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jueves, 28 de marzo de 2019

Hoy un yo


Hoy un yo se ha levantado mustio, triste por un sueño que recordaba a medias y en el que no ha hurgado porque dolía demasiado. Otro yo se ha despertado feliz sin razón aparente y ha cogido el títere de cerdito para levantar a Peque con un monólogo que a él le ha parecido del todo tronchante.

Hoy un yo ha decidido saltarse un pelín las normas autoimpuestas de lo que es un desayuno saludable y se ha metido entre pecho y espalda un croissant cien por cien mantequilla con chocolate, y sin culpabilidad, negocio redondo. Otro yo ha se ha tomado su habitual té rojo, un kiwi y algunos copos de avena y también lo ha disfrutado, sintiéndose ligero y satisfecho.

Hoy un yo, antes de entrar en el trabajo se ha ido a la cafetería y tras leer un rato ha pagado la cuenta y se ha encaminado a la consulta. Otro yo se ha preguntado qué pasaría si por un día faltase a su compromiso laboral y fingiese un catarro, y se quedase en la cafetería leyendo. Dibujando. Escribiendo.

Hoy un yo ha ejercido con dedicación, ojo clínico de lince, sapiencia infinita, y ha dado con el diagnóstico de dos casos rebeldes que se resistían a ser resueltos. Otro yo ha tenido un día lleno de marrones, patinazos y pacientes/clientes complicados y se ha preguntado si no será hora ya de emprender otros caminos profesionales y encontrar su ikigay laboral.

Hoy un yo ha decidido darse la tarde libre, explorar la ciudad, redescubrir antiguos placeres solitarios, de los que disfrutaba cuando no era un pack cuasi indivisible con su familia. Otro yo ha comido con Peque, sus hermanos, su marido, su suegra, sus nueras y cuñados, se ha reído mientras disfrutaban del ágape y ha sentido la cálida compañía de su tribu con una sonrisa en los labios.

Hoy un yo estaba cansada de un día duro, de darle mucho a la cabeza, de no encontrar respuestas satisfactorias y definitivas… y lo ha pagado con Peque, al que ha urgido a acabar los deberes con prisa y cero empatía y al que ha tenido que pedir perdón llena de remordimientos cuando él se ha ido frustrado a su habitación cargando con las mochilas emocionales su madre sin apenas darse cuenta. Otro yo ha llegado a casa cantando Soledad y el Mar con Peque, se ha lanzado sobre la cama con su vástago y ha jugado con él a ser pistoleros cuya munición son cosquillas y ataques a traición.

Hoy un yo se ha metido en la cama deseando que la semana pase rápido y la rodilla deje de doler. Otro yo ha acomodado el cuerpo entre las almohadas y se regocijado de poder perderse entre las páginas de un libro, feliz en el presente. Y que dure.




Desde hace unas semanas en casa somos cinco más Perra en vez de tres más Perra porque dos hijos de Mr. X se han venido a vivir con nosotros. Hay más caos, listas de la compra infinitas, la lavadora me va a pedir la jubilación anticipada y yo voy a mutar a un ente un tanto más majareta. Pero también hay más risas, música y dibujos. Marie Kondo, a tomar por culo, lo nuestro nunca pudo ser.











lunes, 18 de febrero de 2019

Por amor a la ciencia


El 11 de febrero se celebró el día de la niña y la mujer científica, y desde el cole de Peque nos animaron a las madres que habíamos cursado carreras científicas a compartir nuestra experiencia con la clase de nuestros hijos.

Aunque en un principio no tenía muy claro si participar, fue comentarlo con Peque y quedarme sin opción a decir que no. Estaba entusiasmado no, lo siguiente (eso me hace ver que aún no hemos llegado a la fase de mamá-no-me-avergüences-por-favor -a pesar de que chinchándolo un poquito le pregunté si podía bailar el moonwalk en mi presentación y casi le da una apoplejía-).

Tener que explicar cómo llegué a ser veterinaria me ha hecho recordar muchas cosas. Que yo iba para letras, y pegué un volantazo hacia las ciencias. Que era malísima en mates y luché para sacarme el bachillerato científico (sigo siendo mala en mates). Que la carrera fue un período de emociones intensas, y cada vez que asistía a una conferencia de fauna salvaje me imaginaba como la nueva Jane Goodall. Que cuando me encallaba en asignaturas que aborrecía me parecía que el día de la graduación no iba a llegar nunca y llevo quince años ejerciendo como veterinaria. Que aunque me sigue gustando mi profesión, a menudo me imagino tanteando otros oficios porque me interesan demasiadas cosas.

El día de la exposición Peque estaba pletórico. Teníamos que ir después de comer, y antes de darme cuenta ya me tenía preparada la chaqueta y me empujaba hacia la puerta para irnos a la escuela. Debo confesar que estaba inquieta. Con los años he perdido el pánico escénico, y no me tiro para atrás si tengo que hablar delante de gente, pero aún así es algo que me hace estar nerviosa. Y los niños pueden ser un público muy exigente, de modo que ensayé la charla cinco veces durante la semana para calcular lo que tardaba y valorar imprevistos. Tras una introducción sobre cómo llegué a dedicarme a la salud de bichos varios y explicar a mi devoto auditorio en qué consiste mi día a día, les expuse un caso clínico a resolver entre todos (cogí a Perri, un peluche cánido de Peque que me sirvió de paciente, y simulé que se había clavado una espiga entre los dedos de una pata). Los críos se volvieron locos al sacar el fonendo, el termómetro, las pinzas… Costaba avanzar porque me avasallaban a preguntas, pero era espléndido ver todo ese entusiasmo reconcentrado. Cuando llegó el momento de tomar a la temperatura a Perri hice la pregunta del millón, ¿dónde le ponemos el termómetro a nuestro paciente? Y me di cuenta de que Peque levantaba la mano exaltado. Le concedí ese minuto de gloria y contestó: ¡En el culo! Risas a tutiplén y vástago feliz y contento (aunque luego me dijo que no lo había sacado como ayudante… pero no saqué a ninguno porque hubiese sido un caos de voluntarios abalanzados sobre la mesa de exploración). Acabé la charla y la ronda de preguntas sacó a la luz mis mejores batallitas (y algunas prestadas de Mr. X, que tienen mucha enjundia), ¿te ha mordido algún animal? ¿has visto un caracal? ¿cuál es el animal más peligroso que has tocado? Se quedaron con ganas de más y seguramente haremos una segunda sesión con mi partner in crime, Mr. X.

Cuando ya me iba, Peque me asaltó y me abrazó lleno de emoción. Valió la pena pasar ese rato con todos ellos y sentir la felicidad de mi retoño. Hay que saborearlo, que no falta mucho para que su entrada en la adolescencia me baje del pedestal en el que me tiene -a ratos- y me lleve al inframundo.

No descarto que la vida me lleve por otros derroteros profesionales, pero no me arrepiento de haber estudiado lo que estudié. Los animales me fascinan. Y por lo que me costó, y porque en el fondo soy una chica de letras que se atrevió a probar con las ciencias, aún me invade cierta emoción cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy veterinaria.



jueves, 17 de enero de 2019

Vísteme despacio que tengo prisa



Situación: 4 de enero de 2019, mediodía. WC de mi casa. Yo, sentada en el WC.

Para las madres, el wáter es en un gran sitio donde planificar la jornada, whatsapear y mirar Netflix. Por aquello de que es uno de los pocos lugares donde la prole te deja en paz. En realidad ese día Peque estaba en el cole, y tenía toda la tarde por delante para hacer algunos recados de última hora. Y me puse a planear. Tenía que hacer unas compras –que había decidido ese mismo día-, enviar una de ellas por correo y visitar a mi abuela. Estuve consultando aplicaciones de movilidad de mi ciudad para decidir la mejor ruta y una vez dilucidé un plan perfecto, me subí los pantalones, paseé a Perra y emprendí la odisea.

Primera parada: Mercería Santa Ana. Para los foráneos, aclararé que es una mercería antiquísima en la que tienen de todo, por lo que suele estar frecuentada por un público básicamente integrado por abuelas costureras y otros individuos abyectos como yo. A pesar de ser un local con solera, normalmente frecuento las mercerías de barrio, y acudí allí por primera vez tan solo un mes antes. En hora punta, para hacerlo más complicado, porque para desentrañar su funcionamiento necesitas un máster MBA. Como no pillaba nada me mantuve en un rincón viendo como se desenvolvía la fauna autóctona y acabé entendiendo que había tres mostradores, cada uno con su cola, y que en cada uno de ellos despachaban cosas diferentes (este segundo punto lo descubrí al hacer cola para un hilo en el mostrador de agujas, meeec, error). Cuando has hecho la ruta del bacalao en todos los mostradores, has de pagar en la entrada con un albarán que te van confeccionando y después recoger la mercancía en cada mostrador. Un puto lío vamos. Esa primera vez que fui me dejé unas agujas en el mostrador uno. Pero como ser adaptativo al medio que soy, la segunda vez fue mucho más exitosa y al comentar mi anterior descuido sacaron el arcón de los pedidos olvidados –prueba fehaciente de que el método conlleva confusión- y diligentemente me dieron mis agujitas. Además, me atendió un chico jovencito muy amable y por un momento me pregunté si estaba intentando flirtear conmigo. Debo decir que últimamente he tenido esa sensación en más de una ocasión y empiezo a plantearme mi poder seductor oculto. Quizás como milf lo peto más de lo que lo hice con veinte años, porque en esa época, mal que me pese, no me comía un rosco.

