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sábado, 3 de junio de 2023

Till we meet again


Hoy es un soleado día de junio. Me he puesto el primer vestido de la temporada, aunque quizás he sentido algo más de fresco de lo que esperaba, pero el preludio del verano siempre me trae ilusión, así que valía la pena catar esas sensaciones.

Los últimos meses no he escrito nada, ni aquí, ni en mis diarios. He catalizado mis emociones a través de los paseos con Suertudo, los ratos de música y pintura, y el tiempo en familia.

Ha sido un año difícil. Emprender, pasar mucho tiempo fuera de casa, educar a un cachorro que se ha comido medio mobiliario, torear la adolescencia de P y, sobre todo, acompañar en su enfermedad a mi querida amiga T, hasta su fallecimiento hace un mes y medio.

Es un resumen tosco de todo lo que hemos vivido. El cáncer se ha llevado a muchas personas amadas, y cada vez que alguien de mi alrededor recibe un diagnóstico, revivo todos esos procesos, y me pregunto si a mí también me va a tocar pronto. Otras dos amigas de mi grupo están en sendos tratamientos de sus cánceres, aunque por fortuna, en sus casos lo que se espera es la curación.

El caso de T fue complicado desde el principio, y tener conocimientos de medicina hace que sea más complicado esquivar la realidad. A finales del año pasado ya sabíamos que el desenlace cada vez estaba más cerca, y después de Navidad entramos en la cuenta atrás, sin una esperanza de vida definida, algunos meses con suerte, pero saboreando cada único segundo que nos quedaba juntas.

Conocí a T en la facultad de veterinaria. No fue una relación idílica al principio, T tenía un carácter complicado en aquella época, y fue justo entonces cuando comenzó a hacer terapia para entender de dónde venía ese resentimiento que sentía con el propósito firme de mejorar como persona y curar heridas antiguas. Conozco pocas personas que hayan hecho un trabajo tan concienzudo a lo largo de los años, y que hayan logrado tanto como ella. Creo que las enfermedades devastadoras como el cáncer, o bien sacan lo mejor de ti, o te llenan de amargura. T evolucionó aún más, y nos dio a todos cantidades ingentes de amor y fuerza para acompañarla en su padecimiento.

Pruebas, cirugías, visitas con los especialistas con ese miedo por lo que puedan augurar, incertidumbre, angustia… y al mismo tiempo, ratos para reír, bromas, cariño a raudales, sabiduría y aprendizaje. He hablado mucho de la muerte y la enfermedad en este blog, pienso que he dedicado gran parte de mis tribulaciones a estos temas, y que no es en vano, que debemos prepararnos para el final y aprender de los que nos preceden en el camino. Por eso, a pesar de todo el dolor, agradezco haber estado todo lo cerca que he podido de T.

Es complejo encajar la muerte de una persona joven. La hija de T aún no ha cumplido los cuatro años, y recordará a su madre a través de los que la hemos sobrevivido. Sé que T no temía morir, solo dejar a la pequeña C. Cualquier madre comprende ese terrible dolor. Y aún así, T encaró los últimos días con una sonrisa para su hija y para los demás. La vi consciente por última vez un viernes. Estuvimos hablando veinte minutos, lo que buenamente pudo. Cuando me fui, ella se quedó sentada en el sofá, mirando el jardín, pletórico en la incipiente primavera, con el sol bañando su silueta. Antes de franquear la puerta, la miré una última vez y le dije: “Te quiero”. Ella se giró para mirarme, asintió con serenidad y me susurró: “Yo también te quiero”. El lunes siguiente por la tarde me despedí de ella estando ya sedada, y tres horas después falleció.

No se me va de la cabeza ese precioso momento en el salón de su casa. Fue muy bello y reconfortante. No tuve la oportunidad de despedirme así de mi madre, mi padre o mi abuela, así que lo valoro enormemente.

T, floreta, te pienso mucho. Nos dijiste que viviésemos la vida, que la disfrutásemos. Hay días jodidos, no te voy a mentir, porque tenemos la manía de perder de vista lo importante, pero lo intentamos. Vaya si lo intentamos. Ha sido un honor tenerte como amiga y maestra de vida.

