miércoles, 26 de noviembre de 2014

My Little Pony


Fui una niña de todo menos precoz. Mientras muchas crías de mi edad empezaban a preocuparse por su estilismo y por cómo atraer al sexo opuesto, yo seguía feliz con mis muñecas y fantasías infantiles. Tanto es así que me recuerdo jugando con muñecas hasta pasados los trece de largo. Ahora creo que tienen más prisa por crecer y quemar etapas (me he sonado a mi madre hace veinte años... esto ya no tiene remedio).

El caso es que con unos doce años, no lo recuerdo bien, le pedí a mis padres para Navidad el establo de Mi Pequeño Pony. Lo quería por encima de todas las cosas. Y hay una cosa que debéis saber de mí. Las sorpresas me ponen espídica. Con la edad he aprendido a controlarme, pero durante años, uno de los pasatiempos favoritos de mi padre era ponerme un paquete delante y decirme que no lo podía abrir. Sadismo, le llaman. Yo notaba un sudor frío en la espalda, taquicardia, me retorcía las manos y empezaba con la cantinela: "¿qué es?, ¿qué es?, ¿qué es?". Al final me dejaban abrirlo para no oírme más.

El caso es que esa Navidad inspeccioné todos los sitios donde mis padres solían esconder los regalos (muy mal, lo sé, pero no era dueña de mi ser), y no encontré el establo. El día D, mi madre me hizo una especie de gincana para llegar al regalo estrella. La muy maquiavélica había encontrado el escondite perfecto. Había descubierto por casualidad que los escalones de madera que conducían a su estudio eran de quita y pon. Y allí lo había escondido. Y sí, era el establo.

Resulta que exceptuando los destrozos típicos y tópicos de la primera infancia yo siempre he sido muy cuidadosa con mis cosas, y el establo y otros cuantos juguetes han llegado indemnes al presente. Cuando tuve a Peque y advertí sus gustos en lo que a tiempo lúdico se refiere ya decidí separarme de mis Nenucos, Tiritones y otros bebuchis que a él plim. Los llevé una Navidad a una recolecta solidaria. Aún así me quedé con las joyas de la corona, entre ellas, el establo, pensando que unos tiernos ponys podían ser objeto de su deseo algún día.

Por fin, este finde, saqué el establo del altillo (bueno, lo sacó Mr. X, que para algo es el alto de la familia). Con toda la ilusión del mundo le enseñé a Peque mi tesoro. Dos flamantes ponys, un minino plasticoso encantador, un establo, y todos lo enseres deseables (vestiditos, cepillos, gorras, bridas...). Peque lo miró un rato. Examinó las posibilidades. Barajó opciones. Me emuló con el cepillo (y casi deja calvo a mi pobre pony lila). Y al fin supo cómo manejarse.

Cinco minutos después los ponys subían al camión más grande y ruidoso de Peque para ser deportados a tierra lejanas (AKA el salón) en una aventura pasillística llena de altercados.

Hombres.

                                               





lunes, 24 de noviembre de 2014

Postales desde el filo

Una postal en mi nevera. De un pequeño rincón del mundo. De una plaza de pueblo como tantas.
La postal ha empezado a amarillear con el paso del tiempo. Los otros adminículos imantados que adornan el frigorífico cambian periódicamente.
Pero la postal permanece.
La mayoría de veces ni siquiera la veo de verdad, forma parte de ese universo tan conocido que ya no llama la atención.
Hoy me he despertado triste y melancólica. A veces pasa. Y la radio no ha hecho más que intensificar ese estado de ánimo con sus canciones mustias de día de lluvia. Poco apropiado para un sábado por la mañana. Quizás el locutor también se ha despertado taciturno.
Cojo las naranjas con desgana y exprimo su jugo. Lleno un vaso, me apoyo en la encimera y mis ojos van a posarse en la postal. Está torcida. Al enderezarla se cae... Y al recogerla leo el reverso. Apenas cuatro frases. La letra de mamá. Me la escribió cuando se fueron a vivir al sur papá y ella. Me escribía a menudo para que tuviese correo en el buzón. Para que no fuese tanta la distancia que nos separaba.
Pienso en mi madre cada día. Lo que le diría, lo que le preguntaría, lo que me preguntaría ella a mí. Ya comienzan a ser muchos años los que lleva al otro lado. Se quedó sin ver tantas cosas… Lo principal, su nieto. No puedo detenerme mucho en ese pensamiento sin que el dolor sea físico.
Pero también otros acontecimientos. ¡Un presidente negro en EEUU, mamá! ¡Como en 24! O las nuevas tecnologías: whatsapp, el FB, mi blog... Me tendría todo el día pendiente del móvil entre chistes, reflexiones y mensajes de amor.
Sí, a veces pasa. A veces dos personas conectan a la perfección. No fue inmediato, requirió tiempo, confidencias, alejarnos de la terrible adolescencia... Pero al final lo logramos. Me veía entrar por la puerta y ya me sabía triste, contenta, decepcionada o esperanzada. Y lo mismo me ocurría a mí.
Cuando se fue me sentí amputada. Nunca más nadie iba a entenderme como ella, habíamos construido un mundo de complicidad que se desmoronó en un instante.
No me equivoqué, pero he aprendido a vivir con ese dolor fantasma.
Solo que lees unas frases en una postal, y de repente vuelves a sentir la inmensidad de ese amor.