Con el tiempo en los talones me fui corriendo al santuario del consumismo por antonomasia, El Corte Inglés. Aunque no tenía previsto comprar nada a mi vástago por Reyes dada la avalancha de juguetes que se preveía en casa de mi suegra, en el último momento flaqueé. Mr. X había visto un coche teledirigido molón en la octava planta y allí me encaminé rauda y veloz. El primer escollo fue darme cuenta de que las escaleras mecánicas solo llevaban a la séptima planta. ¡¿Dónde habéis metido la octava, pardiez?! Perdí cuatro magníficos minutos buscando un ascensor, que tampoco llevaba a la octava (bueno sí, pero en ese momento de obnubilación no me di cuenta), y acabé subiendo por las escaleras. Por suerte, el coche estaba donde Mr. X me había dicho y luego tardé un poquito más en escoger un segundo regalo para el hijo de una amiga, que le regalábamos y enviábamos entre tres colegas a su tierra, allende los mares (bueno, no tan lejos, pero queda más poético).

Con los dos paquetazos en la mano me puse a hacer la cola para pagar. Ahí me di cuenta de que media Barcelona había tenido la misma ocurrencia que yo de comprar un regalo de última hora. Esperé pacientemente veinte minutos y en los últimos cinco me percaté de que no envolvían los regalos. Que yo lo comprendo, claro que sí, pero eso complicaba mi timing hasta límites insospechados, ya que debía tener el regalo a enviar empaquetado para poder ir a Correos y aún me faltaba comprar una cafetera para Mr. X. No hay dolor. Pregunté a la ajetreada dependienta donde envolvían los regalos y me dijo que en la planta sexta. Pregunté again donde vendían cafeteras y me dijo que en la segunda.

Decidí ir primero a la sexta y casi me da un parraque al ver la cola de empaquetamiento. Cogí un ticket y comprobé consternada que mi número era el ochenta y dos e iban por el sesenta. Dejé reposar mi culo en donde le encontré un hueco y aparqué los fardos mientras observaba a qué ritmo avanzaba la cosa. Las dos dependientas estaban de cháchara mientras embalaban y podrían haber protagonizado el anuncio de Malibú soltando aquello de “me están estresaaaando”. Sentí un nopuedoconmivida atascado en el esófago y se me ocurrió que igual me daba tiempo de comprar la cafetera antes de que llegasen al 82. Mis paquetes y yo bajamos al segundo piso y ni rastro de ninguna cafetera. Pregunté y me dijeron que eso era el quinto o sexto piso. Acabáramos. Subí al quinto y ¡bingo!

Eché un vistazo rápido, pregunté por una Nespresso pequeña y me derivaron al área Nespresso, donde los dos únicos dependientes estaban ocupados. Pues nada, me puse a hacer cola detrás del que parecía más expeditivo. Lo malo es que la pareja que le estaba consultando, de expeditiva no tenía nada. Estaban interrogando al empleado sobre la presión del agua de la cafetera con cara de estar desentrañando algún misterio de física cuántica a lo que el subalterno contestaba encantado. ¿La presión del agua? ¿¿¿WTF??? Desconecté de la perorata intentando calmar mi taquicardia, y tras unos eternos minutos, me tocó. Y no me anduve por las ramas. La quiero pequeña. El chico me mostró dos modelos y antes de que se me enrollase señalé una. Me preguntó si negra, roja o pistacho y grité: ¡pistacho! Satisfecha con mi resolución me dirigí a pagar, pero resulta que la cafetera estaba en oferta y regalaban veinte cápsulas. Aunque no te las daban así como así. No. Después de pagar el dependiente me llevó hasta su compañera, la que yo había descartado en un inicio por no tener pinta de ser muy diligente, y pude comprobar in situ que no me había equivocado. Cordialmente me pidió que rellenase mis datos y preferencias en una tablet para hacerme llegar las cápsulas. Lo hice lo más rápido que podían teclear mis dedos y al terminar ella se quedó mirando el cacharro unos momentos para acabar dictaminando que se había colgado, por lo que tenía que encender otro dispositivo. Me lo tendió y me dijo: ¿Puedes repetirlo todo, por favor?. ¿Todooooo? ¿¿¿WTF??? Vale, venga. En diez días tendría mis capsulitas.

Me largué pitando a la sexta, sección empaquetamiento, e iban por el 84. Me habían pasado por dos putos números. Volví a coger un ticket y me salió el 102. Amos no me jodas que no llego. Consulté a Mr. X por whatsapp si en Correos había algún tipo de papel para enviar y me dijo que normalmente tenían sobres, así que me fugué de allí cagando leches, mirando en Maps donde estaba la oficina de Correos más cercana, y repartiendo mamporros a diestro y siniestro con mis bolsas a todo el que me rodeaba (se me ha olvidado añadir que llevaba una ensaimada y una sobrasada de Mallorca para que mi abuela merendase, lo cual empeoraba mi movilidad una cosa mala).

Mirando el puto móvil pasé por delante de la oficina sin verla, tuve que recular veinte números y di con ella. Por fortuna no había nadie delante y me atendió un chico muy solicito. Aunque no había sobres. Horror. El tío se apiadó de mí y encontró una caja donde cabía el regalo que tenía que enviar. En principio pensaba enviarlo certificado, pero quería que el remitente fuese “Las tres reinas magas”, y para eso tenía que ser ordinario porque el certificado exige una identificación real. Pues ordinario se ha dicho. Me dejó un rotulador para plasmar mi arte en la caja mientras atendía a otros clientes y cuando acabé tomó el paquete para proceder a su envío. Le dije que había sido muy amable, que queda muy de abuela, pero yo que estoy de cara al público, sé lo mucho que se agradece un cumplido semejante. Lo hice feliz. Eso, o realmente soy una milf y no estaba feliz sino tontorrón.

Tenía veinte minutos para cruzarme la ciudad y llegar a la residencia de mi abuela para darle la ensaimada, la sobrasada y los adminículos de la mercería. Con autobús no llegaba ni por asomo, me lancé a un taxi y llegué, contra todo pronóstico, a tiempo. Dejé un riñón en el taxi y subí a darle todo lo adquirido a mi abuela, que esa noche cenó ensaimada de Mallorca al aroma del tráfico de Barcelona tan ricamente.

Dos autobuses más tarde llegué a mi barrio. Mr. X estaba convenientemente de paseo con Peque y me envió un mensaje para decirme que ya volvían. Le dije que ni de puta coña. Le pedí diez minutos de gracia y a ritmo no caribeño compré papel de regalo subiendo hacia casa, llegué al piso, envolví coche y cafetera con el abrigo puesto, la perra oliendo el efluvio de la sobrasada del fondo de la bolsa y el celo colgándome de una ceja, escondí los regalos, me serví un vaso de agua con gas y simulé un falsísimo relax mientras mis dos hombres entraban por la puerta y yo me desprendía del abrigo y daba un sorbo despreocupado justo en el momento en que me encontraban en la cocina.










lunes, 25 de junio de 2018

El rincón de las cosas bonitas



Esta semana ha estado en casa un amigo de Gran Canaria (que precisamente visitamos hace tres semanas, es una escapada exprés a esa isla que ya es el destino casi favorito de Peque –por delante va Mallorca-).

Su casa en Canarias es preciosa. Una antigua vaquería acondicionada como hogar, llena de grandes cristaleras, mucho espacio, y mucha luz. Además de veterinario, J es artista, y sus dibujos y esculturas se encuentran por todos los rincones, entre plantas frondosas y recuerdos de sus decenas de viajes por el mundo, en forma de caracolas, piedras, ramas, fotografías, máscaras tribales y demás objetos que se enredan en una perfecta anarquía.

Aunque yo suelo quejarme del caos de mi casa y de mi tremenda necesidad de minimalismo, cuando me paseo por la morada de nuestro amigo me encanta perderme en sus recodos y abstraerme ante cualquier pieza que capte mi atención, y que por su belleza o peculiaridad me inviten a imaginar qué historia esconde.

Una noche, mientras cenábamos, le decía yo a J que aspiro a espacios diáfanos lejos del barroco que actualmente define mi hogar, y J me hizo ver que en realidad lo que yo quiero es más sitio donde colocar todos esos enseres que atesoro para que por dilución no se vea tan abigarrado, pero que en conjunto sigan contando una historia. “Nada me gusta menos que una casa que no exprese las vidas de los que la habitan”. Algo así dijo, y me di cuenta de pronto de que estaba totalmente de acuerdo con él.