Te quiero.




viernes, 10 de junio de 2022

El arte de complicarse la vida

 

Me había hecho yo el medio propósito de cerrar el blog con mi última entrada. Por aquello de clausurar un capítulo, y porque me he imprimido todo el blog en papel, en dos libritos preciosos que son unos de los pocos objetos que salvaría de mi casa si tuviese que salir pitando con lo puesto. Y es que me encanta acabar cosas, darlas por finiquitadas y olvidarme de ellas. Pero sabía, lo sabía, que me picaría el gusanillo de seguir escribiendo (de ahí que solo fuera un medio propósito).

Dicen que lo de los blogs ya es del cretácico, que nadie los lee, y blablablá. Supongo que algo de eso hay, pero cada vez que alguien comenta que le gustaba pasarse por aquí, me emociona enormemente y es un acicate para volver a las andadas.

Y bah, ahora que tengo un rato (o me lo fabrico entre enviar facturas al gestor y asistir a una formación online), pues démosle al teclado.

Llevo ya casi medio año como empresaria de mi propia clínica. Aún estoy lejos de sacarme un sueldo, pero todo el mundo me recuerda lo de que se necesitan dos años para ver la luz al final del túnel, o más bien los euros en la cuenta bancaria. Pues nada, paciencia. Me paso más tiempo gestionando que ejerciendo, pero también va en el pack del autónomo (encantador, el pack del autónomo, está lleno de sorpresitas desternillantes, pero de eso, mejor ni hablo).

Podría escribir largo y tendido sobre todas las movidas que hemos vivido en casa en los últimos años, pero siempre he preferido que el blog fuese para otra cosa, así que me voy a centrar en mi último entretenimiento: Suertudo.

Porque si no es suficiente con emprender, pedir un préstamo para sortear los famosos dos primeros años, entrar a saco en la preadolescencia de P, lidiar con historias varias que incluyen abogados, juicios y otras muchas aventuras locas y divertidas, a mí va y no se me ocurre otra cosa que adoptar un perro. Un cachorro, en concreto. De dos meses, para ser exactos.

La motivación era loable: P echaba de menos a Perra, lo estaba pasando regular en el cole y era una forma de darle vidilla y alegría, yo también tenía ganas de tener un bicho en casa otra vez (aparte de los de dos patas), … en mi cabeza todo tenía sentido.

Y entonces vi la foto de Suertudo en las redes sociales de una protectora que sigo y pensé: “es él”. He tenido muchos animales en mi vida, pero jamás he sido yo la que los buscase activamente, llegaron o los eligieron por mí. Era la primera vez que yo tomaba la decisión, y podría decirse que fue un flechazo. Contacté con la protectora, me presenté, rellené los papeles, hice las entrevistas, y consideraron que nuestra familia era ideal para Suertudo.

Lo fuimos a buscar un sábado lluvioso, y cuando sacaron esa bola de pelo adorable y nos la pusieron en los brazos, fue indescriptible. P y su hermano se derretían de amor.

Los primeros días Suertudo disimuló muy bien. Dormía mucho y el resto del tiempo estaba tranquilo y feliz poniéndose las botas. Pero al poco de llegar reveló su verdadera personalidad, y empezó a comerse la casa. Así, literal. Y a saltar, morder cables, darle el siroco en el momento más inadecuado… como cuando intentaba darme una ducha y tenía que salir corriendo porque se había meado y cagado en el pasillo y P me gritaba para que lo ayudase a que Suertudo no se rebozase en sus excrementos (pasar el mocho con la toalla mal puesta y el pelo chorreando mientras sujetas un perro de tres meses, es un ejercicio de malabares digno del Circo del Sol, solo que en plan cutre-escatológico). Hubo momentos en los que me sentí como cuando P nació y el posparto me desbordaba: i-dén-ti-co.