PS: "Postales desde el filo" es una película que habíamos visto juntas varias veces. De las que saboreas. Meryl Streep y Shirley MacLaine. ¿Qué más se puede pedir?




viernes, 21 de noviembre de 2014

Personalidad múltiple

Estos días, por circunstancias inconexas, he pensado en diversas ocasiones en las diferentes profesiones que he deseado tener a lo largo de mi vida. Podría haber sido...

-Traductora oral de las Naciones Unidas. Es la primera profesión que recuerdo haber mentado. Desde bien pequeñita lo decía así, tal cual. Ni pajolera idea de dónde lo saqué (sospecho que quizás Mafalda tuvo la culpa). Lo cierto es que los idiomas no se me dan mal del todo, pero a mí el porno me ha hecho mucho daño y ya no puedo nombrar esta profesión sin que imágenes lujuriosas inunden mi mente.

-Azafata. Eso fue sobre los doce-trece años. Por el gustazo de viajar. En aquella época alguien me dijo que los miopes no podían acceder a esta profesión y quedó descartada. Después eso dejó de ser una limitación (a no ser que seas Rompetechos, claro está), pero sí lo es la estatura, y como yo vengo directa de la Tierra Media, me hubiera quedado con las ganas. Con lo poco que me mola hoy en día subir a un avión, como para haberme dedicado a ello.

-Actriz. Mi pasión adolescente. A puntito estuve de entrar en el Cecc, pero a ultima hora decidí probar con la veterinaria y lo demás es historia. Sigue volviéndome loca el cine, pero dudo mucho que hubiese sido buena actriz. Es pensar en un casting y me dan los siete males. Quizás como directora... En otra vida será.

-Psicoterapeuta. Cuando tocaba rellenar el papelito antes de la Sele dudé mucho entre veterinaria y psicología. Me gusta mi profesión y no me arrepiento ni un segundo de haberla escogido, pero creo que habría sido buena psicóloga. Me gusta escuchar a la gente. Me fascina la mente humana. Aunque todos los psicólogos que conozco dicen que su facultad estaba llena de pirados y que la mayoría estudia esa carrera para solucionar sus neuras. No sé en qué lugar me deja a mí esa teoría...

-Criminóloga. Una rareza que me dio durante un tiempo. Leyendo lo que explica Opiniones Incorrectas lo hubiera dejado sí o sí.

-Detective privado. Me flipa investigar, buscar información, encontrar algo que permanece oculto. Pero me temo que ahondar en las miserias humanas ahora no me parece tan glamuroso. Aún recuerdo como para demostrar el alcoholismo de un trabajador de mi padre, la empresa contrató a un detective para que lo siguiera de bar en bar. Por otro lado, disto mucho de tener la perspicacia de Sherlock Holmes (y eso que me encanta probar a adivinar sobre la vida de los demás echándoles un vistazo y poder deducir, por ejemplo, que alguien es ingeniero en telecomunicaciones por una mancha de ketchup en la solapa de su abrigo… pero no, nunca llego muy lejos).

-Científica marina. Es que Jacques Custeau era mucho Jacques Custeau... Me disuadió el hecho de que la carrera no se impartiese en mi tierra y que se tocase poca biología marina, demasiada física para mi gusto.


