2019

Vísteme despacio que tengo prisa



Situación: 4 de enero de 2019, mediodía. WC de mi casa. Yo, sentada en el WC.

Para las madres, el wáter es en un gran sitio donde planificar la jornada, whatsapear y mirar Netflix. Por aquello de que es uno de los pocos lugares donde la prole te deja en paz. En realidad ese día Peque estaba en el cole, y tenía toda la tarde por delante para hacer algunos recados de última hora. Y me puse a planear. Tenía que hacer unas compras –que había decidido ese mismo día-, enviar una de ellas por correo y visitar a mi abuela. Estuve consultando aplicaciones de movilidad de mi ciudad para decidir la mejor ruta y una vez dilucidé un plan perfecto, me subí los pantalones, paseé a Perra y emprendí la odisea.

Primera parada: Mercería Santa Ana. Para los foráneos, aclararé que es una mercería antiquísima en la que tienen de todo, por lo que suele estar frecuentada por un público básicamente integrado por abuelas costureras y otros individuos abyectos como yo. A pesar de ser un local con solera, normalmente frecuento las mercerías de barrio, y acudí allí por primera vez tan solo un mes antes. En hora punta, para hacerlo más complicado, porque para desentrañar su funcionamiento necesitas un máster MBA. Como no pillaba nada me mantuve en un rincón viendo como se desenvolvía la fauna autóctona y acabé entendiendo que había tres mostradores, cada uno con su cola, y que en cada uno de ellos despachaban cosas diferentes (este segundo punto lo descubrí al hacer cola para un hilo en el mostrador de agujas, meeec, error). Cuando has hecho la ruta del bacalao en todos los mostradores, has de pagar en la entrada con un albarán que te van confeccionando y después recoger la mercancía en cada mostrador. Un puto lío vamos. Esa primera vez que fui me dejé unas agujas en el mostrador uno. Pero como ser adaptativo al medio que soy, la segunda vez fue mucho más exitosa y al comentar mi anterior descuido sacaron el arcón de los pedidos olvidados –prueba fehaciente de que el método conlleva confusión- y diligentemente me dieron mis agujitas. Además, me atendió un chico jovencito muy amable y por un momento me pregunté si estaba intentando flirtear conmigo. Debo decir que últimamente he tenido esa sensación en más de una ocasión y empiezo a plantearme mi poder seductor oculto. Quizás como milf lo peto más de lo que lo hice con veinte años, porque en esa época, mal que me pese, no me comía un rosco.

Con el tiempo en los talones me fui corriendo al santuario del consumismo por antonomasia, El Corte Inglés. Aunque no tenía previsto comprar nada a mi vástago por Reyes dada la avalancha de juguetes que se preveía en casa de mi suegra, en el último momento flaqueé. Mr. X había visto un coche teledirigido molón en la octava planta y allí me encaminé rauda y veloz. El primer escollo fue darme cuenta de que las escaleras mecánicas solo llevaban a la séptima planta. ¡¿Dónde habéis metido la octava, pardiez?! Perdí cuatro magníficos minutos buscando un ascensor, que tampoco llevaba a la octava (bueno sí, pero en ese momento de obnubilación no me di cuenta), y acabé subiendo por las escaleras. Por suerte, el coche estaba donde Mr. X me había dicho y luego tardé un poquito más en escoger un segundo regalo para el hijo de una amiga, que le regalábamos y enviábamos entre tres colegas a su tierra, allende los mares (bueno, no tan lejos, pero queda más poético).

Con los dos paquetazos en la mano me puse a hacer la cola para pagar. Ahí me di cuenta de que media Barcelona había tenido la misma ocurrencia que yo de comprar un regalo de última hora. Esperé pacientemente veinte minutos y en los últimos cinco me percaté de que no envolvían los regalos. Que yo lo comprendo, claro que sí, pero eso complicaba mi timing hasta límites insospechados, ya que debía tener el regalo a enviar empaquetado para poder ir a Correos y aún me faltaba comprar una cafetera para Mr. X. No hay dolor. Pregunté a la ajetreada dependienta donde envolvían los regalos y me dijo que en la planta sexta. Pregunté again donde vendían cafeteras y me dijo que en la segunda.