De hecho, hay un lugar especialmente recargado y heterogéneo en mi comedor que casi parece un altar. Antes sólo había unas velas y un florero, pero cuando Peque empezó a traerme sus obras de arte de la escuela, le dije: “ves a poner la figura al rincón de las cosas bonitas”. Y así quedó bautizado. Cuando se lo conté a J me dijo que era un título perfecto para un libro, y volví a coincidir con él. Tres velas, unas piedras de ya no recuerdo dónde, un cuadrito, flores de Sant Jordi hechas de papel, un caracol de plastilina fosilizada, un recipiente de barro, un pájaro de plástico, unos caramelos Pez con R2D2, una escultura inspirada en Miró, una foto de familia, un tren de madera con el nombre de Peque… Ese es nuestro rincón de las cosas bonitas.


lunes, 7 de mayo de 2018

El vampiro escapista


Ayer vi Kubo y las dos cuerdas mágicas con Peque. No sabía yo que el final era tan lacrimógeno. Se me juntó con el día de la madre y con un explosivo cóctel hormonal obsequio de la de rojo, con lo que acabé con las cataratas del Niágara en mi jeta. Lo llego a saber y me pongo Un funeral de muerte, que el descojone está asegurado.

En mi madre pienso cada día, de forma directa o indirecta, siempre está ahí. Y en general puedo recordarla sin sufrir, con una sonrisa en los labios. Pero hay días en los que daría lo que fuera porque hace once años el final hubiera sido diferente, y la hubiese podido abrazar después de aquella operación, y reírnos juntas de nuevo, y ser más amable, y pasar más tiempo con ella, y decirle “¡mamá, estoy embarazada!”, y verla acunar a Peque.

En fin, estar triste de vez en cuando y soltar lastre llorándolo todo sienta bien. Y hoy venía a recordarla con lo que se le daba mejor del mundo mundial: sorprenderme por mi cumpleaños. Se pasaba semanas dilucidando cómo dar con el regalo o la fiesta ideal. Y aunque al final ella tenía razón y el festejo había sido un éxito, a priori lo que yo sentía era miedo, porque mi sentido del ridículo con quince años era de magnitud astronómica, y su sentido de cómo sorprenderme era… veámoslo en un ejemplo.

Cumplir dieciocho años es todo un hito. De repente puedes votar, ir a discotecas y se te considera un ser maduro física e intelectualmente. Pero a mí me temblaba todo el cuerpo porque sabía que mi madre la iba a liar parda, y no podía ni imaginar hasta qué punto.

Mis padres convocaron a su pandilla de amigos, a algunos familiares y a mis tres mejores amigas para cenar todos juntos en una sala privada de un restaurante. Comimos entre risas, y tras primer y segundo plato, me relajé. Con los postres ya llegué a la conclusión de que por esta vez no iba a ocurrir nada raro… hasta que lo vi entrar.

Tras el camarero apareció un rubiales de unos pocos años más que yo, ojos azules y disfraz de vampiro -porque yo siempre he sido fan de ese tipo de monstrencos- caminando hacia mí. Pasé de la estupefacción al horror absoluto pasando por el tierra-trágame, mamá-te-mato y el dónde-coño-está-la-salida-de-emergencia, todo en unos dos o tres milisegundos. Traté de mimetizar con el mantel, pero que la gente aplaudiese y jalease en mi dirección no ayudó para escabullirme. El rubiales se acercó, algo debió decir pero lo he olvidado por el síndrome de estrés postraumático, y trató de darme un mordisco en el cuello (hay foto de momento para mi eterna humillación). Está claro que tengo un corazón a prueba de bombas, porque no caí fulminada, pero me hubiese parecido una salida decorosa de la situación. El chaval soltó un par de bromas y desapareció. Empecé a ventilar de nuevo, y noté que mi madre lo buscaba y desaparecía tras él. Al cabo de un rato volvió algo abatida y me confesó que la sorpresa se había visto truncada. Yo no entendía nada porque ya me sentía lo suficientemente mortificada sorprendida, pero resulta que el tipo era stripper y tenía que darlo todo ante mis ojos. A dior gracias, se rajó a saber por qué extraña razón, y me salvó de uno de los momentos más estresantes de mi vida.

Aunque de todas formas la cosa no mejoró. Mis amigas me regalaron un muñeco hinchable. Sí. De esos. Con manubrio de plástico incorporado. Delante de mi familia y amigos. Dios los cría y ellos se juntan.


Gracias, mamá, por los mejores cumpleaños ever.


                                         








                         

jueves, 19 de abril de 2018

Un año más


Siempre me ha parecido una suerte cumplir años en primavera. Y cuando la primavera se hace tanto de rogar como este año, y además para tu aniversario hacer un solazo de tres pares de ovarios –lo que me mola a mí cambiar cojones por ovarios-, pues no queda otra que sonreír y ondear la melena al viento con la intención de disfrutar del día.

Soy muy cansina con lo del paso del tiempo, y es que me alucina, vecina, que ya haya cumplido cuarenta y un tacos. Juro por lo más sagrado que me miro en el espejo, y canas y arrugas aparte, sigo viendo a una adolescente curiosa por todo este percal que es vivir.

Desde que soy madre y rememoro a menudo el día del nacimiento de Peque, tengo más preguntas y curiosidades sobre cómo fue mi propia llegada al mundo. Qué pena no tenerte, mamá, para saciar mis dudas durante una buena conversación contigo. Y qué suerte, mamá, que siempre lograses hacer que este día fuese el más especial para mí, con tus locas ideas para celebrarlo (¿he explicado alguna vez lo del stripper disfrazado de vampiro?) y consiguiendo que desde primera hora de la mañana cada segundo estuviese plagado de ilusión y buen rollo. Papá, a ti se te hubiese olvidado como siempre felicitarme, no te lo tengo en cuenta, pero no habría faltado el pastel más sensacional y esas ganas de chincharme hasta el infinito y más allá.

Es diecinueve de abril, el sol brilla, la chaqueta está mejor colgada del brazo, y aquí hay una con ganas de celebrar la vida.


viernes, 2 de febrero de 2018

Time goes by


A estas alturas del invierno ya comienzo a soñar con la llegada de la primavera, y eso que vivimos en un lugar relativamente cálido. Llego a nacer en Alaska y sería expat hace décadas. Y es que con más horas de luz, brisa cálida y menos ropa que ponerse por la mañana, la vida sabe mejor.

Supongo que no debe faltar demasiado para que le pregunten a la marmota de turno cuando va acabar esta estación, y eso me hace pensar en varias cosas. La primera, que me siento en un bucle. No hace nada deseaba que llegase la primavera del 2017, y la del 2016 y del 2015, y ya deseo la del 2018. Las estaciones se suceden como en un tiovivo acelerado, como el flashforward de alguna película de ciencia ficción. La segunda, que se ha cumplido el tercer aniversario de la muerte de mi padre. Tres años. ¿Sientes como avanza el carrusel? La tercera, que a mi hijo le falta menos que un suspiro para alcanzarme en altura, y hace un momentito era un deseo en forma de semilla voladora.Y podría seguir contando lo vertiginoso que me parece esto de vivir pasados los cuarenta, pero me quedaré con la nota mental de enseñarle a Peque Atrapado en el tiempo.

El tiempo siempre me ha sorbido los sesos. Uno de los primeros cuentos que escribí años ha fue precisamente sobre una máquina para viajar al futuro. Era un trabajo para la asignatura de castellano y la profe me dijo que no estaba mal, pero que abusaba de los tópicos del género. Supongo que haberme tragado todas las pelis que versaban sobre el tema no ayudó a ser creativa y original. Unos amigos físicos se encargaron de jorobarme la ilusión de ver los jardines colgantes de Babilonia cuando me explicaron con numerosos detalles -más allá de mi capacidad de comprensión- que viajar al pasado es imposible. Menos mal que siempre nos quedará la sci-fi para seguir soñando con una de esas memorables paradojas en las que conoces a tus padres antes de que te hayan concebido.

Y hablando del tiempo, o más de bien, de cómo pasar bien el susodicho, hoy debo confesar -que pantojil me ha quedado-, que tres amigas y servidora nos hemos aficionado a los escape rooms. Supongo que ya nadie ignora en qué consiste esta genial forma de estrujar los hemisferios cerebrales, pero por si así fuera, os recomiendo la nueva web de Remorada: The foodinis. Se ha convertido desde ya en nuestra biblia del arte del escape, y la semana que viene pondremos a prueba nuestro poder neuronal en una misión muy brittish de la que esperamos salir airosas. Veremos qué tal se nos da.