Decidí hacer un SOS en toda regla a una colega especialista en etología, porque Suertudo además de comer puertas, no lleva nada bien quedarse solo y me lo tengo que traer al trabajo cada día y puede decirse que desde entonces la cosa ha mejorado bastante. Aún queda mucho por pulir, pero ya no parezco una desquiciada salida del frenopático. En realidad, me estoy haciendo famosa en el barrio, porque llevo una bolsita con pienso colgando perpetuamente de mi pantalón, y voy con Suertudo arriba y abajo tratando de educarle, y dándole sermones mientras él pega un bote detrás de una paloma y yo salgo despedida desparramando bolitas de pienso como si fuera una estrella fugaz.

Como además el cabrito es una monada, de media unas treinta y cinco personas se acercan para hacerle mimos en el trayecto trabajo-casa, que yo normalmente hago en siete minutos, y que con Suertudo no baja de cuarenta. Y la conversación es siempre la misma: “¡Qué mono!, es joven, ¿verdad?, ¡y vaya patas!, ¡se hará enorme!”. ¿He dicho ya que buscaba un perro medianito? Mr. X no para de cachondearse de mi ojo clínico para elegir un perro medianito.

En fin, en realidad mi móvil rebosa de imágenes y vídeos de Suertudo. Porque me ha complicado la vida, no voy a decir que no, pero también la ha hecho más divertida. Y en general (y que él no me oiga), mejor.



 

lunes, 8 de noviembre de 2021

La madrastra de Kurt Cobain


En realidad, no tengo ni idea de si Cobain tuvo madrastra o no, pero me sirve de punto de partida para volver a pasarme por aquí. Que lo otro sería dejar el blog sin más entradas y Santas Pascuas, que decía mi abuela. Pero a mí me da un nosequé no publicar más. Tampoco escribo para retomar el hilo y volver a la blogosfera (si es que aún existe). Escribo porque lo echo de menos, porque ha pasado casi un año desde la última vez que redacté una entrada, y porque si queda algún lector, lectora, lectore, que me siguiese, me apetece dar señales de vida.

Me he pasado los últimos meses estudiando y actualizándome al máximo de lo mío porque, cosas de la vida, en dos semanas (hace un trimestre que digo “en dos semanas”), abriré mi propia clínica veterinaria. Cualquier emprendedor/empresario sabe lo que eso significa en tema de permisos, obras, y otros miles de decisiones importantes a tomar. Mr. X me ha dado alas, empuje y fe en mí misma para liarme la manta a la cabeza. Yo soy más bien de naturaleza medrosa. Y en relación a lo que leía hoy en el newsletter de Amaya Ascunce, algo del síndrome de la impostora también hay (gracias, Amaya, porque siempre que te leo aprendo y me recuerdas por qué me gusta escribir).

Me he hecho un tatuaje, o más bien me lo ha hecho la hije de Mr. X. Otra novedad de la vida: ahora tengo una hijastre y me he metido de lleno en el mundo queer (estoy aprendiendo, me cuesta interiorizar conceptos, pero lo hacemos, Mr. X y servidora, lo mejor que podemos). También tengo un hijastro rockstar, de ahí viene lo de Kurt Cobain, aunque el retoño de Mr. X solo comparte con Kurt algunas influencias musicales, en todo lo demás es otro tipo de rockstar. Mi otra hijastra ha terminado la carrera, va por su segundo master y cada vez tenemos más y más en común. Soy una madrastra afortunada.

Y por supuesto, sigo ejerciendo mi maternidad con P en medio de una adolescencia galopante, para lo bueno y para lo malo. En cualquier caso, me siento menos dueña de nuestras historias para compartirlas por estos lares. Mi visión de lo que es ser madre ha evolucionado mucho desde la primera vez que publiqué aquí una entrada. Menos naif, más real, más consciente, no solo de mi realidad, sino de la de todas las mujeres con las que comparto (o no) este camino. Quizás, es solo que cumplir años añade perspectiva a la existencia y a la forma en la que vemos y nos relacionamos con lo que nos rodea. Y también añade canas. Aunque he descubierto que me resisto a teñirlas. Yo, que cuando empezaron a aparecer las arrancaba sin piedad (ahora me quedaría medio calva). Aceptar el envejecimiento es un temazo, como decimos con mis amigas. Me gustaría afirmar que lo llevo divinamente, pero me conformaré con decir que estoy en ello.

