Me cuesta saltarme las normas. Siempre me ha ocurrido, tengo asumida mi naturaleza sumisa... aunque eso no quita que de vez en cuando me tome mis licencias. Esto me recuerda los ímprobos esfuerzos de mi amiga V por hacer de mí una delincuente. De jovencitas, a ella le gustaba colarse en el transporte público, hacer algún simpa, dar el cambiazo a las etiquetas de los productos a la hora de pagar... Yo era incapaz. Un día me animó a decirle a la que cobraba en el bar de la facultad que lo que llevaba entre mis manos era un cortado en vez de un pedazo de carajillo de Baileys para ahorrarme unos centimillos y lo intenté. Se me debió ver a la legua la cara de culpable, y cuando la mujer me señaló que el camarero le estaba chivando que de cortado nada, que era un caraja como la copa de un pino, quise fundirme cual casquete polar.
Lo chungo viene cuando el que te incita a infringir la norma es que el que siempre te ha llevado por el camino de la rectitud. El que viene siendo mi padre. Resulta que el hombre ya está en planta y no soporta la comida que le sirven (normal, esos platitos no huelen cuando levantas la tapa, hieden), ergo anoche cogió su móvil y sin miramientos me llamó eligiéndome como ejecutora de su plan. Tras tomar nota del recado colgué circunspecta y acto seguido llamé a Mr. X para convertirlo en cómplice de la misión. Después de hacernos con el material solicitado en un garito que frecuentamos, cargamos la mochila y fuimos a la clínica, en la cual entramos con mucha sangre fría aparentando normalidad. Conseguimos franquear las barreras enemigas (era el turno de las enfermeras chungas) y al fin llegamos a la habitación de mi paterno sin contratiempos. Cuando le pusimos el objeto de su deseo en las manos, los ojos le hacían chiribitas. Me pregunto cuánto nos puede caer por contrabando de una barra de pan crujientita…
Además del botín le llevé un bloc de dibujos de Peque que nos habían dado en el cole. Quería que viese uno en concreto que nos proporcionó a los padres de la criatura un buen rato de risas. La colección de ilustraciones era de los eventos más representativos de estos últimos meses. Cuando se reincorporó a la escuela tras el descanso estival, le pidieron a mi churumbel que dibujase dónde había pasado las vacaciones. Él se entregó al trabajo y plasmó la casa de mi padre, con el jardincito, la bañera de hidromasaje que adora… Y debajo, escrito por la profe, ponía: “Este verano hemos ido a Alemania”. Me pregunto qué pensarán las maestras cuando el crío cuenta las bondades de la tierra de su abuelo, con ese pedazo de clima, ese solazo y esas playas alucinantes… de la Costa Brava. Porque mi padre sigue viviendo a una hora de nuestra casa. Es lo que tiene que siempre esté conectado el satélite alemán al televisor y allí el niño se empape de cultura germana.
Y hablando de tele. Empiezo a preocuparme por las horas que invierte mi niño delante de la caja tonta. Ayer, al llegar por la noche a casa, yo no encontraba las llaves y Peque cogió un palito que llevaba en la mano, lo usó a modo de varita mágica señalando la puerta y soltó: “Esto lo arreglo con un toque de Vanish”. Houston, tenemos un problema.
Bonus track: Todavía tengo el volcán-tomate secándose en el horno. Igual para el Adviento del año que viene lo podemos pintar.
