miércoles, 22 de enero de 2020

Entretenimientos domésticos



Los años no perdonan, y bien lo sabe Perra, que ya ha cumplido catorce, y aunque no lo parezca va medicada hasta las trancas por culpa del lupus que arrastra. Fruto de su adicción a la cortisona (y de su forma de ser también, no nos llevemos a engaño), es una tragaldabas caminante que se zampa todo lo que encuentra por el suelo o en tu mano si por casualidad queda al nivel de su morro. Ergo cada dos por tres nos regala una diarrea de intestino grueso de libro (me ahorraré los detalles técnicos).

Pero no solo ella padece de alteraciones gastrointestinales en mi queli querida.

Domingo por la tarde tras pasar el día en la exposición de legos. ¿A qué quiere jugar P? A legos. ¿Quién tiene que ayudarle a fabricar un furgón blindado? La menda. Así que en un alarde de compromiso parental, me dispuse a echar una mano a mi churumbel con sus construcciones. El resto del cuadro lo conformaban Mr. X, que con unas horrorosas gafas redondas adquiridas en el Tiger para poner remedio a la presbicia, se peleaba con el PC y las cuentas del mes; la hermana mediana de P, A, que a falta de espacio en nuestro minúsculo hogar, ha adoptado la costumbre de apalancarse en el lavabo pequeño con su ordenador para escuchar música mientras diseña, dibuja o se comunica con sus congéneres vía cibernética; y por último el hermano mayor de P, O, que miraba alguna serie netflixiana en su móvil aposentado en el sofá.


Ya que tenía que ponerme creativa con los ladrillitos de colores, me entraron ganas de escuchar música, y desde que nuestra tele ha digievolucionado y podemos acceder a Youtube, la uso a modo de aparato musical. Últimamente he taladrado bastante a mi familia con La flauta mágica de Mozart, y cuando sugerí poner la ópera de nuestro colega austríaco me saltaron a la yugular (no los culpo). Mr. X propuso pasarnos a compositores alemanes y me decidí por La novena sinfonía de Beethoven. Enterita. Hubo quejas, pero me las pasé por el forro, directamente.

A nivel del segundo movimiento, Mr. X y yo empezamos a tararear y P protestó enérgicamente (siempre que uso esta expresión me acuerdo de Demi en Algunos hombres buenos). Entonces O comenzó a quejarse del volumen y de que la música le estaba alterando, y eso me resultó sospechoso, porque Dvořák o Wagner están entre sus preferidos, y los tipos, tranquilitos en sus composiciones tampoco eran, pero seguí pasándome las quejas por el arco del triunfo ya que nos acercábamos al cuarto movimiento, mi predilecto.

A estas alturas O se había incorporado y empezaba a tener un tono facial cetrino. Se mascaba la tragedia, pero yo estaba inmersa en el coro de voces que te acercan a ese final tan apoteósico que nos regaló Ludwig. A todo esto O seguía con la letanía de lamentos, que si me estoy mareando, que si Beethoven no me está sentando bien… y yo, cuando me aproximo a un clímax musical no estoy para historias, así que le recomendé que vomitase, que es lo que parecía que le pedía el cuerpo, y seguí a lo mío. En esos minutos mágicos en los que los violines te llevan a toda mecha hasta la colosal explosión del coro, O se levantó de un salto y corrió al son de la música hasta el lavabo pequeño con la intención de vaciar su convulso estómago, para descubrir al abrir la puerta que A estaba apalancada con el ordenador. Giró a toda velocidad hacia el otro lavabo –en cuya trayectoria estábamos P y yo haciendo legos-, y en el mismo instante en que el orfeón entraba con toda su potencia, O vio que no llegaba, y propulsando su cuerpo hacia adelante, un arco de vómito se dibujó en el aire cual arcoíris infecto para acabar estrellándose en el suelo del comedor, a escasos centímetros de la puerta del lavabo, y resultando damnificadas en el proceso la esterilla de la ducha y varias piezas de lego que reposaban esperando su turno para entrar en el juego. P y yo no nos quedamos a escuchar más arcadas (ni el resto de la Oda a la alegría), dado que tanto mi churumbel como yo somos muy empáticos con eso de potar, y nos hubiésemos unido a la juerga en unos segundos. Huimos despavoridos a la cocina en busca de asilo político mientras encomendábamos a Mr. X, que en ese momento estaba haciendo bombones de chocolate, que se encargase de retirar los restos de pasta con trufa blanca mal digeridos que estucaban las superficies de nuestro comedor.

Hice un intento de asomarme a echarle una mano, pero fue breve, porque el ácido clorhídrico al aroma de trufa sacudió mi pituitaria y mi estómago se contrajo, así que huí de nuevo. Pero pude ver por el rabillo del ojo que O sacaba el hígado en el váter, que Mr. X empezaba a recoger el desaguisado y que Perra… ¿adivináis? Sí, la misma que cuando le pongo el bol de pienso lo olfatea con desgana y se larga muy digna ella como diciendo que lo que le sirvo es bazofia, la mismita, se estaba pegando un atracón de vómito.

Por fortuna, aunque un trozo de fuet cazado furtivamente le de cagalera una semana, la tapita de arcadas no causó males mayores.

Y esa, en resumidas cuentas, es la forma en la que pasamos los domingos por la tarde.




2 comentarios:

  1. te odio un poco porque ahora quiero vomitar Dx

    y es de las cosas que MENOS me gusta hacer en la vida @_@

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    1. Ohhh, no me odieeees! Jajajajajaja!
      Yo también detesto vomitar, por eso me refugié en la cocina. :)
      Muas!

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