En fin, que la vida es intensa, que trato de tener un conocimiento más franco de mí misma para mejorar mi relación con los demás, y aún y así me descubro buscando excusas para mis defectos.

No sé si el recorrido de este blog acabará aquí, o me dará por volver a publicar, pero sea como sea, ha sido un placer.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Hay un bar…


… al lado de mi trabajo, que me tiene el corazón robado.

Cuando dejo a Peque en el cole dispongo de cuarenta y cinco minutos sólo para mí. Cuarenta y cinco minutos sagrados en los que puedo hacer lo que quiera (un lujo que las madres apreciamos como caviar ruso). Antes me sentaba en una plaza a leer, pero cuando el frío comenzaba a apretar no me quedaba otra que entrar antes en el curro. No había descubierto aún un rincón que me encandilase para pasar ese tiempo sacrosanto. Hace un par de años abrieron EL bar, probé y desde entonces forma parte de mi rutina.

Los camareros me conocen, los saludo al entrar -casi siempre soy la primera- y no hace falta que añada nada más. Cinco minutos más tarde depositan un humeante té verde al lado de mi libro electrónico, compañero inseparable de fatigas.

Hay un asiento que suelo preferir, pero no soy maniática, existen alternativas sugerentes si algún cliente madrugador decide usurpar mi trono.

Los muebles son antiguos, de madera. Hay una gramola y otros cachivaches con solera, y la música siempre me resulta acertada, logrando incluso mutar mi estado de ánimo y llevarlo a parajes más seductores. Jazz de Nueva Orleans, cantos africanos, canciones en árabe, rock de los cincuenta, música folk o simplemente cantantes que no conozco y que se quedan en mi horizonte para ser explorados.

Hoy pensaba mientras le daba vueltas al té con la cucharilla y agitaba el pie al son de esa canción* que Halloween me ha hecho meditar, más si cabe, sobre la muerte, tan presente en mi vida (y en un sentido más bien positivo, dado que hace que saboree cada instante como único e irrepetible). Pasan los años, crecen los achaques, y el envejecer es palpable. Y la muerte, más o menos rápido -¡quién lo sabe!- se acerca. Recuerdo que cuando el padre de Mr. X estaba en sus últimas semanas de vida dijo algo como: “Así que morirse es esto...”. Me pareció revelador. Cada cosa nueva que hacemos y conquistamos se viste de la misma sensación de descubrimiento. Y la muerte no debe ser diferente, imagino.

Me gusta mi vida. Con sus cosas buenas y no tan buenas (como dice Matt, todo el mundo tiene su ración de mierda, cómo me mola esa teoría colega). Me encanta disfrutar del té verde por la mañana, del rato en autobús con Peque, de los besos de Mr. X, de las conversaciones "vamos a arreglar el mundo" con mis amigas, de salir del gimnasio después de nadar y notar una ligereza reparadora en el caminar, de apreciar como un catarro se va y respiro mejor, de descubrir por la primera página que un libro me va a encantar, de comer rollitos de primavera que he preparado yo y de beber una buena copa de Ribera.

Cuando mi madre enfermó justo cuando mi padre se había jubilado e iban a emprender una nueva etapa juntos, muchos dijeron:”Qué pena, ahora que podían disfrutar de la vida…”. Y no señores, mis padres tenían la lección bien aprendida. La vida se disfruta aquí y ahora y cada vez que te da un respiro. Sin más. Así que… a disfrutar.

*Esta canción:









                      







viernes, 3 de junio de 2016

Te soñé


Mi abuela me explicó hace poco algo que no ha dejado de rondarme la cabeza. Según me contó, uno de los planes que siempre quiso llevar a cabo con mi abuelo fue viajar a Mallorca. Durante su vida juntos vivieron en Barcelona, pequeñas poblaciones colindantes, Valencia e incluso París. Pero jamás pudieron ir a Mallorca. Cuando acabó su relato, añadió:

-¿Sabes? Yo es que siempre he sido muy soñadora... pero con los pies en el suelo.

Y sonrió.

Acto seguido pensé: justo como yo. Soñadora incorregible, tejedora de fantasías y a ratos crédula y hasta ingenua. Pero con ese punto de raciocinio que me hace anclarme a la realidad y no perderme en mis quimeras. Una curiosa paradoja vital que permanentemente me ha definido, y que ahora veo claro de dónde proviene.

