jueves, 14 de mayo de 2015

Iguazú


Antes de internarme en la segunda (y última) crónica de nuestro viaje, tengo que hacer una pequeña introducción.
Yo, niña urbanita mediterránea de corazón fantasioso, crecí escuchando las aventuras de mi padre en la selva venezolana. Para mí era lo más aproximado a Indiana Jones que he conocido in person (salvo que en vez de arqueólogo, era panadero).
Sumémosle la cinefilia voraz de mi infancia. Una de las pelis que más recuerdo es La selva esmeralda. Niño occidental es secuestrado y criado por una tribu indígena del Mato Grosso. Su fotografía se me grabó en la retina para siempre jamás.
Una cosa y otra (y muchas más, seguramente) alimentaron una fascinación incipiente por la fauna y flora selváticas. De ahí también mis ganas por ser veterinaria de animales exóticos (de sobras sabemos que al final me quedé con el exótico del veterinario).

Sea como sea, la selva me pone.

Entonces, te asomas a la ventanilla del avión apreciando sorprendida que has dejado de ver campos cultivados para otear un infinito manto jade y te das cuenta de que coño, aunque no estés en el Amazonas, eso es una espesa y jodidamente hermosa jungla subtropical.

Y cuando bajas del avión, ves como la roja tierra de la provincia de Misiones contrasta con el profundo y arrebatador verde que te rodea, el calor húmedo empapa tu ropa, el graznido de aves multicolor envuelve tu cabeza y se te caen las bragas de puritito placer. Un preludio de lo más prometedor.

Dentro de Parque de Iguazú hay dos hoteles, uno en la parte argentina y otro en la brasileña (porque Argentina y Brasil comparten esta maravilla de la naturaleza), el resto están en poblaciones cercanas. Mr. X tuvo la clarividencia de, ya puestos, escoger el hotel dentro del parque (muy, muy recomendable).

Al bajar del remís, lo primero que vimos a través de las cristaleras de la recepción del hotel era una densa efervescencia que nos anunciaba lo que estábamos a punto de descubrir. Después, reparamos en el sonido del agua al caer. Y así, cualquiera hacía caso al pobre recepcionista, al que íbamos esquivando con la mirada para fijarnos en lo que había a sus espaldas (aunque intuimos, por su sonrisa condescendiente, que estaba del todo acostumbrado).

Caminamos hacia la habitación embelesados por el espectáculo que nos rodeaba. No nos tragamos las columnas del hall de auténtico milagro.
Llegamos a eso de las cinco a nuestros aposentos. Una verdadera habitación con vistas. Allí sí pudimos gozar de la visión de las cataratas en casi todo su esplendor (casi, porque para captarlas y vivirlas, hay que arrimarse un pelín más). Nos cambiamos de ropa y nos fuimos directos a explorar los alrededores. Una nubecilla de agua estaba siempre cayéndonos encima. Gotas de agua de las cataratas que recorren por el aire los dos kilómetros de distancia que separan las cascadas de la superficie de tu piel.

Empezábamos a adentrarnos en los senderos cuando una familia de coatíes se cruzó en nuestro camino. Mr. X y yo nos sonreímos. Ese fue el primer contacto con una fauna exuberante -y salvaje, que bien te avisan que no se te ocurra dar comida a ningún bicho si tienes aprecio a tus extremidades- que nos idiotizó y obligó a hacer cerca de dos mil fotografías. Coatíes, agutíes, tucanes, colibríes, mariposas, monos capuchinos... Lamentablemente los guardabosques nos obligaron a recular a las seis de la tarde. ¿Motivo? Nada, que hay unos mininos de hábitos nocturnos (yaguaretés -jaguares- y yaguarundís -pumas-), que disfrutan merendando guiris despistados. Me pareció una razón de peso para hacerles caso.
Decidimos disfrutar de las vistas cenando en el bar del hotel y puedo prometer y prometo que estar sentada apaciblemente delante de tamaña maravilla no tiene precio.