PS: He investigado. ¡A la marmota Phil le preguntan hoy! Espero y deseo que no vea su sombra y que llegue la primavera adelantada. Phil, confío en ti.




lunes, 22 de enero de 2018

Mi cuerpo y yo


Recuerdo muy vívidamente una tarde en casa de una amiga de mi madre. Yo debía tener unos quince o dieciséis años, me miré en el espejo y me eché a llorar porque me veía gorda.

Esa falta de amor por mis lorzas nunca me ha llevado a hacer tonterías con la comida, pero sí minó mi autoestima durante gran parte de la adolescencia. Con los años he ido aprendiendo a querer a mi cuerpo tal y como es, en toda su imperfección. Pero es una realidad que nos meten con calzador a diario y en cualquier lado el ideal de la figura femenina y masculina. A estas alturas de la película me preocupa mucho más llevar un estilo de vida saludable que moldear mis glúteos, pero no siempre ha sido así. Y como reminiscencia de esa época en que deseaba ser un pibonazo, a veces me miro en el espejo y me amonesto por los kilos de más pensando que debo dejar de pasarme con los bombones de Mr. X.

Y yo creía que lo hacía en silencio conmigo misma, pero resulta que el lapa de mi hijo se percató de alguna de mis reprobaciones y me preguntó, hace unos meses, si estaba gordo. Aluciné. Un crío de siete años que tiene más fibra en el cuerpo que un saco industrial de avena. Y me di cuenta del terrible ejemplo que le estaba dando al dudar de la idoneidad de mi body. Ni que decir tiene que desde entonces no se me ha ocurrido repetir el error, y en todo caso cuando se cachondea del volumen de mi pompis, lo que hago es agarrarme el pandero con amor y decirle que tengo el culo más hermoso del mundo.

Ser el ejemplo de conducta y pensamiento de un miniser puede ser algo perturbador, y no es hasta que ves en ellos tus propias pajas mentales cuando te das cuenta de qué peso tiene en la formación de su carácter lo que les muestras con hechos o palabras. Y dicho sea de paso, no hay mejor antídoto contra las imbecilidades de uno mismo que ver a tu vástago repitiendo esquemas para proceder a eliminar esa conducta de tu catálogo de majaderías.



jueves, 18 de enero de 2018

Chabel, Chabel, ¡qué bien!


Hace unos días leía este artículo de la Psicomami, y reviví un pequeño trauma infantil. Resulta que con doce años quise la Super Van de Chabel. La quería con todas mis fuerzas, siempre me han entusiasmado las casitas miniatura con miles de cositas microscópicas, y la Super Van era el paradigma de los enseres en miniatura. Mi madre por aquel entonces trabajaba de forma temporal en una agencia de publicidad, y por mi cumpleaños sus compañeros quisieron hacerme un regalo (mi madre solía llevarme a la agencia y me los metí a todos en el bolsillo con mi célebre savoir faire –basado primordialmente en que para ser una preadolescente no daba nada por culo-). Debo decir que adoraba aquel lugar. En una habitación guardaban muestras de todos los productos que representaban, y me dejaban entrar a menudo en la sala de juntas, donde podía ver capítulos en primicia de las series de dibujos del momento. El paraíso terrenal para una niña prepúber.

El tema es que tantearon a ver qué quería. Y yo quería la Super Van. Ignoro si mi madre no hizo llegar el mensaje de forma correcta, si decidió motu propio que ellos fuesen los que escogiesen o si pensó que con doce tacos no estaba ya para casitas de muñecas sobre ruedas (creo recordar alguna conversación al respecto, pero pudiera estar equivocada, que estamos hablando de algo que ocurrió hace tres décadas). El caso es que mi regalo fue un peluche blanco descomunal con forma de algo parecido a un hipopótamo. Muy achuchable, sí. Pero la antítesis de una miniatura y desde luego algo muy lejano a mi Super Van. O, seamos realistas de una vez, la Super Van que nunca tuve.

Peque este año tenía una lista de regalos para Navidad muy particular. Particular por dos razones. Una, que era una lista de una sola cosa y dos, que me daba tres patadas que fuese lo que más ilusión le hiciese. Me estoy refiriendo a una pistola de juguete. Que sí, que es un regalo que piden habitualmente, que no lo voy a convertir en un delincuente juvenil por comprársela, ya lo sé. Pero me daba tres patadas. Así que me vi inmersa en pleno conflicto maternal: ¿cedía a los deseos de mi vástago cumpliendo su anhelo navideño, o me regía por mis sacrosantos códigos de crianza antibelicista?

Se la compré, claro. Con disgusto, pero se la compré. O de lo contrario me lo veía dentro de treinta años escribiendo su propio blog y preguntándose en un post, qué parte de "quiero una puñetera pistola de dardos" no habían pillado sus padres la Navidad del 2017. En el fondo tengo la esperanza de que una vez conseguida la dichosa pistola acabe en el cajón de los juguetes olvidados y que la próxima vez lo que me pida sea una copia inédita de La historia interminable o un set de científico cuántico. Pero vamos mal, porque allí donde va, se lleva su pistolita y se lía a tiros con lo que quiera que se le ponga por delante.

Al menos me queda el consuelo de que con cuarenta años no soñará con la Super Van. Digo con la pistola.


PS: Si algún lector de este humilde blog tiene una Super Van, que sepa que puede hacer feliz a la niña que aún habita en mí. Gracias.







martes, 5 de diciembre de 2017

El trocito más tostado


Mientras estudiaba veterinaria, en la tremenda asignatura de Ciencia y tecnología de los alimentos –algo que nunca pensé que se aprendiese en mi carrera-, se encargaron de destrozarme el mito de uno de mis máximos placeres gustativos: comerme el pedazo más achicharrado del plato.

Por lo visto, en los alimentos cocinados a altas temperaturas se forma acrilamida, un compuesto potencialmente cancerígeno (aunque hay cierto debate científico de hasta qué punto es peligroso en las cantidades que se consumen habitualmente, pero la decepción ya me la llevé), ergo es conveniente evitar esos bocados.

Yo me peleaba con mi padre por el cacho más churruscado del queso gratinado. Y por el de la paella, porque hay consenso mundial en que lo mejor de la paella sin duda alguna es el “socarrat”. Soy amante de los alimentos casi carbonizados, es un hecho. Aunque después de mi trauma en tecno de los alimentos, intento no abusar de esos goces mundanos, qué le vamos a hacer.

Peque, entre las muchas cosas insólitas que ha heredado de mí, también posee ese amor por lo doradito. Y cuando tienes la bandeja sobre la mesa y toca servir, y ves que se le ponen los ojos como platos vislumbrando el cacho más tostado, el mismo que tú ya habías descubierto mientras se cocinaba en el horno, llega el dilema. ¿Haces como en el dicho y al repartir te quedas con la mejor parte, o cedes a tu vástago, en un gesto magnánimo y abnegado, ese fragmento de deleite gastronómico?

Soy una blanda, y casi siempre se lo doy cuando me mira como el gato de Schrek. Y me acuerdo de mi padre, y de que él también me lo daba. Al fin y al cabo, en medio de esas rutinas elementales y cotidianas, se construye el amor.



viernes, 17 de noviembre de 2017

ET, teléfono, mi casa


Recuerdo a mi madre pronunciando esa frase en infinidad de ocasiones. Era una de esas muletillas familiares que usábamos casi en cualquier circunstancia.

ET se estrenó en diciembre de 1982, cuando yo tenía cinco años. No consigo visualizarme en el cine cuando la estrenaron, pero pienso que mi madre me dijo que sí me llevaron. Lo que está claro es que me fascinó. Mis tíos me confeccionaron una réplica perfecta del extraterrestre en plastelina y algún otro muñeco con su semblante cayó en mis manos.

La mire por donde la mire es una película redonda. Un equilibrio magnífico entre ciencia ficción -uno de mis géneros favoritos-, drama y comedia. Siendo pequeña me identificaba muchísimo con el protagonista, con ese amor tan tierno que siente por su nuevo amigo, con su instinto de protección y su conexión… aunque también me gustaba ponerme en la piel de la jovencísima Erika Eleniak cuando Elliot y ella se besan en medio de todos los batracios liberados. Adoro esa escena. Cuando Mr. X trae grillos para nuestro gecko leopardo siempre tengo la tentación de soltarlos emulando a mi héroe de la infancia.

Por mi cumpleaños, unos buenos amigos me regalaron entradas para ver ET en el auditorio con música sinfónica en directo. He tenido que esperar siete meses para disfrutar de mi regalo, pero la recompensa lo valía.