Siento que la vida ha sido generosa conmigo, a pesar de las pérdidas y adversidades. Y cada año que pasa y veo crecer a mi hijo sano y feliz, me siento afortunada por poder observar como ese sueño que tuve se hace mayor delante mío a pasos agigantados. 

Peque mañana cumple seis añazos. Lleva toda la semana calculando una y otra vez los días y horas que faltan para su aniversario. Y me dice: "Soy nueve meses mayor que E, y cuatro años mayor que P, ¡y el año que viene tendré siete!".

No corras tanto amor mío, que el vértigo que siento ya es bastante desmedido sin tus cómputos continuos. No tengas prisa y déjame saborear a sorbitos esa inocencia que aún posees, ese amor inmenso que todavía me muestras sin rubor, esas ganas de vivir que espero que siempre conserves. No seas impaciente y paladea cada instante que se presenta mientras yo te miro... y sigo soñando.



lunes, 25 de abril de 2016

Abril


Abril mola. Podría decirse que es mi mes favorito (sin menospreciar de ninguna manera a los meses de verano, que sólo por mantener mi cuerpo serrano a la solana ya merecen toda mi veneración).

Abril es primavera, luz, lluvia, sol y aniversarios.

Hace trece abriles que Mr. X me pidió que cenásemos juntos a la luz de una lámpara de quirófano y con una iguana recuperándose de la anestesia entre nosotros. Será por eso que las iguanas me parecen encantadoras a pesar de lo bien que saben morder, arañar y darte un latigazo con la cola que ni Indiana Jones en sus buenos tiempos.
La adolescencia fue bastante perra conmigo. Me regaló un cuerpo lleno de curvas que tardé mucho tiempo en apreciar y un carácter tirando a agrio que no me lo ponía fácil a la hora de flirtear. Y pensaba yo en mis llantinas adolescentes fruto del desamor que ojalá todo ese martirio no fuese en vano y me esperase un hombre como Dior manda al otro lado del túnel. Lástima no tener un Delorean a mano, viajar a los noventa y chivarle a esa pubescente lacrimosa cuatro cosas... ¡Valdrá la pena, muchacha, valdrá la pena!

Per molts anys més fent camí junts, Mr. X!



Abril es también el mes que me vio nacer, hace la friolera de treinta y nueve vueltas al sol. Este año no estaba yo muy animada, pero fue despertarme el 19 y empezar a sentir una rumbita por el cuerpo. No lo puedo evitar, me encanta cumplir años, aunque los próximos sean ya los ¿temidos? cuarenta, madre-del-amor-hermoso. Y cómo no sentir rumba, cumbia y chachachá si lo primero que vieron mis ojos fue una amorosa dedicatoria escrita en chocolate y un regalito estratosférico que my man me ha hecho (un cachivache de marca muy frutal que me tiene loquita).


Y por último, Sant Jordi. Una fiesta que llena la ciudad de flores, libros, dragones y damiselas cada vez más guerrilleras y dispuestas a ser ellas las que se salven y regalen rosas a sus tiernos hombres. Como la que le tuve que regalar a Peque, que él sin flor no se iba a quedar, hombreya. Los tiempos cambian, por fortuna.


Sí, abril mola.

                                     







martes, 22 de marzo de 2016

Mudando de piel


Perra empezó en Navidad a tener dolor. Al principió creí que era dolor cervical. Me costó darme cuenta de que era una otitis (ya dicen que en casa de herrero cuchillo de palo). Le puse tratamiento y mejoró parcialmente. Más tarde el problema recidivó con más intensidad y tuve que hacer mil pruebas antes de llegar recientemente a diagnosticar una enfermedad autoinmune que le provoca úlceras y costras en varias partes del cuerpo. Por fortuna, está respondiendo bien al tratamiento. Ayer la bañé para aliviar su malestar y para eliminar las costras secas. La tumbé encima de mí, y sin prisa le sequé el pelo, se lo cepillé, y con gasas y mucho mimo fui retirando los trocitos de piel marchita. Fue algo catártico, casi ceremonial. No sé si ese rato fue más beneficioso para ella o para mí.