Al día siguiente, por fin, fuimos a conocer las cataratas de cerca en la excursión por el lado argentino. La frondosidad de la selva no te permite ver bien las cataratas hasta que estás próximo a ellas. Las intuyes inminentes por el ruido casi ensordecedor del agua, y de pronto, tras unas cuantas palmeras, llegas al primer mirador y... lloras. El agua llama al agua o soy una sentimental de tres pares de cojones, pero espectáculos semejantes me emocionan hasta el infinito. Como la gente soltaba chilliditos entusiastas en vez de sorberse los mocos como yo, disimulé (las salpicaduras cataratiles lo pusieron fácil). 

                                                             


Cada pasarela nos fue acercando a los diferentes saltos. Imposible no extasiarse a cada paso, rollo síndrome de Stendhal versión agreste. Así pasamos la mañana, con cara de gilipollas de tanto "uau" que soltábamos.




Al mediodía nos propusieron una actividad acuática: paseo en barquita hasta meterte en materia (o sea, bajo un chorrazo de agua que lo flipas). Suerte que nos habían avisado de que llevásemos ropa de recambio. Te dan una bolsa de lona impermeabilizada para las cámaras y la ropa seca y una vez instalados en los asientos, te conducen hasta la cascada. Conste que no te meten debajo del todo porque sería una temeridad, pero con lo que se acercan ya puedes percatarte de la infinita potencia del agua al caer cuando se te viene encima una tromba que ni el diluvio universal. Emocionante y divertido (vale, y un tanto peligroso). 

Una vez remojados bajamos los rápidos del río Iguazú y nos reencontramos con la dicharachera guía, que nos llevó, tras un bocadillo para coger fuerzas, al plato fuerte de la tarde: la Garganta del Diablo. No me diréis que no es un nombre de lo más sugerente...
Para llegar allí hay que andar cerca de un kilómetro por unas pasarelas sobre el agua. Lo que más nos llamó la atención por el camino fueron las miles de mariposas de todos los colores que revoloteaban a nuestro alrededor. Colocando el dedo con delicadeza a su lado, la mayoría subían a bordo y te acompañaban parte la ruta (¡llevé a una en mi índice unos veinte minutos!). De este modo, medio a pie, medio andando, llegamos a la garganta. Me temo que mi prosa se queda corta por mucho que intente describir el impacto que me causó contemplar ese panorama. Mr. X dijo más tarde: emocionante, salvaje, impresionante. Es un lugar de poder. Imagino a los antiguos guaraníes rindiendo pleitesía a la madre naturaleza en la Garganta del Diablo. Creo que uno no puede sino doblegarse ante semejante muestra del ímpetu y el vigor de la tierra y el agua. De haber estado sola en vez de rodeada de cientos de turistas y sus dispositivos digitales, me habría arrodillado y permanecido absorta durante horas.

                       


Esa noche cenamos pronto porque al día siguiente tocaba ir a Brasil para la excursión desde ese lado (y ya sabemos que la burrocracia es universal y necesitas una hora para cruzar la frontera). Nos despertamos tan temprano que pudimos disfrutar de un amanecer en Iguazú. Una neblina lo cubría todo. Los únicos ruidos reinantes eran los de los animales que se desperezaban para empezar la jornada. Poco a poco los rayos de sol se filtraron a través de la bruma creando un efecto tornasolado que dotaba a la atmósfera de un aire onírico. Los tucanes hicieron presencia y empezaron a volar de la copa de un árbol a otra comiendo sus frutos. Graznidos, cantos y silbidos exóticos inundaron con sus ecos el espacio que nos acogía. Hasta que la actividad humana no se hizo presente, esa fue la única banda sonora, y me pareció rozar el paraíso terrenal.




Casualidad o no, fue cosa de entrar en Brasil y notar un ambiente festivo de lo más contagioso. Coincidimos con dos o tres grupos de visitantes que pertenecían a una coral y amenizaron la espera en la cola de entrada con un Mais que nada que invitaba a poner las caderas en movimiento.