Sabía que iba a llorar, porque soy de lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de detergente, pero esperaba que al menos el llanto llegase hacia media película siendo optimista. Me di cuenta de lo desacertada de mi predicción cuando con las primeras notas ya noté que se me encharcaban los ojos. Pero es que la banda sonora que compuso John Williams ha formado parte de mi infancia, adolescencia y madurez. En realidad, esa y muchas otras composiciones del maestro han ido forjando mi adn cinéfilo. Dado que después de la peli Mr. X y yo nos íbamos de restaurante y no quería llegar con maquillaje a lo Walking dead, tuve que esforzarme en contener el sollozo (léase pensar en otra cosa, no mirar la pantalla, o, mi truco preferido, clavarme una uña en el pulgar, que no sé por qué, pero me funciona).

Por primera vez en las ¿treinta? ocasiones en que he visto ET, lo hice en versión original, y eso siempre añade fuerza a las interpretaciones. Escuchar la orquesta in crescendo en los momentos álgidos provocaba un subidón de adrenalina impresionante (con el consecuente machaque de pulgar, claro). Cerca del final, con los mocos cayéndome nariz abajo cuando Elliot y ET se despiden, se me ocurrió echar un vistazo a Mr. X y pude comprobar cómo se secaba los lagrimones con la manga de la chaqueta, entregado al drama con la misma intensidad que servidora.

No es lo mismo ver una película con cinco años que con cuarenta (¡ay!), y si hace lustros me reconocía en Elliot, ahora sólo podía ver a mi hijo en él. Aunque algo me dice que Peque no podría contener las ganas de explicarme que tiene a un alienígena guardado en el armario…



                                                        



lunes, 6 de noviembre de 2017

Como decíamos ayer


A mí no me gusta el número seis. Tan poco me gusta que incluso me ha costado arrancar el post con su sola mención. Pero hace tiempo aprendí que las supersticiones están para superarlas y que aunque mi número preferido sea el siete, debo reconocer que el muy cabrón aportó una fecha fatídica a mi numerología personal. Así que, aunque sigue sin gustarme el seis y sigo adorando el siete, ni uno es tan malo ni el otro tan bueno. Y todo para decir que en septiembre hizo seis años que decidí abrir el blog.

Y la cuestión, después de más de cuatro meses de silencio, ha sido si escribía una entrada para despedirme del mundo blogger o para volver y seguir contando lo que me pase por la cabeza. Después de un intenso debate interno, me dejo llevar por el músculo cardíaco y ese que late y perfunde mis tejidos me ha hecho decantarme por la segunda opción.

Esta mañana Peque me ha abrazado en el autobús cuando llegábamos a nuestro destino. Era un abrazo gratis, sin motivo aparente. No le había dejado el móvil para juguetear durante el trayecto, no le había prometido ningún plan estupendo para la tarde. Nada que justificase ese arrebato de amor. Y precisamente por gratuito, espontáneo y cargado de cariño, me ha robado el corazón. Sé que estamos en un impás privilegiado, un compás de espera entre los agitados años de la primera infancia y las futuribles tormentas emocionales de la adolescencia, y que hay que paladearlo como si fuera néctar de los dioses. Además ha sazonado el gesto con un "te quiero" que ha hecho que hasta un par de señoras se girasen a mirar hechas gelatina pura poniendo ojitos mientras sonreían embelesadas como si observasen el gato de Schrek. Por supuesto, me he deleitado con el momento, grabándolo a fuego y guardándolo en el cajón de los instantes felices, esos que tanta falta hacen cuando la vida se pone porculera (que se pone, la muy cabrita, se pone).

En otro orden de cosas, estos meses han estado llenos de pequeños momentos invertidos en mí, algo que a menudo las madres dejamos en último lugar, y que no deja de ser fundamental para mantener la cordura y recargar el depósito energético a unos niveles que sean adecuados para no parecer un demogorgon (sí, yo también soy fan de Stranger Things... aunque como le comentaba a Bego el otro día, no recomiendo visionar la serie hasta la madrugada y tropezar luego con tu perra cuando vas a miccionar, porque me pegué el susto de mi vida pensando que tenía un demodog en casa). Ha habido muchas lecturas (destacaré porque son las más recientes y me han enganchado, la trilogía de Baztán de Dolores Redondo y El muñeco de nieve de Jo Nesbo), mucho pintar mandalas, darle al ganchillo, hacer algo de yoga y ahora estoy en plena campaña pre-navideña honrando a mi señor padre y tratando de emular su savoir faire con sus archiconocidas galletas.

Veremos si estoy a la altura del maestro.





                                   



                                 



lunes, 19 de junio de 2017

La enciclopedia


Cuando tenía unos catorce años, por Navidad, el regalo estrella fue una enciclopedia. Mis padres, con una tendencia sádica nada encubierta a verme sufrir, colocaron los paquetes unas horas antes de darme permiso para abrirlos para poder deleitarse con mi angustia mientras yo hacía cábalas sobre qué podían contener esas cajas cuadradas. Curiosamente, no recuerdo si me hizo mucha ilusión como regalo, aunque sospecho que sí porque siempre he sido curiosa y amante del conocimiento, así, en general. En aquella época pre-internet, tener una enciclopedia era un recurso casi indispensable para hacer los trabajos de la escuela. Y también para satisfacer en poco tiempo dudas existenciales. Recuerdo muchas cenas en las que de pronto, en medio de una conversación, nos asaltaba la cuestión de -por ejemplo- cuál era la capital de Angola. Mi madre o servidora saltábamos a la enciclopedia y resolvíamos la incógnita (Luanda, en este caso). Le pillé una agilidad bárbara a manejarme con el orden alfabético. Hoy en día sacas el móvil, pones Angola y Google te obsequia con más datos de los que puedas absorber en toda tu vida sobre ese país.

Cuando me mudé a vivir con Mr. x me llevé la enciclopedia. Pero en estos doce años no la he abierto jamás, y dado que mi casa no es precisamente grande, empecé a buscarle otro hogar. Primero probé con bibliotecas, luego centros cívicos, asociaciones diversas, mercados del libro, tiendas especializadas... Nada, nadie la quería, pero me dolía desprenderme de ella de otro modo.

Hace dos años, cuando tuve que vaciar la casa de mi padre al morir, me llevé los álbumes de fotos familiares y los coloque en varias cajas sobre un armario. En diversas ocasiones me descubrí preguntándome: ¿cómo se llamaba aquel pueblo de Alemania que tenía un mercadillo navideño tan bonito?, ¿qué año fuimos a Mallorca?, ¿qué edad tenía cuando encontramos aquel cachorro al que le buscamos familia? Y siempre pensaba que si tuviese los álbumes de fotos a mano podría resolver muchos interrogantes. No puedo coger el teléfono y llamar a mis padres para preguntarles nada, así que las fotos suponen un mundo para mí.

Al final, con mucho pesar y tras un último intento de colocar la enciclopedia, la dejé en el portal de casa el día que recogen los trastos. Jamás fue un trasto, por supuesto, y me gusta pensar que alguien la vio y se la llevó a casa, pero decidí cambiar el conocimiento universal que recogían sus páginas por el personal, y ahora tengo los álbumes a mano, para revisarlos y reencontrarme con la historia de mi vida.

Peque cumplió siete años hace unos días y le estoy haciendo un álbum digital. Es el tercero que le hago, y aunque él ahora no le dé mucha importancia –o más bien ninguna-, quizás en un futuro los valore como hago yo ahora con los que hizo mi madre. O no, pero yo disfruto mucho confeccionándolos. Mi sistema de archivo de fotografías puede ser un poco desquiciante, y lleva bastante trabajo, pero supongo que tener ordenada toda esa información es vital para mí. Cada semana bajo las fotos que he hecho en el ordenador, las clasifico por eventos, elimino las que han salido mal y les pongo nombre. A todas. Las hijas de Mr. X creen que estoy un poco pallá, pero cuando quieren hacer un collage se van a mi ordenador porque saben que tecleando su nombre saldrán las cientos de fotos archivadas con ese criterio. Además, de cada evento selecciono unas pocas imágenes que ya aparto para los álbumes digitales. Me pirra esa metodología y encuentro un placer astronómico en ese orden milimétrico (ya que mantener el orden en una casa concurrida es casi imposible, al menos lo logro en el mundo digital).

¿He dicho ya que Peque ha cumplido siete años? Siete. Madre del amor hermoso. Siete.

Y por muchos álbumes más.








jueves, 9 de marzo de 2017

Cuando yo era pequeña


Leí en los fantabulosos blogs de Remorada y Begobolas sus cuestionarios nostálgicos, y no he podido resistirme, lo que me gusta a mí ponerme a recordar…


1. ¿Tienen tus padres algún libro de recuerdos de cuando eras pequeña?

Mi madre hacía unos álbumes de fotos espectaculares, con fechas, anotaciones, entradas de los sitios que visitábamos… Cuando murió encontré en un armario una cajita que ponía “Cosas de mi Mo”. Dentro encontré cartas a Papá Noel, dibujos y notas que le había escrito. Ahora hago lo mismo con Peque.

2. ¿Sabes si te llamaron así por alguna otra persona?