Así como Perra muda la piel tras su enfermedad, yo también lo hago. Por una parte, para recibir a mi tan esperada primavera y su promesa de sol y temperaturas benignas. Por otra parte, para adaptarme a una nueva realidad. La semana pasada una persona que amamos pasó, y sigue pasando, por una situación complicada que inevitablemente nos lleva a aterrizar en un escenario diferente al que estábamos habituados. Me recuerda poderosamente a la metáfora de Emily Kingsley y su “Bienvenidos a Holanda”. Nos adentramos en terreno desconocido con miedos inevitables y naturales, pero con la férrea convicción de que con amor y paciencia lograremos superar este bache.

Pienso que la vida es eso, ir cambiando de piel cada vez que surge algo nuevo, para poder sentirla como merece, adaptándonos a la nueva intensidad de luz, de humedad, de frío o calor. Pienso que resistirse es inútil, que hay que fluir, abrazar el momento presente, llorar si hace falta y seguir transitando los días con espíritu positivo y flexible. Pienso que, al fin y al cabo, es el camino que debemos recorrer.







jueves, 29 de octubre de 2015

It's a kind of magic


La vida es una acción mágica. Eso decía A, mi prima, que se fue pronto de este mundo. Su historia la explicó su padre en un libro que he releído varias veces (y que os recomiendo). A y yo no tuvimos mucha relación.  Nos separaban conflictos familiares de nuestros abuelos y vivir en países distintos, pero nuestras madres, primas hermanas, se reencontraron y eso nos ofreció la oportunidad de coincidir y compartir algunos momentos muy especiales que recuerdo a menudo. Aprendí mucho de A. De la vida y de la muerte. Pero hoy no quería hablar de eso, sino de la magia (por eso he recordado a A y su frase).

Peque empieza a preguntarse (y preguntarme) si lo de los Reyes y Papá Noel no es una tomadura de pelo. En parte es por mi culpa, porque siempre trato de darle explicaciones científicas y racionales a las cosas. Sobre todo a las que le asustan (zombies, viajes en el tiempo con Deloreans, etc.). Y claro, si en un momento dado le cuento que lo que sale en las pelis es ficción, que los coches –de momento- no vuelan, que los trucos de los magos son sólo trucos… cuando al instante siguiente me pregunta si es posible que un reno vuele y cómo se lo montan los de Papá Noel, pues entro en cortocircuito. Y suelo salir del apuro preguntándole a él que opina. Parece que de momento creer en la magia de la Navidad ya le va bien.

Sé que hay padres que opinan que es mejor no mentir nunca, incluyendo la fantasía de los seres mágicos que nos hacen regalitos. Una parte de mí debe estar de acuerdo con esos padres, porque la verdad es que me siento incómoda cuando tengo que contestar las preguntas de Peque al respecto ya que si perpetúo la tradición le tengo que decir una mentira. Y como no me gusta mentirle, llega el cortocircuito. Pero al mismo tiempo he sido una niña con mucha imaginación, y el ensueño y la magia han empapado mi infancia, por lo que pienso que robarle eso a Peque es una putada. Aún me acuerdo de cuando, ya muy mayorcita, mi madre tuvo que contarme la verdad sobre el tema para que no me convirtiese en una adolescente marginada por los escarnios de mis compañeros. Menudo disgusto.

El caso es que, ya fuese por esos años de creencia fervorosa, ya sea porque en el fondo una es como es, yo sí creo en la magia.

En la magia de miradas que se encuentran.

En la magia de coincidencias asombrosas que te llevan a situaciones y lugares que nunca imaginaste.

En la magia del amor, la amistad, la bondad y la alegría.

En la magia de las mariposas en el estómago, de los sueños por cumplir, del ayudar a los que lo necesitan, de construir un mundo mejor.


Peque, algún día descubrirás que tal y como sospechabas acertadamente, tres tipos en camello no pueden surtir de juguetes en una noche a todos los niños del planeta. Pero oye, créeme, porque ya sabes que yo –casi- nunca miento, la magia está mucho más cerca de lo que crees. La magia está en tu corazón.







jueves, 4 de junio de 2015

Gimme five


Lo digo así porque "cinco" tiene mu mala rima, pero esos son los años que cumple Peque hoy (sí, lo sé, esto le resta glamour a la entrada, pero una es como es).