Aunque -quizás por ser la primera visita- la excursión argentina me impactó más, vale la pena pasarse a Brasil. Ambos lados se complementan y así puedes hacerte una idea mucho más completa de la magnificencia de las cataratas. Además, desde Brasil se ven mejor los vencejos de Iguazú, icónicos del lugar, y que nidifican tras las caídas de agua. 



                                               


También me fijé en las rocas cubiertas de vegetación. En un momento dado se me asemejaron a una especie de monjes en procesión hacia su altar natural. Eso es lo que define mi sensación de Iguazú, que hasta las piedras tienen vida propia.

         


Por la tarde visitamos un parque de aves cercano. Creo que no hay viaje en que Mr. X y yo no hayamos recorrido algún parque, reserva o similar para ver bichos. Ni en vacaciones oye. El centro es precioso, muy bien cuidado y con espacios gigantescos. La flora es sensacional. Ya de por sí el país la posee, así que no han de importar gran cosa para que el resultado sea extraordinario.

Nos costó mucho despedirnos de Iguazú. Un oportuno retraso en el avión de salida nos permitió disfrutar de un último amanecer allí. Mr. X y yo nos marchamos compungidos y con el firme propósito de, algún día, volver.




miércoles, 6 de mayo de 2015

¡Qué bueno que viniste, pibe!


Cuando Mr. X me propuso acompañarlo en su viaje a Argentina, mi primera intención fue negarme. Por varios motivos. El principal, la enfermedad de mi padre. El segundo, que no me veía capaz de dejar a Peque semana y media en casa y largarme a más de diez mil kilómetros de distancia. El tercero, mi pseudo-fobia al avión (pseudo porque me pongo mala anticipando el momento de subirme al cacharro, pero una vez dentro mantengo la calma). El cuarto y último, mi profunda ignorancia, porque Argentina nunca me había llamado la atención, y a partir de ahora no podré pronunciar el nombre de este país sin que una constelación de recuerdos e imágenes maravillosas me vengan a la mente.

Una vez aceptado el reto, decidí mentalizar con tiempo a Peque para venderle lo chulo que iba a ser quedarse con sus tíos y convencerme convencerle de que en nada íbamos a estar de vuelta. Por supuesto, tuve que prometerle un regalito del viaje, que tenía que ser, en palabras del sobornado, un avión de juguete. Me despedí de mi churumbel con un nudo en el estómago, pero tratando de no mostrar toda mi angustia para que él no se quedase tan triste como yo (y parece que lo conseguí).

Next step: trece horas de avión sobrevolando el Atlántico. Mucho o no tanto según se mire (peor hubiese sido viajar a Melbourne). Para mí, una jodida eternidad en la que da tiempo de pensar que eres un ser minúsculo metido en una caja de aluminio y suspendido a diez kilómetros de distancia de la superficie de un océano muy, pero que muy profundo. Menos mal que no tienen la mala leche de programar Naúfrago durante la travesía. Mi amiga V, acostumbrada a coger vuelos largos, me recomendó que llevase a cabo durante el trayecto una rutina de belleza. Una frivolidad como otra cualquiera para no pensar (y con la ventaja de dejar la piel preparada para la deshidratante atmósfera de la aeronave). Me tragué el vídeo que me recomendó, me hice con unas cremitas asequibles en el Duty Free, y realicé la rutina de belleza, cosa que me llevó unos diez minutos. Sólo me quedaban doce horas y cincuenta minutos de vuelo. Por fortuna, para los que nos cuesta un huevo conciliar el sueño a altitudes troposféricas, existe la opción del cine. Y dado que no es común en la vida de cualquier madre de un niño pequeño disfrutar del placer de una buena peli en silencio y sin interrupciones (en este caso las azafatas no cuentan), me tragué no una sino tres cintas: Wild, Sinsajo y Perdida. Las tres son entretenidas, pero la mejor, sin duda, Perdida. Papelazo de los gordos el de Rosamund Pike.