Por mi madrina, la mejor amiga de mi madre. Como es francesa mi nombre también lo era, pero la normativa estatal no permitió que figurase así en la inscripción del registro de nacimiento. Sólo mi familia usaba la versión francesa. Ahora muy poca gente lo hace, pero me encanta que me llamen Monique.

3. ¿Conoces que otros nombres barajaban tus padres?

Verónica (Veronique, en realidad).

4. ¿Tu primer recuerdo?

Creo que es un recuerdo implantado. Me explicaron tantas veces la batallita que lo he acabado visualizando. Por lo visto el día de mi tercer cumpleaños lo estrené estampando mi frente en la cama y el chichón fue épico.

                                               


5. ¿Tus padres te leían o contaban historias? ¿Recuerdas cuáles?

De pequeña recuerdo más a mi abuela contándome historias: la ratita presumida, la cigarra y la hormiga, la liebre y la tortuga… Y una inventada que yo le cuento a Peque.

6. ¿Cuando eras pequeña te acuerdas de lo que querías ser de mayor?

Creo que lo primero fue traductora oral de las Naciones Unidas.

7. ¿Tenías algún profesor favorito?

Había una profesora que me caía muy bien, se llamaba Montse, y nos daba ciencias en primaria.

8. ¿Cómo solías ir vestida al colegio?

De segundo a octavo, con uniforme. Un pichi gris en una escuela, y pantalones azules y camisa blanca en la otra.

9. ¿A qué solías jugar?

Jugaba mucho sola con mis muñecas, y me encantaba construirles casitas. De cartón, plastilina, lo que tuviese.

10. ¿Tenías alguna casita de juguete?

La de Pin y Pon, que era una maleta.

11. ¿Algún recuerdo de tu familia en vacaciones?

En Alemania, verde en verano, blanca en invierno. Nos alojábamos en una granja con Zimmer Frei de la Romantische Strasse y paseábamos por los pueblos colindantes, los bosques frondosos, las ferias locales… Me encantaba.

12. ¿Y alguno de tus primeros cumpleaños o Navidades?

Cuando cumplí seis años invité a tres amigas del colegio y mis padres y mis abuelos maternos (vivíamos con ellos entonces) montaron una fiesta con gorritos y una piñata. Me alucinó.

13. ¿Heridas memorables?

Fractura de antebrazo (no sé si cúbito o radio) con unos ocho años. Antes de ir a piscina jugábamos en un parque, y me caí sobre mi brazo. Para mi desgracia, externamente no se veía nada y no me libré de nadar la hora entera con el brazo roto.

14. ¿Primera mascota?

De pequeña en casa había una Gossa d’Atura, pero mi primer sentimiento de cuidadora de un animal fue hacia un caracol que mi madre me hizo tener como mascota para superar el asco que me daban. Lo amé mucho, pero tuvo un triste final (mi abuelo lo pisó).

15. ¿Tus abuelos te solían contar historias de juventud?

No recuerdo demasiado de mi abuelo, pero mi abuela sigue viva y cada vez que la visito en la residencia me explica miles de historias. Es un regalo escucharla.

16. ¿Tu entretenimiento favorito de pequeña?

Las muñecas, leer, escribir, ver la tele, la Game Boy (era una máquina con el Tetris).

17. ¿Recuerdas la llegada de algún nuevo invento a tu casa?

Y tanto. El reproductor de CD, una navidad. Mi madre se compró el de la ópera Madame Butterfly y lo escuchamos esa misma noche.

18. ¿Tenías TV? ¿Blanco y negro o color? ¿Cuántos canales?

La primera que recuerdo tenía dos canales, y diría que era en blanco y negro.

19. ¿Te mudaste alguna vez de pequeña? ¿Recuerdas cómo fue?

Cuando tenía siete años mis padres se fueron a vivir juntos, antes mi madre y yo vivíamos con mis abuelos. No recuerdo la mudanza en sí, pero me alucinó pasar de una casa pequeña donde éramos ciento y la madre a tener mi propia habitación. Flipe máximo.

20. ¿Recuerdas algún desastre natural en el que se viera involucrada tu familia?

Mi madre no vivió ningún desastre natural que recuerde, pero sí me habló varias veces de unas fallas accidentadas en Valencia en los setenta (entonces su familia vivía en un pueblo cercano). Los petardos se mojaron la noche anterior y cuando encendieron el castillo de fuego empezaron a explotar hacia la gente, mi madre lo recordaba con verdadero horror.
Mi padre, por su parte, vivió un terremoto cuando residía en Venezuela, en la década de los sesenta.

21. ¿Algún recuerdo musical? ¿Qué canciones se oían en tu casa?

En casa todo era música. A mi padre le encantaban las rancheras, Chubby Cheker, Jerry Lee Lewis… Mi madre escuchaba mucha música clásica (Verdi, Mozart, Beethoven) y era fan absoluta de Pink Floyd y Queen. Pero no faltaban Abba, Boney M, Leonard Cohen…

22. ¿Algo que te enseñase un miembro mayor de tu familia?

Mi abuela me enseñó a hacer ganchillo.

23. ¿Marcas de tu infancia?

La Megadrive de Sega, los chicles Bang Bang, el champú Filvit (ejem)…

24. ¿Coleccionabas algo?

No con mucha dedicación. Por moda tuve algunos coleccionables de la época (el álbum de D’Artacán y los tres mosqueperros, cosas así).

25. ¿Tu recuerdo de infancia favorito?


Por suerte son muchos. Hoy me quedo con las madrugadas en las que partíamos a Alemania para hacer la mayor parte del trayecto de día. Nos levantábamos muy temprano y mientras mis padres desayunaban su café humeante yo me acurrucaba en el sofá esperando el momento de subirnos al coche y empezar la aventura.


                                   












lunes, 6 de marzo de 2017

Movimiento


Inicialmente escribí este texto para un concurso de relatos de formato libre que llegó misteriosamente a la bandeja de entrada de mi correo electrónico, pero entre pitos y flautas, que diría mi abuela, se me pasó el plazo de entrega antes de que pudiese darle la forma que deseaba... así que aquí se queda.



Lo que mueve mi vida pesa unos veintidós kilos, mide cerca de metro veinte, y cada día me lleva de la mano a un tiovivo de emociones. De la risa al llanto, de la plácida felicidad al mosqueo máximo, de los ratos de descanso a la extenuación suprema. Me llama mamá dos o trescientas veces al día o mami cuando pretende camelarme –cosa que por supuesto, consigue-.

Lo que mueve mi vida me convirtió en progenitora poniendo patas arriba mis creencias y prioridades, sumiendo nuestro hogar en el caos y obligándome a hacer acopio de ingentes dosis de paciencia, ingenio, cordura y alegría –imprescindible, lo sé bien- para sobrellevar los retos continuos a los que nos vamos enfrentando.

Aunque no creí que obtener el carné de madre cansase, preocupase y removiese tanto, sí intuí con certeza iba a ser un amor mayúsculo. Y me quedé corta, porque ese niño que me mira con ojos grises por la mañana y se pregunta el universo a través de conversaciones surrealistas que exigen respuestas ocurrentes y a veces imposibles, ha dado un vuelco a mi existencia.

Lo que mueve mi vida a veces me da un suave balanceo, en un abrazo de primavera, con risa contagiosa, y en otras ocasiones zarandea mis sentimientos, porque no comprende el mundo, ni se comprende aún a sí mismo y busca en mis reacciones la extensión de sus límites.

Lo que mueve mi vida lo hace en ocasiones a ritmo de rock, y en otras con la suave melodía de un violín, pero casi nunca en silencio, porque necesita unos acordes que nos acompañen, porque sabe que su madre se convence más fácilmente con una canción de fondo que eleve su ánimo, porque siempre nos ha ido bien así. En movimiento, él y yo, desde que era una célula aletargada en un tranquilo vaivén en algún lugar de mi ser.





jueves, 26 de enero de 2017

Time


Ayer leí una entrevista a Eva Bach, una pedagoga y terapeuta familiar, y no pudo gustarme más. Cuenta esta sabia mujer, que para decidir qué actividades programa en su día a día se pregunta si haría una determinada cosa si ese fuese el último día de su vida, y si la respuesta es negativa, no la hace. Tan fácil y tan complicado a veces cuando uno se ofusca con preocupaciones cotidianas.

Leí también en una viñeta que los primeros cuarenta años de la infancia son los más difíciles, y aparte de sacarme una sonrisa (porque sin duda me considero una cría de casi cuarenta) me hizo pensar que acercarme a velocidad absurda a mi cumpleaños me tiene cavilando si estoy donde debo estar y como quiero estar en este momento de mi vida. Y creo que la respuesta es lo más “sí” que puede ser. Hay cosas mejorables, tanto externas como otras que dependen de mi capacidad de pulir miedos y debilidades y abandonar perezas, pero volviendo al truco de Bach, creo que el día está rellenito de momentos que disfruto de una forma consciente. Sé que cada minuto cuenta porque nadie sabe cuándo se acaba la función y que vale la pena deleitarse en los placeres diarios, cabrearse lo justo y necesario, y tratar de pasar por la vida con una sonrisa por delante. Aunque te provoque arrugas, que te las provoca. Joder si te las provoca (o yo estoy ganando vista con la edad, o hace cinco meses no tenía los abismos cutáneos que ahora rodean mis ojos).