Decidí ir primero a la sexta y casi me da un parraque al ver la cola de empaquetamiento. Cogí un ticket y comprobé consternada que mi número era el ochenta y dos e iban por el sesenta. Dejé reposar mi culo en donde le encontré un hueco y aparqué los fardos mientras observaba a qué ritmo avanzaba la cosa. Las dos dependientas estaban de cháchara mientras embalaban y podrían haber protagonizado el anuncio de Malibú soltando aquello de “me están estresaaaando”. Sentí un nopuedoconmivida atascado en el esófago y se me ocurrió que igual me daba tiempo de comprar la cafetera antes de que llegasen al 82. Mis paquetes y yo bajamos al segundo piso y ni rastro de ninguna cafetera. Pregunté y me dijeron que eso era el quinto o sexto piso. Acabáramos. Subí al quinto y ¡bingo!

Eché un vistazo rápido, pregunté por una Nespresso pequeña y me derivaron al área Nespresso, donde los dos únicos dependientes estaban ocupados. Pues nada, me puse a hacer cola detrás del que parecía más expeditivo. Lo malo es que la pareja que le estaba consultando, de expeditiva no tenía nada. Estaban interrogando al empleado sobre la presión del agua de la cafetera con cara de estar desentrañando algún misterio de física cuántica a lo que el subalterno contestaba encantado. ¿La presión del agua? ¿¿¿WTF??? Desconecté de la perorata intentando calmar mi taquicardia, y tras unos eternos minutos, me tocó. Y no me anduve por las ramas. La quiero pequeña. El chico me mostró dos modelos y antes de que se me enrollase señalé una. Me preguntó si negra, roja o pistacho y grité: ¡pistacho! Satisfecha con mi resolución me dirigí a pagar, pero resulta que la cafetera estaba en oferta y regalaban veinte cápsulas. Aunque no te las daban así como así. No. Después de pagar el dependiente me llevó hasta su compañera, la que yo había descartado en un inicio por no tener pinta de ser muy diligente, y pude comprobar in situ que no me había equivocado. Cordialmente me pidió que rellenase mis datos y preferencias en una tablet para hacerme llegar las cápsulas. Lo hice lo más rápido que podían teclear mis dedos y al terminar ella se quedó mirando el cacharro unos momentos para acabar dictaminando que se había colgado, por lo que tenía que encender otro dispositivo. Me lo tendió y me dijo: ¿Puedes repetirlo todo, por favor?. ¿Todooooo? ¿¿¿WTF??? Vale, venga. En diez días tendría mis capsulitas.

Me largué pitando a la sexta, sección empaquetamiento, e iban por el 84. Me habían pasado por dos putos números. Volví a coger un ticket y me salió el 102. Amos no me jodas que no llego. Consulté a Mr. X por whatsapp si en Correos había algún tipo de papel para enviar y me dijo que normalmente tenían sobres, así que me fugué de allí cagando leches, mirando en Maps donde estaba la oficina de Correos más cercana, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro con mis bolsas a todo el que me rodeaba (se me ha olvidado añadir que llevaba una ensaimada y una sobrasada de Mallorca para que mi abuela merendase, lo cual empeoraba mi movilidad una cosa mala).

Mirando el puto móvil pasé por delante de la oficina sin verla, tuve que recular veinte números y di con ella. Por fortuna no había nadie delante y me atendió un chico muy solicito. Aunque no había sobres. Horror. El tío se apiadó de mí y encontró una caja donde cabía el regalo que tenía que enviar. En principio pensaba enviarlo certificado, pero quería que el remitente fuese “Las tres reinas magas”, y para eso tenía que ser ordinario porque el certificado exige una identificación real. Pues ordinario se ha dicho. Me dejó un rotulador para plasmar mi arte en la caja mientras atendía a otros clientes y cuando acabé tomó el paquete para proceder a su envío. Le dije que había sido muy amable, que queda muy de abuela, pero yo que estoy de cara al público, sé lo mucho que se agradece un cumplido semejante. Lo hice feliz. Eso, o realmente soy una milf y no estaba feliz sino tontorrón.

Tenía veinte minutos para cruzarme la ciudad y llegar a la residencia de mi abuela para darle la ensaimada, la sobrasada y los adminículos de la mercería. Con autobús no llegaba ni por asomo, me lancé a un taxi y llegué, contra todo pronóstico, a tiempo. Dejé un riñón en el taxi y subí a darle todo lo adquirido a mi abuela, que esa noche cenó ensaimada de Mallorca al aroma del tráfico de Barcelona tan ricamente.