Entre una cosa y otra, amanecimos en el Aeropuerto Internacional Ezeiza. Esos primeros momentos en los que sales al exterior y captas olores y sonidos tan distintos -y parecidos- a los que conoces, es brutal. Llegamos a Buenos Aires en taxi, y la periferia nos dejó un tanto indiferentes (quizás por el parecido a tantos otros suburbios), pero a medida que nos adentrábamos en la urbe y el taxista nos ponía al día de los principales conceptos que todo recién llegado a Argentina debe conocer, el encanto de las avenidas y calles que oteábamos empezó a calarme. Debo puntualizar que Mr. X no es muy fan de las ciudades, a él ponle ración y media de naturaleza, pero yo sí me dejo hechizar por el glamour de cualquier metrópoli.

Nuestro hotel estaba muy bien situado, y eso me permitió turistear por las zonas aledañas, aunque en realidad, al ser una ciudad tan enorme, me quedó por conocer el noventa y cinco por ciento de la superficie. Nuestros anfitriones, la familia que había invitado a Mr. X a dar unas charlas de lo suyo, fue absolutamente encantadora. Natural y espontánea desde el minuto uno, acogedora y del todo desternillante en sus rifirrafes materno-filiales (vamos, que estábamos como en casa). Dado que Mr. X tenía tres días de curro por delante, tuve que conocer la city yo solita, y me aconsejaron no circular por el barrio que quedaba a la derecha del hotel, pero sí por el de la izquierda (Recoleta). Aún así, nuestra primera tarde en tierras porteñas sí que pudimos dar un paseo juntos, y por desconocer la norma deambulamos un poco por terreno no recomendado acabando nuestra ruta en el Café Tortoni. Mr. X y yo coincidimos en que esas calles podrían haber sido las de nuestra ciudad perfectamente, el ambiente era muy familiar. El café es precioso, y me hizo gracia descubrir que sus vidrieras fueron diseñadas por un paisano, Antoni Estruch.

                                                            
Mi primer objetivo en solitario fue el cementerio de la Recoleta. Planazo, ¿eh? Vale, no suena divino, pero... ¡es divino! Qué preciosidad. Una auténtica barriada para muertos. Espectacular de bonito. Aunque llegué tan temprano (jugadas del jet lag), que al principio me acojoné un poco caminando yo sola por ahí. Recordé que en New Orleans te recomiendan que vayas a los cementerios en visitas guiadas -allí también son una atracción turística- porque la seguridad no es uno de sus fuertes, y por unos minutos anduve mirando por encima de mi hombro en cada esquina. A la que varios grupos de escolares inundaron el lugar con sus risas me relajé y pude disfrutar de la visita. No me sacaba de la cabeza la canción de Mecano "y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores, de colores, y los viernes y tal si en la fosa no hay plan, nos vestimos, y salimos".Uno de los reclamos del cementerio es la tumba de Evita. Me costó perderme tres veces antes de dar con ella, pero lo conseguí.

                                                          


Desde el cementerio fui caminando hasta un sitio que mi cuñada me había recomendado, la librería El Ateneo. Su principal característica es que está situada en lo que fue el teatro Gran Splendid, y mola mil que en el escenario haya un café y que te puedas sentar en un palco tranquilamente a leer uno de los libros que hayas seleccionado. 

                                 


En mi segundo recorrido por la ciudad, decidí visitar el teatro Colón. Lástima no haber tenido tiempo de ver una función, pero la visita guiada me pareció completísima y llena de esas anécdotas que te pierdes cuando no tienes un cicerone. Me flipó el suelo de mosaico, la luminosidad rosada de los mármoles del vestíbulo, los vitrales y una escultura llamada "El secreto" que representa a Cupido y su madre –Venus-. Será que en la distancia no dejaba de pensar en mi niño.

                                                                  


Al salir del Colón callejeé por la Avenida Corrientes, Córdoba, Santa Fe... que dicho así parecerá peccata minuta, pero cuando cada rincón te parece pintoresco y digno de ser escudriñado, y además te plantas en calles interminables en comparación con las callejuelas de los barrios que yo suelo frecuentar en mi hogar, la hazaña cobra otras dimensiones. Comí tranquilamente en un café recogido a la sombra de unos árboles y volví a mi hotel sin prisa alguna.