Inevitable hacer repaso de lo que han supuesto estos mil ochocientos veintiséis días como madre. Imposible resumirlo en palabras.

La profesora de Peque nos pidió tres fotos de los momentos más importantes de su vida. Yo le pregunté a mi churumbel qué momentos consideraba él significativos de su existencia, y el tío empezó a divagar, así que no me quedó otra que encender el ordenador y ponerme a navegar entre las miles de fotografías que tenemos. No exagero, son miles. A Mr. X y a mí nos encanta ir cámara en mano (sin hablar de la hermana mediana de Peque, que ha nacido para retratar la vida de los que la rodean). Si la profe me hubiese pedido trescientas hubiese sido más sencillo, que seleccionar tres ha supuesto toda una tortura china.

Este no ha sido un año fácil. Se fue el Opa, y pasamos por el amargo trago del mordisco. Pero me alegra constatar que Peque sigue poniéndole sonrisas a la vida y que acepta las cosas tal y como vienen. No nos queda otra, pero creo que es un aprendizaje fundamental para llegar a ser feliz.

Sus deseos materiales para el 2015 han sido (muy en su línea) un tranvía, una nave de "estarwors" y algún que otro vehículo. Le caerá casi todo, pero yo he colado en medio un juego de experimentos para chiquitajos que espero que amenice nuestras tardes de verano. Porque esa es otra novedad importante en nuestra rutina diaria: por varias circunstancias y alineamientos planetarios, a partir de este mes voy a pasar a trabajar media jornada. Así que aunque Peque ahora no se dé cuenta, el mejor regalo que le puedo hacer este año es mi tiempo.

Divertido, irreverente, tenaz, intenso, escatológico, ocurrente, hermoso, testarudo, cariñoso, perseverante, enérgico, sonriente, decidido. Así es el niño de cinco años que tuvo a bien convertirme en madre y dar a mi existencia un sentido nuevo y enriquecedor. No se puede decir que esto de la maternidad esté tirado, pero nada de lo que vale la pena lo está. Gracias amor mío, ¡y felicidades!
 
 
 

martes, 7 de abril de 2015

Elegir


Abro los ojos. Perra viene a saludarme al oír el sutil movimiento de mis brazos que anuncia que estoy despierta. ¿Dónde está Perro? Recordar lo sucedido hace que tenga ganas de sepultarme bajo el edredón y llorar todas mis penas. Todas y cada una de ellas. De hecho, empiezo a hacerlo. Algo me empuja al mismo tiempo a salir de la cama y disfrutar de mi té matinal. ¿Disfrutar? ¿Cómo voy a disfrutar de algo con lo que ha ocurrido? Me anclo en el dolor unos minutos más. Oigo a Peque y a sus hermanos reír en el comedor. Siento de nuevo el cosquilleo de las ganas de levantarme y hacer cosas. Y la culpabilidad acecha otra vez. Tener ganas de disfrutar cuando todavía hay heridas en plena cicatrización es incongruente.

Y tienes dos opciones. O te quedas en la cama hundida en la miseria de tus amarguras o te aferras a esa ilusión incipiente y testaruda que no se rinde ante las circunstancias.

Parrulina me recuerda que no se vale ceder, que hay que ponerse en pie y seguir adelante (y ella sabe de lo que habla).

Y elijo sonreír, ni que sea a medio gas, porque ese pequeño signo de felicidad gestará una alegría más serena y duradera. Porque gozar en momentos difíciles no niega el duelo, ni refuta su existencia. Sólo lo hace más llevadero. Porque sentir dicha no me hace olvidar los que me escoltaron parte del camino, amigos, primos, tíos, padres, animales amados. Mi corazón está bien acompañado.







lunes, 18 de marzo de 2013

Despedida


Hace unas semanas, en esta entrada, os explicaba que un familiar de Mr. X estaba enfermo. No he vuelto a hablar explícitamente del tema por diferentes razones, pero la primordial es que no me salía de dentro.

