Cuando llevaba cosa de un mes es Nueva Orleans los telediarios empezaron a informar de que un huracán de fuerza cinco (es decir, de la
máxima categoría), se acercaba por el Atlántico. Yo veía a la gente relativamente tranquila, y eso me ayudaba a no caer en la paranoia, pero en el fondo me sentía inquieta. Por lo visto, se esperaba que antes de llegar a la costa el huracán virase hacia Florida evitando un problema de los gordos. Quedaban unos cinco días para que la cosa se decidiese y aún había tiempo para evacuar la población si era necesario. El Dr. B me explicó que la ciudad estaba construida a unos tres metros por debajo del nivel del mar (razón por la cual los muertos no pueden ser enterrados y por la que tienen unos cementerios llenos de criptas majestuosas que son visitadas por miles de turistas), con lo que si un huracán entraba por el río, arrasaría la ciudad...Al existir únicamente dos carreteras de salida, en caso de tener que abandonar la urbe se debía hacer con dos días de antelación, por eso era importante estar pendiente de las noticias. La hermana de mi casera vivía en Pensacola, Florida, y era un fanática del tiempo, enganchada al canal meteorológico las 24 horas del día. Ella nos iba a avisar si las cosas se ponían feas y nos iríamos a su casa. El Dr. B, amante de las anécdotas truculentas, me relató que unos años antes, un loco con ganas de experimentar lo que se sentía al estar en medio de un huracán, se ató a un puente con cadenas cuando todo el mundo se atrincheraba en sus casas. El huracán, en aquella ocasión, era de mucha menor intensidad que el que se nos venía encima, pero del pobre hombre no encontraron ni rastro...Por fortuna, no tuvimos que evacuar la ciudad. El huracán viró y llegó como tormenta tropical a Florida. Cuando dos años después el
Katrina destrozó Nueva Orleans sentí una pena enorme...
Un día, mientras trabajábamos en el hospital veterinario, recibimos una llamada para auxiliar a un perro que había sido atropellado muy cerca de allí. El Dr. B me explicó que en Lousiana existe la Ley del Buen Samaritano. Se tuvo que inventar esta treta legal para ofrecer protección a los médicos, veterinarios, etc. que ayudaban a alguien fuera de su lugar de trabajo. Como los norteamericanos son tan fanáticos de pasar por los juzgados, cuando una persona era auxiliada en público por un médico y la cosa al final no iba bien, el doctor se ganaba una demanda millonaria. Consecuencia: los sanitarios dejaron de asistir a la gente fuera de su consulta por temor a ser denunciados. A raíz de esa situación se creó la Ley del Buen Samaritano. Si uno actúa amparándose en esta ley evita meterse en problemas. Lamentablemente, en el caso de este perrito, poco pudimos hacer por él.
Pero vayamos a la chicha de mi historia, las hazañas animalescas. Periódicamente teníamos que revisar los tapires. ¿Tenéis en mente a un tapir? Os presento a uno:
Imagen de la
wikipedia
Como siempre, el Dr. B me advirtió de que los tapires pueden resultar muy peligrosos, bla bla bla...A esas alturas ya me había dado cuenta de que el hombre disfrutaba metiéndome el miedo en el cuerpo. Por suerte, la colección de tapires del zoo estaba formada por individuos de lo más pacíficos. En su instalación tenían un lago enorme y se pasaban todo el día a remojo. Llegamos con nuestros bártulos y la cuidadora comenzó a silbar. Poco a poco una cabezota enorme emergió del agua y a un ritmo del palo "vengo, pero sin prisas, chata", se nos fue acercando un precioso espécimen mientras respondía a la llamada de la cuidadora con otro silbido. Una vez a nuestro lado se echó al suelo esperando que lo acariciásemos. Así lo mantenían quieto para poder explorarlo (e incluso le sacaban sangre, un santo el pobre bicho). Cuando acabamos de examinar al primer animal, la cuidadora me pidió que le diese un plátano lejos de los demás para que no molestase y chino chano me lo llevé al quinto pino. Le di su premio y durante los siguientes veinte minutos se dedicó a perseguirme en busca de una segunda golosina. Yo iba dando vueltas como una peonza por todo el recinto, y lo de "¡Va, vete al agua, a nadar, venga!", no sirvió más que para que los que me veían se cachondeasen de mí a gusto. Al final la Dra. E me llamó para enseñarme un par de cosas y mientras hablaba con ella mi nuevo amigo se acercó sigilosamente y trató de pegarle un bocado a mi coleta para ver si dentro escondía alguna banana. Menudo susto me pegué...(aunque salí ilesa, que lo hizo con mucho cariño).