Dos autobuses más tarde llegué a mi barrio. Mr. X estaba convenientemente de paseo con Peque y me envió un mensaje para decirme que ya volvían. Le dije que ni de puta coña. Le pedí diez minutos de gracia y a ritmo no caribeño compré papel de regalo subiendo hacia casa, llegué al piso, envolví coche y cafetera con el abrigo puesto, la perra oliendo el efluvio de la sobrasada del fondo de la bolsa y el celo colgándome de una ceja, escondí los regalos, me serví un vaso de agua con gas y simulé un falsísimo relax mientras mis dos hombres entraban por la puerta y yo me desprendía del abrigo y daba un sorbo despreocupado justo en el momento en que me encontraban en la cocina.










martes, 15 de enero de 2019

Año nuevo, baño bueno


Estrenar año tiene algo de promesa y de misterio. A mí me mola el misterio. Y podemos decir que hemos empezado el 2019 con dosis ingentes de energía positiva para bautizarlo como se merece.

Aunque lo acabé como el culo. O más bien, con el culo.

Dejadme que me explique.

Resulta que mis cuñados han decidido emigrar a Mallorca para iniciar su jubilación. Planazo. Y tener familia en ses illes hace de las Baleares un destino aún más practicable si cabe. Así que decidimos pasar ahí fin de año. Así, en pack, los veinte que nos juntamos en cada celebración. Ni que decir tiene que allí donde íbamos nos hacíamos notar (la discreción no es nuestro fuerte).

El 31 planeamos una excursión por el campo cerca de donde viven mis cuñados. De buena mañana, el grupo que dormíamos en un aparthotel de una localidad cercana nos levantamos dispuestos a emprender el último día del año. Mr. X y yo nos acercamos a la bahía, para respirar la brisa marina. Mr. X, que es un intrépido, rápidamente se puso a caminar por el rompeolas. Al principio fue muy gentil y me ayudó a adentrarme en el espigón, pero a la que algo llamó su atención me dejó sola ante el peligro, y si hay algo que tengo perjudicado a estas alturas de la película, son las rodillas, con lo que me vi bastante apurada para pulular por ahí. Visto lo visto, decidí usar mi apéndice más mullido para sortear las rocas: el culo. En un momento dado apoyé mis posaderas en la madre de todas las rocas y un crujido eterno sonó en mis entrañas. Primero pensé en que me había quedado sin rodilla, pero rápidamente mis neuronas me recordaron que había puesto el aifon en el bolsillo trasero. Ay qué dolor. Más que las rodillas, incluso. Y no por lo material del asunto, sino porque había sido un regalo de Mr. X y tenía mucho cariño a mi aifonsito, en paz descanse. Bueno, a ver, que ir, iba. Pero con la pantalla estropiciá. Al final sus majestades los RRMM se han marcado un plan renove que ha sido muy bienvenido. Moraleja: no hay que poner el móvil en las posaderas.

El día 1, la familia en pleno nos propusimos inaugurar el año de forma memorable, y por fortuna los astros nos sonrieron y nos regalaron un primero de año de temperaturas cuasi primaverales. Subimos a nuestros coches y nos dirigimos a Es caló d’es Moro. En temporada alta (o media), no hay quien encuentre hueco para plantar la toalla. Pero el uno de enero parece que es el momento ideal para ir. Habían unas doce personas charlando en la arena y llegamos nosotros a liarla parda. No nos dimos tiempo para pensarlo mucho. Nos enfundamos los bañadores y nos lanzamos al agua. Me encantaría decir que emulé a esos octogenarios valientes que remojan sus carnes en el mar aunque nieve y que parecen estar hechos de titanio para resistir temperaturas semejantes. Pero no, estábamos a diecisiete grados, hacía sol, y el agua estaba fresquita, pero soportable. En cualquier caso, fue una manera estupendérrima de conectar con los elementos y proyectar cosas buenas para este año que empieza (y además, fuimos un entretenimiento esperpéntico de gritos y jolgorio para los que habían tenido la ocurrencia de ir a esa cala a meditar en tranquilidad, espero que nos puedan olvidar). Por si fuera poco, el día 2 repetimos en otra playa. Menos mal que esa noche ya volvimos a la ciudad, porque de estar allí aún estaríamos en remojo.

Otro año que empieza, a ver cómo se porta.