                               


El tercer día me solidaricé con Mr. X y lo acompañé a las charlas. En el fondo me apetecía mucho. No deja de ser una oportunidad para conocer otros colegas de profesión y aprender alguna cosa de paso. Además, uno de los asistentes tuvo la cortesía de regalarme un bolso y otras manualidades confeccionadas por indígenas wichis de la provincia de Formosa (elementos que ya han sido requisados por las hijas de Mr. X).

Aparte de ver cosas bonitas hubo oportunidades varias de catar la gastronomía argentina. Debo decir que sí, que su carne tiene la fama que merece. Y eso que soy una confesa carnívora con remordimientos. Hasta probé cosas tan raras -para nosotros- como timo (molleja) y diafragma (entraña). Y estaba rebueno, que dirían allí. Todo ello acompañado de unos vinos de lujo. Me hice fan del Malbec. Otra ronda por favor.

En el apartado de curiosidades, admito que fui incapaz de no incurrir en el consabido error de decir “coger” a todas horas en vez de “agarrar”, aunque al final me sonaba mal hasta a mí y acabé agarrándolo todo.

Y así pasó la primera fase de nuestro viaje.


Próxima parada: Iguazú.




jueves, 16 de abril de 2015

Pionero


Dos veces al año tengo que ir a ver al endocrino para que me haga una ITV de mi defectuosa glándula tiroides (defectuosa como en media población femenina del planeta, porque cada vez conozco más mujeres enganchadas a la levotiroxina sódica, sospechoso…).

Dado que el mundo es un pañuelo -lleno de mocos- mi médico es primo de la recepcionista de Mr. X y siempre que me ve me pregunta por él y por sus bichos exóticos. Un par de chistes por aquí, revisión de peso y analíticas por allá, y santas pascuas, visita acabada.

Peque suele acompañarme porque hago que la visita coincida con mi tarde libre. Para él es un soberano coñazo, sobre todo si hay que esperar mucho. En silencio. En una silla. Con mucha gente carraspeando, mirando al suelo o cuchicheando en voz baja con el de al lado. El infierno infantil.

En esta última ocasión el doctor le preguntó a Peque por las marquitas de su cara y él le explicó lo ocurrido. Para quitar hierro al asunto tras escuchar la narración, al endocrino no se le ocurrió nada más que preguntarle si quería que le hiciese una carota. Mi churumbel asintió divertido y va mi galeno y se lleva las manos a la cara para evertirse los párpados superiores. Grima es poco, y Peque empezó a gritar del susto, menudo acojone así en un pis pas.

Poco tardó el crío en poner los pies en polvorosa, y una vez fuera del la clínica me dirigí a parar un taxi ya que tenemos una conexión horripilante de transporte público para volver a casa desde allí. Peque me bajó la mano y me dijo:

-No mami, vamos caminando.

No es que es que sea un camino interminable, pero la hora y pico de subida no te la quita nadie. Iba a reconducir sus deseos usando mis artes de madre con casi cinco años de experiencia en estas lides cuando su último argumento me convenció:

-Es que mamá, quiero ver el mundo.

Cualquiera se niega. Me embargó una emoción infinita. Hablaba con pasión, con ganas de descubrir lo que está más allá de su universo conocido. Además, me pidió específicamente que fuésemos por lugares nuevos, a ver dónde nos llevaban. Acepté la propuesta con algunas condiciones, porque el objetivo final era llegar a casa para la cena, pero no pude evitar recordar una fantasía adolescente recurrente que tuve que consistía en coger el coche y pillar carretera sin destino fijo (después se me jodió la fantasía al descubrir que odio conducir).

Mientras emprendíamos el camino Peque añadió:

-Además mami, tengo que ponerme cachas para ir a la montaña con papá.