Y en realidad la lista podría seguir… fotógrafa, patinadora, médico, pianista… Lo dicho, personalidad múltiple. Al final van a tener razón los psicólogos.






miércoles, 19 de noviembre de 2014

Organización caprina


He llegado a la conclusión de que ser bloguera y seguir (ni que sea escasamente) las redes sociales no es sano. Y eso que no tengo ni Instagram ni Pinterest. Y no porque no me molen, es que me conozco y me acabaré paseando por esos lares cibernéticos de Dios queriendo abarcarlo todo... y no pué sé.

Crochet (o el ganchillo de toda la vida), scrapbooking, pastelería creativa (fondants, cupcakes, popcakes y la-madre-que-los-parió-cakes), manualidades, experimentos, libros para Peque, libros para mí, cocina sana, hábitos de vida saludables, crianza... Y mantenerme al día de las novedades de mi profesión, of course. Demasiados inputs, demasiadas cosas que quiero hacer y muy pocas horas para llevarlo a cabo...

Pero claro, una ya está metida en el berenjenal, y hasta las trancas. Por un lado, me he liado a seguir a Parrulina y su molón calendario de adviento. Resultado: me esperan largas noches de recortar y pegar (de momento estamos fracasando en este particular, el sueño está ganando por goleada). Suerte que ella nos da ideas para el relleno... A ver si logro finalizarlo, pa mí que va a quedar chulo.

Por otro lado... ayyyy, por otro lado. A puntico he estado de rajarme, pero al final he caído (no sé ni cómo, todo sea dicho). Siguiendo la estela de Trax, que ha pensado en mí para este reto bloguero, heme aquí haciendo el cabra. Que os sea leve.

1.- Dibuja y adorna en un folio el nombre de tu blog.
Hecho. Dibujado vaya, adornar no ha podido ser.

2.- Saca el móvil y mientras grabas dicho folio:
 
a/ Pon de fondo tu canción favorita
Una de ellas… “Sweet dreams”, de Eurythmics.
 
b/ Canta la canción de Don Melitón (para los paganos: "Don Melitón tenía tres gatos, que los hacía bailar en un plato y por las noches les daba turrón, que vivan los gatos de Don Melitón").
La primera vez en mi vida que la escucho. Pagana total.

c/Nomina entre cinco y diez blogs.
Dejé de nominar hace tiempo, y sé que con este premio me lo vais a agradecer. :)

3.- Sube el video a tu blog.
Ains…



video
                                         


4.- Ahora sube la foto de una cabra que te guste.

                                         

                                                         Imagen sacada de aquí



Esta entrada se autodestruirá en cinco, cuatro, tres, dos, uno...






 
 

martes, 18 de noviembre de 2014

La nit del lloro

Traducción: la noche del loro.
Significado: no poder disfrutar de tu bien merecido descanso nocturno por causas de lo más dispares, entre ellas, ser madre.

9:45 de la noche. Acompaño a Peque a la cama. Mi primera intención es levantarme después de que él se quede sobado para barrer, fregar, tender una lavadora, mirar cuatro cosas del ordenador y atacar mi calendario de adviento. No exagero, palabrita que todo eso tenía yo en mente.

9:55 de la noche. Peque y la menda roncamos acompasados en una sinfonía a pierna suelta.

00:15 de la madrugada. Noto movimientos de anguila a mi vera. Mal asunto. Cuando Peque se retuerce de esa manera es que algo le ronda. Como no se desvela trato de volver a los brazos de Morfeo. Estoy casi llegando a mi mundo onírico particular cuando noto que Peque se pone de rodillas y solloza. Ay. Le pregunto si tiene sed y gimotea que no. Pruebo con el pipí, tampoco. Investigo si le duele algo y bingo, pupa en la tripa. Lo sabía. Sabía que no era bueno que se metiese entre pecho y espalda medio bote de pepinillos en vinagre durante la cena. Lo tranquilizo y le hago un sana-sana mientras noto como el sueño me encandila con su dulce canto de sirena... Peque se calma y se duerme.

00:30-1:30 de la madrugada. Patadas varias por el consabido movimiento de anguila. Peque mete a menudo sus pies bajo mi culo. Parece que mi trasero funciona de radiador humano a las mil maravillas. Pero dormir con dos protuberancias saltarinas ahí abajo no facilita mi misión: dormir. Cada vez que estoy a punto de caer frita, patadita. Estas pataditas no me encandilan tanto como las que recibía del mismo individuo cuando habitaba en mi útero. Será porque el crío mide casi metro diez.

