El mes que viene Mr. X cumple años. Medio siglo. No sé si existe una crisis de los cincuenta, a él no parece afectarle, pero ya la sufro yo en su lugar, que me tiene mareada nivel décima vuelta en el Dragon Kahn lo rápido que nos pasa el tiempo.
En casa de Mr. X hay una cierta tendencia a armar saraos con cualquier excusa, y teniendo un motivo con fundamento, como es el caso, se nos va de las manos. Estamos a punto de alcanzar una cifra de invitados de tres cifras, y eso significa que el engranaje festivalero se ha puesto en marcha.
Todo empieza con una libreta y una lluvia de ideas, o lo que es lo mismo, mi suegra diseñando el menú. Lo tenemos listo hace dos semanas. El siguiente paso es la reunión del comité ejecutivo, en la que estudiamos las ofertas de los hipermercados de la zona, las delicatesen a seleccionar de cada centro, los carritos de la compra que necesitaremos para cargar, y las neveras de la familia que se van a tener que ofrecer voluntarias para albergar en sus congeladores durante unos días las joyas de la corona.
Paralelamente el comité de fiestas lo da todo pensando cómo entretener a la multitud congregada el día D. Como en nuestra boda, celebraremos el fiestón en la masía de nuestros vecinos y amigos, los B. Lo cual significa que dos días antes, la famiglia emigrará a la casa de verano, que se convertirá en nuestro centro de operaciones.
Levantarse a primera hora con el efluvio del café que algún madrugador ha preparado para los demás. Cruzarse a cada segundo con alguien que te pregunta dónde has puesto la sal, el queso rallado o el vino para cocinar. Darnos cuenta de que nos hemos olvidado de comprar hielo (siempre falta hielo). Que empiece el borboteo de los pucheros y el picoteo que hará que cuando llegue la cena no puedas probar bocado. Que unos y otros hagan viajes a la masía para llevar sillas, barriles, mesas, cubiertos, platos, flores y guirnaldas. Yo estaré en medio de todos, cocinando a mi ritmo, observando entre divertida y emocionada como la energía que desprendemos cuando preparamos una celebración nos envuelve como un abrazo y dice sin palabras que el amor está presente. Y mientras elabore las pastas saladas que me enseñó a hacer mi padre, pensaré en él, en que hace cuatro años que ya no está, pero que a pesar de todo me lo puedo imaginar perfectamente entre carcajadas e improperios diciéndome que mi estilo para amasar es una mierda (por algo era un gentleman alemán de sonrisa traviesa y acento venezolano que se metía a todos en el bolsillo incluso cuando te estaba insultando). Y si pienso en él, pensaré también en mi madre, en sus manos finas de largos dedos y ese aire nostálgico que tenía cuando pintaba y paraba un momento para mirar por la ventana… y en que aunque no estén, están.
At least, but not last, ultimaré LA sorpresa que le tengo preparada a mi cincuentón favorito. Tentada estoy de explicarlo, porque sé que este hombre mío ni se acuerda de que tengo un blog. Pero habrá que ser cautos.
Ni se lo imagina.