Hoy, en cambio, siento que no puedo evitarlo.

Esta madrugada ha fallecido el padre de Mr. X. Han sido semanas difíciles, como no podría ser de otra manera, pero a pesar de la tristeza la familia ha sabido encontrar momentos para reír, compartir y sobre todo, transmitir todo su amor a la persona que les dejaba. Estoy segura de que él habrá percibido cada mimo y cada palabra de cariño que le han profesado. Y ver a Mr. X cuidando a su padre con tanto afecto me ha conmovido enormemente.

Pero no quiero quedarme con el recuerdo triste. Prefiero evocar los buenos momentos, como hice cuando se fue mi madre.

Si tuviese que definir mi relación con el padre de Mr. X (al que llamaré Sr. J) lo haría como claramente gastronómica. Siempre me ha complacido cocinar, pero el gustillo por la repostería es mucho más reciente. Diría que coincidió (qué asombrosa casualidad…) con el haber encontrado a mi fan más entregado en el Sr. J. Cada vez que comíamos con mis suegros no podía faltar el pastelito de rigor. Yo me pasaba la mañana dándole a la batidora y al horno y el Sr. J me regalaba esa sonrisa única de satisfacción y mirada al cielo que lo decía todo. Estoy segura de que no encontraré un seguidor más entusiasta de mis dulces…

Me quedo con su corrosiva y divertidísima crítica a la clase política (la de refinados exabruptos que creó sólo para ella…) y con su afán por crear listas y recopilar los datos más curiosos.

Me quedo con su delirio por los coches y con sus ganas de retratar todos los acontecimientos familiares.

Me quedo con sus miradas cómplices a su mujer.

Y me quedo también con su amor por los pequeños de la casa. Como bien dijo, ellos son la bendición de nuestras existencias.



Sirvan estas palabras como homenaje a una persona a la que le debo gran parte de mi felicidad por ser el padre y el abuelo de los hombres de mi vida.


lunes, 14 de enero de 2013

Pensamientos


Llevo días sin escribir. Diría que experimento uno de esos momentos vitales en los que hay que echar el freno y estar dónde hay que estar. Un familiar de Mr. X está muy enfermo, y estamos todos pendientes de cómo pasa cada día, qué siente, y qué podemos hacer para mejorar su estado. A mí me da por pensar. Por pensar en los que se fueron, en mi madre, en la muerte y en la vida. Lo de la muerte, poco remedio tiene, ahí ya sabemos que llegaremos todos, y yo creía que tenía el tema más superado. Me doy cuenta de que aún me queda mucho camino por recorrer. Intento hablar de ello, exteriorizarlo a menudo...pero haber nacido en esta sociedad que se se esconde del concepto de la muerte no ayuda. De todas formas, más que triste (que también), me siento a flor de piel con la vida. Todo lo veo, lo huelo, lo miro y lo noto con más intensidad. Y me planteo más que nunca si aprovecho las horas del día, si hago las cosas como las siento y si soy feliz. En término generales me siento afortunadísima por la vida que tengo. No doy nada por sentado, y trato de agradecer a los que me rodean lo mucho que enriquecen mi existencia. Sólo hay algo que, de forma sutil pero insistente, me hace sentir mal. Y es el poco tiempo que paso con Peque. Me parece muy escaso. Desearía trabajar sólo la mitad del día para poder estar con él la otra mitad. Y hoy por hoy no veo cómo cambiarlo, pero tampoco puedo aparcar el tema. Aunque sé que es un niño feliz y que se lo pasa bien en el cole, cada día, de camino allí, me va diciendo: "Mami, no te vayas, quédate conmigo". Un día, y otro, y otro...Y el mensaje va calando. Y se suma a lo que mi propio ser siente.

Sea como sea, a pesar de la tristeza, de las pérdidas y de las despedidas, sigo teniendo muchas ganas de reír, compartir y disfrutar. ¡Y no me olvido de vosotras! Durante la semana publicaré la lista de participantes del sorteo y el finde, si no hay nada que lo impida, os diré quién se lleva el libro.


Que tengáis una feliz semana.