2:00 de la madrugada. Peque se vuelve a incorporar gimiendo. Le toco las manos y noto un sudor frío. ¡Alerta máxima materna! ¡Se avecina un vómito! Le pregunto si quiere vomitar y me dice que nota una cosa rara en el cuello y pone cara de asco. ¡Los pepinillos! ¡Mi colcha recién lavada! Me lo llevo en volandas al WC y lo pongo de rodillas para que expulse el material a un contenedor más adecuado que mi catre. Pero no sale nada. Falsa alarma. Me dice que si tiene ganas ya me avisará. Ja. Me pillo una toalla y para relajarlo cojo un pelín de colonia para pasársela por la frente. Le pregunto si se siente mejor y berrea cerrando un ojo. Menuda puntería, le he echado colonia en la córnea. Suspendida en Técnicas Básicas de Apaciguamiento Infantil. Vaya crack. Una vez se volatiliza el alcohol del lucero de mi niño, volvemos a la cama.

2:30 de la madrugada. De nuevo Peque se arrodilla. Rápida como el rayo paso del sueño a la vigilia en cerocoma y coloco la toalla de Buzz Lightyear de receptáculo para el vómito. Peque abre los ojos como platos, me mira y me dice: "¿Pero qué estás haciendo?". Su asombro lo dice todo, aquí no hay vómito ni hay ná. Me da la risa floja y se la contagio a Peque, que empieza a reír carcajada limpia y acaba en llanto antológico. Nueva sesión de mimos para relajarnos ambos dos.

3:00-4:00 de la madrugada. Pataditas varias. Pieses en el culo.

4:00-7:00 de la mañana. Estoy tan sobada que no me entero de nada.

7:00 de la mañana. Suena el despertador para ir a la piscina. ¿Qué hago? ¿Voy? ¿No voy? ¿Duermo un poco más? Mientras lo pienso me doy cuenta que estoy del todo despierta y con dolor de huesos. La piscina gana.


Veremos qué pasa esta noche...




martes, 11 de noviembre de 2014

Por amor

Los fines de semana que están los niños de Mr. X en casa son caóticos. La experiencia es un grado, y con los años he aprendido que las familias numerosas tienden a la entropía, con su desorden asociado, sus gritos entre adolescentes y sus peleas por un boli o el Rimmel de turno. Peque, claro está, acusa estos cambios tanto o más que yo. Por un lado está feliz de tener a sus brothers en casa (y ellos lo están de verlo), pero al mismo tiempo ha de compartir cosas que habitualmente disfruta en solitario, renunciar a ciertos placeres y asumir que sus hermanos, que son mayores y tienen otras responsabilidades, no pueden estar por él tanto como querría. Si a eso le sumas un hermano preadolescente y chinchón, el drama está servido.

Viernes por la noche. Peque va de rabieta en rabieta como en el juego de la oca. Mr. X y yo, que acumulamos el cansancio de toda la semana, estamos agotados y con la empatía en la Conchinchina. El hermano de Peque lo provoca para que salte. Me cabreo con él y con Peque, que con la tontería lleva dos horas de berrinche. Al terminar de cenar y desde un reposo relativo, consigo ver por fin la escena con cierta perspectiva, y en vez de pegar un berrido, le digo a un compungido Peque que se acerque y me cuente su tragedia. Él me narra el rifirrafe y le acaricio la cabeza, que apoya en mi regazo. Veo un niño cansado, excitado, contento, triste, al límite de sueño... Se calma y lo sigo acariciando. Me observa y susurra:"Te quiero". Nos miramos, nos entendemos. De pronto le cambia el semblante y empieza a llorar con un sentimiento distinto. Le pregunto porque llora ahora y dice: "De amooooor". Flipo unos segundos, repito la pregunta y sí, he oído bien, ¡llora de amooooor!

Tras un pequeño descojone por la sorpresa, me di cuenta de que le entendía perfectamente… Esos sentimientos de emoción extrema, de saber que amas a alguien y que ese amor es correspondido… pero me sorprendió hasta el infinito que él pudiese resumirlo con tanta precisión en una sola palabra. Es cierto que soy mucho de hablar y verbalizar lo que nos ocurre. Me gusta decirle a Peque que lo quiero, así, con todas sus letras. Mi madre lo hacía conmigo y sus palabras siempre me acompañaban y reconfortaban. Aunque, curiosamente, de más mayor me costaba mucho decírselo, me sentía vulnerable, desnuda... Ya no quiero repetir ese error, por lo que ahora trato de manifestarlo cada vez que lo siento.