Lo de envejecer… eso trato de llevarlo con elegancia. Aunque me va a días. Recuerdo que en mi pava adolescencia, solía creer que envejecer mola mil. Porque cada vez sabes más de la vida, porque total cuatro canas y arrugas no significan nada… Frívolamente hablando, diré que ser yo la que se ve ajada en el espejo y con signos inequívocos del devenir de los años no es ni la mitad de glamuroso de lo que me había imaginado. Llevo meses tratando de decidir si seré de las que ondean una melena plateada al viento o tiraré de tinte del Mercadona. Ni pajolera idea. Cada vez entiendo más a Quino y aquello de que la vida debería ser al revés. Empezar siendo una uva pasa y acabar en un orgasmo. Me parece un buen plan.

A pesar de todo, no cambio nada de mi vida por la lozanía y el vigor de los veinte años. Ahora me conozco de una forma que entonces no podía ni soñar. Bueno, miento. Sí me gustaría volver por un día a los veinte y cruzar el umbral de la puerta de casa para comer con mis padres y charlar con ellos. Les explicaría unas cuantas perlas de Peque (aunque me temo que eso, si existiese algún científico que me prestase su máquina del tiempo, me lo prohibiría taxativamente por el rollo de las paradojas y blablablá, pero las normas están para saltárselas, qué coño).

Hablando de Peque (el que consiguió sin saberlo que me lanzase a tener este blog, que ha mutado una cosa bárbara desde que lo concebí), mi hijo me tiene loca. En todos los sentidos. Me divierte, me abruma, me emociona, me desquicia, me desconcierta y todo esto cada día y en bucle. Ser madre es algo diferente a cada año que pasa, con nuevas preocupaciones e inquietudes, y sensaciones alucinantes que ni siquiera sabía que podría albergar. Es cierto eso de que hasta que no eres madre no te enteras de qué va la movida. Muy, muy cierto. Tendrás tus teorías megachulas, tus consejos hiperprácticos y tu plan-educativo-infalible-a-prueba-de-niños. Y luego nace tu hijo y todo a la mierda. Que oye, en el fondo es lo que mola, sino sería demasiado fácil y autocomplaciente.

Esta misma mañana estaba mi churumbel planteándome cuestiones livianas del tipo:

-Mami, como la Luna se formó a partir de la Tierra, entonces la Tierra no está entera, ¿verdad? ¿Y puede crecer? ¿Y existe vida en otros planetas? ¿Bichitos? Porque en Marte hay agua, ¿lo sabías? Y si en otra parte del universo existiese un planeta como la Tierra, ¿querrías ir? Yo te llevaría a ti… Y a papi… Y a los hermanos… Y… Oye, si la Tierra es redonda, ¿la atmósfera la envuelve como un plástico a una albóndiga? Y si un avión supersónico va todo recto, ¿se sale de la atmósfera?

Creo que los otros habitantes del autobús –el escenario ideal según mi primogénito para taladrarme a preguntas a las ocho de la mañana- aún deben estar descojonándose con mis cutre intentos de respuesta. Que soy veterinaria, no ingeniera aeroespacial, y parece que este crío aún no lo ha pillado.

Envejecer mientras Peque crece y recorre su camino es la mejor manera de comenzar cada día. Sí, estoy donde quiero estar.



                                                                         








miércoles, 11 de enero de 2017

Leer, ver, escuchar


Enero. Frío y pocas perspectivas de buen tiempo a corto plazo. Mi época preferida del año.

Ironías aparte, comienzo un 2017 que promete estar, como mínimo, lleno de emociones. A ver si son de las buenas (por ponerle optimismo a la vida que no quede).

Las Navidades han estado rellenas de sabores agridulces, pero se salvan, desde luego, por la carita de felicidad de Peque al descubrir que los Reyes Magos, sibaritas como ellos solos, se zamparon al pasar por casa tres bombones de colores (made by Mr. X), unos After Eight y Ratafia Russet de la buena para tirarlo todo abajo. Ahora mi salón es menos Kondo que nunca, inundado de Legos, aviones, peluches, y el regalo estrella de este año, una caja de cartón (de la pantalla nueva del ordenador) con la que lleva jugando toda la semana.

Eso sí, estas fiestas y sus rutinas alteradas, me han proporcionado ratos de esparcimiento personal a los que he sacado mucho provecho…

Leer

-Salvador. Vimos en televisión una entrevista a Salvador Alvarenga, un naúfrago que pasó 438 días a la deriva en el Pacífico, y la historia me atrapó. Mr. X me regaló el libro justo antes de Navidad y me lo leí en cinco días. Si algo me quedó claro, es que yo no hubiese pasado posiblemente de la primera semana. Las ideas que tuvo para sobrevivir me parecen alucinantes, desde mi cómoda existencia urbanita no sé ni la mitad de cosas que ese hombre para lograr subsistir en un medio hostil.

-Cómo ser mujer, de Caitlin Moran. Reconozco que no he leído mucho sobre feminismo, y lo que leía no me llegaba. Por fin, desde el humor, he sentido que conectaba con algo que hasta ahora me parecía ajeno.

Ver

-El concierto. En mi agenda hay una lista de películas futuribles. Lo que pasa es que a menudo pasa tanto tiempo hasta que surge la oportunidad de verlas, que ya no recuerdo quién me las recomendó, cosa que me sucedía con esta comedia francesa. La empecé a ver sin grandes expectativas, y acostumbrada a consumir sobre todo cine norteamericano, recordé lo refrescante que es cambiar de registro y disfrutar de la ironía europea. El final me dejó llorando de emoción. En perspectiva veo que han sido unos días llenos de locos y maravillosos violines…

-Gosford Park. Soy bastante fan de Robert Altman, tiene un sello inconfundible, me gustan sus miles de personajes, sus historias que se cruzan, pasiones, misterios y por encima de todo, interpretaciones que siempre me parecen brutales. Olé Helen Mirren, soberbia como siempre.

-Boyhood. El hecho de la que filmasen con los mismos actores a lo largo de varios años me llamaba mucho la atención, y la verdad es que le da una verosimilitud muy curiosa a la película. Si ya como madre sientes que el tiempo vuela, viendo crecer al chaval protagonista en dos horas y pico casi me da algo. Ese día Peque se llevó dosis extra de abrazos, besos y achuchones.

-Viaje a Sils Maria. No sé qué me llevó a apuntarla en mi lista, pero a pesar de ser extraña y no tener muy claro si la recomendaría o no porque puede ser un poco pedrusco, me gustó. Juliette Binoche siempre me parece creíble, y hasta disfruté con la interpretación de Kristen Stewart, a la que no tenía en mi altar actoral precisamente. Una reflexión sobre el tiempo y el ego.

-The OA. O cómo Netflix llegó a mi vida. Llevamos tres meses siendo usuarios de esta plataforma, y me tiene loca, loquita, loca. No puedo decir mucho de qué va la serie, salvo lo poco que te plantean de entrada: una chica vuelve a casa siete años después de haber desaparecido y sus padres flipan en colores al descubrir que ya no es ciega. De momento sólo hay una temporada de ocho capítulos y me los zampé en dos días. Quiero la segunda temporada ya.

Escuchar (y sentir, y reír, y bailar, y llorar)

-Ara Malikian. Ya hablé de él en el blog cuando lo descubrí. Papa Noel nos trajo a Mr. X y a mí unas entradas para disfrutar de su arte en el Palau de la Música, y desde entonces su violín suena en casa a todas horas. Peque también ha sucumbido, y me hace poner Misirlou veinte veces al día. No estoy exagerando, más bien me quedo corta, pero es que no es para menos…

                                                                   






                                                             









miércoles, 14 de diciembre de 2016

Kitschmas is coming


El día uno de diciembre, inaugurando nuestro calendario de adviento, Peque y yo procedimos a decorar la casa. Si ya de por sí tiende a ser de un barroco abigarrado, sumándole guirnaldas, lucecitas psicodélicas, tions y caganers, el resultado es cuanto menos, curioso. Tomé una foto de nuestro pesebre surrealista, la subí a instagram y en un alarde de ingenio creativo la titulé: “Kitschmas time”. Luego descubrí que el palabro ya estaba inventado, pero no importa, nadie se percató de mi súper juego de palabras.