Aquí se me pudo ver poniendo los ojos en blanco. Está claro que Mr. X está haciendo campaña con el chiquillo.

Sin prisa y con muchas pausas, llegamos a un parquecito cerca de nuestra casa. A esas horas estaba desierto (porque la gente normal con hijos pequeños no está explorando el mundo, sino haciendo la cena), y lo de tener todas y cada una de las atracciones para nuestro disfrute personal nos dio subidón y nos fuimos directos a la centrífuga.


Hago aquí un inciso. Hay que ser gilipollas de remate para meterte en un instrumento de tortura así si sabes:

A- Que eres patosa y lo has demostrado.

B- La centrífuga la carga el diablo.

Vale, pues soy gilipollas.


Me subí con Peque y mientras él se acomodaba en las barandillas, yo me puse en el centro y le metí caña al "volante". Tanta caña que de pronto me di cuenta de que todo el puto parque rodaba a mi alrededor a velocidad máxima. Me subió la primera papilla al esófago y traté de recular para sentarme en la barandilla. Todo lo que recuerdo es que mi equilibrio se fue a tomar por saco en algún momento de la maniobra mientras mis espinillas rebotaban contra el borde y mis piernas se centrifugaban colgando fuera de la estructura. Está claro que sobreviví o no estaría aquí dándole al teclado, pero tengo dos bultos color berenjena en las patas que no me hacen conjunto con ningún pantalón.


Cuando Peque quiere ver mundo, yo me acabo comiendo el suelo.



Bonus track:





lunes, 13 de abril de 2015

Boys version


Cuando era una adolescente, y como suele suceder a esa edad, la música tenía que estar siempre presente en mi vida. Por la calle no me separaba de mi walkman (soy así de carroza). En casa necesitaba mi dosis hiciera lo que hiciese: estudio, lectura, cháchara por teléfono… Recuerdo poner mi casete de los Jackson Five a todo trapo en la torre musical del comedor mientras me duchaba (lo cual llevó a que mis padres me prestasen un radiocasete del año de la catapún para que me lo metiese en el baño y los dejase en paz a ellos de una vez por todas). Podía escuchar I want you back veinte veces seguidas (eso significaba rebobinar veinte veces, el día que le explique a Peque la maniobra en cuestión lo va a flipar). Comparto esa neura con mi madre. Cuando se enganchaba a una canción la ponía en bucle sin parar. Resultaba un tanto enajenante, pero está claro que esa filia debe ser hereditaria porque me ocurre lo mismo. Y cada canción me transporta a un mundo de sensaciones particular.

En casa lo primero que hago cuando me levanto (bueno, lo segundo, lo primero es hacer pis), es enchufar la radio. Así desayunamos Mr. X, Peque y yo cada mañana, en la cocina y –si el humor lo permite- bailando un poco. Me da energía para empezar la jornada.

Todo esto para explicar que cada época de mi vida tiene una BSO. La canción que me ronda desde hace poco está llena de luz, color azul cielo, ritmo contagioso y alegría. Y resulta muy adecuado, porque ayer fuimos a conocer al primogénito de mi amiga E, un guapérrimo bebé de cinco días, y la reunión resultó luminosa, feliz, repleta de risas y buen rollo en la mejor compañía posible.

Como no podía ser de otro modo, le regalé sus putos patucos






                                              

Tal y como te dije E, bienvenida a la maternidad, que el camino sea largo y dichoso.








jueves, 9 de abril de 2015

La cosa


La cosa era una caja descomunal llena de cacharros electrónicos obsoletos, cds, bombillas, pilas... que me miraba desde la habitación de los niños cada vez que pasaba por delante. La cosa debía llevarse un martes al punto verde para que allí se hicieran cargo de ella, y antes de que llegase a sus enormes dimensiones le había pedido unas cuantas veces a Mr. X que la bajase él a la zona de reciclaje, pero por una razón o por otra nunca era posible. La cosa creció exponencialmente la última semana de su existencia y yo ya estaba harta de verla ocupando espacio vital (cosa que en mi abarrotada casa es un pecado capital).

