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viernes, 12 de diciembre de 2014

Contrabando germano


Me cuesta saltarme las normas. Siempre me ha ocurrido, tengo asumida mi naturaleza sumisa... aunque eso no quita que de vez en cuando me tome mis licencias. Esto me recuerda los ímprobos esfuerzos de mi amiga V por hacer de mí una delincuente. De jovencitas, a ella le gustaba colarse en el transporte público, hacer algún simpa, dar el cambiazo a las etiquetas de los productos a la hora de pagar... Yo era incapaz. Un día me animó a decirle a la que cobraba en el bar de la facultad que lo que llevaba entre mis manos era un cortado en vez de un pedazo de carajillo de Baileys para ahorrarme unos centimillos y lo intenté. Se me debió ver a la legua la cara de culpable, y cuando la mujer me señaló que el camarero le estaba chivando que de cortado nada, que era un caraja como la copa de un pino, quise fundirme cual casquete polar.

Lo chungo viene cuando el que te incita a infringir la norma es que el que siempre te ha llevado por el camino de la rectitud. El que viene siendo mi padre. Resulta que el hombre ya está en planta y no soporta la comida que le sirven (normal, esos platitos no huelen cuando levantas la tapa, hieden), ergo anoche cogió su móvil y sin miramientos me llamó eligiéndome como ejecutora de su plan. Tras tomar nota del recado colgué circunspecta y acto seguido llamé a Mr. X para convertirlo en cómplice de la misión. Después de hacernos con el material solicitado en un garito que frecuentamos, cargamos la mochila y fuimos a la clínica, en la cual entramos con mucha sangre fría aparentando normalidad. Conseguimos franquear las barreras enemigas (era el turno de las enfermeras chungas) y al fin llegamos a la habitación de mi paterno sin contratiempos. Cuando le pusimos el objeto de su deseo en las manos, los ojos le hacían chiribitas. Me pregunto cuánto nos puede caer por contrabando de una barra de pan crujientita…

Además del botín le llevé un bloc de dibujos de Peque que nos habían dado en el cole. Quería que viese uno en concreto que nos proporcionó a los padres de la criatura un buen rato de risas. La colección de ilustraciones era de los eventos más representativos de estos últimos meses. Cuando se reincorporó a la escuela tras el descanso estival, le pidieron a mi churumbel que dibujase dónde había pasado las vacaciones. Él se entregó al trabajo y plasmó la casa de mi padre, con el jardincito, la bañera de hidromasaje que adora… Y debajo, escrito por la profe, ponía: “Este verano hemos ido a Alemania”. Me pregunto qué pensarán las maestras cuando el crío cuenta las bondades de la tierra de su abuelo, con ese pedazo de clima, ese solazo y esas playas alucinantes… de la Costa Brava. Porque mi padre sigue viviendo a una hora de nuestra casa. Es lo que tiene que siempre esté conectado el satélite alemán al televisor y allí el niño se empape de cultura germana.

Y hablando de tele. Empiezo a preocuparme por las horas que invierte mi niño delante de la caja tonta. Ayer, al llegar por la noche a casa, yo no encontraba las llaves y Peque cogió un palito que llevaba en la mano, lo usó a modo de varita mágica señalando la puerta y soltó: “Esto lo arreglo con un toque de Vanish”. Houston, tenemos un problema.



Bonus track: Todavía tengo el volcán-tomate secándose en el horno. Igual para el Adviento del año que viene lo podemos pintar.









                                 


martes, 9 de diciembre de 2014

U2 y el Adviento


Antes que nada, gracias. Mil gracias a todos lo que os habéis preocupado por nosotros y nos habéis mandado mensajes a través de todas las vías posibles. Me he sentido tremendamente acompañada estos días.

Normalmente los posts salen casi solos, tengo una idea que me ronda, sucede algo gracioso, me planto delante del ordenador y dejo fluir las palabras. Ahora me cuesta un poco más. Pero diré que esta experiencia, aunque toque fibras sensibles de mi ser y provoque a ratos tristeza y desasosiego, también me hace sentir otras muchas cosas buenas. Justo ayer retomé un libro que había dejado a medias para acabar otro. Se trata de “Sano y salvo” de Juan Gervás
Veo claro que tenía que leerlo en estos momentos. Me acerca a una visión de la vida (y de la enfermedad y la muerte) con la que comulgo totalmente. Rumio sus reflexiones y tomo nota de lo que no quiero olvidar: “¿Murió? No, acabó, que empezó a morir cuando nació… Nacemos y morimos cumpliendo un anatema vital, lleno de oportunidades de disfrute incluso en los últimos momentos. Así, una música o sonido preferido, una mano cariñosa, un beso cálido, una palabra sentida, un olor agradable y/o conmovedor, una caricia sensual, una lágrima amiga, una broma tonta y risueña, etc. […] La salud tiene muchos grados. La salud no es una variable dicotómica en la que sólo quepan el sí y el no. La salud tiene variaciones y modulaciones, altos, bajos y extremos. Si somos humanos, la salud tiene siempre un grado compatible con la enfermedad y la muerte. La salud no es un estado perfecto, sino posible y cambiante”.
Y así andamos, adaptándonos a los cambios. Una cosa está clara, a cabezota y tenaz no le gana nadie a mi padre. Y yo creo que se ha propuesto cocinar la cena de Navidad. Por cierto, U2 es la unidad de cuidados intensivos en la que está mi padre. A Mr. X y a mí nos pareció un buen augurio por ser fans de la banda de Bono. Veremos.

Una de las consecuencias del proceso en el que andamos inmersos es que las rutinas se resienten, y Peque no acaba de entender que tengamos que ir y volver del hospital continuamente. Asociado a ello, anda en modo ogro casi todo el día. Sé que parte de su mal humor es una expresión de todas las eventualidades vividas, sé que debería tener más paciencia, sé que debo dejar de tirar por la vía rápida de las órdenes y la poca empatía. Lo sé, y sigo tropezando. En fin… poco a poco.

Eso sí, aquí la menda se ha currado el Calendario de Adviento propuesto por la Parrulina, y trato de encontrar un rato al día para las actividades. Bueeeeno, vaaale, no todo han sido actividades. Mea culpa, una noche delegué en Mr. X la tarea de pensar algo para el día siguiente y por la mañana me levanto y me encuentro un polvorón metido a presión en la casita. Si es que… (para ser ecuánimes admitiré que yo también tiré de golosina un día –piruleta de chocolate made by Mr. X-).

A estas alturas podemos hacer una valoración de algunas de las actividades realizadas. Las guirnaldas de palomitas fueron un exitazo. Los hermanos de Peque se sumaron a la cadena de montaje y acabamos en una horita. Lo malo es que no se puede esperar que esas guirnaldas sirvan de decoración porque a la hora de fabricación ya habían desaparecido entre las fauces de los niños (y te encuentras palomitas hasta en las bragas durante dos días).

La otra actividad a la que le tenía ganas era la pasta de sal. Mi padre hacía figuritas con esta pasta cuando yo era pequeña y le quedaban de alucine. Si rescato alguna foto del baúl de los recuerdos la pondré por aquí. En un vano intento de emular aquellas obras de arte, ayer Peque y servidora le dimos a la masa. Bueno, en fin, para qué dar detalles… Yo hice un muñequito de nieve y una serpiente (deformación profesional) y Peque hizo un monigote de nieve –picasiano- y un mamotreto de medio kilo de pasta que no va a secar en la p..a vida que primero dijo que era un volcán y después un tomate. Prometo fotos en cuanto tenga un rato. Ya me estoy preguntando cómo deshacerme de ese artefacto sin que se dé cuenta…