Hablando del calendario de adviento, cada vez me cuesta más encontrar actividades con las que satisfacer a mi vástago. Es el tercer año que me lanzo a la aventura de idear veinticuatro actividades en un mes (¡veinticuatro!), y creo que cada edición es peor que la anterior. Bueno, hemos hecho cosas muy chulas (como patinar sobre hielo o ver ayer mismo Vaiana -¡muy recomendable!-), pero en esta recta final before Xmas estoy seca de ideas. Me quedan dos o tres ases en la manga, el resto es un desierto de inventiva maternal que ríete tú del síndrome de la hoja en blanco. Hoy la casita correspondiente al día catorce ha amanecido vacía y Peque se ha pillado un mosqueo XXL. Con lo que yo aún me he mosqueado más y he tenido que hacer acopio de toda mi reserva zen para resetear y no empezar el día de esa gloriosa manera. Y conseguido lo he (muy Yoda me veo).

Por fortuna, mi labor de mamá noela-reina maga está finiquitada desde la semana pasada y ahora sólo me queda pensar en qué manjares exquisitos prepararé para Nochebuena, única festividad en la que me toca currarme la comida. Tengo claro que como acompañamiento haré spätzle, una pasta que preparaba mi padre y que es éxito asegurado entre la población menor de edad que habita mi reino, pero aún rumio que cocinaré de plato principal.

Aunque confieso que ir de compras navideñas, ver los escaparates y las luces, pensar cosas chulas que hacer con mi estirpe y elevar mi espíritu navideño a la estratosfera tiene su punto, una parte de mí nada despreciable bucea en la nostalgia. Creo que me mola más el papel de niña que el de madre directora de eventos en lo que a las navidades se refiere. Quiero levantarme y que papá esté haciendo galletas de chocolate. Que el aroma a vainilla inunde el comedor. Que mi abuela me haga una coleta y me repeine con colonia. Que mi madre busque el disco de villancicos de Francia. Que en Nochebuena mi tía me prometa que iremos a patinar y me vaya a dormir con la convicción de que he visto el trineo de Papá Noel por la ventana. Que me levante en Navidad y descubra que la Nancy y la bicicleta están bajo el árbol. Que tenga quince días por delante para jugar, comer chocolate, divertirme y aborrecer la idea de volver al cole.

En el fondo, soy mucho más niña que adulta, sólo que lo disimulo muy bien.








miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dreaming


Al principio, todo es difuso. Está esa sensación, tan intensa y real, de volar. Pero no vuelo, me deslizo. La pista está inmaculada, una finísima neblina la cubre por completo y se oye el ruido provocado por mis patines en un rítmico y perfecto siseo que únicamente puede indicar que el movimiento de las cuchillas es impecable, exento de roces, sin señal alguna de que ha habido un fallo en la técnica.

Me muevo sin miedo, con la confianza plena de que no me voy a caer. Avanzo a velocidad creciente, cojo la curva con unos cruzados ágiles, y me giro para seguir de espaldas, con los brazos acompañando un desplazamiento impoluto.

No salto, practico concienzudamente algunas piruetas y pasos que me provocan esa sensación de no rozar apenas el hielo. Siento el frío en mi cara. Soy etérea. No me duelen las rodillas. Mi cuerpo es fuerte, flexible y dinámico.

Y ahí me despierto.

Es uno de mis sueños –buenos- recurrentes (tengo unos cuantos), y diría que mi preferido. En esos sueños patino siempre como una campeona olímpica (puestos a soñar, ¡mejor hacerlo a lo grande!). La realidad, sobra decirlo, difiere bastante de ese estupendo mundo onírico.

Patinar sobre hielo es una afición que he tenido a épocas intermitentes –una intermitencia derivada de las circunstancias, no de las ganas-. Hice un par de cursos cuando era adolescente, y unos cuantos más con mi amiga E justo antes de tener a Peque. Con E superamos varios niveles básicos y nos adentrábamos ya en el fantabuloso mundo del patinaje artístico cuando descubrí que estaba embarazada. Desde entonces no había vuelto a patinar. Me parece un deporte muy complejo. Cuando veo a un patinador ejecutar una secuencia de pasos, pienso en los años de práctica que conlleva aprender cada ínfimo cambio en la posición de la cuchilla, mutando la posición del cuerpo, el centro de gravedad… Complicado de cojones. Y de ovarios. Y de todas las gónadas habidas y por haber.

Pero quiso el calendario de adviento obsequiarnos con una entraditas para la pista de hielo. Bajé del altillo mis patines (los adoro, fetichismo puro modo on), y nos fuimos con Peque y sus hermanos a quemar calorías sobre un par de cuchillas.

Me daba pánico entrar a patinar y pegarme el leñazo padre, pero para mi sorpresa, este cuerpo serrano que tengo aún recuerda como mantener el equilibrio. No me atreví a hacer demasiadas cabriolas para no tentar a la suerte –y porque no me acordaba de casi nada, que la maternidad me ha fundido unas cuantas neuronas-, pero fue maravilloso volver. Peque disfrutó de lo lindo… cayéndose. Sí, a él le moló mas tirarse al hielo que conquistarlo en vertical, pero ya me ha pedido dos o cuatrocientas veces que volvamos. Y para qué negarlo, con este tema, soy muy, pero que muy fácil de convencer.











jueves, 10 de noviembre de 2016

Sustos postizos y castizos


El susto castizo, muy de la tierra porque aquí el carterismo está a la orden del día, me lo llevé hace dos días. Después de una tarde de compras con Peque (chantaje mediante para que no estuviese de morros mientras yo me decidía entre dos pijamas monérrimos de la muerte), fuimos a coger el autobús para volver a casa. Busqué las tarjetas de transporte justo antes de subir y cuando iba a poner un pie en el bus oí unas monedas caer al suelo. No pudo pasar más de un segundo, pero en ese lapso de tiempo y tras mirar mi bolso, el suelo y un hombre que se alejaba de mí, entendí que las monedas eran mías, pero que no se me habían caído a mí, sino al tipo que me había birlado la cartera y que se alejaba rápidamente de la cola. Cosa extraña en la menda, reaccioné ipso facto y grité que me habían robado. Dejé a Peque ahí plantado (sin pensarlo, de hecho) y salí detrás del tipo, al que agarré por la manga exigiéndole mi cartera. Por un momento se llevó la mano al bolsillo y se me pasó por la mente que iba a sacar una navaja, pero por fortuna eso no ocurrió y verme rodeaba de varias personas me dio fuelle para seguir reclamando lo mío. Como el tío se hacía el loco, le pedí ayuda a dos chavales de unos veinte años que pasaban por allí: "Chicos, ¿me ayudáis?, me ha robado y no me quiere devolver la cartera". Supongo que el ladrón, al sentirse rodeado se acobardó y dejó caer algo al suelo. Mi cartera. Detrás de mí iba una señora mayor que lo había visto todo y que se lanzó encima de él. En ese momento me di cuenta de que Peque lloraba en la cola del bus, recogí la cartera y me fui corriendo a ver cómo estaba. También me di cuenta entonces de que el autobús me estaba esperando, y me subí con Peque mientras lo tranquilizaba. La señora mayor vino corriendo y me dijo victoriosa: "Nena, ¡yo le he dado con el bolso en toda la cabeza!". Las puertas se cerraron y me giré para descubrir que todo el mundo me miraba en silencio. De esas cosas que pasan en segundos, que a saber si has actuado correctamente o no... pero el tipo no lo logró.
El otro susto -postizo porque fue menos de lo que mi mente enferma imaginó- me lo llevé por Halloween. Mr. X, Peque and me nos fuimos a la casa de veraneo de la familia de mi consorte hace dos findes con objeto de preparar la morada para una Castaween (híbrido catalanoamericano de castanayada y Halloween). Mi suegra, muy de decorar cualquier guateque, le regaló a Peque telarañas, esqueletos y una careta. Una careta horrible a matar. La de Scream, vamos. Para Peque es sólo una careta de fantasma, para mí es el icono del miedo cinematográfico de mi post-adolescencia.

Hallábame yo mismamente en la cocina preparando un aromático risotto con funghi, cuando el cabronáceo de mi hijo apareció de un salto enfrente de mí con la consabida careta. Una que es de susto fácil pegó un buen alarido y ya estaba a punto de cagarme en sus ancestros cuando se fue la luz. Pam, de golpe. Y como elemento tenebroso añadido, la radio seguía sonando. Comencé a gritar: "¡Mr. X! ¡Mr. XXXXXX!". Nada. Y Peque, muy divertido él, persiguiéndome con la puta careta. Como suele decirse, toda mi vida pasó antes mis ojos. Bueno, mentira. Pasaron Scream 1, Scream 2, Scream 3, Scream 4 y la madre que las parió a todas. Después de desgañitarme llamando a mi señor marido, este pasó como una exhalación por mi lado (lo que me llevó a preguntarme si era él o el asesino halloweenense de turno) y unos segundos después se hizo la luz -justo cuando llegó al cuadro eléctrico de la casa y accionó el diferencial que había saltado, pura magia-.

Ya me lo tengo dicho, "no veas pelis de miedo nena". Pero no me hago caso.