La semana pasada me quedé de rodríguez en casa. El lunes estuve valorando el llevar yo la cosa al punto verde. Discurría sobre ello mientras freía unos espárragos verdes para la cena. En contra: su peso, mi poca fortaleza física y los (aproximadamente) cien escalones que me separaban del lugar de recogida. A favor: ganar espacio (algo fundamental teniendo en cuenta que el fin de semana venían los niños y seríamos seis personas en mi queli) y dejar de ver a la cosa espiarme desde su rincón con risa sardónica.

Hasta el último momento contemplé rajarme, pero cabezota que es una, decidí que por mis ovarios la bajaba. Dejé todo preparado con tiempo y al fin, cogí a la cosa en brazos. Supe al instante que iba a arrepentirme, pero aún así salí de casa con el mamotreto en brazos.

La portera me miró con cara de susto y me aconsejó que fuese con cuidado y no me resbalase. Aún podría haber dado marcha atrás, porque ya en el vestíbulo del edificio la tensión soportada me hacía temblar los brazos y las pantorrillas, pero es que soy aries joder.

El primer tramo lo hice casi de carrerilla, sabía que a la que parase lo tendría que hacer cada tres pasos. Y así fue. Me paré justo antes de las escaleras del infierno y a partir de ahí tuve que hacer pausas cada dos escalones. O se me rajaban las manos por el afilado borde de plástico, o no veía el suelo y me jugaba el trompazo del siglo, o la espalda se me encorvaba en un arabesco nada natural. Con todos los puñeteros músculos de mi cuerpo en tensión logré llegar hasta abajo. No dejaba de mirar alrededor por si las miradas de la gente eran del tipo que indica que estás dando el cante a base de bien (el pudor es lo que tiene… ). Desde allí hasta el punto verde hay unos ciento cincuenta metros. No sé ni cómo llegué, me dolía cada átomo de mi ser y el sudor que me regaba la espalda era radioactivo. Me repetía como un mantra "a la que dejes la cosa pasará el dolor, deja la cosa y pasará el dolor". Los cojones. Solté la puñetera cosa en el punto verde y el dolor no remitió. Además el empleado me miró con hastío porque había interrumpido su sesión de tocarse los huevos y me aleccionó sobre la correcta clasificación de los residuos. Lo escuché de refilón porque creo que hasta el oído me dolía.

Empecé mi trayecto al curro y el cuerpo no me respondía. Un dolor agudo me corroía la articulación coxofemoral izquierda (se siente, deformación profesional). Iba como a cámara lenta, como en esos sueños en los que quieres correr y no hay manera. Igualito. Pero sin soñar. Putada.

Expliqué la batallita a mis amigas por whatsapp y mi querida gallinácea me dijo: "La próxima vez ponte en plan sargento... baja la cosa, baja la cosa... ¡pero tú no te muevas!". Ella bautizó a la cosa, y por supuesto ya no me sale llamarla de otro modo.

Al día siguiente mi problema locomotor no mejoró. Al incorporarme de la cama millones de alfileres me perforaron cada fibra de mis cuádriceps. Además tenía que llevarme a Peque al curro. La primera mitad del día fue bastante decente, pero al final salió la vena Mr. Hyde de mi churumbel y como lo de la empatía aún no lo hemos desarrollado, me dio un apretujón de frustración en el muslo que me dejó seca. Debo añadir que veníamos del supermercado, donde se había gestado la rabieta, que yo iba cargada como una mula con las bolsas que me pesaban más que todas las cosas (en buena hora compré dos litrazos de gazpacho que estaban de oferta) y que como colofón del momento se reventó una anilla de mi bolso y éste acabó espachurrado en el suelo. Me arrastré lastimosamente hasta la marquesina del autobús con las bolsas colgando un brazo, el bolso agarrado como si tuviese pezuñas en vez de manos, y el niño del exorcista mirándome con amor.