Una de esas mañanas, al llegar a mi puesto de trabajo y leer la orden del día, vi que nuestra primera tarea consistía en tratar una mamba por una lesión mandibular. ¿Mamba? Pues no me sonaba...Me fui a la sala de tratamientos y me encontré al personal de reptiles que justo en ese momento entraba cargado de tres cajas de suero antiveneno. Mal rolloooo....(no me llegué a acostumbrar a lo de trabajar con animales letales). Mi amiga la mamba, mamba verde para más señas:
Wikipedia again
Aunque la mamba negra es más chunga, la verde no se queda atrás. Una gota de su veneno te asegura una muerte lenta y dolorosa. Esa mañana repasé mis conocimientos sobre ponzoñas varias. Las serpientes de cascabel suelen tener hemotoxinas, substancias que comprometen la circulación venosa de forma que la extremidad afectada por la mordedura se gangrena rápidamente (aparte de matar a la víctima). El Dr. B (como no) me relató que unos años antes, una cuidadora fue mordida en el dedo por una serpiente de cascabel y necesitaron usar veinticinco dosis de suero antiofídico, las reservas de toda la ciudad. Pero no se queda ahí el tema...para evitar las lesiones asociadas al veneno hay que hacer fasciotomías, es decir, cortes en profundidad a lo largo de la zona afectada. La pobre chica necesitó tres. Y no busquéis la palabra fasciotomía en Google, que da mucha, pero que mucha grima (el Dr. B se encargó de dejarme un librito ilustrado para que no se me ocurriese hacer tonterías delante de ninguna serpiente). A diferencia de las cascabel, la mamba segrega neurotoxinas, y la muerte se produce tras episodios de dolor, convulsiones y parálisis. Bueno, bien, informada estaba. Acojonada, también. Sacaron a la bicha de su urnita y con mucha maestría y sangre fría, los cuidadores lograron meterla en un tubito de metacrilato. Yo, con mucha calma me incrusté cómodamente en la pared del fondo y no salí de ahí hasta que el Dr. B me llamó. La serpiente estaba anestesiada (a través del tubito) y una vez mi jefe la hubo explorado me pidió que le pusiese suero y antibiótico. Como hasta ese momento no había abierto la boca solté un: "¿Yoooo?" que salió ronco de las profundidades de mi ser. El Dr. B asintió complacido y tras tragar saliva y encomendarme a mi ángel de la guarda cumplí con mi cometido.
Siguiendo con la temática, "los peligros de currar en un zoo", el Dr. B esa misma tarde dio una conferencia para el personal de seguridad y de las tiendas turísticas del recinto para reciclarse en los protocolos de actuación ante eventuales fugas de animales, etc. En cierta ocasión se había escapado un alce al que se le disparó un dardo anestésico. El chico al que se le había escapado, desoyendo al Dr. B, se acercó mucho al animal, y eso fue peligroso por dos motivos. Por una parte, porque el alce podía embestirlo, pero es que además de eso, la sustancia usada en el dardo (carfentanilo) es un opioide tremendamente potente, miles de veces más fuerte que la morfina y se absorbe a través de la piel, con lo que el contacto con una simple gota puede ser letal. De esas y otras lindezas versó el seminario.
Para relajarme tras unos días tan adrenalínicos, el Dr. B me dijo que me llevaría de excursión. Le encantaba ir a los pantanos de paseo al atardecer, en una barquita. ¿Para qué? Pues para ejercer su deporte favorito, acojonar un rato al personal. En una ocasión se llevó de paseo a una veterinaria sevillana. La chica iba remando y no paraba de darle toquecitos a lo que pensó eran troncos. Partiéndose la caja, el Dr. B le dijo: "¡No son árboles, mujer!". ¿Adivináis?
Wiki, of course
Ni que decir tiene que no se me ocurrió irme de juega nocturna a los pantanos...