Si consigo que Peque siga hablando así de sus sentimientos, no tengo duda alguna de que voy a hacerle un favor enorme a mi futura nuera. Menuda responsabilidad esto de educar emocionalmente a los hombres del mañana…




lunes, 10 de noviembre de 2014

De colmillos y estrellas lejanas


En algún recoveco de mi interior aún habita ese ente cinéfilo que solía ser. Y este finde le he dado de comer.

Cuando vivía con mis padres, en alguna ocasión lo he comentado, hacíamos auténticas maratones de cine. En dos días podían caer diez pelis, para todos los gustos. Mamá escogía terror, drama o comedia. Papá, acción, y yo, lo que me echasen. Así le acabé cogiendo el gusto a casi todos los géneros (los musicales siguen sin ser mi fuerte aunque sienta adoración por "Jesucristo Superstar").

Este sábado hubo conjunción planetaria y confluyeron todos los elementos para proporcionarme unas horas de disfrute. Problema: me molaban dos pelis. A una ya le había echado el ojo: "Drácula, la leyenda jamás contada". La otra necesité verla tras leer este post de Desmadreando hablando de "Interstellar" (ojo, es una entrada-spoiler toda ella, si la queréis ver no la leáis todavía).

El Universo ha sido generoso en esta ocasión y pude permitirme el lujazo de ver las dos. Habrá a quien le saturen tantas horas de visionado, a mí, con el mono que llevaba, se me hicieron cortas.

"Drácula" la vi solita. En la sala éramos máximo siete personas, no debe haber triunfado mucho. Yo es que con las pelis de vampiros no soy nada objetiva. Me las trago todas desde que a mis tiernos quince años la versión de Francis Ford Coppola provocase el inicio de una obsesión por esta temática. Todo lo que tengo de ferviente admiradora del séptimo arte lo tengo también de mala crítica de cine, así que intentaré resumir mis impresiones, pero no prometo que mi análisis sea nada del otro mundo.

Simplificando mucho, a mí me ha parecido más una peli de superhéroes que otra cosa. Lo cual no tiene porque ser negativo... si te van las pelis de superhéroes. A su favor, el protagonista, que está más bueno que el paté la Piara. Y un villano que borda su papel. Los efectos especiales no están mal (un poco del montón). En su contra, la historia... endeble. Pero ese es el problema, que a mis dieciséis me empollé "Conde Dracula, historia y leyenda de Vlad el Empalador", de Ralf-Peter Märtin (con la intención de escribir una novelilla) y que me lo presenten como padre amoroso arrepentido de sus años de salvajadas, no cuela. Ese tío lo que era es un psicópata como la copa de un pino. Pero esa, como suele decirse, es otra historia, y ya sé que es tontería ir a ver una peli así buscando visos de rigor histórico (ni lo pretendo). No salí decepcionada, para mí fue un buen rato de entretenimiento porque sabía lo que iba a ver.

“Interstellar” la vi con el hijo mayor de Mr. X (todos los demás tenían planes). Me gusta pasar rato a solas con cada uno de los niños. Nos permite hablar de cosas que normalmente no salen por el frenesí de nuestras rutinas, y hacer crecer los lazos que nos unen. Nos lo pasamos pipa, vaya. Y eso que el peliculón (porque es un peliculón) dura tres horas. Por dar una pinceladita del argumento, lo que nos plantea la cinta es que la Tierra se está yendo al garete y hay que darse patadas en el culo para buscar una solución, que en este caso pasa por subirse a una nave y cruzar el firmamento en busca de otro planeta habitable. Como dice Desmadreando, se tratan un montón de temas complejos e interesantes, de los que te remueven por dentro. Ahí noto yo que lo que acabo de ver es genial, cuando me paso días dándole vueltas, examinando los detalles, planteándome dudas y dilemas, saboreando las escenas... Y con ganas de verla otra vez para captar todos los matices.



Ya estoy deseando volver a notar esas mariposas en el estómago cuando se apagan las luces y se enciende el proyector...