Pero eh, la cosa estaba fuera de casa. Olé yo.







martes, 7 de abril de 2015

Elegir


Abro los ojos. Perra viene a saludarme al oír el sutil movimiento de mis brazos que anuncia que estoy despierta. ¿Dónde está Perro? Recordar lo sucedido hace que tenga ganas de sepultarme bajo el edredón y llorar todas mis penas. Todas y cada una de ellas. De hecho, empiezo a hacerlo. Algo me empuja al mismo tiempo a salir de la cama y disfrutar de mi té matinal. ¿Disfrutar? ¿Cómo voy a disfrutar de algo con lo que ha ocurrido? Me anclo en el dolor unos minutos más. Oigo a Peque y a sus hermanos reír en el comedor. Siento de nuevo el cosquilleo de las ganas de levantarme y hacer cosas. Y la culpabilidad acecha otra vez. Tener ganas de disfrutar cuando todavía hay heridas en plena cicatrización es incongruente.

Y tienes dos opciones. O te quedas en la cama hundida en la miseria de tus amarguras o te aferras a esa ilusión incipiente y testaruda que no se rinde ante las circunstancias.

Parrulina me recuerda que no se vale ceder, que hay que ponerse en pie y seguir adelante (y ella sabe de lo que habla).

Y elijo sonreír, ni que sea a medio gas, porque ese pequeño signo de felicidad gestará una alegría más serena y duradera. Porque gozar en momentos difíciles no niega el duelo, ni refuta su existencia. Sólo lo hace más llevadero. Porque sentir dicha no me hace olvidar los que me escoltaron parte del camino, amigos, primos, tíos, padres, animales amados. Mi corazón está bien acompañado.







sábado, 4 de abril de 2015

Decisiones difíciles

 
Para hoy tenía preparada una entrada graciosa. Cuando la escribí pensé en lo mucho que se notaba que estaba mejorando mi ánimo. La dejaré para el próximo día.

Hoy vuelvo a la tristeza.
Ayer por la mañana me levanté con ganas de hacer cosas. Lo primero fue cortarle el pelo a Mr. X, y ya que estábamos, me lié a rapar a Perra y Perro. Empecé con Perra. Disfruté del proceso, a pesar de que la peladora es de personas y tardo muchísimo. Pero se parece a tejer, me mantiene absorta.
Picoteé algo para comer y seguí con Perro. Más difícil, se peleaba con la maquinita, acabó nervioso.
Me metí en la ducha para adecentarme porque nos íbamos todos a pasar la tarde con la familia. Estaba saliendo cuando oí el típico ruido de gruñidos que hacían Perro y Perra al pelearse. Pero no eran Perro y Perra. Mr. X chillaba, Peque gritaba. Mr. X vino corriendo: "¡Perro lo ha mordido!". Tuve lo más parecido a una crisis de nervios que he podido tener en mi vida al ver la sangre correr por la cara de Peque.

Hospital. Llamadas. Decisiones.
Mr. X me lo dijo bien claro: " No quiero el perro en casa".
Yo tampoco. Fue un ataque injustificado cuando Peque se acercó a abrazarlo. Se me rompe el corazón.

Pude localizar a Teresavet. En mi interior sabía cuál era la decisión correcta, pero necesitaba una opinión externa y experta. Mil gracias Teresa.

Buscar un hogar adoptivo a un perro mayor, que ha sido agresivo con un niño... Yo sé lo que le hubiese dicho a cualquier cliente en mi situación. Pero era Perro, el preferido de papá, el que pesábamos en un bol en la cocina cuando llegó, el que adoraba mamá. Aunque siempre advertí a mis padres que algo en su carácter no estaba bien no pensé que llegase a esto. Al menos ellos no lo han vivido.

Ayer eutanasiamos a Rex.

Peque está bien y tranquilo. Ningún trauma, juega con Perra ajeno a lo que podría haber ocurrido.



Lo siento compañero. En el alma. Si te encuentras con los jefes ojalá seáis felices juntos allí donde
estéis. Y diles que me perdonen.